14.06.2017

Hakan Günday: “Es imposible escribir algo tan violento como la realidad”

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El escritor Hakan Günday. Foto: Ariadna Arnés

El escritor Hakan Günday. Foto: Ariadna Arnés

Considerado como el ‘enfant terrible’ de las letras turcas, Hakan Günday es un autor especialista en arrastrar a los límites al lector. A través de una escritura crítica, muestra los peores recovecos de la sociedad; allí donde se esconde lo execrable del ser humano. Lo muestra sin ningún miramiento, intentando así reflejar la realidad que nos rodea; una realidad más cruda aún que sus libros. Ahora, bajo el sello editorial Catedral, publica ‘¡Daha!’, una novela con protagonismo infantil, ya que “los niños son los únicos que se hacen preguntas sobre las catástrofes”.

Desde pequeño, el protagonista se ha dedicado siempre al tráfico de refugiados a su paso por Turquía, por lo que no siente ningún remordimiento al tratarles como mercancía. De esta forma, interviene desde este campo para mostrar cómo haber interiorizado cualquier catástrofe global no crea ningún conflicto en la persona.

Dedicas el libro “a aquéllos a los que en nombre de las naciones, la historia de los hombres entierra vivos en las calles”. ¿Quiénes son exactamente?

He querido dedicar el libro a todos los manifestantes pacifistas que han muerto en las calles de todo el mundo por la fuerza de la mano del hombre. También a los refugiados que tiene que huir de sus países y cuyo final casi nunca es feliz.

¿Cuánto de culpa tienen las naciones en estas tragedias?

La libertad de expresión es una de las bases que permiten la evolución de las sociedades. Pero por desgracia en la mayoría de los países de Oriente Medio ni siquiera se ha llegado a esta libertad, porque lo que ha perdido valor es la vida humana, que es la base de las bases.

Es por ello que asientas la novela en Turquía, un punto geoestratégico mundial y un obligatorio paso de los refugiados hacia Europa.

Efectivamente. Toda esa gente dejaba sus países porque estaban en guerra civil o porque vivían una pobreza extrema, que es otra forma de violencia, y atravesaban Turquía siendo invisibles. Pero en este país, si te fijas un poco, enseguida vas a ver a todos esos fantasmas que no son en absoluto invisibles. Ésa era la situación en 2013; ahora esos fantasmas se han materializado en carne y hueso, y están intentando formarse una nueva vida. Porque ya no se limitan a pasar; ahora hay tres millones de ellos que se han asentado en Turquía.

Narras ese paso de los refugiados a través de la visión de un niño.

Yo lo primero que quería era que el protagonista no tuviera ningún dato sobre el fenómeno de la inmigración. Y quería que el protagonista hiciera preguntas sobre ese fenómeno. Porque hoy en día, por desgracia, sólo los niños se interrogan sobre esta catástrofe. Los adultos ya llevan suficiente tiempo en este planeta para haberse acostumbrado a las tragedias y han dejado de hacerse preguntas.

¿Tan impermeables somos?

La historia nos demuestra que somos campeones del olvido. Ahora mismo, el país que intenta limitar el uso de bombas nucleares es el único que las ha lanzado. Y nos parece lógico porque se nos ha olvidado.

Pones el foco en el niño, pero para él es normal porque su realidad parte de un punto atroz.

Por eso empecé a pensar que la realidad que él conoce es la única posible en esta tierra. Porque para él los únicos seres humanos que hay en el mundo son él y su padre, que es el traficante de hombres. El resto, los inmigrantes, sólo son objetos, mercancías. Sólo con el paso del tiempo empezará a hacerse preguntas, porque desde crío se ha desarrollado en esta debacle. Cuando crezca, con 14 años, comenzará a interrogarse. Y se pasa toda su vida intentando romper ese recuerdo de esa realidad en la que ha nacido. Intenta inventarse una nueva realidad en la que de verdad se relacionaría con nuevos seres humanos.

En este sentido, ¿son las historias familiares siempre circulares?

Sí, pero lo vemos no sólo en las familias, sino también en las comunidades, en las sociedades…, un círculo vicioso que se retroalimenta. Y a veces ese círculo vicioso crece tanto que no somos capaces de ver que estamos en él. Porque antes de dar la vuelta completa al círculo, ya hemos muerto. Y si miras un poco la historia del mundo, hay muy pocos ejemplos de personas que hayan conseguido romperlo.

¿Cómo podemos ser conscientes de que estamos dentro?

