03.04.2018

Beatriz González, la pintora del dolor de Colombia

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Beatriz González. 'Gimnasio Bacatá'. 1968

Beatriz González. ‘Gimnasio Bacatá’. 1968

Cuando Beatriz González llega a Madrid, lo primero que hace es visitar a Goya. Le rinde pleitesía en la ermita de La Florida y se deja el cuello mirando y remirando los frescos. Beatriz González (Bucaramanga, Colombia, 1938) es la pintora más influyente de una generación de artistas colombianos como Doris Salcedo y Óscar Muñoz. González ha sido crítica de arte, profesora, museógrafa o, como le gusta resumirse en una frase, “una pintora de provincias, pero no provinciana”. Sus obras llenas de elementos de ironía, humor y dolor se exponen por primera vez en Madrid, en el Palacio de Velázquez, del Museo Reina Sofía. Una muestra imprecindible.

Beatriz González es menuda, lleva melena y flequillo cuadrado a lo Yayoi Kusama, la pintora  japonesa, contemporánea de la colombiana. Vestida de negro y con gafas redondas oscuras rompe su imagen de mujer frágil en cuanto empieza a hablar. Suena potente, rotunda. Salpica su presentación con anécdotas y recuerda cómo estudió Arte en una Facultad llena de mujeres, tendencia que sólo se rompió cuando llegaron a las aulas Botero y Luis Caballero: “Los hombres hacían todo lo posible por venirse a Europa a hacerse famosos y las mujeres se quedaban en América a verlas venir”. González es la excepción. Su obra es buscada y elogiada y ha expuesto en los principales museos del mundo, desde la Tate Modern de Londres al Moma de Nueva York.

Con Los suicidas del Sisga (1965) comenzó el reconocimiento a su carrera. Se inspiró en un suceso de una joven pareja que se mató por la locura del hombre. Dijeron que era su primera obra pop. Ella, que ni había oído hablar de Warhol, utilizó, como el norteamericano, recortes de periódicos que hablaban del suceso. “Como a Warhol, me gustan las fotos mal impresas”, dice. De ahí a las estampas de santos y próceres de la patria. Con estos elementos logró una estética popular con colores vivos y planos. Y del óleo a las planchas de metal de sus muebles: “Empecé a sentir que los materiales me guiaban”. Los presentó en la Bienal de Sao Paulo de 1971. Fue una conmoción. No lo entendieron y la etiquetaron de artista marginal.

Trabajó con los iconos de la historia, de Simón Bolívar a la reina Isabel de Inglaterra, pasando por el Papa, el presidente Kennedy y muchos más. Y en las librerías de Bogotá encontró otro de los filones de su pintura, las imágenes de la historia del arte europeas reproducidas por Gráficas Molinari, Le dejeneur sur l’herbe, de Manet; La rendición de Breda, de Velázquez; o La encajera, de Vermeer; leonardos, giocondas, rafaeles, cezannes pasaron por su irónica colección de grandes de la pintura.

Buscando la inspiración en los bazares, Beatriz González se hizo investigadora del gusto y logró así un inventario de curiosidades. Carpas de circo, telones, muebles. Cualquier material era bueno para pintar. De los muebles pasó a los objetos que le marcaban el paso, “encuentro una polvera y veo en ella a Sarita Montiel, por ejemplo”. Artista fotocopiadora de símbolos, “la repetición infinita de una imagen en cualquier medio y formato”.

Beatriz González. 'Los suicidas del Sisga, 2'. 1965

Beatriz González. ‘Los suicidas del Sisga, 2’. 1965

Beatriz González. 'Antonia Santos. Sesquicentenario, S.A'. 1969.

Beatriz González. ‘Antonia Santos. Sesquicentenario, S.A’. 1969.

