19.01.2019

Aroa Moreno: “En unos años nos parecerá increíble la desigualdad de la mujer”

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La escritora Aroa Moreno.

La escritora Aroa Moreno.

Hablamos de historias e Historia, de literatura y periodismo, de desarraigo, de feminismo, exilio y emigración, con Aroa Moreno Durán, cuya vida dio un vuelco a raíz de recibir el prestigioso premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España a la mejor novela de 2017 por ‘La Hija del comunista’ (editorial Caballo de Troya). Hoy nos cuenta todas esas historias que le salen al paso, como periodista y como escritora.

Aroa Moreno (Madrid, 1981), periodista, escritora, poeta, se pregunta si se volverá a repetir en su vida una experiencia parecida. A saber, la concesión del premio Ojo Crítico de Narrativa 2017 por su novela La hija del comunista. Una historia conmovedora que nos cuenta la no-vida de Katia, hija de una familia formada por miembros del Partido Comunista Español exiliados en el Berlín oriental de la RDA. Y digo no-vida porque, a pesar de que es un recorrido biográfico por una serie de acontecimientos fundamentales en la vida de esta heroína del desarraigo, la sensación que me acompañó como lector fue siempre la de una vida no elegida. La de una vida marcada por grandes sucesos históricos que condicionan irremediablemente los pasos a dar. Una prisionera invisible de eso que se dio en llamar la weltschaung de su época. ¿No lo somos acaso todos? En fin, ya empiezo a ponerme pedante. No tengo remedio.

El caso es que es un gusto leer a Aroa. Lo es también cuando se trata de su poesía. Solo puedo hablar de Jet-Lag (2016) (Baile del Sol) –su primer poemario es Veinte años sin lápices nuevos (2009) (Diputación de Cádiz). Una radiografía a golpe de verso de todo aquello que a veces parece que vivimos a destiempo. Léanla. En poesía y en prosa.

Para abrir boca, y a modo de introducción, pueden empezar con esta entrevista. En ella resuenan temas que están también presentes en su trabajo: el desarraigo, la identidad, el desplazamiento. Pero lejos de sonar grandilocuente, hay algo muy cercano en su manera de abordar las cuestiones que van saliendo al paso. Lo cual me reconforta con una idea que al que esto suscribe, de un tiempo a esta parte, le tiene muy en vilo: la del compromiso con lo cotidiano. ¿Es necesario alzar la voz y rasgarse las vestiduras para que nos escuchen? ¿O es preferible, a pesar de las inclemencias, decirlo contenidamente pero siempre? ¿A cada rato?

Tras una extensísima promoción de tu novela, que ha tenido muy buena acogida, me comentabas el otro día por teléfono que estabas harta de escuchar tu propia voz…

(Risas). Bueno…, a ver…, hay que matizar. Para mí el éxito que haya podido tener la novela es algo que vivo de forma muy pequeñita, muy para dentro. Y ni siquiera sé qué alcance… o adónde llega. Es más el haber conseguido que el libro permanezca, va a hacer dos años, en librerías, que la gente se siga acordando de él. Y, bueno, seguir hablando de él… Estoy harta de mi propia voz, pero no de la voz del libro.

Ahí es donde quería llegar yo: es muy interesante ese espacio.

Claro. Estoy súper agradecida de que este libro no llegara a la mesa de una librería, se fuese a los 15 días y nadie más pensase en él. Al recibir el premio Ojo Crítico volvió a situarse, volvieron a enfocarlo un poco. Y me ha permitido vivir un año, 2018, maravilloso, de viajes, de conocer personas, de conocer lectores, libreros; ha sido muy bonito. Y a veces pienso: ¿podrá repetirse otra vez? (Risas). ¿Quién sabe?

Pasarán otras cosas. A mí me pasa, cuando me preguntan por personajes que he interpretado, en los que me he dejado el alma, después de que haya pasado un tiempo, no sé muy bien que contestar. Me sueno a mí mismo impostado. ¿Te pasa a ti lo mismo con el libro?

