06.06.2015

Mercedes Monmany aborda en 900 páginas la construcción literaria de Europa

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Mercedes Monmany. Foto: Roberto Villalón.

Mercedes Monmany. Foto: Roberto Villalón.

Tras una abultada carrera como crítica literaria, asidua colaboradora en medios y miembro del jurado de numerosos certámenes literarios, Mercedes Monmany ha publicado nuevo libro, ‘Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI’ (Galaxia Gutenberg), un recorrido de 900 páginas por 318 autores que sondea y analiza, a modo de guía personal, las grandes corrientes narrativas que han construido Europa. Todo con la intención de conformar un lienzo con el que ilustrar nuestros actuales orígenes culturales. Tuvimos dos encuentros con ella y éste fue el resultado.

Primera pregunta obvia: ¿Por qué no aparece España en este libro?

Hay dos explicaciones básicas. La idea inicial pasaba por un título más largo: Una española viajando por las fronteras de Europa. Y luego estaba el problema de la lengua española, una lengua de 500 millones de hispanoparlantes, cuya literatura nunca he concebido sin Latinoamérica. Incluirlas hubiera convertido el libro en un volumen desmesurado.

¿Qué me dices de la palabra ‘frontera’?

La palabra frontera para mí era imprescindible introducirla. Y se debe a una circunstancia biográfica. Pasé toda mi infancia y adolescencia viajando a Francia, allí vivía mi abuela. En aquella época pasabas de una dictadura al mundo libre, a una democracia.

Sin duda una palabra luminosa que muchos la consideran en desuso.

Yo no sabía el significado de la palabra democracia. En mi niñez había la percepción de que era algo distinto. Hay que añadir que España no participó en ninguna de las dos grandes guerras mundiales, que no teníamos el problema judío con esa dureza y salvajismo que sí tuvieron algunos países europeos, sin ir más lejos la misma Francia, con millones de deportados. Por otro lado, en casa de mi abuela encontraba enciclopedias de la Gran Guerra, fotos de parientes militares, publicaciones sobre la Segunda Guerra Mundial. Y de entrada ya me hice preguntas: se abrieron nuevas incógnitas, otras realidades, otras experiencias.

¿Quién fue el culpable de esa apertura?

Claudio Magris, con el que además de reconocerlo como un grandísimo autor, hice amistad con los años. Lo admiro mucho como ensayista y como persona, pero también como eurófilo. Siempre lo he definido como gran patriota europeo. Él me explicó esta experiencia de la frontera desde el otro lado: se colocaba en el Monte Carso, cerca de Trieste, y veía el Telón de Acero. Era el mundo no libre, una incógnita oscura. Me pareció curioso, porque era la experiencia inversa. Él desde una montaña veía el mundo dictatorial (no democrático) y yo era todo lo opuesto: nací en una dictadura en la que se cruzaban países en tren. Ahora la gente atraviesa fronteras tan sólo con el carnet de identidad, pero no debemos olvidar lo tremendo que ha sido en tiempos de guerra, refugiados, disidentes, perseguidos.

Culturalmente hablando, ¿existen fronteras en Europa?

Si quisiéramos caminar hacia una idea de Europa unificada, primero habría que derribar barreras mentales como por ejemplo norte-sur o este-oeste. Son inmemoriales. La política, la economía o la sociedad a menudo vienen definidas por estas coordenadas. En este sentido, parece que el norte ostentaba una supremacía no declarada, pero siempre se ha desconocido el porqué: el norte es laborioso, trabajador, industrial, mientras el sur es más calmado, licencioso, disoluto.

¿Sucede en España?

Pasa en muchos países avanzados, por supuesto en España también. Se trata de pequeños racismos que todavía han de derribarse. Personalmente superé todas estas barreras leyendo.

¿La lectura nos hace mejores seres humanos?

Recuerdo una entrevista con Amos Oz en la que él me dijo: “Leer es una escuela de tolerancia”. Eso sí, para ello la curiosidad es imprescindible, que extendería a todos los ámbitos de la vida. También el impulso, la inquietud.

¿Leías con 12 o 13 años a Stefan Zweig?

