18.10.2017

¿Crecen nuestras emociones más corrosivas: la envidia, el odio, la vanidad?

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El psicobiólogo Ignacio Morgado.

El psicobiólogo Ignacio Morgado.

Ignacio Morgado (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1951) lleva cuarenta años estudiando cómo el cerebro crea y gobierna los procesos mentales que hacen posible la conducta humana. Entrevistamos a este catedrático de Psicobiología, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona y divulgador científico, a propósito de su nuevo libro, ‘Emociones corrosivas’, y de cómo se proyectan en la actualidad. “Las redes son una fuente tremenda de odio”.

Nada nos hace sentir tan humanos como las emociones. Y nadie ha sido capaz de retratar y enredar las emociones más profundas de la condición humana como William Shakespeare. A través de la exaltación del amor, la pasión o la venganza, consiguió conducir a los personajes de sus tragedias hasta la muerte. Es el caso de Hamlet, un personaje instalado en la dualidad permanente de la razón y la pasión que sólo abandona el profundo estado de melancolía en el que se encuentra dejando paso al odio.

Después de publicar varias obras dedicadas a las emociones, Morgado ha escrito ahora Emociones corrosivas (Ariel), libro en el que analiza de una manera práctica la naturaleza de la envidia, la codicia, la vergüenza, el odio o la vanidad. Emociones que dañan nuesta salud y la de quienes nos rodean.

¿No le parece que últimamente hay una mayor predisposición a odiar?

No lo creo. Hay trabajos científicos que han estudiado si la gente ha odiado a lo largo de su vida. El resultado es magnífico, porque se ha demostrado que muchas personas no tienen la sensación de haber odiado nunca, y las que sí la tienen no suelen decir “he odiado mucho, tan sólo a una o dos personas en mi vida”. Es decir, que la autopercepción de odio que tiene la gente es de que no forma parte de la vida de la inmensa mayoría de las personas. Lo cual no quiere decir que no haya personas que hayan hecho del odio un modus vivendi, que las hay. Y entonces sí, será una persona propensa a odiar muchas cosas: culturas, países, razas, religiones, instituciones, políticos. Incluso podemos odiar a objetos, como la cafetera que se estropea todos los días o el coche que nunca arranca. El odio puede diversificarse.

¿En la neurociencia también hay un paso del amor al odio?

El amor y el odio tienen cosas en común y se ve en el cerebro. Muchas partes del cerebro que se activan cuando la gente odia son las mismas que se activan cuando alguien está enamorado. Pero también hay otras partes que se activan o no diferencialmente entre el amor y el odio. Por ejemplo, en el amor, sobre todo en el romántico, la parte prefrontal del cerebro, que es como el director de orquesta que dirige todo el pensamiento, se desactiva cuando una persona está tremendamente enamorada. Es lo que le pasa a los jóvenes apasionados, por eso se suele decir que el amor es ciego. Y sin embargo esa misma parte del cerebro, que deja de funcionar en el caso del enamorado y de las madres que acaban de tener un bebé, está mucho más activa en el odio. Porque el que odia tiene necesidad de estar continuamente razonando sobre los motivos de su odio y sobre la inquina que siente hacia el odiado; entonces esa parte está muchas veces más activa que nunca. Por lo tanto, hay cosas más comunes y cosas diferentes, pero la gente tiene la tendencia a decir que de uno al otro sólo hay un paso.

Comienza estableciendo una unión inseparable entre razón y emociones. En cambio, nos empeñamos en que prevalezca la razón, ¿por qué?

Porque nos gusta decir que somos seres racionales. Se nos ha enseñado que la emoción es algo que perturba el funcionamiento normal de las cosas, que tomar decisiones en caliente no conviene. Se ha hecho tradicional y culturamente una valoración muy negativa de la emoción. En unas elecciones puedes decir que has votado a un partido porque te gustaba su programa y no habértelo leído. Simplemente es que el líder de esa formación te caía mejor emocionalmente o que sus contrincantes te caían muy mal, pero eso no lo vas a decir nunca. Son muchos los ejemplos de la vida cotidiana en los que tomamos decisiones basándonos en sentimientos, pero de todas formas emoción y razón van siempre juntas y no se pueden separar.

¿Nunca?