Yo no he soltado el libro todavía. Imagínate. Lo empecé a escribir en otoño de 2013. De eso hace más de cinco años. Desde que escribí la primera página, que aparece tal y como está en el libro. Y lo entregué en septiembre de 2016. A mí personalmente me han pasado muchas cosas desde entonces. Personalmente y también junto al libro. Pero no he podido salirme de él porque es todo el tiempo, ¿no? Mi vida también se ha organizado alrededor…

Alrededor de Katia…

Sí, alrededor de Katia… De esta novela, de estos temas… Que siempre han estado dentro de mí, pero que de pronto, al tener esta novela escrita, pues yo misma les he puesto un pequeño cimiento debajo. Y me he dado cuenta de la importancia que tienen para mí.

¿Te ha pillado por sorpresa?

Siempre he sabido donde estaba…, no quiero llamarlo mi punto débil…, pero de donde cojeaba yo más o menos sí lo sabía. Sí he tenido que armar una especie de discurso alrededor de eso porque la gente me pregunta mucho. ¿Por qué has escrito sobre el exilio, sobre la RDA? ¿Por qué has escrito del desarraigo?. ¿Por qué he escrito? Yo sé que me interesa, pero ¿por qué? ¿Dónde está la raíz para haber acabado escribiendo de esto? Así que sí, ha sido después cuando he tenido que reflexionar sobre mí misma.

También tu poemario ‘Jet-Lag’ tiene que ver con el desplazamiento, el desarraigo. Está presente en tu imaginario poético, por decirlo de alguna manera. ¿Te interesan estos temas?

Sí. Me interesan, por un lado, no solo el exilio, sino los movimientos migratorios, socialmente. Me parece que es uno de los grandes temas, uno de los grandes problemas humanitarios hoy. Y literariamente me interesa preguntarles a mis personajes, porque la poesía también puede tener un personaje, aunque esté muy por debajo, ¿de dónde sois? Y ver cómo afecta eso a la construcción de su identidad.

La identidad nunca deja de construirse, ¿no? No creo que sea algo con lo que nazcamos.

No, yo tampoco. Y además creo que hay momentos en la vida en los que la identidad reside en un lugar, no en un lugar físico y geográfico, sino en algo, y en otros momentos reside en otro. En la familia, en la educación, en tus lecturas, en tus amigos, en tu país… Así que ese libro, Jet-Lag, cuenta una vivencia personal. Estuve viviendo un año y pico en México y al regresar no acababa de quedarme aquí. Recuerdo hacer siempre la cuenta del cambio horario. “Si aquí son las tres, allí son las seis de la mañana. Si aquí estoy haciendo tal, allí estaría haciendo otra cosa”… O sea, aquel viaje que hice a México, que fue una estancia en 2005-2006 y algo interrumpió ese viaje y tuve que regresar, me hizo escribir sobre mi desubicación, en el espacio y en el tiempo. Sentí que yo no debía estar aquí. Mi identidad se había construido de pronto en un lugar que era completamente ajeno a mí. Estaba escribiendo sobre eso. Y fue en un Jet-Lag precisamente, tras estar allí un mes de visita, después, cuando me di cuenta de que estaba hablando de eso. De un Jet-Lag crónico… Que ya me he curado, ¿eh? (Risas).

No te cures demasiado; así puedes seguir escribiendo… Volviendo a tu novela, lo que más me atrapó, te hablo de mi experiencia como lector, es que la relacioné mucho con el concepto de intrahistoria de Unamuno. Está la Historia, así, en mayúsculas -el bloque del Este, la caída del muro- y luego está lo que le pasa a las personas, los invisibles de la historia. ¿Era esa tu intención?

Sí. Totalmente… Fíjate que cuando leí San Manuel Bueno Mártir, un libro en el que la intrahistoria está representada por ese lago, y todo lo que queda debajo frente a lo que queda en la superficie, su simbolismo me impactó mucho. Y ahí fue cuando empecé, cuando a partir de ese concepto de la intrahistoria, de lo pequeñito frente a los grandes acontecimientos, me dije: es una forma muy bonita de acercarte a la realidad o a la literatura. Y sí, era totalmente la vocación del libro: que la historia grande simplemente sirviera de sujeción de la historia pequeñita, que es la vida de Katia. Muchas veces me preguntan: ¿Por qué no has hecho una novela histórica? o ¿por qué no has contado más, con todo lo que te habrás documentado…? Es que no quería hacerlo… Ubiqué ahí los personajes, pero podía habérmelos llevado a otro lugar. No soy historiadora, me falta el rigor, me costaría muchísimo… Además, por mi forma de escribir, que tiende a la elipsis, no podría haber escrito 500 páginas de novela. Aunque la historia daba de sí. Pero me interesaba eso, cómo la historia grande golpea la historia pequeñita. Y en este caso, al llevarlo a un lugar tan extremo, tan Guerra Fría, tan, no sé…, bajo los focos del mundo en ese momento, parece que el golpe es brutal contra Katia, que es la protagonista, pero, en realidad, a nosotros nos golpea también.

