“En 2060 habrá cuatro veces más microplásticos en los océanos”

“En 2060 habrá cuatro veces más microplásticos en los océanos”

Una botella flotando en una gran isla de plástico en el océano.

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Una botella flotando en una gran isla de plástico en el océano. Foto: Greenpeace.

El oceanógrafo Atsuhiko Isobe, de la Universidad de Kyushy (Tokio), es una autoridad mundial en basura plástica oceánica. Lleva muchos años dedicado a explorar los mares para determinar cómo se mueven los millones de toneladas plásticas que navegan por la Tierra. Las islas de microplásticos que ha encontrado en Asia son gigantes. En 2010 se calculaba que sólo los países del G20 vertían a los mares entre 2 y 5,8 millones de toneladas al año. A nivel global, pueden ser ocho millones. Hablamos con él en Tokio y nada mejor que estos días de especial sensibilidad ambiental con la Cumbre del Clima para difundir sus estudios.

 ¿O serán más? La situación se agrava desde que China ya no acepta importar desperdicios ajenos del mundo desarrollado, y ahora el transporte se desplaza hacia países de un Sudeste Asiático ya colapsado e incapaz de gestionarlo.

Para el Gobierno japonés, es una prioridad saber qué está pasando e Isobe y su grupo han dedicado muchos años a averiguarlo.

Este año ha publicado un artículo en Nature sobre la evolución de los microplásticos oceánicos desde 1957, un trabajo que incluye un negro pronóstico para 2066. “Hicimos una expedición y encontramos microplásticos desde la Antártida hasta Tokio. En la Antártida había hasta 10.000 piezas de menos de 5 milímetros por kilómetro cuadrado, mucho más de lo esperado, pero en el Pacífico Norte la densidad llegaba a ser de 8,8 millones de piezas en un km2 y la media superaba las 100.000. Es una situación dramática, pero puede serlo más. Nuestras previsiones señalan que, de seguir así, en 2066 llegaremos a multiplicar por cuatro los microplásticos en los mares que hay ya, una barbaridad”, asegura en el transcurso de una entrevista en Tokio.

El trabajo de Isobe es fundamental para saber qué está pasando en el Pacífico, océano que recibe el 52% de los desechos plásticos del mundo. Y lo hace mediante expediciones, monitorizando más de 100 estaciones de control instaladas en toda la costa de Japón, con drones e incluso gracias a la ciencia ciudadana, utilizando apps para móviles en las que cualquiera puede introducir datos de la basura que se encuentra en playas y mares, no muy distinta a la que en España ha puesto en marcha el programa Libera de SEO/Birdlife y Ecoembes.

Es así como ha logrado encontrar auténticos vertederos desde el norte del planeta hasta el Mar de Asia, entre la costa de Vietnam y Filipinas y Malasia. “Con las corrientes oceánicas los microplásticos, algunos vertidos directamente y otros fruto del deterioro de otros mayores, viajan de un lado a otro continuamente. Sabemos que en el 80% de los casos llegan desde tierra, por los ríos. También sabemos que son en su mayoría de un solo uso, pero con frecuencia es difícil identificar el tipo. En Japón se mueven de forma distinta en la costa este y la oeste, en invierno y verano, pero en realidad nos falta mucha investigación para conocer exactamente sus derivas, cómo se deterioran y cómo impactan”, asegura.

Isobe señala que, pese a que se publica de cuando en cuando información sobre los impactos en la salud humana, “de momento no ha podido contrastarse en un laboratorio”, aunque en estos momentos su equipo estudia cómo afecta a los peces. “Lo realmente dramático es lo que ocurre en los ecosistemas en su conjunto. En peces ya se sabe que tienen un impacto biológico y que disminuye su reproducción porque llenan el estómago de plástico, que no es nutritivo, y al final se debilitan e incluso mueren”, argumenta.

Por su parte, la investigadora de la Universidad de Washington Elaine Faustman, en el Congreso UMIGOMI, que se organizó en Tokio sobre este tema coincidiendo con la anterior Cumbre del G-20, señalaba que una vez que los microplásticos entran en la cadena alimentaria es muy probable que también haya impactos neurológicos por estrés oxidativo, en parámetros sanguíneos e incluso en la salud reproductiva humana.

