Cristina Rota: “La capacidad comunicativa es peligrosa para represores, para el sistema”
21.05.2016

Cristina Rota: “La capacidad comunicativa es peligrosa para represores, para el sistema”

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Cristina Rota.

Cristina Rota.

Dentro del festival teatral Surge Madrid, una da las salas que destaca es la Mirador. Allí se representa la pieza ‘Decir sí’, una alegoría de cómo el dominante va restando margen de actuación al dominado. Cristina Rota (La Plata, Argentina, 1945) dirige una obra que califica como “muy a lo Pinter” y recibe a ‘El Asombrario’ para hablarnos de su trayectoria y de la relación entre el sistema y el teatro: “No hay que esperar a que el sistema te solucione, porque no te va a ayudar, no va a ayudar a nadie más que a sí mismo. A los poderosos”.

Para quien no la conozca la escuela de Cristina Rota parece primero un garaje y después un patio de luces. Las voces de los alumnos salen como de las paredes (¿cuántas han pasado por allí?) y sobrevuela la pregunta de cuántas vidas, cuántos personajes viven dentro de cada uno ellos. Al fondo un bar y la puerta del teatro.

Ante esas gradas se ha representado dentro de Surge Madrid Decir sí, un texto de la autora argentina Griselda Gambarro en el que el humor negro se despliega para mostrar al público cómo el dominado cede poco a poco ante el dominante con docilidad, aunque muchas veces sus palabras intenten demostrar lo contrario. La acción se desarrolla en una peluquería: a través del propietario de la misma y de una clienta. Cómo su directora explica este cuadro costumbrista nos ayuda a tomar distancia sobre la acción, a adaptarnos a ella sin prejuicios. Y sin embargo, de fondo, se nos está mostrando la docilidad de la sociedad ante el poder, cómo el ir cediendo poco a poco, el decir sí, nos conduce irremediablemente a la pérdida de unos derechos que ha costado siglos conseguir.

Cristina Rota lleva cerca de 40 años enseñando a los actores y actrices de nuestro país a ser independientes. Su despacho es tan funcional como ella, que coge la silla y se pone de lado de la mesa en que está su interlocutor “para hablar mejor, ¿no?”. Porque es eso lo que lleva toda la vida haciendo. Hablar con el público.

Desde hace unos años le habéis dado un reajuste a la línea de programación de la Sala Mirador.

Queremos ser más claros en la dramaturgia. Hay tal perversión en el lenguaje y los mensajes del sistema son tan contradictorios que se ha creado un clima de confusión en los últimos años. En este clima triunfa siempre la idea de que la mentalidad del dominado está infectada por el dominante. En cambio, nosotros, nuestra función social del arte, tiene que ser esa: la función social del arte. Para eso estamos, para la gente.

La ‘corrección política’ de estos días, ¿cuándo empezó?

Esa corrección política no es de estos días, viene de hace muchos, muchos años. Hace unos 15 o 18 años, los mensajes empezaron a ser claramente de confusión. Cuando hay una pelea por saber si estás en un lado de la trinchera o en otro…, ¿dónde está el centro? Hay que saber muy bien qué es eso de estar en el centro porque cuando tenemos que definirnos hay que estar en un lado o en otro, y eso nos lo enseña la dramaturgia. No se puede escribir una obra de teatro donde el personaje no se defina. La dramaturgia es vencer o morir. Un dramaturgo tiene que tener siempre un deseo, tú tienes otro y tratamos de modificar el uno al otro, pero en esa lucha siempre uno queda modificado. Por eso al principio la línea de la sala empezó con un teatro más social, más comprometido. En ese momento hubo elecciones [1978] e iba a ganar un partido, todos lo teníamos claro, había una renuncia del partido gobernante. Entonces había que negociar, negociar por una subvención, negociar para que no te cerraran el teatro, para caer siempre simpático al poder. Esto es terrible, esto de ser recibido, bienvenido por el poder. Ahí empezamos a definirnos.

Tú nunca has querido depender del Estado, ¿lo has conseguido?

El Estado te puede crear, pero te puede destruir también. Yo he conseguido no depender del Estado. Vengo de una cultura donde, cuando yo tenía 10 años, se instauró una dictadura militar. Sé lo que es tratar de seguir manteniendo la coherencia y beber bajo el agua: instalas una obra en otro país y por lo tanto ya no te la pueden censurar. O la ambientas en otra época, como hacía Lorca, y así ayudas a la gente a tomar distancia y a verlo todo de otra forma, ayudas a que el mensaje penetre sin prejuicios. El Estado no nos va a dar nada porque nos odia. Aquí el teatro y el cine -sobre todo desde el “no a la guerra”- han sido muy atacados. Por lo tanto, más que nunca había que buscar cómo seguir creando sin depender del Estado. Por eso siempre llamé a nuestro teatro independiente, no alternativo, porque hay que intentar ser independiente. A mí el Estado no me regala nada, no me subvenciona. Trata a la cultura como si fuera un lastre.

