30.11.2017

La pérdida de amabilidad y la invasión de los ‘trolls’

Menéalo
Foto: Diego Lara.

Foto: Diego Lara.

Menos cortesía, menos amabilidad, menos educación y respeto hacia el otro. Más ‘trolls’, más zafiedad, mas espectáculo en la controversia y la pelea, más tensión. Cada uno a lo suyo. Y hay algo en la raíz: los ‘in-puts’ que reciben los más jóvenes son la distracción como inercia, el consumismo compulsivo como objetivo, la competitividad exacerbada como medio y la aceptación de la agresividad como paisaje. Un abono ideal para el egoísmo.

La pérdida de la amabilidad es una realidad palpable en cualquier ámbito. Un deterioro que no es achacable, solo, al momento presente sino que avanza a paso firme desde hace décadas. Josep Pla ya apuntaba al desuso del sombrero como un síntoma de esta decadencia en tanto que su empleo constituía una garantía del saludo atento, un gesto de deferencia en reconocimiento al otro. Y es que, como Julio Camba ratificó, los sombreros no estaban hechos “para que uno se los ponga, sino más bien para que se los quite”. En el abandono paulatino de esta prenda también se pueden descifrar los motivos de la ausencia de cordialidad en nuestros días.

La pintora Maruja Mallo contaba cómo una mañana de los años 20 Federico García Lorca, Salvador Dalí, Margarita Manso y ella misma decidieron pasear por la puerta del Sol quitándose el sombrero como un acto de transgresión, lo cual provocó la ira de no pocos viandantes. De esta anécdota surgió el apelativo de Las Sinsombrero para referirse a un grupo de pensadoras y artistas españolas –entre ellas las dos protagonistas del incidente- que desafiaron los convencionalismos de la época por la vía del arte. El fin de esta prenda, además, igualaba socialmente al suprimir la estratificación subyacente en la variedad de tipos –chistera, bombín, sombrero, gorra, boina…-, por lo cual el sinsombrerismo acabó consolidándose como un acto de rebeldía general.

Sería conveniente, no obstante, distinguir entre los códigos de presuntas buenas costumbres con los que se pretende resaltar una distinción –no olvidemos que cortesía proviene de corte– o reafirmar un orden determinado –como ceder el asiento a una mujer presumiendo su debilidad- y la amabilidad de quien, por el contrario, solo pretende expresar su consideración por otra persona sin esperar nada a cambio, por más que algunos gestos –como el de descubrirse- sean coincidentes.

Si la pretensión de libertad frente a las normas preestablecidas fue un primer paso para el inicio del fin del uso del sombrero, la posterior evolución de la sociedad hacia un individualismo acuciante –que desdeña el interés por los demás- y las prisas de un mundo cada vez más vertiginoso –sin la pausa necesaria para fijarse en el otro-, imposibilitaron la pervivencia del saludo formal pero bien intencionado. Y del mismo modo que se extinguió el sombrero, como instrumento socializador, está pasando ahora con aquellos otros códigos saludables que sirven para crear vínculos de convivencia.

Todo gesto, palabra o expresión amable se fundamenta en el respeto, un concepto que proviene del término del latín respectus, que significa atención o mirada a lo ajeno. En la medida que uno atiende al otro se acerca a él. La amabilidad es, por tanto, un protocolo de aproximación. Por lo general, no hablas con un ser querido de la misma forma que con un desconocido. La percepción del afecto mutuo permite un marco de actuación más flexible y natural porque el vínculo es evidente. En cambio, cuando careces de esa confianza, la cordialidad permite amortiguar la distancia. El problema surge no ya cuando no se perpetúa el aprendizaje de estas conductas amables, sino cuando ni tan siquiera se consolida la intención de aproximarse.

La complicada conciliación familiar, como consecuencia de un ritmo laboral estresante, está privando a varias generaciones de niños y adolescentes de unos referentes adecuados que guíen su educación. Las familias delegan en unos centros educativos que pueden servir de complemento pero nunca de base de la misma. En ocasiones, los padres se muestran permisivos, bien exhaustos por el estrés o por reacción a una educación rigurosa en su niñez. Los chicos quedan, entonces, a merced de los medios de comunicación y de Internet, cuyo uso se afianza cada vez más entre los menores. De este modo, los in-puts que reciben los más jóvenes son la distracción como inercia, el consumismo compulsivo como objetivo, la competitividad exacerbada como medio y la aceptación de la agresividad como paisaje. Un abono ideal para el egoísmo.

