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¿Yo escribo, yo escribía o yo escribí?

Por El Asombrario & Co., el 7 de Enero de 2017, en concurso

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Foto: Pixaby.

Comenzamos el año con algunas aclaraciones en torno al uso de los tiempos verbales de la mano de Pedro Bosqued el profesor del mes de la Escuela. Como siempre, su lección nos da pie para la propuesta de escritura y el concurso. El ganador podrá disfrutar de un mes gratis en cualquiera de los cursos de la Escuela de Escritores y el texto lo publicaremos en las páginas de este blog. Anímate.

Dice el académico, madridista y escritor, por el orden que se prefiera, Javier Marías en La muerte de Manur: “El presente de indicativo es un tiempo verbal que, pese a sus ilustres antecedentes históricos, yo rechazo en principio (todo escritor, si rechaza algo, debe hacerlo solo en principio) como tiempo impropio de la narración, más aún en la actualidad, cuando se está abusando de él hasta la náusea. Personalmente me parece fatigoso, demasiado reminiscente de las acotaciones teatrales y de los guiones cinematográficos, facilón como recurso y –por si todo esto fuera poco− abocado a propiciar casi exclusivamente un tipo de párrafo corto, poco construido y de difícil vuelo”. No seremos nosotros, en este tema aquí y ahora (tiempo presente, al fin y al cabo), quienes le enmendemos la plana, por lo que seguiremos su hilo argumental para escoger un tiempo de la narración diferente.

Antes de comenzar siquiera el primer párrafo, el escritor debe elegir el tiempo verbal en el que transcurrirá la narración. Lo habitual, tanto si se escoge la tercera persona como la primera, será escribir en pretérito indefinido (Lucas bebió, Raquel cantó y en Belén ya nació…). El indefinido, frente al pretérito imperfecto, presenta las acciones como terminadas, por lo que es el más adecuado para las acciones que ya no van a cambiar. Uno de los errores más habituales al comenzar a escribir, es narrar con el pretérito imperfecto cuando debería usarse el indefinido. El imperfecto tiene un aspecto durativo, adecuado para las acciones habituales, para narrar costumbres de los personajes, pero no para las acciones puntuales. Ahí es donde entra a apoyar al escritor, el tiempo indefinido.

El pretérito indefinido da los hechos que escoge el narrador por ya terminados, por lo que para una novela o un cuento, no digamos para un ensayo, será el tiempo en el que se mueva con mayor frecuencia. El uso del indefinido no significa que quede enclaustrada o rígida la narración, solo que no presenta lugares por los que resbale la trama. Los hechos quedan sin posibilidad de ser tergiversados. Otra cosa es que otro narrador que elija el escritor pueda contar lo sucedido desde otro lugar o punto de vista que incluso desmienta lo que decía el primer narrador. Pero siempre deberá seguir narrando en pretérito indefinido. El uso de este tiempo será de gran utilidad para dotar al narrador de verosimilitud, como otros tiempos verbales, y también de veracidad literaria. No significa que la realidad exterior fuese así, solo que la realidad narrada discurre sin duda por esos raíles. Como si el narrador fuese el conductor o el revisor de trenes que nos contase la historia de otro viaje en nuestro vagón. Al emplear el indefinido, nos traslada al tiempo que escoja pero de manera estanca. Sin permitir que haya interferencias, porque todo ha sucedido y terminado.

Sirva como ejemplo, el siguiente extracto de una novedad editorial que acaba de llegar a las librerías. En su último libro, Teoría del ascensor (Jekyll & Jill), el argentino Sergio Chejfec cuenta un suceso que al narrador le sucedió hace ya algún tiempo. “Una madrugada de 1985 me tocó estar en la pizzería El cuartito, en la calle Talcahuano de Buenos Aires. Era hora de cerrar: la santamaría de la puerta ya había caído y dos mozos ponían las sillas patas arriba sobre las mesas. Por entonces esta pizzería era más barrial, sin la luz abundante que tiene ahora y con las paredes menos decoradas con fotos y recortes de prensa. Aquella noche cerca de la entrada se demoraba un señor mayor, hacía rato que había terminado el plato y la bebida, y ahora estaba concentrado en contar unos billetes que iba extrayendo del montoncito que había puesto sobre la mesa, presumiblemente para pagar. Los mozos hacían gestos de impaciencia cuando pasaban por detrás de él, pero también de complicidad, como si lo conocieran, lo cual se traducía en algo parecido a la burla”. No solo está el pretérito indefinido, aparece por ejemplo el presente (luz abundante que tiene ahora) para dinamizar la historia. De forma que al tiempo elegido para narrar la anécdota, el pretérito indefinido; Chejfec elige otros tiempos verbales que traen el suceso hasta el tiempo en el que se lee.

Cuando se emplea el pretérito imperfecto, que como hemos dicho antes, se utiliza para describir acciones repetidas, el elemento suspense no existe. No es un tiempo acabado, sino durativo, como los hábitos. Cuando el narrador salte al indefinido es cuando comienza de verdad el tronco de lo que se quiere relatar. Como hacía Sergio Chejfec al describir en la pizzería su primer encuentro con el también escritor argentino Antonio Di Benedetto.

Escoger el tiempo verbal desde el que se va a narrar es primordial para el texto. Una vez elegido y escrito, podrá hacerse el ejercicio de volcar todo el texto a otro tiempo verbal para ver desde dónde el lector lo lee con mayor comodidad. Pero siempre una vez leído y hecha la prueba de que no encajaba con el tiempo inicial escogido. Sea o no el indefinido, hay que tenerlo presente.

Concurso Escuela de Escritores/El Asombrario

Un barracón de un campo de concentración. Algo que no se ha destruido para no ser olvidado. Pero la acción ya ha pasado, y la conocemos. Con el uso del pretérito indefinido, contar una breve historia, una narración libre cualquiera de unas 500 palabras aproximadamente.

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