18.09.2018

Animales de ternura y terror. Reseña de Los terneros, de Blanco Calderón

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Los terneros, de Rodrigo Blanco Calderón

Rosario López reseña Los terneros de Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981), publicado por Páginas de espuma (2018). 120 páginas. 14 euros.

POR ROSARIO LÓPEZ

«Cada escritor posee en sí mismo un jardín que cultivar y un viajero que transportar: nada más. De otro modo, sería un personaje mucho menos interesante, que es su propio Yo». Con esta frase, Roberto Calasso, en La marca del editor (Anagrama), equipara la tarea de escribir y editar, siguiendo la estela de la definición de editor que hizo Vladimir Dimitrijevic con solo dos palabras: jardinero y transbordador. Rodrigo Blanco Calderón usa a Calasso para abrir su último libro de relatos, Los terneros (Páginas de Espuma), con la siguiente cita: «Todo sacrificio es un barco dirigido hacia el cielo».

Blanco Calderón fue el escritor más joven de la primera generación Bogotá 39, hace más de diez años, en 2007. Vive en París y es caraqueño. Este es su cuarto libro de cuentos y el primero como migrante, fuera de una Venezuela a la que ya no reconoce, de la que se fue, por la que se fue. Aunque asegura venir de las formas breves y sentirse más cómodo en ellas, también ha escrito novela: The Night (Alfaguara), con la que ha recibido el premio Rive Gauche à Paris, por la mejor novela extranjera en Francia. Con Los terneros quedó finalista del último Premio Ribera del Duero.

Los terneros está hecho de siete relatos: «Petrarca», «Agujeros negros», «Biarritz», «Los locos de París», «Nuevo coloquio de los perros», «Hijos de la niebla» y el cuento del que toma el título el libro: «Los terneros». Siete relatos pero también, en cierto modo, siete capítulos: un archipiélago de siete islas. Si se lee de principio a fin, la esencia es de conjunto, de ese Todo, de ese ser, de ese sacrificio: de ser humano y sociedad. El libro está de pie y pasea por Caracas, Ciudad de México, Miami, París, Biarritz, Madrid. Las ciudades son personas y fechas conectadas, y las personas hablan de ciudades en las que viven, adonde viajan, en las que crecen o fueron.

Los protagonistas de Los terneros van en metro, conducen taxis, se montan en ascensores, son tocados por ciegos que se empapan de vértigo. Lloran, visitan farmacias e iglesias, a un hombre en cama tras la cortina esperando lector. Ven al Quijote de hoy, que es un aparcacoches durmiendo en la calle. Ven los restos de la muerte, de un huracán, y la noche de antes de los destrozos. Asisten a protestas, son testigos, atentados, estudiantes y profesores. Lectores, escritores, también poetas. Bailan, mascan silencio. Muestran todo lo inefable. Hablan del poder y de la nada, de los ciclos y las ausencias, de eso que alguien siente cuando siente mucho y no es capaz de decir cómo. O no sabe o no se quiere. Comunicarnos, qué difícil. Y, sin embargo, qué necesario. ¿Cuánto nos necesitamos? ¿Cuánto se pierde por ganar compañía? ¿Qué sacrificio? Los protagonistas de Los terneros son solos que no pueden estar solos.

Parlez vos voisin!, habla con tu vecino, está escrito en el vagón del metro de «Los locos de París», uno de los cuentos más aplaudidos del conjunto. Funciona como un relato perfecto, con su vacío correspondiente, y todo arranca con alguien llegando a París tras la masacre de Le Bataclan: un latinoamericano, lingüista, informático y deprimido, casi un zombi, buscando amigos, como se suele decir. «Así, he descubierto que una buena novela es eso: la inminencia de un ataque de zombis que no se produce», dice el narrador de este cuento.