Las emociones son como el ejército de la inteligencia racional; con el razonamiento aclaras las situaciones, ves las posiblidades que tienes, analizas antecedentes. Todo eso lo hace la razón. Pero cuando esos razonamientos consiguen crear un estado sentimental es cuando ya decides actuar. En el libro cito el ejemplo de Alejandro Magno, que era un general muy inteligente pero no hubiera podido ganar batallas ni conquistar territorios si no hubiera tenido un ejército muy potente. Con la razón despertamos sentimientos, y son los sentimientos los que nos hacen comportarnos de una forma o de otra.

¿Negarle esa importancia a las emociones no supone engañarse a uno mismo?

No nos gusta sentirnos puramente emocionales. Lo que ocurre es que aunque nos sintamos emocionales o racionales, a no ser que tengamos dañado el cerebro, es imposible que las dos cosas no hayan funcionado. Continuamente las emociones están cambiando nuestro razonamiento. Si tú sientes simpatía por un líder político vas a juzgar menos severamente sus actuaciones que si sientes antipatía por él. Lo mismo pasa en el fútbol cuando anulan un gol de tu equipo. Las emociones van a modificar el razonamiento que tú haces y al revés. Ése es el verdadero valor de la razón, es capaz de levantar nuevos sentimientos continuamente, cambiando los que ya tenías. La gente que tiene inteligencia emocional es precisamente la gente que tiene muy desarrollada esa capacidad para transformar los sentimientos negativos en positivos. Esto es, capacidad de gestionar los sentimientos utilizando la razón.

¿Pero refrenar las emociones no es ir entonces contra natura?

Puede estar engañándose a sí mismo, pero nadie puede refrenar su naturaleza. Todo lo que hacemos forma parte de ella, de una forma o de otra. Si intentamos refrenar nuestros sentimientos estamos siguiendo la naturaleza que tenemos, porque si te permite refrenarlos es que eres capaz de ello.

Quizás esté usando a la ligera los términos emoción y sentimiento. ¿Podría definirlos?

Emoción y sentimiento son como dos caras de una misma moneda. Están tan juntos y son tan comunes que la gente ordinariamente confunde ambas cosas. A veces incluso se nombran a la vez para recalcar un síntoma. En la neurociencia, que es el estudio de cómo el cerebro gestiona la mente, la diferencia es la siguiente: la emoción es algo que ocurre en el cuerpo, como cuando el corazón late más deprisa, se segregan hormonas o cambia la resistencia eléctrica de la piel. Es decir, es un proceso del cuerpo, un reflejo automático e inconsciente porque no notas los cambios. Ese cambio también lo capta el cerebro, solo que por detrás y en forma de sentimiento, ya sea como miedo, alegría, envidia o ansiedad. Simplificando: emoción es la parte que ocurre en el cuerpo y es automática e inconsciente; y sentimiento es lo que ocurre en la mente al leer la reacción del cuerpo y que además es consciente.

Recurriendo a una metáfora de António Damásio, sería imaginar que los diferentes órganos que hay dentro del cuerpo son como los instrumentos de una orquesta. Según como estén todos ellos se está tocando una melodía, y en función de la pieza que toquen el cerebro la siente como una emoción u otra. El patrón de cambios interiores es diferente para cada emoción, entonces estamos hablando de dos procesos muy acoplados donde el uno no se da sin el otro. Esto contribuye a que tengamos esa doble visión, científicamente hablando, de emoción versus sentimiento.

Ahora que ha dejado clara esta distinción, me gustaría plantearle una serie de situaciones y que sea usted quien establezca la reacción más habitual.

A ver.

El linchamiento en las redes sociales.

Es una reacción muy diferente la de quien lincha respecto al linchado. El que lincha suele ser una persona llena de animadversión, rabia, odio o enfado. El linchado también va a sentirse agraviado, y eso puede ir desde el puro enfado hasta el miedo si el linchamiento tiene consistencia. Es un conjunto de emociones en ambas partes que incluso pueden ser emociones compartidas. La agresividad del linchador puede generar agresividad en el linchado, porque una agresión lleva a otra.

Lo que pasa es que las redes sociales tienen un componente muy diferente respecto al presencial; la gente no se comporta igual detrás de la pantalla de un ordenador que frente al rival. Normalmente frente al rival se es más cobarde porque te la juegas más. O no, fíjate, porque cuando uno odia mucho a alguien se ha comprobado que, si llega al punto de querer eliminar a otra persona, el odiador prefiere siempre utilizar un arma de corta distancia que de larga. Prefiere matar a alguien con un cuchillo que con una pistola. La proximidad, digamos, satisface más el deseo de venganza y de odio. Eso son cosas muy relacionadas con la agresión. Pero en las redes sociales estás parapetado tras un ordenador, desde donde todo lo que se dice es a cubierto. Tampoco vamos a condenarlas, porque también traen cosas buenas y generan emociones positivas, como agradecimiento, reconocimiento a otras personas.

