22.06.2014

Trece jóvenes talentos salen del convento de la Fundación Antonio Gala

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Sala de pintura de la Fundación Antonio Gala. Foto: Rafa Ruiz.

Sebas Velasco y, al fondo, Rafa Martínez, en la sala de pintura de la Fundación Antonio Gala. Foto: Rafa Ruiz.

En el antiguo convento de dominicas del Corpus Christi, en el casco antiguo de Córdoba, la Fundación Antonio Gala acoge cada año a decena y media de jóvenes, becados en una estancia de nueve meses para que pinten, escriban, compongan… y compartan entre ellos el proceso creativo y se enriquezcan unos a otros con sus experiencias y talentos cruzados. Esta semana termina la XII promoción de una iniciativa en la que el escritor deposita buena parte de su energía e ilusión, y de donde han salido nombres de la talla de la escritora María Zaragoza y el artista Guillermo Mora. Hemos pasado un fin de semana con ellos.   

Entramos en el cuidado y silencioso convento que acoge la fundación. Habitaciones y estancias comunes se organizan en torno a un claustro en dos pisos, con un enorme naranjo y una fuente que pone el arrullo justo a las perezosas tardes de este comienzo de verano.

Candela Sierra (Ronda, Málaga, 1990), simpatía en estado puro, anda rematando su proyecto en torno a miles de dibujos en serie, coloreados y trabajados al detalle, que se mueven en torno a una idea: la huida. De hecho, anda también esforzándose con el flamenco (pero el otro, el idioma), porque el próximo curso quiere pasarlo en Bruselas. Ciro Korol (Rosario, Argentina, 1989) baja a desayunar con su enorme melena despeinada, y explica así su proyecto: “Es una novela sobre la suerte. La suerte favorece al osado; de modo que también es una novela sobre las decisiones; sobre cómo la suerte y las decisiones entrelazan la identidad de quien narra”. Rafa Martínez (Sevilla, 1989) está colgando para la exposición fin de curso sus óleos de los que se siente más satisfecho; su evolución en estos nueve meses ha sido clara: partía de lo kitsch de la tradición y estética de la imaginería religiosa andaluza, pero en sus últimos trabajos ha aparecido, evidente, algo oscuro y decadente, algo inquietante que nos mira desde esas apretadas tiendas llenas de crucifijos con la etiqueta del precio. “He evolucionado hacia una pintura más narrativa, que cuenta más cosas; seguramente es la influencia de convivir todos estos meses con escritores. Ahora creo que reflejan mejor el peso y el precio de la religión. Ahora, aparte de la estética, me preocupa que el espectador se pregunte cosas. De los nueve meses aquí, destaco como más positivo el contacto con otros artistas y con otras disciplinas. Yo me veo satisfecho, en el sentido de que entré de una manera y salgo de otra”.

Ese aumento de la narratividad, por influencia de los compañeros dedicados a la literatura, también se percibe en la obra de Sebas Velasco (Burgos, 1988), cuyo proyecto para la fundación partía del mundo del graffiti como excusa pictórica para aplicar al lienzo. Mezcla paisajes del extrarradio, industriales o post-industriales, lugares abandonados de ciudades como Bilbao y Burgos, con retratos de esa gente que pinta en paredes, su pasión desde los 12 años. Esa experiencia de street art es la que ha querido trasladar en el convento a un formato más formal, con un lenguaje chocantemente clásico y figurativo. “Por influencia de los escritores, me he abierto más a otras lecturas. Es una de las mejores cosas que saco de aquí, que salgo con hambre de lectura; yo ya leía bastante, pero ahora aún quiero más; mi madre, que es profesora de literatura, está encantada, y creo que todo ese poso se nota en mi pintura, en su evolución hacia capas más narrativas”. De ejemplo, entre lo último que ha pintado, la serie sobre la nocturnidad: “Se presta, como un reto, a hacerse muchos interrogantes y fantasear con muchas historias”. Su plan para el próximo año: hacer un máster en Bilbao sobre profesionalización de la pintura.

