13.10.2017

‘ La hija de Ryan ’: el miedo y la envidia al distinto

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Un fotograma de 'La hija de Ryan'

Un fotograma de ‘La hija de Ryan’

Tras un descanso de casi un año, vuelve a ‘El Asombrario’ la sección de Antonio Bazaga ‘Viernes de Cine’, para, coincidiendo con la avalancha de novedades cinematográficas del fin de semana, recomendar las mejores películas de la historia, según su experimentado entender. Hoy nos trae ‘La Hija de Ryan’ (1970), una de las más bellas y desconocidas películas del maestro David Lean, que será próximamente homenajeado en la primera edición en Madrid del festival TCM.

El literato y poeta austriaco Thomas Bernhard analizaba en su novela El malogrado la difícil encrucijada a la que ciertos seres -diferentes a raíz de sus anhelos físicos, intelectuales o sentimentales (por muy ingenuos o insensatamente inalcanzables que puedan resultarles al resto)- se enfrentan en aquellos lugares en los que la suerte les hizo nacer o la maldita eventualidad les destinó, sin clemencia, como morada donde desarrollar el alma. La dicotomía entre la vida en la enorme ciudad, con lo que supone de libertad disfrazada de anonimato o escondite, y la del pequeño pueblo en el que la belleza de su naturaleza no se da la mano con sus gentes, a veces tan pocas y tan abigarradas, a veces tan obsesionadas con el otro y con el afán de no dejar escapar los espíritus para poder conservar así su cotidianidad impoluta. Una cotidianidad rayando por momentos la endogamia mental, física y material. Un “todos a una” tan fuenteovejuno y fuerte, por otra parte tan primario como lo indicado en el segundo vocablo y tan cruel cual manada desbocada.

Estos días es noticia cinematográfica uno de los directores más aclamados de la historia, David Lean. Por un lado se cumplen 50 años del rodaje -una gran parte de él en España- de su oscarizada versión de Doctor Zhivago (obtuvo 5 estatuillas) sobre la novela homónima del premio Nobel Pasternak, y de otra, el nacimiento del Festival TCM en Madrid entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre, en cuya inauguración se rendirá homenaje al director inglés con la presentación de Nostromo: el sueño imposible de David Lean, de Pedro González Bermúdez, documental sobre el proyecto al que el director británico dedicó los últimos años de su vida y que no pudo ver realizado.

Hoy quiero introducirles en uno de sus mejores filmes, aunque quizá de los menos conocidos, La hija de Ryan. Espléndida historia, denostada en su momento, quizá porque su relato requiera no solo una, sino múltiples reflexiones. La individualidad, la fuerza asoladora de lo colectivo, los sueños propios frente a los del grupo, así como la necesidad del otro como igual dentro de la reglas castradoras o la amargura del individuo si no absolutamente diferente, sí distinto en sus anhelos, tanto íntimos como aparentemente superficiales. El nacer y el vivir en un sitio y en una época concretos. El precio que supone la diferencia, sea cual sea.

Todo esto bajo una historia de amor en la Irlanda de 1916, cuando Charles (Robert Mitchum), un maestro rural viudo, vuelve de Dublín a su aldea natal mientras Rosy (Sarah Miles), joven impulsiva, caprichosa, criada o malcriada por un padre adorador-cuya educación la ha convertido en toda una diferencia en relación a sus paisanos aldeanos- se encapricha con él y no parará hasta conducirlo al altar. Pero el matrimonio estará abocado al fracaso, ya que Charles es un hombre maduro, con juicio propio y sosegado, en tanto que su esposa es una joven novelescamente apasionada y romántica que acabará enamorándose de un oficial inglés (Christopher Jones), cuyo ejército ha invadido la isla tras la Gran Guerra y que ostenta el mando de un pequeño batallón en el pueblo. Rosy comenzará así un romance secreto que traerá múltiples consecuencias, no sólo felices y no sólo a ella.

