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Claves para escribir un monólogo interior

Por El Asombrario & Co., el 9 de diciembre de 2016, en curso

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Foto: Pixabay

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Acaba de publicar ‘Piel de lobo’ (Lumen) y en este artículo, que abre el blog en diciembre, la escritora Lara Moreno nos da algunas claves para escribir un monólogo interior. Como siempre, a partir de esta entrada, los lectores podrán escribir un texto y participar en el Concurso Escuela de Escritores/El Asombrario.

Primeros años del siglo XX. Tres monstruos de la literatura deciden romper los cánones una vez más, sacarse de encima la losa del realismo decimonónico, levantar de cuajo las vallas de siglos de ficción. 1922, 1929 y 1931, años respectivos de las publicaciones de Ulises, de James Joyce, El ruido y la furia, de William Faulkner, y Las olas, de Virginia Woolf. A sendas obras las une una revelación, o la confirmación de esta (ya que había antecedentes, como Han cortado los laureles, de Édouard Dujardin): la técnica del monólogo interior o el fluir de conciencia. Algunos autores hacen distinción entre ambas cosas, pero para mí son básicamente lo mismo: el reflejo del pensamiento, la escritura subordinada al torrente de la asociación de ideas, sentimientos, imágenes; el aparente caos de la mente hundiéndose en las fosas del subconsciente. El monólogo, es cierto, existía desde tiempos inmemoriales, Shakespeare era un maestro. Monólogo, soliloquio: uno mismo hablando con uno mismo, el personaje solo ante el estrado, la pureza del narrador. La diferencia es, quizá, la técnica y la intención: el monólogo interior va más allá del habla y del diálogo, emprende un buceo en las profundidades del ser humano, escarba en la oscuridad del inconsciente, respeta la anarquía del sistema de pensamiento individual, íntimo, no escuchado: no nacido para escucharse.

¿Qué necesitamos saber del fluir de conciencia a la hora de enfrentarnos a la escritura de ficción breve? Para mi gusto, esta técnica como mejor se conoce es en la práctica de la lectura y la escritura, en el ejercicio mismo de leer (ya un reto) y de escribir. Porque todos sabemos qué hay dentro de nuestra mente. Y porque a veces es de la mano de la escritura automática como conseguimos ordenar nuestros pensamientos, a pesar de su caótica apariencia. Seguramente todos alguna vez hemos utilizado la escritura para desahogarnos, con efecto vomitivo emocional, como espejo de nuestra acalorada cabeza. Es fácil: piensa y escribe; es más, no pienses. Solo escribe.

Pero, como es lógico, necesitamos utilizar esta maravillosa técnica como herramienta para los relatos, no como simple mecanismo íntimo de introspección. Una vez más la dificultad estriba en salirse de uno mismo y meterse en la mente de otro (no imaginarla, no delinearla o describirla, no; estar dentro), en la mente de un personaje que hemos creado: aquí somos el autor omnisciente por excelencia (que no el narrador), el más poderoso de los visionarios: sin saber por qué, sin ni siquiera entenderlos, un torrente de pensamientos, ideas, recuerdos, miedos, estremecimientos nos recorre: nuestro personaje ha de habernos poseído. No, no sirve con decir cosas sin sentido y ponerlas todas juntas sin puntos y sin mayúsculas y sin comas y ejecutar un párrafo como quien ejecuta un garabato. El monólogo interior, si lo utilizamos para escribir un relato, ha de estar al servicio del relato, de la literatura y de nuestra intención comunicadora, al fin y al cabo.

Entonces, ¿cuánto hay de auténtico en esa sinceridad discursiva que abanderaron los autores del grupo Bloomsbury, por ejemplo, y cuánto de mera pose artificiosa? ¿Hay realmente que dejarse llevar o hay que controlar, fingir que nos dejamos llevar? Es cierto que en literatura lo importante es el resultado. Lo que hay detrás del resultado, de hecho, solo nos importa si el resultado es bueno.

La técnica del monólogo interior puro, digamos, es difícil de leer, porque el pensamiento de otro es algo que nos es ajeno, que está lleno de conexiones desconocidas y aparentemente absurdas, que vagabundea por cerros que jamás hemos pisado. Hay que cazar la atención del lector de alguna manera, ya sea con el estilo (¿rápido, desnudo?), con el ritmo o con las pequeñas dosis de información hiperreal o surrealista: el equilibrio entre la complicación y la facilidad, la luz y la sombra. Como ensayo, sí, es útil empezar con uno mismo: arrojarse a la auto-escritura automática. Luego ya veremos. Al fin y al cabo, al lector no le importa si lo que contamos en realidad es lo que pensamos o lo que recordamos (real como la vida misma): lo importante es que lo contemos bien, sin miedo.