Para el poder a veces lo es…

Para el poder lo es, generalmente lo es. Tiene que ser así. Está bien, si la cultura no fuera crítica ni estuviera a alerta, si no estuviera comprometida con la realidad en que vive, si no empatizara con el que sufre o, como diría Lorca, con el animalito mínimo…, si no fuera así no estaría comprometida con los conflictos del alma humana y dejaría de ser cultura porque no estaría comprometida con la vida.

Quieres formar a tus alumnos en la autonomía, por eso no sólo enseñas artes escénicas, también gestión, pero a la vez lo orientas para que todo sea grupal. Puede parecer contradictorio.

Empecé a estudiar dinámica de grupo hace muchos años, cuando la izquierda de mi país era tajante y no se podía hermanar, aunque había grandes estudiosos que decían que sí. No hay contradicción: la dinámica de grupo significa que se discute todo. Se enseña al alumno a que se posicione y que vaya viendo gracias a los errores y a los aciertos con qué dinámica quiere crearse a sí mismo. No es fácil, pero se aprende de otra manera a ver al otro, a comprometerte, a empatizar. Cambia tu forma de ser en la vida.

Una escena de la obra 'Decir sí'.

Una escena de la obra ‘Decir sí’.

Dices que el actor lo es porque necesita rebelarse, ¿contra qué y con quién te rebelaste tú?

Es un largo proceso. Nosotros estábamos tan politizados en Argentina porque estaba el peronismo. De hecho, mi padre, que era muy conservador, se unió a este movimiento contradictorio y con tantos vaivenes. Yo nací en esa lucha y me creé en esa sociedad donde siempre había mucha discusión política, porque era una época donde estaba todo a punto de caer. Cuando tenía 10 años –con el golpe militar–  tuvimos que aprender a mentir, a compartimentarnos; mentíamos sobre nuestra clase social, aprendimos a pelearnos, a tirarnos de los pelos por discusiones políticas, nos decíamos “si tú eres reaccionaria”, “si tú eres hija de un militar…”.

A esa edad cada una repetiría lo que viera en casa…

Claro, pero sin embargo yo, y no sé por qué, veía de forma crítica el peronismo, cuando en mi casa… Era tan crítica que con 11 años me uní a un movimiento que asistía a las gentes en las villas miseria. Por lo tanto, a los 11 años militaba sin saberlo. Cuando entré al primer año del bachillerato ya discutía si la enseñanza tenía que ser laica o libre. Y venían los sindicalistas al colegio a explicarnos esto, gente muy preparada y bastante clandestina. Era otra implicación. A los 16 acabé música, pero a los 12 ya quería ser actriz. Sentía que tenía que decir algo, sentía una especie de complejo de Jesucristo, de que tenía que salvar el mundo y el teatro era una vía. El teatro estaba dentro de la universidad, con lo cual a nosotros se nos daba la oportunidad de saber lo que era el teatro profesional ya desde los 14 años. Teníamos difusión profesional, lo que quiere decir que iba en serio. Teníamos profesores universitarios, una educación extraordinaria, muy humanista, por lo tanto a mí la vocación me nació al conocer qué era eso. Y ahí quise formarme como directora y dramaturga.

Aún a día de hoy, ¿la profesión está satanizada?

Sí. El actor es un ser político, tiene un significante que ve mucha gente, que tiene cuerpo y palabra. Va mucho más allá de la obra que esté haciendo. Su cuerpo, si revela libertad, si revela vivencia, si su palabra revela que está en la vida ya es un significante importante. Con lo cual, para las fuerzas represivas es un peligro, la sensualidad es un peligro… La empatía y la capacidad comunicativa es peligrosa para represores, para sistemas. No hablo de gobiernos, hablo de sistemas.

¿Cuál ha sido la vez que más te ha costado decir que no?

Es más perverso el proceso. Uno siempre dice que no. Decirlo, pero el tema no es decir, es actuar. El ser humano no se define por lo que dice sino por lo que hace y dice, por lo que siente. A lo mejor he dicho que no muchas veces, pero me he dado cuenta de que me iba pervirtiendo para hacer lo que el Estado señala, para ser el bueno. Es muy difícil cuando un sistema te dice que eres el malo, porque no te quieres instalar en eso, es como que te digan que eres pobre, nadie quiere serlo. Por eso se deja infectar por la mentalidad del dominante, y a lo mejor encuentras una persona defendiendo unos valores que no son los suyos porque nadie quiere ser el malo.