Son jóvenes de entre 20 y 27 años -cuando presentan la solicitud, han de tener entre 18 y 25-, que llenan el rumor del agua de la fuente del claustro con todas sus inseguridades e incertidumbres, ocultadas a menudo tras apariencias de quererse comer el mundo. Cada año, entre 14 y 17. Siempre alguien de fuera de España. Desde hace 12 años. En torno a 200 han pasado ya. Por iniciativa y generosidad del escritor Antonio Gala, que dedica a su fundación en Córdoba buena parte de su energía, ilusión y patrimonio. Porque son estos muchachos ahora, sus niños, los que le devuelven la alegría de ver cómo crecen compartiendo e intercambiando experiencias artísticas. Que esa fue su idea principal siempre: crear un ambiente de recogimiento donde pudieran concentrarse en crear, y acoger distintas disciplinas, para que se fecunden unas a otras, y los pintores descubran que pueden contar más historias en sus lienzos gracias a los escritores, y los escritores indaguen en la capacidad de crear imágenes con los artistas plásticos y ritmos con los músicos…

El músico de esta promoción, Rubén Jordán (Alicante, 1987), ha creado una pequeña sinfonía de 20 minutos y varias piezas musicales más de 5 o 6  minutos a partir de los poemas de Antonio Gala -conocido como uno de los mejores y más leídos poetas españoles del amor y del desamor-. Obras que suenan a banda sonora cinematográfica, y que han hecho emocionarse al propio Gala, al tener que volver una vez más a mirarse hacia dentro para cuestionarse: “¿…pero yo he escrito esas cosas tan tristes…?”… La vocación de Rubén seguirá modelándose con el curso de cine que quiere hacer el próximo año en Córdoba. “Tanto me he enamorado de la fundación y de esta ciudad, que he decidido alargar mi estancia en Córdoba”.

La madrileña Carmen Burgos, de larga trayectoria como periodista y que desde hace tres años dirige la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, coincide con el escritor en lo importante de crear ese espacio de sencillez y recogimiento para que la gente pueda dibujar, pintar, componer, escribir…, sin distracciones mayores (o menores). Aunque la disciplina de los horarios y las normas del convento resulten algunas veces demasiado estrictas y agobiantes para estas generaciones, acostumbradas a vivir de otra manera, en una permanente conexión/dispersión. “Es un paréntesis en sus vidas y en sus carreras que yo creo que les ayuda a crecer, a adquirir unas rutinas, a mirarse a sí mismos y a lo que están haciendo, a reflexionar sobre sus procesos creativos, a centrarse… De hecho, suele ser cuando se han ido cuando se dan verdadera cuenta de la capacidad de concentración para acometer proyectos ambiciosos que encontraron aquí”, subraya Burgos.

Foto: Rafa Ruiz.

Rubén Jordán, el músico de esta promoción en la Fundación Antonio Gala. Foto: Rafa Ruiz.

Lo reconoce, eso y lo otro, Natalia Castro (Castellón, 1989): “Lo positivo de la fundación es la capacidad de concentración que te da; nunca habría podido abordar un proyecto tan ambicioso en mi casa; aunque en ocasiones la rutina o el enclaustramiento se puedan volver asfixiantes”. Se puede entender que a ella, acostumbrada a participar en movimientos asociativos, ciudadanos y políticos de base, desde la Asamblea de Sol a Indignados de Pontevedra, el claustro bajo y el claustro alto, el refectorio y las vistas a tejados y campiña, puedan encerrarle demasiado. El fruto de su trabajo: 250 páginas de una novela que habla no solo de la crisis económica sino también de la crisis existencial de una generación a la que ella misma llama perdida y desorientada, y que se encuentra entre los 30 y 40 años, con la mente nublada de incógnitas para el presente y el futuro.

Ahí, en torno a la enorme mesa del refectorio, desayunamos, comemos y cenamos todos juntos. Ahí están el periodista y poeta Alberto Guirao (Madrid, 1989), el jovencísimo escritor Martín Izquierdo (Soria, 1994), al que llaman la “martinpedia” por su indisimulado vasto saber enciclopédico; la cubana Grethel Delgado (La Habana, 1987), tan absorbida por su trabajo en torno a Góngora que ni siquiera encuentra un rato para salir con nosotros a brindar con cava por el fin de curso y el cumpleaños de la directora. Emilio José Serrano (Murcia, 1991), estudiante de Biología que trata de armonizar su preocupación por los peligros que acechan a delfines y ballenas con su faceta de escritor de novela fantástica. El afable pintor gallego Javier Sande (A Coruña, 1989), que pinta al estilo Zuloaga o Gutiérrez Solana. Y la polaca Katarzyna Lebiedzinska (Wroclaw, 1990), que descubrió la fundación tras leer un libro de Gala e investigar sobre él en la red, que comenzó el curso con cuentos surrealistas, para adentrarse después en un retrato de Polonia, su presente y su historia reciente, a través de una casa de vecinos. Para ella, también el intercambio de experiencias, proyectos y sensibilidades con sus compañeros ha sido lo más fructífero del curso. “La convivencia y la puesta en común de nuestros trabajos, el debate sobre ellos, creo que es muy positivo, que nos ha ayudado mucho a crecer”.