De acuerdo, pero parece que el odio se termina imponiendo…

Las redes son una fuente tremenda de odio, porque además el odio que se genera en las redes sociales va in crecendo cuando hay respuesta de la otra parte, lo que puede entrar en un círculo vicioso. Muchos odios se preparan por las redes sociales y luego la gente busca el compromiso de venganza presencial. Esos cruces que hay muchas veces entre hinchadas rivales se han preparado previamente en las redes. En este sentido, son un arma de doble filo.

El libro define el odio que se genera en grupo como moralmente superior.

Sí, o por lo menos los linchadores lo sienten así.

¿Las redes sociales también son una fuente de vanidad?

En las redes se presume de lo que tienes, sobre todo. La vanidad significa que no sólo te sientes orgulloso de las cosas que tienes, sino que además quieres que los demás reconozcan ese orgullo y lo alaben. No hay que confundirlo con el orgullo, que es perfetamente normal. Pero cuando no te contentas con esto y necesitas algo más, eso ya es vanidad. Y si lo necesitas todos los días, es egolatría. Cuando ya eres un ególatra y todo el mundo te lo reconoce, puede volverse soberbia. Hay grados de expresión de la vanidad, que pueden ir desde una vanidad ligera e incluso positiva para aceptarte a ti mismo, hasta una exacerbación que puede acabar en egolatría y que todo el mundo te deteste.

¿El selfie es un ejercicio de vanidad?

Absolutamente. Digamos también que suave. No vamos a condenar a todas las personas que se hacen un selfie.

Seguimos. ¿De qué manera reacciona el perdedor de unas elecciones primarias?

La neurociencia ha demostrado que cuando una persona es derrotada en una situación social delante de sus compañeros duele tanto como el propio dolor físico. Tiene que ser una situación pública. Y la persona derrotada públicamente es muy díficil que perdone, tiende siempre a resacirse de esa afrenta. Y si alguien le gana, ese alguien queda en lista de espera para vengarse. Aunque de cara a la galería felicite a su contrincante por la victoria, en su interior estará deseando que fracase esa persona en su gestión, porque será la demostración de que la gente se equivocó votándola.

Deja políticos excluidos y resentidos entonces.

Además, que lo hemos visto. En su momento, Madina estaba resentido por su derrota ante Sánchez. Y a partir de ahí todos los posicionamientos que adoptó manifestaban esta disconformidad.

Sí, pero en su caso terminó desvinculándose de la política.

Pero eso también es una forma de reaccionar. Lo que no ha hecho es sumarse al que le ha derrotado y hacerle triunfar.

Supongo.

Y ya veremos lo que pasa con Susana Díaz, que seguramente estará deseando ver caer a Sánchez. Eso es lo que los alemanas llaman la Schadenfreude, la alegría maliciosa que todos sentimos cuando alguien fracasa.

Que se corresponde con el ‘cuanto peor para todos, mejor’.

Exacto. Es una reacción muy humana. Antes hablábamos de la naturaleza, pero es que somos así. Estamos hechos de esa pasta y el que diga que no, miente.

El perfil más alarmante es el del codicioso, al que plantea como una persona que ignora los riesgos y las necesidades de los demás, y peor aún, que llega a ver la codicia como algo bueno.

No es que no sea consciente de los peligros, es que no le preocupan mucho. La codicia muchas veces se alimenta del daño al otro, porque gana a costa de los demás. Y el codicioso no suele ser una persona empática por lo que el otro ha perdido. Si sufriera, no sería codicioso.

Y si no se arrepiente puede reincidir.

Claro, piensa que es muy inteligente y que además lo está haciendo bien porque las cosas le están saliendo. En fin, la codicia se ha visto y se ve en muchos sectores como un motor de progreso. Otra cosa es cuando la codicia se ejerce manifiestamente a costa del prójimo y esa persona es reconocida como alguien detestable. Nadie la quiere pero tampoco le importa mucho. Incluso si un codicioso delinque y va a la cárcel, habrá quien piense “pues que le quiten lo bailao”. La gente lo que quiere muchas veces es que el corrupto devuelva todo ese dinero. Es lo que la sociedad no entiende.