En tu escuela se practica ‘la catarsis del tomatazo’ como una vuelta a los orígenes, ¿cuándo la has sufrido en tu propia piel?

He sufrido tantos, tantos, muchos… Estoy convencida de que uno aprende mucho de los errores. El sistema lo llama fracasos, pero yo creo que fracasar es no enterarte, no tener contradicciones. Si no las tienes, serás una persona realmente radical. Se aprende tanto de los errores, y yo me he equivocado tanto…, pero porque hago. Yo creo que la acción provoca acción: es como una acción política. Cuando yo era joven decía: “Este error lo podemos absorber, podemos darle la vuelta a esto”, y eso lo aplico mucho a mi vida. Lo miras y dices: “me equivoqué en esto, en aquello, en lo otro, tuve desviaciones…”. Y creces.

¿Qué es más difícil de gestionar: el fracaso o el éxito?

Pues más difícil es el éxito, yo tengo más problema… Pero porque me han dicho que tenía miedo al éxito. Y es verdad, porque a lo largo de mi vida he vivido el éxito con cierta culpa. Y culpa es una palabra terrible, tanto como difícil para mí tener éxito. Difícil porque me siento egoísta y se me vienen todos los fantasmas de toda la gente a la que le faltan cosas, que no triunfan en el sentido social de la palabra. Por eso me he mantenido casi siempre fuera de la oficialidad en el teatro. Siempre he tendido a lo under, yo creo que es una forma de defenderme, de protegerme de los egos.

Ahora que hablas de lo ‘hundir’, hay en Madrid una eclosión de teatro ‘underground’, conocida como ‘off’, ¿qué piensas de esto?

Me parece que es lo que debiera ser. Está muy bien que el Estado apoye los macroproyectos porque tiene que estar ahí, pero el germen de vanguardia nace en los teatros libres e independientes, porque es ahí donde tú exploras, experimentas, investigas… El teatro y la danza contemporánea que se gestaron en teatros independientes ya se oficializó, y entonces llega una cosa medio híbrida al teatro oficial que es lo que oficialmente se debe ver.

El sistema acaba siempre por absorber…

Claro que sí, tú eres un líder, te quitas la corbata y el sistema te dice: ”Es bueno, se quita la corbata”. Los grandes dramaturgos han surgido siempre de los movimientos independientes porque ahí tienen la oportunidad de investigar. Estos grupos que siempre salen en tiempo de crisis tienen un periodo de creación maravilloso. En cambio, los periodos de mucho dinero, como pasó en España, donde todo era dinero y dinero y dinero, no son una época creativa, porque te acomodas.

Se ha hablado mucho del caso de los titiriteros.

Me parece una payasada, y lo digo porque no soy político. Me parece que se están buscando chivos expiatorios, que se está buscando atacar lo inatacable. Hubo un error en ver para qué público estaba destinado. Eso me puede pasar a mí aquí: de pronto me equivoco o alguien se despista. Ha funcionado mal el Ayuntamiento o seguramente el gestor que contrató se equivocó respecto al público. Pero más que eso…, se tergiversó todo, la prensa tiene esa capacidad de decir lo que el Estado quiera. No me pareció apología de nada. Alberto San Juan pasó la obra en el Teatro del Barrio para que la viera la gente de la prensa  y ahí me acabé de enterar: eso estaba justificado por varios motivos y aun así no la podían ver niños. Pero llevarlos a la cárcel cuando hay tanto corrupto, tanto sinvergüenza, tanto mentiroso… Se sigue usando a ETA cuando las patatas queman. Me parece ilegítimo e inmoral, porque ahí sí hay que pensar en cuánto sufrimiento se generó.

¿Qué te falta por aprender?

Hasta que me muera, tanto… Uno muere inacabado, lamentablemente la vida es así. Pero por otro lado, si no tuviéramos tanto que aprender para estar a alerta, alerta, alerta y ver la vida… pensaríamos más sobre la muerte. En este momento, la manera más revolucionaria de trabajar primero es vivir. También hacer, hacer y crear, y no esperar a que el sistema te solucione, porque no te va a ayudar en estos momentos. No va a ayudar a nadie más que a sí mismo. A los poderosos.

Más información:

Sala mirador.

Centro de Nuevos Creadores.

Festival Surge Madrid (hasta el 29 de mayo).

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Sobre el autor


Enrique Llamas es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Formado en emisoras como Cadena SER, Inforadio u Onda Cero, actualmente aprende y trabaja en Acerca Comunicación y programa los actos culturales del Colegio Mayor Isabel de España.

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