El respeto hoy es un valor en crisis. “Gracias” y “por favor” son dos expresiones en peligro de extinción. Cada día asistimos a un reguero de saludos no correspondidos; contemplamos a usuarios que se suben a un vagón interrumpiendo la salida de los que quieren apearse; a embarazadas o ancianos a los que no se les cede el asiento; a conductores que aparcan encima de una acera impidiendo la circulación de personas con movilidad reducida; a individuos que hablan a gritos con su móvil en espacios públicos o a los que no dejan de consultarlo aun siendo conscientes de que les están hablando en ese momento; a fumadores a los que no les importa que el humo de su cigarro se lo traguen los de la mesa de al lado; a clientes que se hacen los remolones para colarse en la cola; a gente que tira un papel en el suelo a escasos metros de una papelera, porque el que no respeta a su prójimo tampoco suele hacerlo con el entorno en el que vive.

En el año 2006, un concurso musical, de máxima audiencia en televisión, incorporó a un nuevo miembro del jurado que se significó por un trato grosero hacia los concursantes. Las audiencias repuntaron y en consecuencia también el grado de su impertinencia, con lo cual el maleducado se convirtió en un modelo a seguir. Si la televisión ha abierto las compuertas de la zafiedad, las redes sociales han mermado la capacidad de relación, tanto por la deshumanización del otro en un contexto de virtualidad, como por el fomento de conductas despiadadas al amparo del anonimato. Los llamados trolls, en Internet, son perfiles de comportamiento que se basan en la provocación persistente. El troll ha adquirido tal relevancia, en la actualidad, que su figura es replicada en cualquier ámbito de debate. Abundan en tertulias de medios de comunicación y, cómo no, en los parlamentos políticos -antaño salvaguardas de la cortesía y hoy arenas de circo romano- en los que tuiteros con representación parlamentaria no escatiman en la desconsideración, la performance ofensiva, la amenaza y hasta el insulto. En ausencia de respeto no existe diálogo sino contienda y, de este modo, vence el que mejor y más agravia.

Pero no siempre los combates resultaron un espacio libre de amabilidad. Pocas obras de arte han conseguido reflejar la esencia de la cortesía como el célebre cuadro de Las lanzas, también conocido como La rendición de Breda, de Diego de Velázquez. Más allá de la maestría del pintor sevillano, al recrear sus dotes descriptivas, su dominio de la perspectiva aérea o su habilidad para la narración, la obra está orientada a resaltar un gesto: el de la magnanimidad del vencedor sobre el vencido. El convulso escenario bélico que se plasma de fondo contrasta con la actitud de Ambrosio Spínola respecto a su oponente, Justino de Nassau. En el momento que el gobernador holandés de Breda escenifica la rendición con la entrega de la llave de la ciudad sitiada, el general genovés de los tercios de Flandes parece frenar el amago de reverencia de su adversario posando afectuosamente la mano sobre su hombro y acompasando su cuerpo a la altura del derrotado, mientras con una expresión compasiva trata de dignificarlo.

La amabilidad es respeto, pero también generosidad. No cabe, por ello, considerarla una señal de debilidad o pleitesía sino más bien todo lo contrario: como una reafirmación de la seguridad en uno mismo que te otorga margen para complacer a los demás. En un momento en que impera el yo y el ya es fundamental comprender que el otro es imprescindible para vivir mejor. Y la manera más eficiente de establecer acuerdos es no escatimar ganas ni tiempo en los pequeños gestos y palabras cotidianas que sirven de argamasa de la convivencia, como si aún portásemos un sombrero.

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Sobre el autor

Javier Alberdi

“Aunque casi toda su vida profesional se ha centrado en el ámbito de las tecnologías, no hace mucho decidió dar un giro y orientarse hacia aquello que verdaderamente le apasionaba: escribir y comunicar. Entusiasta de cualquier aspecto que tenga que ver con el pensamiento y la expresión artística, en la actualidad colabora con varios medios y trabaja en un proyecto editorial compartido, así como en una novela propia.
Su Twitter: @javieralberdi
Su blog: javieralberdiblog.com

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7 comentarios

  • El 30.11.2017 , Teresa Pérez Hernández ha comentado:

    Magnífico, sencillamente genial.
    Creo que debería ser material para varias asignaturas de Educación Secundaria y Bachillerato: filosofía, ética, lengua, etc.
    Y no estaría de más que llegara a la universidad.
    Quizá de ese modo, construyendo de dentro hacia afuera, conseguiríamos cambiar las cosas, recuperar la cultura de la amabilidad y el respeto hacia los demás, hacia nuestro entorno y para con nosotros mismos.

