25.06.2017

Candaya, el mérito y éxito editorial de dos profesores de instituto

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Los miembros de la editorial Candaya al completo con Olga Martínez y Francisco Robles, sentados. Foto: Francesc Fernández. 

Los miembros de la editorial Candaya al completo con Olga Martínez y Francisco Robles, sentados. Foto: Francesc Fernández.

La editorial Candaya toma el nombre del reino fantástico al que se dirigían Don Quijote y Sancho montados en Clavileño, un caballo de madera. Como dos quijotes modernos, Olga Martínez y Francisco Robles recorren España desde hace años para promocionar a sus autores, en un trabajo lento pero fructífero que ha convertido a esta pequeña editorial en un referente entre los sellos de la literatura en español a ambos lados del Atlántico. En una de sus rutas pasaron por Madrid y les entrevistamos. Acaban de estrenar una nueva sede en Barcelona, y pensé que era una buena excusa para hablar de los comienzos, de los sinsabores de la profesión y de los nuevos proyectos.

¿Quiénes son Paco y Olga? ¿Cómo surge en dos profesores de instituto la idea quijotesca de montar una editorial, con los tiempos que corren para los libros?

Efectivamente, durante más de 30 años (Olga dio su última clase el pasado 15 de junio y Paco el 2 de febrero) hemos trabajado en colegios e institutos de la periferia de Barcelona. Empezamos en barrios muy suburbiales de Badalona, donde sobrevivir era lo que importaba y lo más heroico. Y luego, coincidiendo curiosamente con los años en que el espejismo de la burbuja derivó en un desenfrenado azote ético, dimos clase en institutos de la costa del Maresme (Arenys de Munt, Canet de Mar, Vilassar de Mar) y últimamente en Vilafranca del Penedès, en la llamada Catalunya interior, donde también las aulas se han convertido en desconcertantes y estimulantes torres de babel (en el curso de esa última clase de Olga, convivían siete nacionalidades distintas). Al principio, en los años de derrota y esperanza de la transición, creíamos firmemente que la educación contribuiría a cambiar el mundo. Luego tuvimos que aprender a vivir con el desencanto y con las dudas, pero hay una convicción que nunca nos ha abandonado y que, de alguna manera, sustenta también a Candaya: la literatura, que complejiza y no simplifica el mundo, es la más sutil herramienta de reflexión o de encuentro con uno mismo de que disponemos (y también la más duradera posibilidad de goce) y debería estar al alcance de “la inmensa mayoría”. Así que contagiar esa pasión (la pasión por leer) es una de las tareas más dignas a las que uno puede dedicarse. Desde los desafíos gigantescos de un aula llena de adolescentes apasionados y esquivos (hemos vivido aventuras literarias muy hermosas con ellos) y desde ese universo alternativo y elegido que construye el catálogo de una editorial.

Desde un primer momento habéis tenido claro que la literatura es la del idioma, al margen del país. En este sentido, vuestra apuesta por la literatura que se hace al otro lado del Atlántico ha sido clara, ¿no?

Sí, de hecho, en la prehistoria de la editorial está también nuestra vocación americanista. Muchos años, desde la adolescencia, de leer a los autores de nuestra América (Onetti, Pizarnik y Bolaño, en la cúspide). Once veranos muy intensos impulsando proyectos de cooperación en las aldeas mayas-quiché del Cerro Pecul, en el departamento de Sololá, Guatemala. Viajes por el continente (Argentina, Paraguay, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Colombia, México, Guatemala…) llenos de deslumbramientos y una web de literatura latinoamericana que creó Paco, Sololiteratura.com, y que llegó a alcanzar más de 40.000 visitas diarias.

