16.10.2017

Javier Sierra logra el Premio Planeta más ‘político-ocultista’

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La escritora y abogada Cristina López Barrio, finalista del Premio Planeta, el ganador, Javier Sierra, y el presidente del grupo Planeta, Jose Crehueras, durante la gala celebrada esta noche en el Palacio de Congresos de Barcelona. Foto: Andreu Dalmau.

La escritora y abogada Cristina López Barrio, finalista del Premio Planeta; el ganador, Javier Sierra, y el presidente del grupo Planeta, Jose Crehueras, durante la gala celebrada en la noche del domingo en el Palacio de Congresos de Barcelona. Foto: Andreu Dalmau.

Ayer fue una noche para el ocultismo y no sólo porque Javier Sierra se convirtió en el ganador del 66 Premio Planeta, sino porque ocultos estuvieron todos los representantes políticos que, sin embargo, posaron junto al Monarca el pasado año demostrando una unidad ficticia y porque el libro, en cuanto tema de conversación, brilló por su ausencia.

El horno no estaba para bollos y menos para hablar de libros; el conflicto político en Catalunya, la supuesta declaración de independencia y el traslado de sede social de varias empresas, empezando por el Grupo Planeta, alimentaban los corrillos previos a la cena y siguieron alimentando gran parte de las conversaciones de la noche. “Al final, terminamos hablando siempre de política”, se quejaba la responsable de prensa de una editorial, insistiendo en cambiar, al menos por un rato, de tema.

Sin embargo, no era fácil, consciente o inconscientemente se terminaba hablando de lo mismo y nadie parecía estar a salvo de ello. A pesar de que tanto el ganador, Javier Sierra, como la finalista, Cristina López Barrio, escabulleron el tema en su discurso de agradecimiento, más volcado en hablar de sus propios trabajos narrativos y hacer un elogio de la literatura “como arma”, en palabras de López Barrio, durante la rueda de prensa las preguntas sobre la “cuestión catalana” no faltaron.

“Hablaré de política cuando los políticos hagan crítica literaria”, contestó un Sierra dispuesto a no entrar en el juego del titular. Por fortuna suya y, no nos engañemos, por fortuna también nuestra, los políticos están muy lejos de ejercer la crítica literaria -antes, en todo caso, deberían empezar leyendo para, en un segundo momento, apoyar el mundo de las letras con (aquí unas ideas) fomento de bibliotecas, ayudas fiscales a las librerías, becas para la creación y así podríamos seguir-, aunque también hay que decir que, si hablamos de representatividad, el Premio Planeta es el único que, a lo largo de su historia, ha contado con el apoyo explícito de los dirigentes políticos, y les aseguro yo que no es por motivos literarios. En efecto, este año ha sido el primero en el que no ha acudido el presidente de la Generalitat, cuya presencia significaba un respaldo al Grupo Planeta, el primer grupo editorial en lengua española y en lengua catalana y cuya trayectoria está estrechamente ligada a la ciudad de Barcelona desde que se creara en 1949.

Política aparte, debería hablarse de cuestiones literarias, puesto que, a priori, ayer se celebró una fiesta literaria. Sin embargo, no es fácil. A pesar de que el Grupo se enorgullezca de tener entre los galardonados y los finalistas más de cien grandes firmas, en los últimos años resulta cada vez más difícil hallarlas. “Hoy aquí están representadas las grandes plumas de las letras españolas”, anunciaba con énfasis algo impostado la presentadora del evento y a una no le quedaba otra cosa que mirar bajo la mesa, no fuera que estuvieran ahí, agazapados y escondidos, los grandes autores que apenas era imposible ver por la sala. Era por ello inevitable sentir una especial emoción al ver que, conversando con su editor, estaba Antonio Orejudo, autor de la espléndida novela Los cinco y yo. Una excepción que confirmaba la regla en esa reunión de gente que, por momentos, parecía la cena de Navidad de Antena 3.

No faltó nadie ni de la plana mayor ni de la pequeña pantalla: una podía pedir que le escenificaran un telediario, que le recitaran un monólogo humorístico -ahí estaba Luis Piedrahita que, cómo no, también tiene un libro publicado- o que le enviaran de la mano de Risto Mejide al rincón de pensar. Se echó de menos a Iker Jiménez –“hoy tenía programa”, me explicaron-, cuya presencia parecía casi obligada ante la victoria del eterno candidato Javier Sierra que, tras analizar en El maestro del Prado los secretos ocultos de las pinturas más representativas de la historia artística, se adentra en una historia en torno a la búsqueda del grial y de los secretos que éste esconde. Esta es la trama de El fuego invisible, el título con el cual el escritor y periodista -ha colaborado con varios medios, en el programa de Jiménez Cuarto Milenio y ahora prepara un programa para Canal #0- ha conseguido el premio con mayor dotación económica en España. “Habría que preguntarle dónde va a establecer su sede fiscal”, comentaba alguien con la misma sorna de quien se planteaba si el ocultismo y el esoterismo podrían servir para prever lo que pasaría con el Procés, a quienes no pocos ya ven como tema de novela para la próxima edición del Planeta.

Y, sí, volvíamos a hablar de política. Un bucle del que no salíamos tampoco cuando la finalista contó la trama de su novela: una mujer que, tras tener una aventura fugaz con un hombre misterioso, trata de buscarle y de descubrir su identidad a través de lo único que tiene de él, un amuleto y el libro que estaba leyendo. “¿No es un poco la historia de Pilar Eyre en Mi color favorito es verte?”, se preguntaba una periodista. “No, en esa ocasión el hombre iba a la guerra y aquí va a Tánger”, contestaba otra, y es que los matices son importantes, sobre todo en un premio donde las obras galardonadas parecen un déja vu solo comparable a la portada de Las ventanas del cielo, el libro de Gonzalo Giner: “¿Esta no es la portada de La catedral del mar?”, comentaba alguien evidenciando el más que asombroso parecido.

Todo un gran déja vu que convierte a la crónica de la noche en una repetición, no sé si paródica, pero seguramente no mejor, de la crónica del año pasado. Del mismo modo que el Premio Planeta parece ser, al menos desde el último lustro o algo más, un perfecto engranaje que funciona a ritmos sincopados e idénticos -celebración institucional, autores mediáticos, premiados sin riesgo y con ventas, más o menos seguras, simulacro nada creíble de premio no preparado donde todo aquel que se presenta puede ganar-, todo artículo sobre el Planeta es una repetición de constataciones más que evidentes de un evento en el que, aunque sujeto a más de una crítica, todos terminamos participando. Al final, la pregunta que me queda es: ¿El problema es él o soy yo?

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Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

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Un comentario

  • El 16.10.2017 , Angawa ha comentado:

    Solo quiero saber si salen los nazis en lo de Sierra. Grial y los nazis. No me puedo imaginar nada más literari…oh, wait!

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