11.04.2017

Imma Turbau, hay vida antes y después de El Juego del Ahorcado

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La escritora Inma Turbau.

La escritora Imma Turbau.

Más de 20 años de escritura y 20 versiones distintas del relato. Esta es la historia de ‘El rostro del tiempo’, la nueva novela de Imma Turbau (Navona). Y decimos nueva porque acaba de publicarla, pero en verdad Turbau terminó su primera redacción cuando solo tenía 18 años. Desde entonces, muchas versiones, muchas correcciones y el éxito editorial obtenido con ‘El juego del ahorcado’, hace ahora 10 años.

La escritora, periodista y gestora cultural confiesa escribir a mano. “Para mí la escritura es algo físico”. Confiesa que antes de pasar la versión definitiva al ordenador, tiene que escribir a mano. “Escribiendo a mano El rostro del tiempo puedo percibir la sonoridad de las palabras”. Su nuevo libro es una historia intimista de amor narrada a partir de momentos capaces de concentrar el tiempo vital de los personajes, un tiempo que se evoca, pero que Turbau no narra. Una historia de espejos, donde los personajes Carlos y Carla se reflejan el uno en el otro: él habla, ella no. Sin embargo, en el hablar de él está ella, como proyección de un pasado truncado por la ausencia inesperada.

‘El rostro del tiempo’ es una novela construida a partir de la casualidad de un encuentro, que será decisivo.

En la anterior novela, El juego del ahorcado, los personajes eran amigos, pero en esta ocasión es cierto que el encuentro entre Carlos y Carla es casual y su historia se resume en momentos, casi epifánicos, en los que se concentra y se condensa el tiempo. En la base de la novela hay una idea bergsoniana del tiempo: la idea de los momentos y de las experiencias vividos que marcan la existencia. Además, en El rostro del tiempo, a diferencia de la otra vez, hay un juego de identidades, puesto que no queda claro hasta qué punto son dos personas o si, por lo contrario, Carlos y Carla son el mismo personaje. De hecho, ella es contada por él, ella nunca habla. Pero, aparte de esto, principalmente lo que quería era narrar una historia de amor, con algún tinte de misterio que me permite como escritora llevar al equívoco o a la duda al lector.

También planteas un juego de espejos: los dos personajes se reflejan el uno en el otro a la vez que se reflejan sobre un manuscrito que termina teniendo su representación en el cuadro que la protagonista pinta.

Efectivamente. La novela tiene una estructura espiral y es un gran juego de espejos: todo está reflejado y a la vez contenido en todo. En cierta medida, la novela es como una muñeca rusa, donde la historia se desarrolla en dos tiempos o, mejor dicho, dos velocidades distintas, la de la narración del enamoramiento y la de la reflexión sobre ese enamoramiento vivido y el paso del tiempo. Además, la novela está estructurada en siete días, en los que se concentra todo, y, por tanto, es un libro que puede leerse en relativo poco tiempo, el lector se adentra en esos siete días y encuentra, sin embargo, una temporalidad más amplia.

¿Has tenido muy presente el tiempo que requeriría tu novela para ser leída?

Es algo que siempre tengo muy presente. De hecho, si te fijas, esta novela no es mucho más breve que El juego del ahorcado. Creo que hay libros que requieren lecturas sosegadas, que están hechos para perdurar en el tiempo, pero también hay libros que, por lo contrario, necesitan ser leídos rápidamente. Normalmente estos libros de lectura rápida giran en torno más a un hecho que a una historia. Estoy convencida de que otro tipo de escritor hubiera convertido El rostro del tiempo en un novelón, pero yo he preferido ofrecer al lector una lectura rápida y, al mismo tiempo, dejarlo con ganas de saber más, no he querido darle todos los detalles.

¿Concibes la escritura como la búsqueda de lo esencial?

