El Renoir más íntimo se muestra en el museo Thyssen
18.10.2016

El Renoir más íntimo se muestra en el museo Thyssen

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Pierre-Auguste Renoir. Almuerzo en el Restaurant Fournaise (El almuerzo de los remeros), 1875. Chicago, The Art Institute of Chicago. Colección Potter Palmer.

Pierre-Auguste Renoir. ‘Almuerzo en el Restaurant Fournaise’ (El almuerzo de los remeros), 1875. Chicago, The Art Institute of Chicago. Colección Potter Palmer.

Uno de los más grandes pintores del impresionismo, Pierre-Auguste Renoir, protagoniza la retrospectiva del museo Thyssen de Madrid, recién inaugurada. En total, 78 obras muestran la intimidad del pintor, la cercanía que buscaba para el espectador de sus cuadros, que debía contemplarlos con los cinco sentidos.

Despreciaba a las mujeres, a los intelectuales, unos seres incapacitados a los que los sentidos no les funcionaban porque “la pintura no se cuenta, se mira”. Ese hombre sin “pizca de cabezota”, como le describe su hijo mayor, el cineasta Jean Renoir, no vivía en el mismo mundo que el resto de sus contemporáneos. Conoció la guerra contra Prusia y la Comuna de París sin mostrar ni frío ni calor, no veía diferencias entre los mundos que atravesaba sin fijarse, porque en palabras de su hijo: “La frontera primordial estaba para él entre los que perciben y quienes razonan”.

Así era Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), “uno de los más grandes pintores de uno de los más grandes movimientos, el impresionismo”, según Guillermo Solana, director artístico del museo Thyssen-Bornemisza y comisario de la exposición Renoir, intimidad. En la muestra con 78 obras, recopiladas de museos estadounidenses y europeos, que se inaugura este martes, se ha querido mostrar a un Renoir que daba suma importancia a los sentidos, resaltando el papel de las sensaciones táctiles frente a la concepción habitual que reduce el impresionismo a la “pura visualidad”; porque si Monet era el ojo, la retina en la mancha de color, en Renoir cada sensación está vinculada a lo táctil. Buscaba la complicidad del espectador para que mirara su obra con los cinco sentidos.

Sostiene Solana que con Renoir no hay término medio. O se le ama o se le odia. No es en absoluto un pintor fácil, “se ha vuelto el más difícil de los impresionistas porque se escapa del patrón”, y argumenta el título de la exposición, Intimidad, para fijar la atención en el deseo de cercanía que inspira la obra de Renoir y que desea trasladar al espectador de forma que se vea incluido en la escena representada. “Nos empeñamos en separar el arte de la vida, pero Renoir sentía de una manera quizá ingenua que el disfrute del cuadro debía estar en sintonía con la vida”. Esa vida que no fue fácil para el hijo de un sastre y una costurera de Limoges, el artista con el origen más humilde del grupo de los impresionistas, y que, cuando al fin triunfó, una artritis reumatoide le fue consumiendo hasta el final de sus días con un dolor intenso: “Nuestros héroes en la pintura están en el dramatismo de Van Gogh y Munch, pero quizá haya más heroísmo en la alegría de Renoir”.

Pierre-Auguste Renoir La Sra. Thurneyssen y su hija, 1910 (Madame Thurneyssen and her Daughter) Óleo sobre lienzo. 100 x 81 cm Buffalo, Nueva York, Colección de la Albright- Knox Art Gallery. Fondos Generales para Adquisiciones, 1940.

Pierre-Auguste Renoir. ‘La Sra. Thurneyssen y su hija’, 1910. Buffalo, Nueva York, Colección de la Albright Knox Art Gallery.

Pierre-Auguste Renoir Ninfa junto a un arroyo, 1869-1870 (A Nymph by a Stream) Óleo sobre lienzo. 66,7 x 122,9 cm Londres, The National Gallery. Adquirido en 1951.

Pierre-Auguste Renoir. ‘Ninfa junto a un arroyo’, 1869-1870. Londres, The National Gallery.

