15.12.2018

El acto sexual como un reto para el hombre: bestia y caballero

Menéalo

Foto de Irene Díaz.

Sexta entrega de esta sección quincenal a dos voces, ‘Por culpa de Eros’. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En diciembre, nos lanzamos sobre la sexualidad masculina. Toca hablar de la ambivalencia del orgasmo para los hombres, entre el placer y el fraude, entre complacer y complacerse (o la imagen de un espejo sin piedad). En general, el sexo difícilmente va únicamente de sexo. Siempre hay elementos que lo rodean que le dotan de sentido. Tenemos sexo por cariño, encuentro o venganza. Por validación, conquista o dominación.

De joven, el hombre aprende que el sexo consta de una serie de pruebas que debe superar para no parecer un idiota. Aprender a desabrochar un sujetador, cómo dar un buen beso, cómo meter la mano en la ropa interior, cómo quitar un pantalón, cómo tocar, cómo lamer, cómo chupar. Y todo eso como parte de los “preliminares”. Preliminares. Nunca me gustó esa palabra. Como si el plato principal viniese luego. Para el hombre, todo el acto sexual es un reto, no hay calentamiento previo porque nos evaluamos en cada paso.

En The Male Body, Susan Bordo cuenta cómo, de pequeñas, ella y sus amigas estaban tan preocupadas por cómo los hombres aprendíamos a pasar esas pruebas (por las consecuencias que les tocaba vivir a ellas) que se olvidaban de preocuparse por ellas mismas y descubrir su sexualidad. De manera similar, los hombres estamos tan enfocados en no parecer idiotas en nuestra primera vez que nos olvidamos de que el sexo va de disfrutar y conectar.

Diréis que a las mujeres también les pasa, que la mujer siente el mismo nerviosismo por no parecer inexperta. Sin embargo, hablando con amigas parece que en el caso de las mujeres, se trata de no parecer una idiota ante la mirada masculina (la mirada del Otro). En los hombres, la mirada ante la cual no queremos aparecer como idiotas, es la nuestra (y a veces, la del grupo de amigos).

Se habla tan poco sobre cómo los hombres vivimos nuestro cuerpo, nuestro placer y nuestras inseguridades en la cama que a poco que uno se pone a intentar escribir unas líneas sobre esto se ve más perdido que pulpo en un garaje: tanto que decir que sale en torrente sin orden… Ante esto, normalmente terminamos por teorizar en exceso antes que hablar desde nuestro cuerpo. Porque el hombre nunca es cuerpo, o eso nos repetimos.

Yo últimamente opto por una vía un poco más particular. Ante el vacío temático, opto por hacer de lo privado (mi privado) un objeto de discusión pública. Un ejercicio de exhibicionismo emocional esperando que los ecos que genera la lectura nos ayuden a dar palabras a nuestra experiencia masculina. Así pues, lo que viene es un desnudo emocional cis y hetero, sazonado con claves de lectura.

El orgasmo

Hablando en plata: el orgasmo masculino lo he vivido casi siempre (salvo algunas pocas ocasiones) como un fracaso constante. En una relación heterosexual, la promesa de trascendencia que parece ofrecer el subidón libidinal se ve siempre truncado al final. Siempre. Al estallido le sigue el enfriamiento de la lava. Un erotismo destructivo y autodestructivo que frustra el placer.

El deseo masculino es deseo de acceder y disfrutar de otro cuerpo. La sed de trascender el Yo para acceder al Otro queda, sin embargo, incompleta cuando el (más que corto) orgasmo nos devuelve (y condena) a un Yo malherido. Tras el éxtasis, el hombre descubre que vuelve a lo infantil: se muestra vulnerable, necesitado, vacío.

Después de acabar, mi pareja me abraza y cobija, me siento mitad humillado (me ha visto en mi momento más expuesto y vulnerable), mitad estafado (el orgasmo es tan corto que para cuando me centro en mi placer, éste ya se ha ido). Lo dijo ya Ciro Morales (a quien tenéis que leer): el coito representa una inmensa encrucijada de desilusiones carnales. Por lo menos el heterosexual. Por lo menos el mío.

La imagen

Hijo de una cultura que santifica la imagen, mi erotismo se basa en fantasías visuales. Consumo con la vista posturas donde puedo ver bien a mi pareja. Me desconecto de mi cuerpo y mi erotismo se reduce a una fricción genital. Incluso en la soledad: me excito cerrando los ojos e imaginando. Ni caricias ni pellizcos. Abandono la piel para centrarme en imágenes, sólo imágenes. Siempre.