Sin duda. Con El rostro del tiempo me ha pasado lo mismo que me sucedió con El juego del ahorcado: he quitado todo lo que creía que sobraba en busca de lo esencial. Y no es fácil, ante todo porque yo no soy el editor ideal de mis libros, pero las primeras ediciones del texto siempre las hago yo. Yo escribo muy rápido y puedo llegar a tener 20 versiones distintas, y en cada nueva versión lo que hago es tratar de llegar a la esencialidad, intentando quitar todo aquello que creo que sobra a la historia. Lo que me sucede en esta ocasión es que, ahora que el libro está terminado, me doy cuenta de que la historia me pide, no tanto seguir con ella, pero sí darle una vuelta y darle la voz a ella, que es la que no habla.

¿Por qué suprimir la voz de ella?

El rostro del tiempo es la historia del poder de la víctima y del poder del superviviente y, por tanto, en una primera versión quien hablaba era ella, pero luego decidí probar otras voces: escribí la historia en tercera persona y también en segunda. Todas las historias son diferentes dependiendo de quien la cuente, cada versión tiene sus resquicios y sus interpretaciones. Si se pudiera contar una historia desde los 360 grados, lo haría; pero al no poder hacerlo, suelo optar por dar la voz a un único personaje y, en pos a la coherencia del relato, termino eliminando las otras voces. Esto es lo que he hecho aquí y, al final, tras varias versiones, opté por darle la voz a él y hacer que a ella solamente se la escuchara a través de él o a través de los diálogos.

Ese silencio de ella se explica, en parte, por su deseo de no conocer su historia e, incluso, de no darse ella misma a conocer.

Efectivamente, y aquí radica el hecho de ver, ahora que la novela está terminada, si ella como personaje pide que la historia sea contada desde su perspectiva. Esto ya lo veré, pero estoy contenta por haber escogido la voz de él, porque quería comprobar mi capacidad de ponerme en la piel de un hombre y hacer que su voz y su historia fueran verosímiles.

¿Supuso un reto para ti?

A mí me alucinaba que Juan Marsé en El amante bilingüe consiguiera adentrarse hasta ese punto en la mente y en la voz de una mujer. Recuerdo especialmente cómo describe un acto tan íntimo como el de una mujer que, tras bajar las escaleras, se agachaba y se subía una media. Estamos relativamente acostumbradas a que hombres se pongan en el cuerpo de mujeres y las escriban, son muchas las escritoras que han escrito sobre mujeres, pero son muy pocas las escritoras que han escrito hombres. En este caso mi reto era ponerme en la piel de un hombre que contara a una mujer, pero subrayando cómo la mujer que él cuenta es una proyección suya.

¿Y por qué hacer de la pintura una proyección de la protagonista?

La pintura me permitía que la protagonista se pudiera expresar, sin tener que hablar.

El cuerpo, en todas sus dimensiones, tiene un papel muy importante en tus descripciones.

Porque en el cuerpo es donde se ve el paso del tiempo y se ve en todos los sentidos, no sólo de forma exterior, sino de forma interior. El cuerpo me sirve para que la protagonista perciba el paso del tiempo, con sus interrupciones, pero sobre todo con sus continuidades. Por esto, situé la acción en un momento en el que no hubiera ni móviles ni nada que pudiera suponer interrupciones continuas y por esto también situé la acción en un paisaje natural que sigue siendo el mismo desde siempre: la mirada de ella a ese acantilado es la misma mirada que tenía sobre ese mismo espacio una joven romana hace más de 2.000 años.

El tiempo se condensa sobre todo en la casa que habita la protagonista

La casa es el contenedor: todo lo que sucede dentro de ella tiene que ver con este transcurso del tiempo y, a la vez, con esa condensación del tiempo de la que hablábamos. El exterior de la casa es lo ajeno, es el lugar donde ella no está. Ella está contenida en la casa.

Y él es arquitecto que busca construir o encontrar su casa.