Tan prolífico como Picasso, realizó 4.000 cuadros en casi 60 años de trabajo; “no he dejado de pintar ni un día”, decía. Naturalista, impresionista en su primera época, clásico, escultural, en su madurez, el Renoir colorista, optimista, alegre, bonito, con “un estilo suave y ligero”, sabía que era difícil que el público aceptara que una obra maestra puede ser alegre. Sus mejores retratos son los que realizó de personas con las que tenía relación. Pintó varias veces a Camille, la mujer de Monet, su amigo de la etapa de las vacas flacas. En su vejez Renoir ejecutó, a pesar de sus dedos como garras que casi le impedían sujetar el pincel, los más sensuales desnudos, “esas diosas rosas e hinchadas”, como llegó a afirmar John Richardson, el biógrafo de Picasso quien compró uno de sus desnudos llevado por su devota admiración. También Las Bañistas (1918-1919), con formas rotundas rubenianas, esféricas, eran para Matisse “uno de los cuadros más hermosos que se han pintado nunca”.

“Yo trabajo con mis manos. Pues soy un obrero, un obrero de la pintura”. Qué agonía debió de sufrir el artista con la artritis en sus manos. A Renoir le gustaba sobar la tela una vez pintada, por eso no pintaba a pequeñas pinceladas porque acentuaban el tacto rugoso y prefería las superposiciones de finísimas capas de pintura. En su paleta no había más de diez colores, vivos y suaves, como mucho. “Pinto como un niño. Me gustaría que un rojo sonara como el tañido de una campana. Si no lo consigo la primera vez, tomo más rojo y otros colores hasta que lo logro. No tengo reglas ni métodos. Cualquiera puede probar el material que uso o verme mientras pinto: se dará cuenta de que no tengo secretos”.

Con sus amigos pintores Sisley, Berthe Morisot, Monet, Pissarro, o músicos como Bizet, acudía los domingos desde París hasta la Grenouillère, una pequeña isla en el centro del río Sena a pocos kilómetros de la capital francesa, y allí pintó alguno de sus cuadros más célebres (como Le déjeuner des canotiers, 1881). Las orillas del río eran una fiesta exuberante de verdor y un espacio de libertad donde los pintores se encontraban a sus anchas entre los canotiers, los barqueros del Sena, lo más opuesto a los burgueses parisinos. La Maison Fournaise, una modesta casa de comidas en la isla de Francia, cerca del pueblo de Chatou, se convirtió en el lugar donde Renoir y Monet decidieron un día echar un pulso pictórico. Ambos eligieron pintar el mismo paisaje. Monet compone su cuadro con pinceladas claras, horizontales, enérgicas, con abundante blanco en los bordes. Las figuras que pinta empiezan a ser ya manchas en forma de coma. Renoir, en cambio, mezcla tonos rojos y difumina las pinceladas. Renoir busca las figuras, las abstrae del conjunto, las pinta con mimo. “Miraba las nubes del cielo, las flores, las mujeres como otros hombres tocan y acarician”, decía su hijo Jean.

Para el hombre que decía preferir que las modelos no pensaran, las flores eran perfectas. Los iris despliegan en los cuadros sus tonos amarillos, las petunias y anémonas se mezclan en una cascada de rosas intensos; gencianas, narcisos y margaritas, dalias, capuchinas y glicinas azules. A Renoir lo que le parecía más importante del impresionismo era haber librado a la pintura del tema: “Puedo pintar flores y llamarlas simplemente flores sin que tengan una historia”.

Pierre-Auguste Renoir. Retrato de la mujer de Monet, hacia 1872-1874. Lisboa, Museu Caloueste Gulbenkian.

Pierre-Auguste Renoir. ‘Retrato de la mujer de Monet’, hacia 1872-1874. Lisboa, Museu Caloueste Gulbenkian.

Pierre-Auguste Renoir Mujer con sombrilla en un jardín, 1875 (Woman with a Parasol in a Garden) Óleo sobre lienzo. 54,5 x 65 cm Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza

Pierre-Auguste Renoir. ‘Mujer con sombrilla en un jardín’, 1875. Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Él dibuja siempre flores. En el jardín asilvestrado de su estudio, en los jarrones de sus retratos. “Yo pinto flores con el color de desnudos y pinto mujeres con los mismos rosas que las flores; con el dibujo se vuelve una cosa o la otra”.