En general, el sexo difícilmente va únicamente de sexo. Siempre hay elementos que lo rodean que le dotan de sentido. Tenemos sexo por cariño, encuentro o venganza. Por validación, conquista o dominación. El sexo nunca es un acto puramente animal. Octavio Paz dirá que es la ceremonia de un acto animal, es decir, su transfiguración en producto humano. El erotismo es comunicación y, por lo tanto, imaginario: transfiguramos lo animal en ritual y lo atravesamos de sociedad.

En el mundo imaginario masculino, la mujer nunca es ella misma. Es una idea de Salvación, de Lujuria, de Venganza o de Juventud Eterna. Pero nunca ella. Encarna una idea porque, para el hombre, en el sexo se juega otra cosa que tiene que ver más bien con la imagen que tengo de mí mismo.

El doble requerimiento

En otro artículo cito las palabras de la sexóloga Lurdes Orellana. Para ella, la sexualidad del hombre se enfoca desde la idea de que en el sexo “no te voy a ver a ti sino que sólo me voy a ver a mí”. El sexo es un espejo para el hombre: la mujer es mero médium. Y es el espejo que me devuelve la imagen de un idiota o la imagen de un triunfador. Pero esta segunda imagen es mucho más difícil de conseguir. En su libro, Susan Bordo habla del doble requerimiento que se le presenta al hombre para cumplir el rol. Debemos ser, a la vez, bestias y caballeros.

Por un lado, estamos obligados a tener la vitalidad sexual de un joven. Un síndrome de Peter Pan sexual por el que tenemos que ser máquinas siempre firmes y de virilidad animal. Aquí, el fantasma de la disfunción eréctil es el peor enemigo. Recuerdo las primeras veces que tenía relaciones sexuales después de terminar con mi última pareja: en los primeros 4 o 5 encuentros no conseguí una erección. La frustración era enorme. En esos casos te sientes inútil, ridículo, humillado. Te sientes roto. E irónicamente, por efecto bola de nieve, ese malestar agrava el problema y sufres dos veces: por no tener una erección y por no poder tranquilizarte para tener una erección.

Por otro lado, según el imperativo sexual, tenemos que ser seguros y sensibles. Unos caballeros que aseguren el placer de la dama. Tradicionalmente esto lo solucionaba el orgasmo fingido: ellas hacían como que disfrutaban y nosotros salíamos triunfantes de la situación. Pero cuando no se finge o se duda de lo fingido, para seguir manteniendo mi autoconcepto necesito convertirme en un virtuoso técnico. Analía contaba en su último artículo que en una conversación me quedé sorprendido cuando me espetó un “deseo sí, empeño no”. Yo soy de esos que se esfuerzan por conseguir el orgasmo de la otra persona. Necesito validarme como buen amante a través de la prueba del algodón que es el orgasmo. Sin él, empiezan las inseguridades.

Si alguno de los dos elementos del doble requerimiento se rompe, el rol masculino queda en entredicho en su totalidad. Si no soy bueno o no estoy erecto, el sexo pierde el sentido para el hombre. Quizás por eso en algunos estudios, según cita Bordo, se ha visto cómo una respuesta común en muchos hombres que tienen problemas de erección es la de abandonar toda forma de cariño. Ninguna estimulación oral o manual, pero tampoco besos, caricias, abrazos. Es como si, por no poder “rendir como hombres”, se prefiere abandonar el juego.

La imagen, la erección y el requerimiento. Tres figuras, entre muchas otras, necesarias para comprender la vida sexual masculina. Una vida sexual que no es muy rica en lo erótico ya que tenemos (tengo) poca imaginación y la poca que tenemos se encuentra rodeada por unos imperativos de género que necesitamos cumplir para no caer en el fracaso.

Yo me veo atravesado por todo esto constantemente. Soy, como vosotros, cuerpo. No podemos posicionarnos fuera del cuerpo. Y ese cuerpo se ve afectado por lo que existe. Y el drama es que lo que existe es un asco.

Menéalo

Sobre el autor

Lionel S. Delgado
Lionel S. Delgado (Rosario, Argentina; 1990) es filósofo y sociólogo. Investiga en la Universidad de Barcelona sobre temas de urbanismo, feminismos y modelos de masculinidad. Aborda las contradicciones emocionales y las prácticas de resistencia en busca de claves que permitan comprender para cambiar. Con un pie en lo político y otro en lo académico. Twitter: @Lionel_Delg

¿Quieres leer más artículos de este autor?

2 comentarios

Deja tu comentario

He leído y acepto la política de privacidad de elasombrario.com
Consiento que se publique mi comentario con los datos que he facilitado (a excepción del email)

¿Qué hacemos con tus datos?
En elasombrario.com te solicitamos tu nombre y email (el email no lo publicamos) para identificarte entre el resto de personas que comentan en el blog

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.