    • El 30.11.2017 , Javier Alberdi ha comentado:

      Gracias por tus palabras, Teresa. Efectivamente,la mayor parte de problemas que nos asolan mejorarían mucho si fuéramos capaces no solo de reconocer a los demás sino también de reconocernos en ellos.

    • El 30.11.2017 , chifus ha comentado:

      Nos educan en el sadomaso-mental y las luchas d poder
      no ns enseñan a reflexionar empatia asertividad y tolerancia
      y esta pauta la reproducimos en todo
      Asi se crean sicopatas qe se frustran enseguida
      y si no estan bajo presion ( ley, carcel regaños constantes , castigos o religion )
      acaban agrediendo y reincidiendo

  • El 30.11.2017 , David ha comentado:

    100% de acuerdo con su artículo. Y muy recomendable. Yo ya lo he recomendado a algunos de mi entorno. Enhorabuena al autor y muchas gracias por recordarnos algo tan necesario y tan elemental.

  • El 30.11.2017 , EAR ha comentado:

    Bueno, esto no es un estudio. Se trata de unas observaciones que al articulista le parece que resultan en tal dibujo, una tendencia a la perdida de amabilidad y del entendimiento de lo q es. Yo creo que esto realmente lo puedes encontrar en otros momentos pasados, de otras formas, y tambien algunas formas de ahora q lo parecen no lo son. No creo que sea caracteristicamente mas dominante ahora, es simplemente ruidoso.

  • El 01.12.2017 , mentalmente ha comentado:

    Los jóvenes adquieren formas de expresión y de relación, que son malinterpretadas por los adultos.

    Lo que para un adulto es una falta de respeto para un joven puede ser algo normal.

    Eso es lo mismo que sucedió con los sombreros. El gesto de llevar y sacarse el sombrero quedó anticuado como “gesto de respeto”.

    En realidad, yo creo que la gente se respeta más, la pérdida de gestos de respeto se debe a un mayor grado de vínculo entre las personas, por lo que los gestos de respeto resultan obscenos, chocantes.

    Había una noticia de unos guardia civiles que pusieron que las redes sociales que habían rescatado de la montaña a unos independentistas. Lo cual fue duramente criticado, porque la sociedad sobreentiende que tienen que ayudar a las personas, sin importar su ideología.

    Hay un respeto sobreentendido. Esa misma noticia hace 2 siglos atrás, había sido vista con buenos ojos, como un acto de altruismo.

    En las culturas donde hay más gestos de respeto, hay mayor violencia, mayor gente viviendo en la marginalidad, delincuencia, etc. ¡Claro! Ahí hacen falta esos gestos para mostrar un respeto que NO se sobreentiende, porque la experiencia la niega.

    ¿Entienden este punto?

    La “falta de respeto”, entre comillas, porque no implementar gestos no significa faltar el respeto, implica más respeto.

    Si a las señoras embarazadas o mayores no les ceden el asiento en el autobús no es por faltar el respeto, sino porque mucha gente no lo piensa siquiera, bastaría decirlo muchas veces, que todo el mundo estaría atento a ello.

  • El 01.12.2017 , mentalmente ha comentado:

    Otro ejemplo, de lo mismo que digo, a veces los gestos de respeto adquieren connotaciones de no-respeto. Como cuando a las personas negras se les llamaba personas de color, eso era un término respetuoso en una época, pero con el tiempo adquirió connotaciones opuestas, porque es evidente que las personas de color son negras, el término “de color” adquirió un valor de desprecio, porque implicaba tratar a los negros de forma “especial”.

    Cuando te tratan de forma especial, si eres un esclavo es positivo, pero si dejas de ser esclavo, como los negros, y te siguen tratando de forma especial, te están discriminando. Te sientes apartado del grupo.

    ¿Entienden?

    El respeto en cierta forma a veces es poner una barrera entre uno y otro, y eso puede interpretarse como algo positivo, pero también como algo grosero, en situaciones en las que se sobreentiende que hay un vínculo donde ese tratamiento no debería encajar.

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