Se reía, de todo y de todos. Una vez vendió una de sus lonas gigantescas por centímetros. Escandalizó a la fina sociedad de Bogotá e hizo un picadillo de arte. El día que vio la foto alegre de la familia del presidente Julio César Turbay (1978-1982) seguro que le vino a la cabeza la de Carlos IV, pero ella le dio una voltereta, hizo cortinas, de las que cierran ventanales. Las colgó en su estudio y en las galerías. Goya, otra vez como referente; la burla y la crítica.

“Era un país chistoso, pero después de lo del Palacio de Justicia [la toma del Palacio de Justicia de Bogotá por un comando de guerrilleros del Movimiento 19 de abril, el 6 de noviembre de 1985. Hubo 98 muertos, entre ellos 11 magistrados, y 11 desaparecidos.] ya no me pude reír más”. De la comedia a la tragedia. Comienza a visualizar la corrupción y regresa al óleo sobre lienzo para contemplar la desolación de su país, mostrar el dolor de la sociedad.

Es la década negra. Belisario Betancur bracea en un mar de corrupción. Pablo Escobar, el narcotraficante, hace y deshace. Muertos y más muertos. El dolor aparece en esas mujeres tapándose la cara con las manos para gemir sin mostrarse. Pinta su autorretrato, de pie, desnuda, llorando. Todo se va encaminando hacia un epílogo: las lápidas de Auras anónimas (2009), la intervención que realizó en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá.

“Quise crear un lugar para el duelo de tantas víctimas anónimas”, remarca. Y lo hizo a raíz de la decisión del entonces alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, de demoler el cementerio. Se alzó contra la banalización de la memoria y junto a Doris Salcedo, la otra gran artista colombiana, presentaron su proyecto de restituir el alma del lugar.

González rellenó 9.000 lápidas con sus serigrafías de hombres transportando parihuelas. Imágenes repetitivas con los cargueros de la muerte.

En el documental ¿Por qué llora si ya reí?, de Diego García-Moreno, se la ve pintando mientras suenan los lieder de Schubert, su música favorita, vigilando de cerca la colocación de sus Auras anónimas. Observando su transformación de pintora popular a pintora del duelo. Su paleta ha cambiado. Ahora utiliza los colores dramáticos, los tonos vino tinto, los azules cobalto.

Beatriz González hace una pintura auténticamente colombiana. Creció durante la la toma del poder entre el partido Liberal y el Conservador. Ha conocido la lucha de las guerrillas inspiradas en la Revolución cubana, vivido de cerca asesinatos, secuestros, extorsiones. Su trayectoria ha estado marcada por episodios violentos y eso se refleja en sus obras. A finales de los 80 pinta Los papagayos y su serie de Retratos mudos, perfiles sin expresión de políticos que no supieron reaccionar ante la masacre del Palacio de Justicia. Acaba con este periodo en 2001 pintando el retrato de grupo de los diputados de la Asamblea Constituyente. En principio puso a un lado los que para ella eran buenos y en el contrario a los malos, pero finlamente llegó a la conclusión de que ninguno se salvaba. César Gaviria compró el cuadro, que hoy cuelga en la sede de la presidencia del Gobierno.

Beatriz González. 'La muerte del pescador'.

Beatriz González. ‘La muerte del pescador’.

Con cerca de 160 obras entre pinturas, dibujos, esculturas e instalaciones realizadas entre 1965 y 2017 la antológica de Beatriz González del Palacio de Velázquez, organizada en colaboración con el CAPC, museo de Arte Contemporáneo de Burdeos, y el KW, Institute for Contemporary Art de Berlín, y comisariada por María Inés Rodríguez, muestra cómo su obra se articula en torno a la memoria, porque “el arte cuenta lo que la historia no puede contar”. Y si en su última etapa es una pintora del dolor, la ironía, la caricatura de sus primeras obras son una bocanada fresca y rigurosa. Una exposición que merece el calificativo de “imprescindible”. De verdad.

Beatriz González. Palacio de Velázquez. Parque del Retiro. Hasta el 2 de septiembre.

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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