David Lodge, en El arte de la ficción, habla del monólogo interior en la ya citada obra de James Joyce, y lo explica mucho mejor que yo: Ulises es una epopeya psicológica más que heroica. Conocemos a sus principales personajes no por lo que se nos dice sobre ellos, sino porque nos metemos dentro de sus pensamientos más íntimos, representados como silenciosos, espontáneos, incesantes flujos de conciencia. Para el lector, es algo así como ponerse unos auriculares conectados al cerebro de alguien y escuchar una interminable grabación magnetofónica de las impresiones, preguntas, recuerdos y fantasías del sujeto, a medida que aparecen, desencadenadas ya sea por sensaciones físicas o por asociación de ideas. […]

El monólogo interior es realmente una técnica difícil de usar con éxito: es demasiado proclive a imponer a la narración un ritmo dolorosamente lento y a aburrir al lector con un montón de detalles triviales. Joyce evita esos escollos en parte gracias a su auténtico genio con las palabras, capaz de convertir el incidente o el objeto más tópico en algo tan apasionante como si nunca hasta entonces lo hubiéramos contemplado, pero también variando astutamente la estructura gramatical de su discurso, combinando el monólogo interior con el estilo indirecto libre y con la descripción narrativa ortodoxa.

Sea esto o sea otra cosa, algo tiene que enganchar al lector cuando se enfrenta a un monólogo interior puro. Y ese algo suele ser la maestría del autor, porque generalmente el texto está lleno de incomprensión. ¿Qué hubiera sido, si no, de la arriesgada El ruido y la furia, de Faulkner, que empieza la primera de sus cuatro partes con un narrador hipnótico pero críptico, como es Benjy? ¿Cómo se atrevió a empezar así, pudiendo arrastrar a la novela al ostracismo? El monólogo interior de una persona con una discapacidad intelectual, lleno de misterio, de poesía, de falsas incongruencias, de incorrecciones gramaticales, de pistas sobre los horrores de una familia, de los que no nos enteraremos realmente hasta que lleguemos al final de las páginas de la novela (cada parte corresponde a un miembro de la familia). Faulkner utiliza la cursiva, el ritmo poético y a la vez limpio, las imágenes inocentes que tienen un fondo de tragedia. Nunca fueron tan famosos estos monólogos interiores como los del Ulises, pero a mí me parecen realmente fascinantes.

Nadia Fusini, en su ensayo Poseo mi alma. El secreto de Virginia Woolf, libro que me ayudó muchísimo en la lectura de Las olas y en la comprensión en general de la obra de Woolf, cuenta algo acerca del momento en el que la autora se adentra en el nuevo desafío: […] Quería representar “una mente que piensa en medio de islas de luz: islas en un flujo de corriente. Atrapadas en las corrientes vuelan las polillas”. Vio “una lámpara, un jarrón de flores en el centro. La flor cambia”. Se trataba de reunir estas escenas.

Y a continuación cita un párrafo de la misma Virginia, planteándose la narración de Las olas: Una mujer abre una ventana y la polilla entre en la casa. En ese momento dos corrientes se encuentran: el movimiento rectilíneo de las polillas y el cíclico de la flor, que perpetuamente muere y renace. Pero ¿quién es ella? No debería tener nombre, ni Lavinia, ni Penélope. Solo ella. Pero ¿no se convertirá en algo demasiado artificioso, demasiado liberty, demasiado simbólico?

Cuando tuvo claro que Las olas contendría su propia biografía a través de la vida de la gente a la que amaba, los personajes importantes de su vida, de su infancia, pero todos convertidos en uno, con una misma voz, dijo: “Será un libro abstracto, místico, sin ojos”. Para Virginia Woolf: La imaginación es un pez esquivo y resbaladizo. Y la escritora una pescadora a la orilla de un lago con un anzuelo a ras del agua. No se sabe en lo que piensa, si es que piensa… Simplemente deja que vuele su imaginación, que nade por los fondos de su alma, descienda a lo más profundo de su conciencia, se nutra de cada brizna de sus experiencias y fluctúe en el mundo que yace sumergido. Luego, de repente, la pescadora grita: el anzuelo se afloja, la imaginación vuelve a flote y fluctúa blanda, ociosa, sin vida. […] La pescadora se lo pregunta a la imaginación: ¿por qué? Y esta responde: es culpa tuya, tendrías que darme más experiencias.