Hemos contado alguna vez que el impulso de Candaya se sitúa en agosto del año 2000 en un cafetín de Asunción, donde conocimos a un poeta exiliado de 74 años que había regresado esos días a su país desde Buenos Aires para cumplir con un compromiso casi privado: apoyar y dar impulso a ese lugar que se llamaba (y se llama todavía) El Café Literario, y que para nosotros fue un refugio de palabras, música, rostros amigos y también reconfortantes mates, en aquel despiadado invierno austral y en aquella ciudad de decrépita y melancólica belleza, pero sitiada entonces por la desolación, la pobreza, la violencia y el miedo. Ese poeta se llamaba Elvio Romero y cuando leyó con voz casi inaudible versos como estos: “Y mi mensaje: una hoguera/ en el descampado, en la quietud de la noche,/ una llama ardorosa permanentemente prendida/ en esas lomas, con su costumbre de atraerte/ centelleando a tu lado, besándote los pies, el muslo/ inquieto” entendimos por qué ese día había tanta gente, tanta gente emocionada, en el Café Literario y por qué todos nos decían una y otra vez que estábamos escuchando al poeta paraguayo más importante de todos los tiempos. Esa noche, en que por unas horas habitamos el paraíso, nos dejó también un poso largo de inquietud y desconcierto. ¿Cómo podía ser que nosotros que enseñábamos literatura, que leíamos con voracidad a los escritores latinoamericanos, y que sentíamos con tanta fuerza ese “Amor América” del que habla Pablo Neruda en un célebre poema, nunca hubiésemos oído el nombre de Elvio Romero ni conociésemos esa poesía que tanto nos había conmovido y que Miguel Ángel Asturias había definido, como “invadida por la vida, por el juego y el fuego de la vida”?

Cuando al regresar a Barcelona descubrimos, no sin sorpresa, que nunca un poeta paraguayo había sido publicado en España, entendimos que aquella boutade de Elvio Romero (“Para ser poeta hay que elegir primero el país en que se nace”) que hizo sonreír a todos en Asunción, era algo más que una frase ingeniosa y jocosa. Había demasiados desencuentros, demasiados vasos no comunicantes en nuestra literatura (pues eso sí lo sabíamos desde hacia tiempo: si hay patrias, la patria es la lengua. Somos, aquí y allá, Borges y Cervantes; Vila-Matas y García Márquez: una literatura). Nunca, en 500 años de vida en común, un poeta paraguayo había sido publicado en España… De ahí prendió la primera llama. ¿Por qué no podíamos intentar nosotros reparar algunas de esas ausencias, de esos silencios que amputaban y balcanizaban nuestra literatura, la de aquí y la de allá, que es la misma? ¿Por qué no podíamos crear nosotros un modesto, pero estimulante y cálido espacio de confluencia y diálogo de los escritores del mundo de acá y de los escritores del mundo de allá?

Sin embargo, hubo que esperar a otro viaje para que se “propagara el incendio” y os lanzarais.

Así es. En agosto de 2002 fuimos por primera vez a Venezuela. Fue un viaje sin red, siguiendo algunos rastros borrosos de Enrique Vila-Matas. Buscábamos “un hotel en una nube” a más de 3.000 metros de altura (lo recreaba en un artículo de El País de febrero de 2002) y La danza del jaguar, una novela a la que Vila-Matas aludía, entendimos que a modo de homenaje, en su discurso de recepción del Rómulo Gallegos. El hotel se llamaba Los Frailes y el escritor Ednodio Quintero, y a ambos los encontramos en el mítico páramo andino. Leer a Ednodio Quintero y conocerlo a él en persona (fuimos víctimas de una conjura de sus paisanos que, cuando nos vieron leer su libro de cuentos El combate en la Plaza Simón Bolívar de Mérida, no nos dejaron opción: “Estar aquí y no conocer a Ednodio sería como ir a Cartagena de Indias a finales de los 40 y no querer tomarse un café con Gabo”) fue la convulsión definitiva. ¿Cómo nosotros ni nadie de nuestro entorno había leído esa literatura desconcertante, en la que ese paisaje alucinado y de turbadora belleza que estábamos viendo parecía convertirse en voz, esos relatos de extraña contemporaneidad que aunaban los delirios de Akutagawa, el desprejuicio liberador de Aira y las emociones más oscuras e inquietantes de Coetzee? ¿Cómo nunca se había publicado aún en España –más tarde nos contaron que Sergio Pitol, Juan Villoro y el propio Enrique Vila-Matas lo habían intentado sin éxito- la narrativa de un autor tan excepcional como Ednodio Quintero, que en su país había alcanzado la dimensión de clásico y que convierte cada línea en una fiesta (de los sentidos y de la inteligencia), y cada página en un “campo minado” (huidas, encierros, caídas, vértigo, metamorfosis, perversiones, heridas, abismos, resistencia, combates), que deja al lector tambaleando y exhausto (“sin aliento, casi sin voz”), pero transformado para siempre? De modo que en diciembre de 2003 publicamos Contra la vida quieta, nuestro primer título de poesía, una amplia antología de la poesía de Elvio Romero, que incluía un CD con la voz del autor, y en mayo de 2004 iniciamos con la novela Mariana y los comanches de Ednodio Quintero, Candaya Narrativa.