Sí, pero fue por una tendencia de no denominar las colecciones editoriales (infantil, aconsejada para niños, recomendada por edades, etc.) porque entonces no existía la moda de hacer estas cosas. Los niños que teníamos instinto lector llegábamos directamente a los libros. En mi caso, el azar hizo que en casa de mis abuelos leyera muy pronto a Stendhal, quizás antes que a Zweig, del que mi padre tenía una edición de las Obras completas. Eso sí, no me gustaban las biografías, no las consideraba excitantes, pero los relatos y las novelas fueron para mí un mundo, luego lo comprobé, que no estaba de moda. Con 15 o 16 años descubrí, a través de ciertos consejos lectores que intercambiaba entre amigos, que nadie conocía a Stefan Zweig. Fue el momento en el que Jaume Vallcorba lo puso en marcha en la editorial Acantilado.

¿Deduzco entonces que existe un instinto lector?

Por supuesto que sí, siempre lo digo. Cuando hay instinto lector, las puertas están abiertas. Es entonces cuando uno tiene la oportunidad de poner encima de la mesa libros que fomentan la calidad literaria. Porque cuando la calidad se corrompe, es muy difícil enderezarlo.

Bueno, también sucede en otras disciplinas…

Exacto. Sucede con el cine. A alguien que se ha acostumbrado a ver malas películas, así como a leer mala literatura, es muy complicado demostrarle las virtudes de El Gatopardo de Visconti, pero mucho más difícil es rescatarlo.

En la presentación de tu libro en Madrid, Vila-Matas dijo que si existe alguna lengua común en Europa capaz de unificar la literatura, esta es la traducción. ¿En qué medida el traductor puede convertirse en literato?

No sabría decirte hasta qué punto. Pienso que la labor del traductor es un ejercicio duro y encarnizado. Siempre que puedo me refiero a ellos porque valoro mucho su trabajo.

¿Quién ha liderado esa lengua europea de la traducción, las grandes o las pequeñas editoriales?

Creo que es contagioso. Es innegable que los editores independientes han hecho muchísimo en este país. Se empeñaron de forma heroica, defendieron la calidad de la edición y buscaron traductores para cuidar el producto. No sé quién lo empezó, pero cuando se establece un nivel de exigencia todo se vuelve estimulante. Hubo un tiempo en que los traductores no se cotejaban, era el reino de lo no controlado, pero cuando un país se civiliza aparece la vergüenza, la vergüenza de una mala traducción. Y te pongo el ejemplo de Francia: allí al traductor se le considera una persona muy importante que goza de gran prestigio social.

¿Cuál es la principal motivación que te ha empujado a componer un trabajo tan laborioso como este?

En primer lugar, dar a conocer a nuestros vecinos europeos, con la excepción de varios países como son Israel, Turquía y Rusia, a quienes todos consideramos parte fundamental de una Europa espiritual.

La lista es ciertamente inmensa, 318 autores, pero sigo echando en falta algunos nombres nórdicos, polacos, incluso rusos, y algún que otro italiano. ¿Editorialmente te has visto condicionada o has tenido plena libertad para llevarlo a cabo?

No, condicionada nunca. Pero es que la literatura es inmensa, sólo hay que entrar en una librería para darse cuenta. Este libro no es un canon total ni académico, ya lo aclaré en su día. Es una guía personal hecha con mucha libertad porque la firmo yo. Aquí no hay compromisos de ningún tipo. Sin embargo, si lo hubiera hecho con un equipo de ocho o diez personas y el apoyo, por ejemplo, de un departamento universitario de Literatura Comparada, existiría una cronología determinada, una disposición de páginas y un orden completamente distintos.

El libro como un compañero de viajes.

Continuamente se publican guías de ciudades que están muy de moda, con muchísimas fotos, pero siempre que he viajado he procurado leer a autores que no fueran necesariamente de rabiosa actualidad. En este sentido, la palabra frontera también habla de romper prejuicios por parte del lector, atravesar fronteras mentales como las de norte y sur, este y oeste de las que antes hablábamos. Es el problema de las cuotas y el género numérico y económico de la política. La cultura de un país se ha visto así condicionada por el índice demográfico, pero en literatura esto desaparece. Ahí está Irlanda, que con una población (3,5 millones de habitantes) menor que la de la Comunidad de Madrid, ha sido un invernadero literario inagotable. Se renuevan sin cesar, y muchos nos preguntamos si algún día pararán, porque tan sólo en el siglo XX tienen cuatro premios Nobel. O lo mismo que sucede entre finales del XIX y principios del XX en los países escandinavos, que se produce una explosión de genios. No sabría explicar el motivo de estos fenómenos.