Yo creo que la literatura nos puede ayudar. Imagina que la violencia en tu familia es una forma de comunicación. Forma parte de tu vida diaria. Digamos que mentir es una forma de violencia, porque estás rompiendo la realidad de tu receptor. Si tú no aprendes que la mentira es una forma de violencia, la vas a aceptar como una forma de comunicación normal. Y para eso, menos mal que tenemos la poesía, el teatro, las novelas y todas las formas de arte que nos revelan y definen qué es la violencia. O al menos lo intentan.

En el libro, el círculo vicioso se cierra cuando el niño mete a los refugiados en una cabina, ya que en ese momento no hace otra cosa que reproducir la relación con su padre.

Sí, porque la única forma de relación que conoce es la que le ha enseñado su padre. Entonces la toma y la traslada al depósito. Como no tiene videojuegos con los que pueda destruir países o matar gente, pero sí tiene seres humanos a mano, comienza un juego de creación de país. Comienza con una democracia, pero como en ese depósito la vida humana no vale nada, se transforma en una dictadura.

Se transforma en una dictadura y, automáticamente, los seres humanos del depósito pierden la voz.

Cuando entras en un sistema de presión y de abuso, por muy fuerte que grites, nadie te oye. Los muros que te rodean están construidos de carne y de hueso y cada uno se convierte en la cárcel del de al lado.

Antes comentabas que el niño escribe la novela como una mirada retrospectiva. ¿Cuánto de redención hay en la obra?

Creo que ese niño intentó llegar a la redención utilizando la honestidad, contando su propio pasado de la forma más sincera posible. Es el único camino que encuentra para alcanzar la redención. Parece sencillo, pero en realidad es muy difícil. A día de hoy, pocas sociedades son realmente sinceras con su propio pasado.

Hay un momento de la novela que dices que la primera herramienta que utilizó el hombre fue el propio hombre. ¿Cuánto de real hay en esta frase?

A mi modo de ver, el nivel de crueldad que hay en la novela se queda muy corto con el que hay en la realidad. En esta novela no están los falsos chalecos salvavidas que vendían a los refugiados hace un par de años. En esta novela no está la guerra civil de Siria, que ha sido el campo de batalla entre diez países. En esta novela no hay periodistas o cámaras que pongan la zancadilla a una familia de refugiados que intentan cruzar la frontera con Hungría. Es decir que es imposible escribir algo tan violento como la realidad.

Con estos ejemplos muestras la cara más cruel, más deshonesta de la realidad, ¿crees que hay algún punto de fuga?

Claro que sí que lo hay. Aunque hay una parte de la sociedad que no se preocupa por nada de esto, sólo por lo que le ocurre en su propio barrio, en esas mismas sociedades también hay personas que se preocupan por los refugiados y que están dispuestas a conducir 10.000 kilómetros por ayudarles. Lo cual demuestra que hay un potencial por encontrar una salida. Pero eso requiere que trabajemos y desarrollemos en nosotros mismos la sensibilidad como si fuera un músculo. La respuesta es que sí, que hay solución, pero la pregunta es si queremos encontrarla.

La novela la escribes en 2013. ¿Cuánto ha cambiado la situación desde entonces?

Entretanto, en Siria ha habido seis millones de personas que han tenido que irse de sus casas. Y también ha habido millones de desplazados dentro de la propia Siria. Y es un país donde países de todos los continentes han intentado hacer experimentos militares y políticos. Eso significa que hay otro punto que ha cambiado desde la publicación de la novela; la gente se ha dado cuenta de que los refugiados que van caminando por el desierto, en poco tiempo estarán en las puertas de sus casas. Y eso es un cambio importante porque se han dado cuenta de que no viven solos en este planeta. Pero, por supuesto, pueden olvidar pronto lo aprendido.

Según los datos, parece que no queremos encontrar esa solución.

Necesitamos atender a las causas de esos dramas, que son todas las relaciones internacionales existentes entre los países inmiscuidos en esa guerra. En resumen; hay que volver a partir de cero, partiendo de una igualdad que es necesaria crear, porque, si no, seguiremos cometiendo los mismos errores.

Y no podremos salir del círculo vicioso.

Exacto.

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Sobre el autor

Carlos Madrid
Terminé periodismo allá por 2013, pero, no sintiéndome suficientemente formado, me matriculé en lector insaciable, perpetuo viajero, musicodependiente, aprendelenguas... Difundo lo que me agita por dentro en aquellos lugares donde me toleran.

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