¿Con qué recursos contabais?

En 2003 vendimos un modesto solar de un pueblo de la costa de Barcelona, donde proyectábamos construir algún día la casa de nuestros sueños y, tras pagar la hipoteca de nuestros piso y reconvertir un taller de motos en lo que sería la oficina/almacén de la editorial, quedó sólo una módica cantidad: 5.000 euros. Ese fue el capital inicial de Candaya. Pensábamos que muy probablemente se agotaría en la publicación de esos dos primeros libros y que ya no tendríamos ninguna posibilidad de conseguir nuevos fondos, pero nos dio igual. Candaya sería seguramente un sueño fugaz, pero esos dos hermosos libros existirían y alguien, tal vez, los leería en España con parecida emoción a la nuestra. Y eso ya valía la pena. Pero aquí seguimos, 14 años después, con nuevos y estimulantes proyectos.

En España sigue perviviendo la idea de nosotros (España) / América Latina, cuando lo cierto es que no es lo mismo la literatura que se hace en México que en Argentina, por citar dos países. Pero, ¿cómo se ve desde el otro lado lo que se hace en España? ¿Se tiene el mismo prejuicio?

Aunque hay curiosas y alentadoras excepciones, como el caso de Enrique Vila-Matas que fue antes y mejor leído en México que en España, la verdad es que también hay mucho desconocimiento en América Latina de la nueva literatura española (y de algunos de nuestros clásicos modernos, como el caso del gran Juan Marsé). La endogamia es muy frecuente en las diferentes literaturas de América Latina. En algunos casos, como en Argentina, diría que casi es una elección. En otros el resultado de procesos políticos y económicos muy complejos o perversos: ¿cómo comprar ahora en Venezuela un libro publicado en España si su precio es equivalente al sueldo mensual de un profesor universitario?

¿Os sentís especialmente orgullosos de haber publicado a un autor en concreto?

Además de los mencionados, nos sentimos muy orgullosos de haber contribuido al descubrimiento en España de algunos escritores fundamentales de la literatura latinoamericana contemporánea: Victoria de Stefano, Sergio Chejfec, Juan José Becerra (que fue finalista del Premio Tigre Juan, con la genial El espectáculo del tiempo), Juan Villoro… O de los poetas José Barroeta, María Auxiliadora Álvarez, Carlos Vitale, Mario Campaña… En algunos casos, como en el de Sergio Chejfec, ha sido decisivo para su proyección internacional. Y también nos sentimos muy orgullosos de haber conseguido –con la publicación de cuatro novelas excepcionales: Autopsia, Anatomía de la memoria, Nefando y Terroristas modernos– a poner en el mapa literario (de España y de América latina), el nombre de cuatro jóvenes escritores que pensamos que formarán parte muy pronto del canon de la narrativa de nuestra lengua.

Ha habido algún momento agridulce, ¿no? Como cuando Fernández Mallo y su ‘Nocilla Dream’, a quien descubristeis, optó más tarde por irse con una editorial más grande.

La publicación de Nocilla dream y la recepción que tuvo tanto entre la crítica como entre los lectores fue tremendamente importante para Candaya. Conseguir que un escritor desconocido, que apenas había publicado un par de poemarios de escasa circulación, llegara a visualizarse de la forma en que lo hizo, nos sirvió para demostrarnos que también podíamos gestionar el éxito. Nos dejamos la piel en la promoción, coordinando las presentaciones y los centenares de entrevistas, artículos y reseñas que surgieron. Nos reunimos con los distribuidores y conseguimos contagiarles nuestro entusiasmo. Nos quedamos sin dinero (cada mes teníamos que lanzar una nueva edición de 5.000 ejemplares que no cobraríamos hasta seis meses después) y casi sin energía, pero cuando empezó el boca a boca y los lectores empezaron a recomendarse la lectura de la novela ya todo fue mucho más fácil y gozoso. Luego llegaron las traducciones (italiano, francés, portugués…), la edición del Círculo de Lectores… Parecía mentira, pero Agustín Fernández Mallo y nosotros dos, que además compaginábamos la labor editorial con la de profesores de instituto, habíamos conseguido que Nocilla dream fuera elegida entre las mejores novelas del año por varios periódicos y revistas especializadas, que se hablara ya de la “Generación Nocilla” o que críticos como Sergio Vila-Sanjuán escribieran en La Vanguardia que los dos acontecimientos literarios más importantes del año 2007 fueron la edición a cargo de la Real Academia de la Lengua Española que celebraba los 40 años de la publicación de Cien años de soledad y la eclosión de Nocilla dream.