Ella se va, pero adonde se va es espantoso. Incluso cuando se enamora. Yo lo leí como una especie de encantamiento.

El dibujo de Katia, de su personalidad, también está muy manipulado para que sea una mujer muy pasiva, de alguna forma, y no sea contestataria, ni reaccionaria contra el Estado, contra el Estado comunista, ni nada. Es alguien normal, pero que de pronto tiene que hacer una heroicidad para seguir algo tan natural como es seguir un amor, un primer amor de juventud. Que yo creo que no es algo racional… Ese amor te impulsa a hacer cosas que luego no vuelves a hacer jamás en la vida. Y ella lo hace así y, bueno, pues al otro lado se encuentra otra luz, otro espacio… Y sin querer condicionar al lector de ninguna manera, creo que la RDA se llevó por delante todo lo bueno que pudo tener, cortando la libertad de la gente, vigilándola, torturas, etc… De pronto llega como al paraíso de las libertades, supuestamente, y se vio otra vez metida dentro de un muro diferente.

Me recuerda a un personaje de ‘La insoportable levedad del ser’, que huye a Suiza, y cuando le preguntan qué tal Suiza, contesta: “Suiza es otra cárcel”. Katia está todo el rato desplazada.

Mucha gente me ha dicho: “Este personaje es tristísimo. Lo has tratado fatal”. Pero para mí, al final, salvo a este personaje. No sé cómo lo habrá entendido el lector, pero para mí está salvada. Sí hace frente a lo que tiene que hacer frente…

Como puede…

Como puede, con lo que queda de ella. Porque son muchos años. Empieza la novela en el 56 y acaba en el 92. Imagínate cargar con la culpa de tantos años y, sobre todo, de una decisión. Pero esa Alemania que se dibuja al otro lado es la Alemania que yo he podido conocer. Yo no conocí la Alemania comunista. He investigado. Me he entrevistado con gente que vivió allí, con alemanes y con exiliados españoles, pero yo no viví aquello. Sin embargo, la otra Alemania, que parece tan cliché en la novela, es la Alemania que yo he conocido. La he contado casi como dibujando al natural.

Esa Alemania es un poco el mundo en el que vivimos… El vellocino de oro tampoco es…

Sí. Además, imagínate alguien que ha sido educado de forma soviética, con un Estado que como mujer te apoya para que estudies, para que no dependas de nadie. No tanto desde una perspectiva feminista, sino con igualdad de clase: somos obreros tú y yo, como mujer y como hombre. Y, de pronto, llevada al seno de una familia que todavía se rige por un cabeza de familia hombre, por una madre relegada a sus labores de organizar la ropa, de que la cosecha vaya bien. Eso también es un choque, ¿no? Es muy complejo. Son muy contradictorias las dos sociedades y, al final, al individuo ¿qué le queda?, ¿dónde se agarra?

Tarkovski decía que no tenía ninguna confianza en los sistemas políticos. Pensaba que no eran capaces de dar una respuesta a nivel colectivo a los problemas de los seres humanos. Que lo único que nos queda es la responsabilidad moral individual de cada uno en el día a día. Y que ahí es donde entra el arte. Yo pienso que el arte no va a cambiar el mundo, pero que sí puede contribuir a pequeños despertares, tomas de conciencia. Ahí está su compromiso. ¿Tú piensas que con tu labor puedes contribuir a que este mundo sea más habitable? ¿O simplemente te limitas a escribir pensando en tus lectores?