Consciente de lo interesante de esos intercambios, desde el año pasado Carmen Burgos insiste mucho en los Encuentros Interartísticos, para abrir la fundación hacia la ciudad y sus artistas e instituciones locales, y también para compartir y debatir con los creadores salidos de promociones anteriores. Por eso esta primavera estuvieron junto a los becarios de este año artistas como Axel Void, Lidia Sancho y Carlos Sagrera, los alumnos de la escuela de Arte Dramático de Córdoba, el compositor Oliver Rappoport y las escritoras María Zaragoza y Tania Padilla. Y por eso se pasaron este año por la fundación para dar su visión de profesionales hechos, desde el editor Fernando Varela al compositor Antón García Abril, los escritores Lolita Bosch y Antonio Orejudo -al que Katarzyna y Natalia adoran-, y José Guirao, director de La Casa Encendida de Madrid, más un taller-acción con el colectivo Basurama…

En esas edades de todavía pavos y pavoneos, de tantos empalagos como desapegos, parte de lo aprendido en la fundación puede desembocar también en buenas crisis que ayuden a desarrollar sus carreras creativas. En ese trance se encuentra el pintor José María Hevilla (Coín, Málaga, 1990), que llegó como el más moderno de todos desde la Facultad de Bellas Artes de Málaga, con una estética muy definida y precisa hecha a partir de plantillas que llevan mucho trabajo informático detrás. “Pero ahora estoy en el punto de que todo esto me parece muy frío, que quiero algo que pueda emocionar más, a mí y al espectador. Lo veo como poco mío, lo veo demasiado conceptual, y quiero evolucionar hacia algo más personal, que me afecte más. A darme cuenta de eso es a lo que me ha ayudado la estancia en la fundación”. Y termina: “No estoy contento con el fruto, el trabajo logrado, pero sí estoy satisfecho de la crisis que me ha provocado para encontrar un camino en el que yo vea que me puedo involucrar más, que no sea solo un ejercicio esteta y conceptual”.

Para el próximo curso, ya están a punto de cerrar el listado final entre cientos de solicitudes recibidas, y una preselección de varias decenas. Empezarán en octubre. Una experiencia única, profunda, seria, que no abunda. A ritmo de la campana que marca las horas del desayuno, el almuerzo y la cena. Será la promoción XIII, para enfado de Antonio Gala, que este año ha contado con 13 becarios, y el anterior curso fue el de 2013. Sea como sea, le darán vida al escritor, tal como ha escrito en el prólogo del catálogo de la promoción que está a punto de licenciarse: “Cuando os sintáis solos, recordad vuestra estancia en esta casa, vuestras fecundaciones cruzadas, mi esperanza ciega en vuestra vida, que es de alguna manera la única que me queda… Este será siempre vuestro común hogar. Aunque yo ya no esté. No lo olvidéis. Vosotros sois la única manera que tengo de quedarme. No os olvidéis de mí. La Fundación es vuestra. Yo, también. Recordadlo y acudid a menudo a renovar vuestros recuerdos: La Fundación será para siempre vuestra casa. Sois vosotros su razón de existir. También la mía. Os quiero”.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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Un comentario

  • El 25.06.2014 , giordano bruno ha comentado:

    Una labor de mérito, en correspondencia con la valia del mecenas. Un defectillo que encontré, que no llegara a tener esta gran idea mucho antes. Espero que dure muchos años esta fundación. ¿El modelo es exportable a otras ciudades, pienso en Toledo, aunque sea otro mecenas el que emprenda el modelo?. ¿Hay más datos sobre esta fundación?. Muy interesante eso de que sea en un convento en activo. Da vida a tantos conventos que se cierran por ruinoso mantenimiento.

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