29.08.2016

Los cuerpos habitan en la violencia

Menéalo
Campeonato del mundo de lucha. Peso Pesado, 1952.

Campeonato del mundo de lucha. Peso Pesado, 1952.

“Superar lo masculino y lo femenino. Superar lo físico y las identidades binarias, dejando atrás las ideas sobre las que se sustentan los géneros, porque el género no es algo únicamente performativo, sino que es un dictamen socialmente construido que convierte nuestros cuerpos en campos de batalla”. Con Virgina Lázaro llegamos a una reflexiva entrega de la serie ‘TEXTOSterona’, artículos en torno al cuerpo masculino que forman la serie de verano de ‘El Asombrario’.

Por VIRGINIA LÁZARO VILLA

La primera ola del feminismo hacía por fin evidente que existen relaciones de poder entre los sexos. Hacia finales de los 80, Barbara Kruger declaraba que el cuerpo de la mujer necesitaba de una constante reconquista porque en él se libra una lucha incesante por la definición. Ese cuerpo femenino, negativo, cuerpo del otro, ha sido el que nos ha hecho plantearnos que en realidad todos los cuerpos han de repensarse porque, al fin y al cabo, todos los cuerpos están sujetos a una lucha entre los poderes externos que imponen una realidad venida desde fuera y aquella que traemos cada uno desde nuestro proceso social particular. Un cuerpo vive, por lo tanto, inmerso en una violencia constante por la definición. Digamos, empleando la terminología foucaultiana, que como cuerpos habitamos el conflicto en el encuentro de esas dos fuerzas: entre esas tecnologías del yo y de aquello que viene dictado por el sistema de la tecnología social.

Habitamos unos cuerpos que, para poder reconocerse como tales, se enfrentan a una batalla que ha de comenzar por identificar los patrones que la aguja de la maquinaria de los roles ha grabado en ellos. Es imprescindible identificar los sistemas que operan entre nosotros produciendo dichos patrones de identidad y recortando nuestras realidades. Señalaba Beatriz Preciado en su Manifiesto Contrasexual que, por ejemplo, el sistema heterosexual no es sino un aparato social de producción de feminidad y masculinidad que opera por división y fragmentación del cuerpo. A estas alturas ya sabemos que la sexualidad humana no se puede resumir a un complejo binario, pero sigue presente entre nosotros esa confusión entre el género y el sexo biológico, confusión que deviene de arquetipos y tecnologías que se escriben en nuestra carne. Siguiendo a Judith Butler, diríamos que la construcción social del género depende de la preexistencia de un conjunto de prácticas autoritarias y de convenciones sociales, cuya repetición nos constituye como hombres o como mujeres (es decir, constituye nuestro género independientemente de nuestro sexo). Igual que se escribe nuestro género, ocurre con todos los aspectos posibles de nuestra identidad.

Todo cuerpo es un texto social sobre el que se traman discursos venidos de sus representaciones previas. Las imágenes son una de las tecnologías disponibles para modelar nuestro entendimiento de la realidad e, inevitablemente, en las sociedades occidentales aparece como parte de este contexto la religión cristiana. Este es un culto centrado en el hombre, donde la figura masculina es heredera directa del legado de Cristo. Examinando el cuerpo de Cristo como un símbolo en vez de como un concepto teológico, Cristo es imagen, representación, es significante. El cristianismo es un culto donde Dios es invisible, inefable, irrepresentable, es en definitiva una tautología que se ha representado a través de su hijo, Jesucristo. Por eso su figura opera como logos y como icono al mismo tiempo: da sentido a la existencia, orienta el sentido de la vida humana y es validación de lo sagrado.

La tradición cristiana ha modelado cuerpos en lo que a género y sexualidad se refiere y con ello, una idea de masculinidad que es históricamente específica y socialmente construida. En la Baja Edad Media la representación de Cristo concebía su aspecto más humano entrelazando el sufrimiento con la idea de humanidad y trascendencia como medio de superación y realización. Esta relación entre el cuerpo de Cristo y el dolor ha ido variando con los siglos, llegando a considerarse la crucifixión en el s. XX un símbolo de victoria a manos de un salvador ansioso de éxito e indiferente al dolor. La figura de Cristo tiene complejas implicaciones simbólicas y de juego de roles que se han ido tramando a lo largo de la historia. Es una forma colectiva, un espectáculo común que ha servido para reforzar la jerarquía social, ritualizándola y subrayando códigos y valores culturales basados en cualidades tales como el sufrimiento, el sacrificio, el castigo, la redención, la valentía, el cuidado de los demás (estigmatizando el cuidado de sí) y la resistencia. Estos valores son el medio de superación espiritual, por lo tanto personal, para alcanzar el triunfo a través de la heroicidad. Dicha relación entre dolor, violencia y éxito siguen siendo una problemática pertinente para la construcción de la masculinidad. El cuerpo masculino es aún significante de triunfo y liberación, idea que se repite en nuestra producción de imágenes contemporánea, como en el caso de Michael Stokes, quien toma imágenes de soldados americanos que han sobrevivido a conflictos bélicos en Oriente Medio, pero habiendo perdido algún miembro en la batalla.

Como decía al comenzar, todos los cuerpos han de ser repensados, entendiéndose como precisamente eso, vida que ya no está a disposición de la razón sino que vive el éxtasis, lo heterogéneo y lo erótico como lo real. Tal y como reivindicaba Bataille, recuperando las expresiones vitales del ser. Superar lo físico y las identidades binarias que esconde la división del trabajo. Superar los condicionantes que se imponen en nuestra carne dejando atrás las ideas sobre las que se sustentan los géneros, porque el género no es algo únicamente performativo, sino que es un dictamen socialmente construido que convierte nuestros cuerpos en campos de batalla.

El objetivo ahora es crear un nuevo régimen de lo posible más allá de la masculinidad o la femineidad llegando a una nueva promoción virtual de la existencia, merced de los avances cognitivos, los cambios de paradigma o de episteme.

***

Virginia Lázaro Villa es investigadora y crítica de arte contemporáneo y al mismo tiempo desarrolla su trabajo como artista. Fue codirectora de la plataforma y revista nosotros-art.com en su última etapa. Tanto a través de su trabajo como artista como de su labor como critica, reflexiona e investiga sobre los comportamientos iconoclastas como posicionamiento político, así como las nuevas resistencias y lugares posibles para las contraculturas.

La revista TEXTOSterona coordinada por Alexis W. se puede adquirir en la galeríaMad is Mad y la librería Berkana en Madrid y en BIBLI en Santa Cruz de Tenerife.

Menéalo

Sobre el autor

Un comentario

  • El 29.08.2016 , Álvaro ha comentado:

    ¡Por Dios, pero qué pedantería hegeliano postmoderna de términos y de párrafos insufribles que no llevan a nada!

    Lenguaje de snobs para snobs. La conclusión es lo mejor, atención: “crear un nuevo régimen de lo posible más allá de la masculinidad o la femineidad llegando a una nueva PROMOCIÓN VIRTUAL DE LA EXISTENCIA, merced de los avances cognitivos, los cambios de paradigma o de episteme.”

    ¡¡¡Promoción virtual de la existencia!! JAJAJAJA

Deja tu comentario