“Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración”

“Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración”

El escritor Michel Houellebecq. Foto: Stefán Bianka.

El escritor Michel Houellebecq. Foto: Stefán Bianka.

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El escritor Michel Houellebecq. Foto: Stefán Bianka.

El escritor Michel Houellebecq. Foto: Stefán Bianka.

Con ‘gran espíritu aventurero’, decidí pasar la Nochebuena y la Navidad en Toledo. A 70 kilómetros de mi casa en Madrid. Y entre paseo y paseo de ‘flanêur’, no se me ocurre mejor deseo para el Nuevo Año que el que hace Michel Houellebecq en su obra ‘En presencia de Schopenhauer’, uno de los libros que metí en el equipaje: “Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración, porque podrá seguir pasando del deseo a la realización y de ahí a otro deseo. […] No se sumirá en un estancamiento espantoso, paralizante, un deseo sordo, sin objeto determinado, un abatimiento mortal».

No fumo, pero me he dado cuenta de que mis viajes tienden a parecerse a los que organizan los fumadores compulsivos: de esos en los que no pasas más de dos o tres horas en tren o, si no queda más remedio, avión. No tengo síndrome de abstinencia, pero sí cierta fatiga prematura a vuelos largos y logísticas complejas con maletas y cambios de horario. No digamos de divisas. He viajado bastante, y lo hacía con entusiasmo. Quizá algún día lo recupere, pero no lo preveo. Me ocurre con los viajes largos como a Larry David en uno de sus monólogos, que cuando miraba el móvil y estaba bajo de batería se sentía cansado. Hace poco, viendo el mapa sobre el que se movía el avión de Indiana Jones –una de mis sagas favoritas desde niño–, pensé que menuda pereza, que qué necesidad.

De modo que, con espíritu aventurero y fuerza de voluntad para superar los obstáculos, decidí pasar la Nochebuena y la Navidad en Toledo. A 70 kilómetros de mi casa en Madrid. Fui en tren, y me alojé en la pequeña residencia anexa de la familia de un conocido escritor, al otro lado del patio con soportales y hierbas crecidas, en pleno casco histórico, muy cerca de la judería. Supongo que la casa hacía las veces de cuarto de servicios para los antiguos señores del palacete hace décadas, pero estaba bien reformada, con cocina y chimenea. Ideal para llevarse al perro, como ha sido mi caso.

Además, el alojamiento tenía una nutrida biblioteca de libros de política, biografías y literatura inglesa. Entre ellos, el clásico ensayo sobre De Gaulle de François Mauriac en francés. Era el sitio perfecto para el propósito con el que había llegado. Mi idea era combinar paseos, visitas a lugares de interés y museos, lecturas y algún capítulo de la serie que estoy viendo. Pero sin imponerme obligaciones de ningún tipo. Como expliqué en mi entrada anterior, ha sido un año intenso y sentía la necesidad, por primera vez en mucho tiempo, de hacer cierta pausa, aunque fuera simbólica. O, al menos, de intentarlo.

Viajeros entusiastas

En el zurrón llevaba, entre otros, En presencia de Schopenhauer, una breve exégesis que Michel Houellebecq hizo hace años de la obra del filósofo alemán y que ahora ha publicado Anagrama. En la primera parada a repostar cerveza leí y subrayé una frase que al escritor francés le llamó la atención, y que coincidía con la actitud de muchos viajeros que, a mi alrededor, se maravillaban con la historia ante sus ojos: «Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración, porque podrá seguir pasando del deseo a la realización y de ahí a otro deseo. […] No se sumirá en un estancamiento espantoso, paralizante, un deseo sordo, sin objeto determinado, un abatimiento mortal».

Viendo ese entusiasmo discreto pero evidente, y tan fácil de colmar en un país como España, me acordé de una frase de Séneca en una carta a Lucilio: «Vive realmente aquel que es útil a muchos, que es útil a sí mismo, pero no los que se embotan a la sombra, yacen en sus casas como en el sepulcro. En el mármol de su dintel podrías poner esta inscripción: Acabaron antes de morir». Me gusta ver a viajeros con sus guías y sus cámaras, fascinados por un patrimonio histórico imponente y vivo, comiendo en restaurantes buenos y baratos a sus bolsillos. España es un país fascinante, y a veces parecemos los últimos en darnos cuenta.

En las ciudades de provincia es donde realmente se percibe el alcance de la modernización de España. Y Toledo no es la excepción. En el caso histórico apenas viven 8.000 de sus más de 80.000 habitantes, pero los numerosos turistas hacen que parezca más habitado, sin ser agobiante su presencia. Junto a los comercios de espadas, joyas y productos locales como mazapanes o vinos más enfocados al turista, hay también comercio para y por lugareños, o para visitantes frecuentes. En la barra de la cervecería La Campana Gorda, me sorprendió la familiaridad de un amabilísimo camarero con cada uno que entraba. Al segundo día ya me saludó a mí como si fuera otro habitual del lugar. Toledo mantiene en muchos restaurantes, además, ese toque de irremediable casticismo que es poner fotos de platos combinados en la puerta. A alguien supongo que le gustará y servirá de reclamo, pero me cuesta imaginarlo.

Demasiado arte, demasiada historia

Toledo es tan rica en arte, patrimonio e historia que, en un momento dado, uno se da cuenta de que no va a disfrutar plenamente de todo sin haber estudiado a conciencia antes cada uno de los lugares. O de que lo disfrutará a posteriori, en casa. En ese mismo momento, bien al principio, me relajé. Llevaba impresos algunos recorridos con algo de información, pero no había tenido tiempo de leerlos a fondo en los días previos. No le hice mucho caso, y me amparé en los límites naturales de la ciudad para caminar arriba y abajo por ella con la seguridad de que no me perdería o entraría en un barrio peligroso (y con Google Maps en el bolsillo, por si acaso). Las caminatas me sentaron muy bien tras unos meses de excesivo sedentarismo laboral. Mi propósito de año nuevo es bajar varios kilos, pero sin estridencias y sin prisas, con la sentencia del romano Marco Aurelio bien presente: «Preocuparse de su propio cuerpo con mesura, no como si tuviera apego a la vida, sin llegar al maquillaje pero tampoco desde luego al abandono, de forma que por su propia diligencia precisaba poquísimo de la medicina».

En varios paseos desordenados de flanêur, visité las dos sinagogas y el museo sefardí, la mezquita, la Catedral, varios conventos, tomé café en Zocodover, contemplé fingiendo más interés del que tenía El entierro del conde de Orgaz y el museo del Greco, me impresionó la imponencia del Alcázar y me perdí entre calles estrechas y solitarias, de muros de ladrillo viejo y humedad. En muchos rincones, entre las casas, aparecía la torre de la Catedral, ancla y guía de la ciudad, especialmente en días de niebla densa como los que me tocaron a mí.

Disfruté de todo de un modo, digamos, amalgamado y desordenado, poco específico y concreto. Me gustó la sensación de estar allí, entregado, rodeado de historia y patrimonio vivo. Algo parecido a lo que describía Ralph Waldo Emerson como la máxima sensación de comunión con el tiempo histórico, aunque sin llegar a alcanzar sus cotas. Me he prometido volver, esta vez con la libreta y los libros, con los deberes del viajero hecho. Para disfrutar de otra forma de Toledo, y para tomarte un plato combinado y conocer el secreto de una supervivencia comparable a la de los muros de esta ciudad.

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