Las perspectivas eran inmejorables, pues a Nocilla dream seguirían dos novelas que completarían el Proyecto Nocilla, que ya estaban escritas y listas para ser publicadas. Entonces llegó Alfaguara y le hizo al autor una oferta astronómica que él nos dijo que no podía rechazar. Al principio nos costó asimilarlo y nos pareció injusto y desleal. Luego nos resignamos y preferimos quedarnos con lo positivo que había tenido todo el proceso y no solo con el final. Hemos mantenido la amistad con Fernández Mallo y ahora, con perspectiva, le agradecemos todo lo que supuso Nocilla dream para Candaya.

¿Cómo es el proceso de selección de textos? ¿Os llegan muchos originales?

Casi cada día nos llegan uno o dos originales directamente enviados por los autores o a través de sus representantes. Apenas tenemos tiempo de leerlos y muchas veces no podemos ni contestar. Al principio esto nos angustiaba mucho, pero ahora pensamos que lógicamente han enviado esos mismos textos a un gran número de editoriales y que no es tan grave que no podamos leerlos todos.

Luego están los que nos recomiendan algunas personas en las que tenemos gran confianza en su criterio. Por ejemplo, Sergio Chejfec nos recomendó leer una novelita llamada Tambor de arranque, del argentino Francisco Bitar, que nos encantó y acabamos publicando. O Diómedes Cordero, un profesor de la Universidad de Los Andes (Venezuela), que nos puso en contacto con Juan José Becerra, del que hemos publicado dos novelas: La interpretación de un libro y El espectáculo del tiempo.

¿El mundo literario en España está tan envenenado como se piensa?

Nosotros somos muy periféricos y sabemos poco del mundillo literario: no vamos a muchas fiestas (ni institucionales, ni de grandes grupos, ni siquiera a las indies), sabemos poco de concursos y de camarillas literarias. Y en general es todo lo contrario: lo que nos sorprende (hablo de ese territorio de los márgenes de la industria y del mercado en el que se mueven editoriales como la nuestra) es la enorme generosidad que comprobamos cada día: por ejemplo cuando alguien (a veces autores muy reconocidos) acepta presentar un libro de otro y dedica su tiempo a leerlo con atención, a tomar notas, a hilar un discurso, a desplazarse…

¿Por qué hay tan pocas editoriales que publiquen autores que escriben en español? ¿Las traducciones venden más, son un valor más seguro?

Las traducciones de autores japoneses que hemos publicado se venden casi solas. Nuestra distribuidora nos ha comentado muchas veces que por qué no publicamos más traducciones, que resultan más fáciles de vender. Les contestamos que las ventas no son lo prioritario en nuestro proyecto.

Acabáis de abrir nueva sede en Barcelona. ¿Significa eso que Candaya crece como editorial? ¿No os asusta el futuro del libro?

Con la incorporación definitiva de Miquel Robles (nuestro hijo) y de Víctor Minué a Candaya aspiramos a nuevos objetivos: ebooks, venta on line, nueva web, mejor aprovechamiento de las redes sociales, aumentar la exportación, incrementar el número de títulos publicados al año… Todo eso nos animó a abrir la nueva sede de Candaya en Barcelona.

¿Qué proyectos tenéis en marcha?

El próximo año se presenta muy sabroso. En julio viajaremos a Ecuador como editorial invitada al Festival Internacional de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño; en noviembre nos invitan a la Feria del Libro de Los Mochis, en el norte de México… Además del disfrute que supone el viaje en sí, volveremos cargados de libros, de nombres de autores a los que seguir la pista, de nuevos contactos… En cuanto a publicaciones, algunas van a ser sonadas, como la novela de Juan Soto Ivars o los poemas de Bruno Montané.

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

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