La retrospectiva del Thyssen, organizada en torno a cinco bloques temáticos (impresionismo, retratos, paisajes, escenas domésticas y bañistas), acoge cuadros memorables, como La montaña Sainte-Victoire (1888-1889), la misma que pintó Cézanne y con el que compartió vacaciones en la casa desde la que se divisaba el mítico monte. Pintar paisajes era un descanso, liberarse por un tiempo de los encargos. Hablando de obras fundamentales, no está, en cambio, Le moulin de la Galette (en la donación que Gustave Caillebotte hizo al Estado francés incluyó seis cuadros de Renoir, entre ellos éste), presente en la otra exposición Renoir de la Fundación Mapfre en Barcelona, pero sí está un boceto del archiconocido cuadro, un óleo pintado en 1875-1876.

Realizó muchos retratos de mujeres, la mayoría de encargo, pero en todos busca un encuadre casi fotográfico. Uno de los más bellos es el de la mujer de Monet, leyendo. Es delicado, sublime. Cuando representa a su mujer Aline amamantando a su hijo Pierre, recuerda a las Madonnas de Rafael. Guillermo Solana aporta un descubrimiento: “Está inspirado en un cuadro del Louvre de un artista menos conocido, la Virgen del almohadón verde, de Andrea Solario”. Renoir disfruta pintando a las mujeres desnudas; “si no existiera el pecho femenino, yo no sería pintor”. Y las pinta sin pudor, con rotundidad.

Intimidad, celebración de la vida. La exposición muestra cómo Renoir no es sólo un pintor impresionista, el pintor de los tonos rosas, como decía, mordaz, el escritor Maupassant. A partir de 1881, Renoir sufrió su crisis pictórica tras diez años de impresionismo. Sentía que ya no sabía ni dibujar ni pintar. No podía gestionar sus emociones de pintar al aire libre, mandato de los impresionistas, para volver a hacer retratos sentado en su estudio. En la década de 1880, regresa, sin complejos, a las influencias de Ingres, Rafael y Tiziano.

En el París de grandes avenidas y bulevares diseñado por Hausmann de mediados del siglo XIX, la burguesía consumía arte para colgar en las paredes de sus salones. Las operetas de Offenbach llenaban los teatros y Renoir comienza a recibir encargos, muchos. Pinta paneles para la casa de su marchante, el galerista Durant- Ruel. Refleja en sus cuadros la intimidad doméstica, a Gabrielle, bañistas, ninfas. Los impresionistas no pintaban desnudos y ahora, en su nueva etapa, puede medirse con los maestros antiguos. Es una liberación. Pero esas mujeres desnudas no gustan a casi nadie, excepto a Zola, para quien Renoir es “un pintor especializado en la figura humana; podríamos decir que es un Rubens iluminado por la brillante luz de Velázquez”.

Pierre-Auguste Renoir. Niño con manzana o Gabrielle, Jean Renoir y una niña, hacia 1895-1896. Sra. Léone Cettolin Dauberville.

Pierre-Auguste Renoir. ‘Niño con manzana’ o ‘Gabrielle, Jean Renoir y una niña’, hacia 1895-1896. Sra. Léone Cettolin Dauberville.

Al final de su vida, Renoir era un anciano petrificado, sus manos eran como garfios; sentado en su silla de ruedas seguía pintando sin descanso. Cuanto mayor era su dolor, más pintaba. Jean Renoir habla de la dureza de los últimos días del artista que casi murió pintando unas anémonas: “Si hay un personaje al que pueda aplicársele el término intimidad, es sin duda mi padre. Las relaciones humanas no valen nada hasta que se llega al punto en que caen los muros que se levantan entre las personas”.

La última sala de la exposición, a modo de epílogo, es una interpretación de sensaciones en torno al cuadro Mujer con sombrilla, de la colección Thyssen. Olores a margarita, iris, rosas y pajaritos piando.

‘Renoir, intimidad’ puede verse hasta el 22 de enero de 2017 en el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Durante los sabados de noviembre y diciembre, el museo organiza un ciclo de cine con películas relacionadas con la pintura de Renoir. Más información: www.museothyssen.org

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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Un comentario

  • El 18.10.2016 , José Malax ha comentado:

    Qué mal pintaba este hombre.

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