Compromiso político es una cosa y compromiso es otra. Para mí el compromiso literario en este caso, o artístico, tiene que ver mucho con tu propia honestidad a la hora de crear. A mí esta novela sí me creó unas dudas en cuanto al compromiso que yo estaba adquiriendo al hablar de esto. Entonces, cuando yo me encontré esta historia, cuando yo supe que había habido exilio español en la RDA, cuando yo me lo encuentro y veo que ni la literatura ni la historia se han ocupado de esta gente, a mí me saltan dos alarmas. La primera es la periodística, que dice: aquí hay una historia que no se ha contado, por lo tanto debe ser contada. Y la segunda: sí tiene que ver con un compromiso personal con los que no tienen voz, con la gente a la que no se le ha dado voz, que no digo que vaya a ser yo su voz, porque eso sería por mi parte, creo, engreimiento. Pero sí me gusta pensar que la gente que lea esta novela sienta como que alguien está iluminado una parte de la historia que estaba a oscuras, muy en penumbra. Porque no es la historia pura, es una creación. Pero durante esas horas que dura la lectura está viendo algo que no había visto antes. Y así creo que puede tomar conciencia de que eso existió. Ese es mi compromiso, por ejemplo, con esta novela.

No puedes dogmatizar.

No puedo. Yo podría haber metido a Katia en otro régimen, en otra dictadura, en otro país mucho más democrático y su dolor creo que sería el mismo. El desarraigo, el desamor, la nostalgia es la misma. Luego hay unas circunstancias que la atenúan o la convierten en un sentimiento diferente. En ese sentido, para mí la literatura sí tiene un compromiso de mostrar cierta rebeldía contra lo que nos han contado siempre.

¿Cuestionar?

No cuestionar, sino no dar todo por sentado. No ser complacientes, con la historia en este caso, con el relato que ha llegado hasta nosotros. Creo que hay mucha gente que está trabajando por rescatar las historias pequeñas precisamente. Los rincones, las aristas de la historia donde hubo valientes, cobardes, amor, nacimiento, muertes que no se han narrado por ningún lado.

Y más todavía en el caso de las mujeres.

El otro día me hicieron un análisis de género de la novela, una mirada de género hacia la novela, que era algo que yo ni siquiera había hecho. Katia es una mujer porque yo elegí contarlo desde su voz. Fue una respuesta natural, voy a ponerme a contarlo desde aquí. Pero sí, claro. Hay una parte de espejo además. De repetición de la historia de la madre en la hija. Hacen lo mismo al final: seguir a alguien, en direcciones contrarias, y encontrarse atrapadas en un lugar que no es el suyo, en una familia que no se puede desarrollar… Las mujeres, yo creo, somos las grandes damnificadas de la historia, de las guerras… En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, ni siquiera cuentan…

¿Y cómo te sientes tú respecto a este despertar feminista?

Como ha pasado ya un poco de tiempo desde ese 8 de marzo que fue tan brutal y, en realidad, tan transversal… tantas profesiones… diferentes edades… Merece la pena pararse a pensarlo. ¿Dónde está mi feminismo? Para mí es una lucha diaria, cotidiana, que realmente sí ha sido un despertar. Un abrir los ojos a muchas cosas que creo que ya no se van a consentir. No te hablo ya de violencia o de acoso, sino de tantas cosas cada día que te discriminan por ser mujer. Yo es algo que he tenido siempre súper claro. Lo que pasa es que ahora sé ponerle un nombre. He sentido cada una de esas discriminaciones pequeñas en el trabajo cuando me han preguntado si pensaba quedarme embarazada o no, tener una familia… ¿A usted qué le importa? Es como un afán por organizar la intimidad y por meter las narices donde a nadie le llaman. No sé ni expresarte la importancia que yo creo que tiene la igualdad de las mujeres. Dentro de unos años miraremos hacia atrás y nos parecerá increíble que antes no fuera así. Igual que nos pasa con el racismo…