Respuesta internacional insuficiente

Ante este panorama, ¿cuál es la respuesta internacional? “Es claramente insuficiente. Deberían tomarse medidas urgentes”, asegura Isobe. Aunque el tema quedó plasmado en el 14 de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS), poco se ha avanzado. En 2016, en una cumbre del G-7 se recordó la necesidad de poner en marcha alguna iniciativa. Se mencionó de nuevo en la del G-20 de 2017 y en la de 2018. También fue uno de los temas tratados en la Asamblea Ambiental de la ONU celebrada este año en Kenia y, en mayo, en la Convención de Basilea sobre residuos tóxicos; Japón y Noruega plantearon la necesidad de que el plástico sucio no reciclable se pusiera bajo control.

Sin embargo, no ha sido hasta el G-20 del pasado verano en Japón, cuando el país anfitrión puso el tema como prioritario en la agenda de un encuentro ministerial ambiental al más alto nivel, celebrado en Karuizawa.

¿Resultado? Un acuerdo marco, es decir, muy genérico, en el que los países que representan al 80% del PIB mundial se comprometen a tomar medidas y a informar de lo que hacen al respecto en una plataforma internacional, además de promover la investigación. Algo es algo, porque si no fue fácil convencer a algunos países de que tienen que compartir sus datos, aún más difícil resulta sacar adelante alguna medida conjunta, al estilo del Acuerdo de París para las emisiones contaminantes; así que se decidió que cada país siga su estrategia, algo que en el caso del Sudeste asiático va a requerir de mucho apoyo internacional.

“Aún no sabemos en qué puede quedar este acuerdo del G-20, pero está claro que lo primero es tener información científica que nos permita tomar decisiones acertadas. Es un problema global y todos los países deben implicarse en su solución, sobre todo los desarrollados, que producen más basura”, señala el investigador. “Tengo claro que saber cómo gestionarla es importante, pero es más importante reducir la cantidad de plásticos y en ello la solución de los biodegradables puede servir, pero sin olvidar otras acciones”.

Su país, por lo pronto, quiere priorizar investigaciones que determinen cuánta de la basura plástica que llega a esta zona del planeta procede de grandes ríos como el Mekong (China) o el Ganges (India). En las islas del sur del archipiélago nipón los estudios de Isobe revelan que casi toda les llega de China, aunque también hay mucho plástico procedente de Rusia y, sobre todo, de origen desconocido.

Sólo se recicla el 6% del plástico a nivel global

Mientras se dan pasos tenues, la producción sigue creciendo desbocada. Un informe de la OCDE, presentado en este mismo congreso de UMIGOMI, prevé que a este ritmo en 30 años habrá 25.000 millones de toneladas de plásticos en la Tierra y que de ellas sólo 8.000 millones serán recicladas. De hecho, el director de Medio Ambiente de la OCDE, Rodolfo Lacy, recordaba que “en la actualidad solo el 6% del plástico se recicla a nivel global” porque, como señaló, “es un material muy barato y con el que es difícil competir”. Según sus datos, en diciembre de 2017 se exportaban 649.000 toneladas desde países como Alemania, Japón o EE UU. A día de hoy, y sólo por el impacto en pesquerías y turismo, se estima que hay pérdidas económicas por 13.000 millones de dólares.

Lacy aprovechó su intervención para lanzar algunas propuestas, como son etiquetar los productos hechos con plástico reciclado como valor añadido, poner tasas al plástico, reducir el uso de aditivos que dificultan el reciclaje o mejorar el diseño de los productos para que resulte más fácil su reciclaje. Otros, desde Europa, insistieron en la necesidad de eliminar los objetos de un solo uso.

Isobe ya está pensando en futuras investigaciones en Europa, donde tampoco nos libramos del desastre: producimos 25 millones de toneladas de basura plástica cada año y apenas reciclamos el 30%, mientras el 39% se incinera y el 31% acaba en vertederos o en la naturaleza, según el trabajo de la alemana Aleke Stofen-O’Brien (Sasakawa Global Ocean Institute). “Al final”, concluye Isobe, “es evidente que se trata de un problema que no tiene fronteras”.

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