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“Siempre quiso ser pirata; y al escribir encontró la verdadera aventura”

Por El Asombrario & Co., el 23 de diciembre de 2016, en entrevistas

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Susana Plaza-Castillo.

“Universitaria frustrada, titulada en Inglés, lectora impenitente y escritora en ciernes. Autora de: ‘La noche de la higuera’ y ‘Los chicos de la azotea’, cuentos publicados por la Escuela de Escritores en sendos libros recopilatorios. En la actualidad, escribo mi primera novela y es alumna del curso de Novela I que imparte Alfonso Fernández Burgos”, así se describe en la autoentrevista Susana Plaza-Castillo, la alumna elegida por Lara Moreno, la profesora del mes de la Escuela de Escritores.

“Yo siempre había querido ser pirata pero no supe lo que era la verdadera aventura hasta que empecé a escribir”.

¿Pirata?

Pues sí, imaginativa, amiga de inventar historias y genéticamente anárquica, me di cuenta a una edad muy temprana de que la autoridad competente y yo nunca nos íbamos a llevar bien. Cuando descubrí a Salgari, Stevenson, Defoe, Kipling y otros grandes narradores de aventuras pensé que mi futuro estaba sellado pero resultó que había nacido en la época y la ciudad equivocadas para semejante destino. La única manera que encontré de enfrentarme a ese ver, oír y callar que regía el comportamiento de los infantes de mi quinta fue empezar a escribir un diario. Y así, hasta hoy. A pesar de que mis motivaciones para escribir han variado con los años, mi propósito sigue siendo el mismo: hacerme oír.

Creo que fue Borges quien dijo: “Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. En ese sentido, ¿tú te consideras grande?

Pues no lo sé. Para mí siempre ha habido un antes y un después de Delibes. Leí Las Ratas por primera vez cuando tenía 12 años y ya nada volvió a ser lo mismo, ni los cómics, ni las novelas de aventuras, ni las de misterio (hasta mi adorada Agatha Christie sonaba distinta). Pero, a pesar de estos autores cuyas obras todos conocemos y que te sacuden hasta el tuétano, yo siempre acabo volviendo a la novela gráfica (Alan Moore, Carlos Giménez), al buen manga japonés (Mizuki, Jiro Taniguchi), al relato negro de calidad (Vázquez Montalbán, Camilleri, Jean-Claude Izzo) y al extraordinario terror gótico (Poe, Wilkie Collins, Mary Shelley).

Con los tiempos que corren, ¿cómo se te ocurrió gastar un dinero que no tienes en la Escuela de Escritores?

Machado dijo: “Todo necio confunde valor y precio”. Llegó un momento de mi vida en que la necesidad de ir más allá, de compartir con otras personas lo que yo sentía, lo que siento por la escritura, por ese afán insaciable de contar, superó con creces el miedo a abrirme, a, de alguna manera, desnudarme frente al mundo y, quizás, ser juzgada por ello. Y también, desde un punto de vista más pragmático, quería que alguien con los conocimientos y la experiencia necesarios evaluara la calidad de mi trabajo, que me dijera hasta qué punto yo era digna de ser leída.

Y, ¿cuál ha sido el veredicto?

Ninguno. He aprendido que todas las obras, a su manera y siempre que sean sinceras, son válidas. Que no se trata de competir, de ser el mejor, el más listo o el más culto de la clase, sino de ir mejorando día tras día, entender, compartir y echarle páginas y más páginas al asunto, con seriedad pero sin perder la perspectiva ni el sentido del humor. En la Escuela me he encontrado con compañeros y compañeras geniales, perspicaces, con unos puntos de vista maravillosos y ricos en matices, con estilos e intereses literarios muy diferentes a los míos pero que también me han enseñado mucho. Para mí, los comentarios, las revisiones que todos hacemos de los textos de los demás, son muy importantes y además me parece que establecen un hilo conductor, una mecánica de curso muy fluida.

¿Qué crees que piensan los profesores de todo esto?

Pues no lo sé, pero todas las que he tenido hasta ahora han insistido mucho en que trabajáramos en ese aspecto. Paula Lapido, que me mostró el inicio del camino, ese primer curso que se podía haber llamado (al menos en mi caso) Los tics del escritor novato y cómo superarlos; Margarita Borrero que me enseñó, entre otras cosas, la importancia de no flagelarse en exceso cuando un relato no queda tan redondo como esperábamos; Montalbà Bori, siempre con una palabra amable, siempre dispuesta a ayudar, y Lara Moreno, que me animó a ser más libre, más valiente, a dejarme llevar y prescindir un poco de esas ataduras que a veces nosotros mismos nos imponemos como escritores.

Venga, venga, no pueden haber sido todas tan buenas profesoras, ¿no?

Depende de lo cada uno considere “bueno” en un profesor. Para mí, no se trata solo de su nivel académico, de la cantidad de conocimientos que tenga o de su impresionante currículum literario. Todo eso se ve ensombrecido si la persona carece de ese toque humano, empático, hasta imperfecto si me apuras, que lo convierte no solo en un buen maestro sino en un compañero de viaje. Es una cuestión de equilibrio.

Inspiración, iluminación, musa, numen, estro o como quieras llamarlo. ¿De dónde?

No tengo ni idea. Anécdotas y vivencias de mi infancia, de mi familia, de mi pareja, las noticias del periódico, la gente de la calle, otros libros, una canción, un trazo, el color de una pincelada, una sombra en una fotografía. Observo, escucho, tomo notas (siempre llevo conmigo un cuadernillo y un bolígrafo) e imagino. Tengo libretas llenas de frases para iniciar o para incluir en mis cuentos pero el desencadenante, la chispa que prende y hace que termine de arrancar, no sé de dónde viene o cómo se produce.

¿Estudio, biblioteca, bañera, sentada a la mesa de la cocina?

En casa tengo una habitación pequeña cuyas paredes están en proceso de ser alicatadas con toda obra legible que se precie. Suelo trabajar sobre una mesa atiborrada de papeles, libros de consulta, diccionarios, bolígrafos, fichas y demás aperos de escritura

¿Ordenador, cuaderno de anillas, folios, servilletas? ¿Lápiz, pluma, bolígrafo? ¿Música, silencio? ¿Día, noche?

Las ideas, los bosquejos, en papel, en cualquier momento del día y hasta en un concierto de Obús pero el proceso de ensamblaje y la revisión final, de noche, en el ordenador y acompañados de jazz, clásica o del ruido del filtro de mi pecera.

¿Cuentera o novelista?

Ojalá que ambas, y rimadora y ensayista y cronista y bloguera y cualquier cosa relacionada con el oficio de escribir. Es verdad que me siento muy cómoda con el cuento, me obliga a ser precisa, contundente y rápida, a no irme por las ramas (a lo que, lamentablemente, soy un poco propensa).

¿Y ahora?

Ahora sigo trabajando en el proyecto que empecé el año pasado, mi primera novela. Me guía en esta parte del recorrido Alfonso Fernández Burgos. Me está costando un poco por diferentes motivos, pero es algo que siento que necesito hacer para poder avanzar.

Vamos terminando o qué.

Dar las gracias a las personas que me apoyan y me han apoyado siempre en mis proyectos y a todos aquellos con los que llevo años compartiendo afición, ganas y escuela. ¡Escribid, escribid, malditos!

Cursos de enero de la Escuela de Escritores.

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