Llegaste a la literatura a través de la docencia, ¿no? Tú has sido mi profe…

(Risas). La raíz de la novela parte de un taller. Cuando tenía 19 años o así, y nadie había leído nunca mis poemas, que era lo que escribía entonces, en la universidad vi un cartel que anunciaba un taller de poesía. Y pensé: pues me voy a apuntar porque así puedo hablar con alguien de esto. No de lo que yo había escrito, sino de poesía. Ninguno de mis amigos estaba interesado. Me decían: “Pero, ¿qué te pasa? Estás fatal”. Así que necesitaba encontrarme con gente… Y si no lo tienes a mano, pues lo tienes que forzar. Y así fui al primer taller de poesía. Muchos años después, fui a otro taller, a un taller de relato que daba Lara Moreno, que luego fue mi editora. Lo hicimos y se acabó. Y nos llevábamos todos tan bien, nos lo pasábamos tan bien allí, que dijimos: “Vamos a hacer otra cosa. Pero no vamos a hacer relatos II, ¿no?”. Y Lara propuso hacer como una tutoría colectiva de novela donde cada uno que participaba en el taller llevaba un par de páginas, iba avanzando en un proyecto. Y así empecé yo La hija del comunista. Aquel taller se disolvió. Yo llegué como hasta el capítulo cuatro, hasta el cinco, porque luego volví para meter el tres. Después, cada uno se fue por su lado… Y a Lara le propusieron ser editora de Caballo de Troya. Me llamó y me dijo: “Oye, la novela de la RDA, ¿cómo va?”.

Feliz coincidencia.

Ha sido precioso porque a Lara la conozco de leernos cuando teníamos cada una un blog, y nos queremos. Además de muchas otras cosas, por entender la literatura de la misma manera. De subrayar y compartir lecturas en la cocina de mi casa. Ha sido genial.

La amistad y el trabajo son compatibles.

Totalmente. Me dejé guiar mucho por lo que ella pensaba. Además, el final de la novela me coincidió en la escritura con que tenía un niño de tres meses. Sabía que no estaba a tope de capacidad…, de lucidez. Estaba con la supervivencia de un niño pequeño. Cuando entregué la novela a Lara, supe que toda corrección o edición que ella fuera a hacer, que luego no fue casi nada, iba a ser bienvenida. No sé cómo funcionará otra gente, pero yo, cuando confío en mi editor, pues me dejo…

Estabas con dos partos a la vez.

Sí. Fue el horror de verano. Criar, crear… (Risas). Y cuando le dieron el premio a la novela fue maravilloso…, que alguien validara nuestro trabajo. El mío y el de Lara.

¿Sigues ejerciendo como periodista?

Ahora mismo escribo columnas de opinión en Infolibre, que es otra cosa. A medias casi entre la literatura y el periodismo. Porque tampoco es periodismo. A veces pienso: “Qué fácil sería hacer un artículo de esto, ¿no? A los datos me remito, lo cuento y ya”. La opinión, al final, te sitúa a ti en un lugar complicado, porque…

Tienes que adoptar un punto de vista…

Claro. Y tu punto de vista tiene que ser original. Si no, te estás sumando al ruido de las máquinas.

Hay una gran tradición de cronistas escritores: García Marquez, Umbral, Rebecca West…

Fíjate que hoy en día, todavía a estas alturas, la gente se sigue cuestionando que los escritores hagan periodismo y que los periodistas hagan literatura. Es una cosa que no entiendo, porque para mí tienen un punto en común, que es la palabra. Yo me metí en periodismo porque quería escribir. Aunque luego pasan muchas cosas y no llegas a hacerlo, ¿no? Pero la palabra me parece que es la herramienta común de los dos oficios. Y luego cada uno tiene sus reglas, sus normas y sus compromisos con la verdad que son muy diferentes en un caso y en el otro. El periodismo tiene que estar blindado a la verdad completamente. Y la literatura…, la literatura es: voy a hacer un pacto contigo en torno a mi verdad.

Se llega a la verdad desde otro postulado.

Sí, es eso.

¿Y que piensas del estado del periodismo hoy en día?

A veces creo que los periodistas en este país están muy obsesionados con ciertos temas y se retroalimentan a sí mismos y no acaban de salir de ahí. Cuando en realidad deberían sacar la cabeza para preguntar qué es lo que le importa a los lectores. Se está haciendo un trabajo de adaptación de los medios de comunicación a Internet y me parece que la información gratuita está devaluando mucho la propia información. Si tú no pagas por la información, alguien ya la ha pagado por ti. Es una gran frase para definir este modelo. Y luego medios tan polarizados… Uno va buscando que le digan lo que quiere oír todo el rato. Creo que deberían moverse, y rápido, hacia otro lugar. Buscar otras fórmulas. Y creo que se deberían ocupar los que tienen dinero para financiarlo. Yo me pregunto, por ejemplo, mi hijo, que tiene dos años y medio, ¿llegará a conocer los periódicos? ¿O le parecerán algo de otro tiempo? “Leían en unos papeles grandes”… No lo sé. Es que yo entre la gente que me rodea casi nadie compra el periódico, ni periodistas siquiera. Ni gente que se dedica a ello.

