28.11.2017

La dificultad de sacar adelante un proyecto en pareja

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Fotograma de la película 'Tierra Firme'

Fotograma de la película ‘Tierra Firme’

Carlos Marques-Marcet acaba de estrenar ‘Tierra firme’, una comedia dramática en la que reflexiona sobre la incapacidad de sacar adelante un proyecto en pareja. Como en sus anteriores trabajos, el cineasta catalán muestra a personas que viven en un punto determinado e intentan resolver sus dudas.

 DANIEL FERMÍN

“Mis películas parten de la concatenación de tres cosas que hacen clic: una gente, un lugar y una pregunta”, explicó el director catalán Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983), tras inaugurar el Festival de Cine Europeo de Sevilla. “Todas nacen de un momento y de la necesidad de juntar a mis amigos para pensar cómo vivimos”.

En Tierra firme, una metáfora de una relación que se hace agua, Eva y Kat viven en un barco en los canales de Londres y discuten sobre la idea de tener o no un hijo. Eva quiere ser madre; Kat no. Roger, el potencial donante, llega para alterar la estabilidad entre ambas. Protagonizado por Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, el filme —que se estrenó el pasado viernes, 24 de noviembre, en salas— es una comedia dramática rodada en inglés y español que reflexiona acerca de la incapacidad de sacar adelante un proyecto en pareja.

“Tenía ganas de hacer una película con David y Natalia para retratar la amistad que se había forjado en 10.000 KM (2014). Luego, pensaba sobre la decisión de ser padre. Veía a muchas personas a mi alrededor que se separaban por eso, y yo en un momento dado iba a entrar en ese conflicto. Después hice una visita a Natalia, que vive en un barco, para conocer ese espacio nómada dentro de la ciudad, y hacer ese viaje con ella”.

Una gente, un lugar y una pregunta. Las películas de Carlos Marques-Marcet muestran a personas que viven en un punto determinado e intentan resolver sus dudas.

Banquero por las mañanas, escritor por las tardes

Carlos Marques-Marcet quiso en su infancia seguir los pasos de su abuelo y ser arquitecto. Aquella idea la abandonó al ver que un amigo era cajero de banco por las mañanas y trabajaba en el campo por las tardes. Él quiso, entonces, ser banquero a medio tiempo.

“Me dije: ‘Puedo ser banquero por el día y escritor por las noches’. Después me di cuenta de que escribir no se me daba muy bien. Era inepto para las artes. Tengo un oído terrible para la música; no pinto mal, lo siguiente. Más tarde quise estudiar filosofía”.

El cine llegó en la adolescencia. Un día, su hermana y su madre fueron a recoger una película en un antiguo Blockbuster y al llegar a casa le dijeron que no le iba a gustar. “Son dos personas que hablan mucho rato”, le advirtieron. Era Antes que amanezca (Richard Linklater, 1995). La pusieron, le interesó y la vio hasta el final.

“Mi madre, al acabar la película, ve que aún estaba despierto y me preguntó si me había gustado. Le dije que sí y me respondió: ‘Ostras, te estás haciendo mayor’. Para mí fue muy bonito asociar el cine con crecer, con ver que las películas te acompañaban. Después de eso, empecé a ver clásicos en la filmoteca, con 15, 16, 17 años. Recuerdo una conversación con mi madre, tras ver Gattaca (Andrew Niccol, 1997), y decir: Esto lo podría hacer”.

Antes de esa revelación, el cine apenas era un recuerdo lejano. Unas imágenes le perseguían desde su infancia: una mansión muy grande y un señor que lo rompía todo. Aquel filme, lo sabría en esos años de cinefilia, era Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941).

¿Y la filosofía? “Al entrar a la universidad surgió lo típico que dicen los padres: que comunicación audiovisual tiene mucho más salida que ser filósofo. Ya me había picado el gusanillo, me había hecho la idea de hacer cine. Un año antes había leído un libro, La semilla inmortal (Jordi Balló, Xavier Pérez), que me encantó, y vi que los dos autores eran profesores de la Pompeu Fabra y dije que me quería matricular en esa universidad”.