¿Y por qué hay determinados casos en los que se perdona la corrupción, como con los futbolistas?

Eso me parece algo absolutamente injusto. ¿Por qué si Messi o Ronaldo han hecho un juego sucio con las enormes cantidades de dinero que ganan no se les juzga? Pocas veces verás a los políticos condenarles, da igual la ideología.

Pero alguna justificación hallará desde el punto de vista de la neurociencia.

Sí, que produce tanta satisfacción tener a un Ronaldo o a un Messi en tu equipo que creas una emoción positiva que sepulta a la negativa, la cual implicaría condenarlo. Las emociones compiten entre ellas y la más fuerte es la que gana. De hecho, la manera de eliminar una es con otra más fuerte. Si uno está muy preocupado por haber perdido un trabajo y ese mismo día encuentras el amor, la segunda desecha a la otra.

Usted llegó a pensar que la codicia era una enfermedad mental pero, como ha dicho antes, en el pasado la codicia se jaleaba como motor de crecimiento económico.

Y en cierto modo lo sigue siendo. Hablaría de grados: el que la gente tenga una cierta inclinación por mejorar y hacer todo lo que haga falta para ganar más, pues bueno, habría una masa social muy amplia que lo podría considerar positivo. Y así se ha hecho. Se ha capitalizado este comportamiento para después devolverlo en forma de trabajo. En este sentido, la codicia de un señor puede ser positiva para las personas que se van a beneficiar de ello. Pero por otro lado las personas detestan al codicioso. Aquí hay un punto de disgresión.

¿Hay gente que hace de estas emociones corrosivas una virtud?

Hombre, pues el codicioso puede decir que le ha venido muy bien para vivir como le da la gana. Ahora, dudo mucho más que uno pueda ver el odio como una virtud, porque a quien más perjudica es al odiador. El odiado a veces ni es consciente. La vergüenza también puede ser una virtud, porque significa que alguien se reconoce culpable de algo y, a su vez, permite que sea menos devualuado por la gente. De hecho, la culpabilidad y la vergüenza son reguladores sociales, son sentimientos que nos permiten ajustar nuestra conciencia cuando ha sido mala para sentirnos mejor y para hacer que los demás no nos castiguen tanto.

En el corpus de citas que recoge el libro he echado en falta una que podría encajar muy bien: “El miedo es el camino hacia el lado oscuro, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, el sufrimiento al lado oscuro”. Es de ‘Star Wars’, se la dice Yoda a Luke Skywalker.

Pues te aseguro que me hubiera venido muy bien. Igual que el otro día me comentaron una frase muy bonita para la vanidad, sobre un profesor muy importante al que le preguntaron por qué no colaboraba con sus compañeros y que respondió: “¿Usted ha visto alguna vez a un águila real volando en manada?”.

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Sobre el autor

Telmo Avalle

De escritura indisciplinada, procura habitar cerca de las palabras. Mantiene una relación líquida y huidiza con el periodismo, pese a los empeños del día a día. Con todo, aun arrepintiéndose, dirá que es periodista.

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3 comentarios

  • El 18.10.2017 , xavimik ha comentado:

    Sin duda alguna,todas estas “virtudes” tienen ahora un caldo de cultivo ideal,hasta el punto de que se consideren normales y no denigren a quien las expone publicamente.De hecho,el narcisismo junto con la arrogancia denotan al triunfador en la sociedad actual.Una auténtica mierda,vamos!

  • El 18.10.2017 , Juan Alberola ha comentado:

    Algunas veces el odio actua de catalizador que une a la gente en la acción, como sería la acción contra alguien al que muchos le tuviesen envidia … La canalización del odio es también uno de los ejes del reclutamiento sectario, y en este sentido yo pienso que sería necesaria una desprogramación psicológica espectacular, como esta por ejemplo :

    https://www.youtube.com/watch?v=Dq99HLEp1NY

  • El 18.10.2017 , Albert ha comentado:

    Algunas veces el odio actua de catalizador que une a la gente en la acción, como sería la acción contra alguien al que muchos le tuviesen envidia … La canalización del odio es también uno de los ejes del reclutamiento sectario, y en este sentido yo pienso que sería necesaria una desprogramación psicológica espectacular, como esta por ejemplo :

    https://www.youtube.com/watch?v=Dq99HLEp1NY

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