¿Qué te motivó a ti para ser periodista?

Quería escribir. Y luego creo que también tengo un asunto con la curiosidad, con preguntar, con saber, que creo que es fundamental para un periodista. Querer saber. Querer enterarte y querer contárselo a otros.

Has escrito también varias biografías, sobre Lorca, sobre Frida Kahlo, así que quería reflexionar contigo sobre esta corriente de corrección política que hay ahora, dirigida a grandes personajes de la historia, que los juzga, a ellos y su obra, desde una perspectiva actual. Hablábamos en el taller de Neruda, del fragmento de ‘Confieso que he vivido’ en el que el prácticamente viola a una chica… ¿Qué piensas al respecto?

Juzgar al artista te hace dejar fuera de tus lecturas obras que por su temática o sus argumentos son bastante deleznables. Imagínate, toda la novela negra, todo esos asesinatos, crímenes. Todas las novelas que tratan una violación. ¿Qué pasa? ¿No vamos a leer eso? ¿Por qué? ¿Porque ahora vamos a ser todos unos angelitos? No sé… Eso por una parte. Otra cosa es que el autor en su día cometiera delitos…

O hechos reprobables…

Sí…, que en su momento debieron ser juzgados. En el caso de Neruda me parece que es complejo analizar, porque él en su biografía, en Confieso que he vivido, lo cuenta literariamente. Utiliza una realidad –creo que ni él mismo es consciente de que cometió una violación– para convertirlo en algo literario. Porque las memorias de Neruda, que son maravillosas desde mi punto de vista, por todo lo que vive él, y por cómo las va narrando, son algo literario. No es: hice esto y me pasó aquello… Ese no es su interés, sino acercarte a él a través de esa barbaridad que era su literatura. A mí en este tema lo que me choca es haber leído eso mil veces, porque yo he sido una gran lectora de Neruda, y no haberme dado cuenta. Incluso que me haya parecido un hecho excitante.

Da qué pensar.

Ahí sí creo que el movimiento feminista está educándonos un poco a ser sensibles ante ciertas cosas. ¿Rebaja la calidad literaria de Neruda ese hecho? En absoluto.

No hay que quemarlo.

No, no, porque además hay que contextualizar las cosas, en su momento… ¿Qué vamos a hacer?, ¿analizar las vidas de todos? No sé si yo me salvaría de la hoguera… Es muy difícil, pero, bueno, el debate es muy interesante. Escribí una columna sobre esto y nunca he tenido tantos comentarios ni tan encendidos… Me dieron hasta en el carné de identidad…

¿Qué estás preparando?

Como para mí la poesía sigue su curso y su pulsión, pues sigo escribiéndola. Y estaba preparando una novela. Llevaba un tiempo en la fase de documentar para empezar a escribirla… Pero hace como un mes, estando en el País Vasco, se me acercó alguien para contarme una historia. Me tomé un café con él y me empezó a contar una historia que me hizo llorar. Una historia real. Y dije: a ver si estoy forzándome a escribir algo que no, y aquí de pronto hay algo… No sé. Si a mí me causa emoción, creo que le causará a alguien más. Entonces estoy viendo hasta dónde da de sí eso… Bueno, él me dio un detalle, pero me encantó. A partir de ahí hay que construirlo todo, toda la trama. Pasa esto de la gente que se te acerca y te dice: Mi abuela tiene una historia…

¿Te pasa a raíz de ‘La hija del comunista’?

Mucho, mucho. Me pasa hasta con mis amigos, que de pronto me estoy enterando de la historia reciente de sus familias, de sus antepasados… “Te voy a contar la historia de mi abuela”… Y a veces tienes que contestarles: “Tu abuela fue fascinante y súper moderna, interesante, pero no tiene ninguna historia, ¿vale? “. (Risas). Todos tenemos nuestra historia, ¿no? Nosotros y los que nos trajeron aquí.

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Un comentario

  • El 19.01.2019 , javier carr ha comentado:

    Y las injusticias con el hombre…

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