Se graduó en 2006. Lo de ser banquero, para entonces, ya era una cosa de niños.

Morir a los 150 años

Carlos Marques-Marcet dio sus primeros pasos en el cine. Grabó noticias en la televisión, hizo de vigilante nocturno en el rodaje de Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004), dirigió sus propios cortometrajes y, con ello, ganó algunos reconocimientos. Su segundo corto, A munt i a val (2006) —sobre un niño que patea una lata durante 18 minutos desde el colegio hasta su casa—, recibió el premio nacional de Jóvenes Creadores del Instituto de la Juventud. Su tercer trabajo, Fora de juc (2007) —sobre un niño que se dedica a ver a sus vecinos desde el tejado hasta que descubre que también es visto—, fue el resultado de participar en un seminario con Abbas Kiarostami y Víctor Erice. Su cuarto corto, Udols (2008) —sobre un niño que una noche escapa de casa—, fue elegido por la revista Cahiers du Cinema como el mejor corto del año. Cada trabajo le preparó para su primer largo.

“Hice 10 cortos y con muchos de ellos no pasó nada. Los cortos me curtieron la piel. Hacer los DVD, enviarlos a 80 festivales, que te dijeran que no. Más que los premios, anima disfrutar lo que haces. Varios de esos cortos sólo se vieron entre familia y amigos y no se han vuelto a ver. Había algo bonito en ese liar a la gente. Eso valía la pena”.

Antes, en 2004, una beca le permitió viajar a Lima con la idea de hacer un documental sobre las herencias del colonialismo español. Grabó en Machu Picchu, grabó las protestas contra el gobierno de Alejandro Toledo, grabó las excentricidades cotidianas de aquel país. De Pizarros y Atahualpas, un ensayo cronicado sobre el pasado y presente de Perú desde su mirada extranjera, se estrenó cinco años después en el Festival de Cine de Lima.

¿Y fue bien? “No lo vio casi nadie”.

En 2008, consiguió otra beca para estudiar un máster en dirección cinematográfica en la Universidad de California. En Los Ángeles dirigió otros cortometrajes y trabajó como montador. Volvió a Barcelona y realizó su primer largo de ficción, 10.000 KM (2014), la historia de una pareja que acaricia la idea de tener un hijo hasta que uno de ellos recibe una beca de un año para irse a Norteamérica. Juntó por primera vez a David Verdaguer y Natalia Tena para realizar ese drama sobre la imposibilidad de tener una relación a distancia que se convirtió en una de las películas de la temporada; obtuvo, entre otros galardones, el Goya a la Mejor Dirección Novel, cinco premios en el Festival de Málaga y una nominación a los Premios del Cine Europeo en la categoría a la mejor ópera prima.

¿Te abrumó tanto reconocimiento? “No me lo esperaba. Eso me abrió muchas puertas”.

¿Sueñas con Hollywood? “Me interesa mucho el cine independiente americano. Si algo sale, puede que sí. Mi sueño es hacer películas hasta que me muera a los 150 años”.

Tener hijos es complicado

Carlos Marques-Marcet comenzó a rodar en septiembre su tercer largometraje, La bona espera. Para ello, volvió a reunirse con gente cercana —David Verdaguer— en un lugar conocido —Barcelona— para indagar sobre un tema próximo a sus películas anteriores —las relaciones en momentos límite—. Las primeras sinopsis indican que se trata de un relato minucioso del embarazo de una pareja que debe aprender a ser tres con sólo un año de noviazgo. Lo curioso es que grabó el embarazo real de los protagonistas, el propio Verdaguer y María Rodríguez. Ese sería el final de su trilogía sobre las relaciones.

“Tengo una necesidad de preguntarme ciertas cosas y explorarlas y pensarlas a través del cine. Las películas te escogen y se deben hacer. No sé si siempre será así”.

Ya tienes 34 años. ¿Quieres ser padre? “Eso no lo sé. Es complicado. Ya veremos qué pasa”.

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