Y bien podríamos definir así el estilo de Blanco Calderón. Te lleva al precipicio y te abandona en el límite, no se desborda, no se deforma, y te deja sola con tu, su, soledad. Lleva el caballo de la narración sin que se note que lo apalea, con cuerda invisible, sin despeinarse, sin desbocarse una línea y, aun así, o quizás por ello, duele el látigo como si el caballo fueses tú. Pero tú creías que habías venido al baile y a un vals en concreto por la elegancia, pero el cuento termina y tú estás K.O. Y en un ring y sin la palabra.

La palabra «sonrisa» suele pasearse con mucha más frecuencia y dignidad en cualquier narración que la palabra «lágrimas». No en el caso de Rodrigo Blanco Calderón, no aquí. Todos los protagonistas de estos cuentos son hombres (desde el niño al anciano a las puertas de la muerte) y hay heridas de huérfano, hay una especie de orfandad en el libro que crece. Lloran con naturalidad, pero solo los hombres. Las mujeres son misterio en este libro, fuertes en su mayoría, distantes, infranqueables emocionalmente, o ausentes. Todos los protagonistas son hombres pero son protagonistas que se quitan del medio, como un periodista que escucha y observa pero no deja de hablarnos también de él al través de los otros. Alejarse del Yoísmo, como diría Picón Salas, con quien también se conversa en este libro que arranca con un personaje llamado Petrarca, al que debemos la difusión de los clásicos. Hay un Quijote y un Sancho a la mitad, otro coloquio de perros, y todo termina con un hombre dando un portazo, afrontando su miedo mayor.

Hay narraciones dentro de narraciones, matrioskas, e iceberg del que solo se ve la punta; hay que bucear, hay riqueza por debajo y más allá hasta para alcanzar la otra orilla anotando en los márgenes, como manguitos, las familias, los diálogos, a qué suena cada frase dicha propia. Además de los autores propiamente mencionados por el autor, leyendo los cuentos de Rodrigo Blanco Calderón, parpadean también, según nuestros ojos, Eduardo Halfon, su humor y erotismo y el disfraz de un detalle contra el patetismo, ya sea un gabán rosa o un paraguas; Antonio Ortuño, y esa necesidad de dejar por escrito, de usar la lengua materna, de cumplir con su madre; Marta Sanz, con las cicatrices y no saber si lo que se recuerda es cierto o no; Sanchis Sinisterra, con los ciegos y su obra El lector por horas. Los diálogos son dramáticos en Los terneros, nunca se siente una palabra que sobre o reste ejecución, y hay frases muy buenas pero ninguna lapidaria.

Todas las conexiones antes mencionadas surgen leyendo «Biarritz», uno de los cuentos de más valor, si no el que más, en nuestra opinión, por lo natural, sin rastro de las herramientas usadas ni anclajes, limpio, por lo fácil que parece y que no es, por lo que trata, por lo íntimo y social, por aquello que decía Miguel Torga: «Lo universal es lo local sin paredes». Encierra el sentido de la literatura y del ser humano, del hablar y contarnos, del poder sanador (o al menos placentero) de las historias. Y, no por ello deja de guiar y provocar al lector, que se queda pensando si, realmente, hacía ese sol al final del cuento o el narrador se lo ha inventado porque así quiere contárselo.

Con Blanco Calderón una aprende que los silencios dicen más que los rumores. Y a lo largo de toda la lectura, una voz repite: ¡Qué belleza de libro! Antes de repetirse otra vez, añadiremos lo que nos ha faltado: un olor. ¿O es que el silencio no huele?

Los terneros es un libro para leer, terminarlo y dejarlo en la mesita cerca para agarrar un trozo a menudo. Y sí, también habla de política. Es política. Los terneros es un cuerpo de palabras que nos enseña que somos animales de ternura y terror. Ahora sí, de nuevo y sin estridencias, en cualquier párrafo, en cada esquina, en todo hueso, qué belleza de libro.

Recomendaciones:

Lo que dijimos nos persigue. Nikola Madzirov. Traducción de Yolanda Castaño y Marija Petrovska. Pretextos (2013)

Las aguas tranquilas del una. Faruk Šehić. Traducción de Miguel Ángel Rodríguez Andreu. La Huerta Grande (2017)

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