Con una planificación escrupulosa, rayando lo pictórico, David Lean crea atmósferas brillantes en cada secuencia, dignas de ser consideradas por separado, para así poder discernir, una a una, todo lo que se puede dar cuenta de una historia y todo cuanto se puede sentir bajo el recorrido de la imagen. Es probable que el preciosismo pueda equivocarnos, pero estén seguros de que, si ello ocurriera, la memoria les hará volver a presenciar tamaño relato nuevamente, una y quién sabe si más veces.

El honor y el deshonor, el amor racional y la pasión sensual, se entremezclan cual espirales entrelazadas en toda la historia, en todos los personajes. Es Rosy (con la rotunda mirada de Sarah Miles) quien a través de sus anhelos mundanos cual Emma Bovary (aunque no por ello menos cercanos y comprensibles) y por gracia y desgracia de la educación burguesa, romántica y consentida que le ha abierto la mente, el cuerpo y los ojos hacia otras aspiraciones, hacia mundos imposibles demasiado caballerescos para su entorno, quien hará correr de arriba abajo, de un lado a otro, involuntariamente, las más altas cotas del corazón y de la inclemencia humana, del heroísmo y la tradición más tribal. El comportamiento de Rosy, tan íntimo, hará florecer lo más espiritual junto a lo más carnal y hasta lo más miserable de aquellos que la rodean.

Impecables en su cometido un plantel de actores inolvidables, con un Mitchum sosegado, humano, lejos de cualquier tópico, de cualquiera de sus anteriores interpretaciones; un Trevor Howard magnífico como el cura rural que conoce bien a sus ovejas, casi todas ellas con tintes negros; un Leo McKern dibujando espléndidamente la personalidad de un padre y comerciante que se mueve entre la ambigüedad y la mentira, en ocasiones piadosa, a ratos cobarde; unos aldeanos reprimidos, enjaulados y aterradores; y entre todos un enorme John Mills, ahí lo dejo a fin de que juzguen ustedes la magnitud de su actuación.

Con la banda sonora de Maurice Jarre, que marca en son de marcha en momentos y de romanticismo exquisito en otros los bellísimos acantilados de la costa irlandesa, las playas inmensas, los paraísos naturales y también la negrura del barro y el desconsuelo, el lodo de lo perdido y no resuelto entre tanta hermosura. Vean La hija de Ryan, y podrán presumir de conocer la mirada cuidadosa e indagadora de un genio cinematográfico y de haber presenciado una de las elipsis más hermosas y cautivadora del cine, entre flores y suaves telas de araña.

Pues el maestro David Lean muestra entre la belleza arrolladora de la naturaleza apenas profanada, los miedos y la envidia ancestral al otro, al diferente, a aquél que se atreve a infringir la norma -nunca escrita- que conlleva la esclavitud de la apariencia y la traición de lo más sagrado, que, a veces, ni siquiera es uno mismo. Sacrificar lo más querido ante la imparable fuerza de la opinión y el comportamiento la masa unida y enfurecida. La cobardía, por otra parte tan humana, y el sacrificio del individuo -mayor aun si éste es mujer- ante el apasionamiento colectivo, con su razón o sin ella.

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Sobre el autor

Antonio Bazaga
Toño Bazaga. Más de 20 años dedicados al mundo del cine, habiendo tocado casi todos los palos: producción, desarrollo, escritura, financiación… Convencido de que el futuro del cine está aún por llegar. Apasionado de la literatura y la historia, creo que el celuloide es el mejor invento para contar lo que pasa, lo que pasó y lo que puede pasar. En fin, parte indispensable de nuestra vida.

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2 comentarios

  • El 14.10.2017 , Olga ha comentado:

    Impecable artículo, ha merecido la pena la espera. Esta película no ha parecido que envejece y el mensaje es muy cercano a todos nosotros.

  • El 17.10.2017 , Álex Mene ha comentado:

    Un gran artículo y un certero análisis de la película.

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