Él es un arquitecto de lugares de paso, de centros comerciales, de estaciones, de puentes…, de lugares donde normalmente la gente no se detiene. Y, en efecto, el motivo por el cual llega hasta Carla es que está buscando una casa para él. Lo que pasa es que, al encontrarse casualmente con Carla, no sólo encuentra una casa, sino también una persona. Nuestro lugar no solo es un espacio físico, sino también la gente que nos rodea.

Por lo que he entendido, llevas escribiendo esta novela desde hace muchos años.

El rostro del tiempo es la primera novela que escribí y terminé con tan solo 18 años. Lo que sucede es que desde esa primera versión ha pasado mucho tiempo y, sobre todo, ha pasado mucho tiempo en mí. Yo quería contar una historia de amor de madurez y, en ese momento, no pude, seguramente porque no tenía la edad y porque no había vivido lo necesario para contarla.

Te iba a preguntar si te ha condicionado el éxito y la experiencia vivida con ‘El juego del ahorcado’ en el momento de pensar qué escribir después, pero veo que ya no tiene sentido…

Bueno, lo que sí puedo decirte es que la experiencia con El juego del ahorcado fue fantástica, tuve una gran suerte: buenas críticas, traducciones, la adaptación cinematográfica… Sin embargo, no fue determinante. Como te decía, llevaba escribiendo El rostro del tiempo desde mucho tiempo atrás y haber publicado no condicionó su escritura. Lo que sí conllevó publicar El juego del ahorcado fue una gran exposición pública, algo que a mí no me gusta del todo, seguramente porque trabajo en el mundo de la comunicación y sé lo que supone la exposición.

¿Supone riesgos?

No, no me preocupan las malas críticas; al fin y al cabo, no se puede gustar a todo el mundo. No me refiero tanto al riesgo cuanto al hecho de tener un criterio, y trato de ver el valor de las cosas. Exponerte públicamente como autor y exponerte con legitimidad no es fácil, menos todavía si buscas la legitimidad necesaria para exponerte públicamente. Es decir, si quieres que tu exposición esté motivada y que el lugar de escritora que vas a ocupar esté legitimado por tu obra. Antes de publicar la novela, me preguntaba si realmente era necesario publicarla, si se podía publicar. Tengo muchos textos que, ahora mismo, no tienen las condiciones para ser publicados, pero creí que, tras tantos años y tantas revisiones, El rostro del tiempo ya pedía salir. Veinticuatro años son bastantes años para estar manoseando una historia, que nunca va a ser lo que estaba en tu cabeza, pero que se aproxima bastante a lo que querías escribir.

¿Eres, por tanto, particularmente exigente con aquello que ofreces a tus lectores?

No digo que tienes que poner en el libro “sangre, sudor y lágrimas” como diría Churchill, pero sí creo que, si le pides a alguien que compre tu libro y le dedique horas de lectura, tienes que ofrecer a los lectores verdad. Y no me refiero a que sea verdadera la historia, sino que el compromiso con la escritura sea de verdad, que el propio acto de escritura sea verdadero. Esto no tiene nada que ver con la historia y la trama, a mí me gusta la ficción y no hago autoficción. Hay autores de autoficción que me interesan mucho y otros menos dependiendo de la vida de cada uno de ellos y dependiendo de la forma en la que la ficcionen.

¿Qué autores?

Me gusta tanto Foster Wallace hasta el punto de leerme tres veces La broma infinita, y creo que para hacer autoficción hay que ser alguien como él, es decir, alguien capaz de exponerse hasta la última víscera y, sobre todo, alguien capaz de convertir lo más íntimo en universal. La autoficción exige un nivel de verdad, de entrega y de vulnerabilidad que no ves en mucha gente y, por esto, muchos tratan de hacer autoficción pero no llegan.

¿Nunca escribirías desde el yo?

No, nunca. No consigo convertirme en personaje y puede que sea precisamente por esto por lo que sufro tanto con las entrevistas y con la promoción; no quiero ser un personaje, para mí los personajes están solo en las novelas.

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Sobre el autor

Anna María Iglesia

Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, “¿y cuándo la defiendes?”. Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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