Concurso Escuela de Escritores/El Asombrario

¿Os atrevéis a escribir un monólogo? ¿A dejaros ir? Empieza a escribir, sin pensar demasiado, y encuentra el ritmo; déjate llevar. Autobiografía o fantasía: todo vale. 500 palabras aproximadamente. ¡Disfrutad! Y envía el texto al Concurso Escuela de Escritores/El Asombrario antes del 23 de diciembre. El texto ganador se publicará en estas páginas, con el correspondiente comentario de Lara Moreno, y el autor podrá disfrutar de un mes gratis en cualquiera de los cursos de la Escuela, tanto presenciales como por Internet.

Para enviar el texto pincha aquí

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Comentarios

Hay 2 comentarios

  • 16.12.2016
    Mª asuncion portillo ollero dice:

    ¡Qué poco tiempo ha pasado, y sin embargo parece que hace un siglo!.
    ¡Otra navidad!.Y menos mal que este año no me toca preparar la cena de Navidad; mis hijos han considerado que era demasiado pronto después de mi operación para tener que preparar comida para veinte personas.
    ¡ Mis hijos piensan en todo!.Sobre todo Beatriz, mi nuera. ¡Que buena es, y cuanto aguanta la vena de artista que llevo dentro!, Sobre todo me siento comprendida. Ella lo paso muy mal, !Mira que quedarse viuda con veinticinco años!. Una criatura de pocos meses le quedó de ese matrimonio, y tuvo que trabajar mucho para mantener su casa y a su hijo. Tardó bastante en rehacer su vida y ¡Las casualidades de la vida!. Encontró a mi hijo por su trabajo. Así es que como la viudedad, y la soledad los angustiaba decidieron unir sus vidas; ahora se ha convertido en la mama se ni pequeñita Alba, con veinte días me la dejo su madre,
    Le comenté lo del teléfono: ¡Que cosas mas raras me están pasando este último año!. En la playa este año parecía estar poseído. Estaba tan feliz en la playa, mirando esa maravilla de mar y de cielo azul que tenemos en Cónil, cuando comenzó a dar llamadas sin ton ni son, pareciendo el teléfono tener vida propia y desde centro de la pantalla comenzó a lanzarme palabras que al principio pensé que era algún amigo o amiga con ganas de broma: palabras como “Eres lo más bonito de este mundo” O “Te quiero como a nadie he querido en mi vida”.!Dios santo!, ¿Quién me decía a mí esas cosas?.
    ¿Quién podía ser?.
    Cuando llegué a Madrid, tuvimos que llamar a la compañía, y ella confirmó que era un hackers que dominaba mi teléfono; mis contactos llamaba a mis amigas sin saberlo yo, los cual no las sentó muy bien. Por lo cual el teléfono tuvo mi hijo que resetearlo, y ahora tengo uno nuevo. Pero sin duda el hackers sigue en mi teléfono, !La vida sigue dándome sorpresas, yo que creí que ya lo sabia todo o casi todo de la vida, entran las nuevas tecnologías y te das cuenta que no sabes nada!. Pero creo que lo tengo dominado la última vez que apareció le mande un icono, una caja de regalo con un lazo hermoso azul, para que se quedara quieto en ella. La verdad es que no me hizo mucho caso , me apareció otro día diciéndome que su país era Venezuela.
    ¡Dicen que en su país está a eterna primavera, pero si no tienen comida de que les sirve!.
    ¡ Digo yo que no pasar frío, también será agradable!, Los huesos no te dolerán cuando las estaciones cambien. Los años que pasamos en Las Palmas los recuerdo con cierta nostalgia, aunque estábamos deseando de llegar a la Península y que te diera el aire fresco en la cara cuando salías del avión. ¡Que alegría los placeres del invierno!; Sentir la lluvia detrás de los cristales, y estar arropadita debajo de una manta, leyendo un hermoso libro.! Eso no está pagado con nada ni la mejor primavera!.

    Madrid-10 –12-1016.
    Mª ASUNCION PORTILLO OLLERO
    choniportillo@gmail.com

  • 16.12.2016
    Liliana dice:

    El monólogo interior, directo o narrado, es una de las técnicas que más me impresiona y hasta impacta en las obras literarias. Cuando descubrí a Faulkner, me abrió la cabeza de tal modo que casi todo lo que no tuviera fluir de consciencia me empezó a parecer casi banal… No sé si es pretensión, simplemente y sin darme cuenta, al comenzar a leer, lo busco y hasta necesito. Se conoce de mil modos a un personaje, pero con su propia voz no nos quedan dudas de sus angustias, deseos, dudas, remordimientos, etc. Y no solo en la lectura lo busco, en mis pobres escritos literarios también surgen casi espontáneamente…
    Agradezco el artículo, trataré de conseguir los textos citados. Me serviran para mi tarea docente. Gracias.

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