¿Piensas que la literatura puede ser política en la medida en que puede cambiarla?

Es curioso porque para la intensidad, la cantidad de nuevas propuestas, arriesgadas, para esto que, en definitiva, define a una literatura como original en su tiempo, ¿son necesarios 27 millones de muertos como los de la URSS para crear una literatura esplendorosa? ¿Hay que pasar revoluciones como en Irlanda y no ser independientes para crear a James Joyce y una literatura fastuosa? O tal vez como los polacos, ¿es necesaria sufrir esa cantidad de ocupaciones, particiones o invasiones para alumbrar una literatura y una poesía de altísima calidad? Es como el chiste de la película El tercer hombre [Carol Reed, 1949] sobre Suiza y el reloj de cuco. No quiero hacer bromas con esto, pero ¿se necesitan dramas históricos para que los artistas den lo mejor de sí, o países pacíficos donde se fomente la creatividad? No se saben los condicionantes.

Formulada de otra manera: ¿la literatura puede cambiar la política o es la política la que puede cambiar la literatura?

Es interesante porque es un debate que persiste y persistirá. Es una trivialidad decirlo, como todo en la vida, pero si [la literatura] se hace con exigencia, con afán de calidad, puede haber un planteamiento de situaciones políticas o conflictos. Y si se hace de forma inteligente, sin sectarismo, igual. De hecho, siempre me ha gustado leer esto que se ha dado en llamar novela política, como es el caso de Leonardo Sciascia, cronista de una época durísima en Italia como aquí lo había sido el terrorismo y los atentados en el País Vasco.

¿Algún autor predilecto más?

Soy muy stendhaliana, sin limitar mi adoración por Proust.

Te decantas por lo narrativo, ¿y la poesía?

Era incontenible. Hay que tener cuidado con la literatura europea porque puede ser un contenedor inagotable.

¿Qué pretensión puede tener un libro como éste de más de 900 páginas?

Hay gente más purista que prefiere hablar únicamente de la estructura de las obras, pero no me importa adoptar el papel de divulgadora. Yo quiero aficionar a la gente a leer. Para mí es muy estimulante transmitir, porque mucha gente me ha transmitido el entusiasmo y el apasionamiento.

Alguno puede pensar que abrir las fronteras implica un riesgo de pérdida de la identidad escrita. ¿Pensar una Europa global puede ser contraproducente en sentido literario?

No participo del europesimismo ni del euronihilismo. Como sostenía el escritor serbio Danilo Kiŝ, incluido en el libro, hay que dejarse de temores, paranoias e invasiones bárbaras. De acuerdo que todos los conflictos que nos rodean son tremendos, y ya no me refiero al espejo en el que te quieres mirar, pero no deberíamos tener miedo a la diversidad porque es el mayor estimulante cultural que existe en Europa.

¿Qué opinas de la crítica literaria en Internet? ¿Hemos ganado calidad, cantidad o ambas?

Es un mundo inmenso y hay gente buenísima. Afortunadamente, se han roto los prejuicios, el papel pertenecía a la aristocracia mientras que Internet quedó relegado a una especie de semiproletariado. Hoy esta distinción no existe.

¿Recurres a Internet de manera asidua?

Sí, mi preferido es Didier Jacob, un periodista de Le Nouvel Observateur, por ejemplo. También estoy suscrita a The New York Review of Books y a portales similares. Me ofrecen inspiración y también una guía para ciertas recomendaciones. Soy una devoradora de revistas y páginas, tanto en web como en papel. Lo bueno es que al final se construye una comunidad de intereses.

¿Crees que la cultura se escribirá en digital?

No tengo ni idea. De lo que estoy segura es de que van a convivir durante mucho tiempo, pero creo que el papel resistirá más de lo que parece. Es curioso. Estas predicciones tan inmediatas me hacen pensar en la resistencia. La distinción entre lectores y consumidores existe, pero no soy fanática ni alarmista. El libro perdurará.

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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