23.10.2016

Boualem Sansal plantea totalitarismos que conducen al fin del mundo en ‘2084’

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El escritor Boualem Sansal. Fotografía de Sara Baquero Leyva.

El escritor Boualem Sansal. Fotografía de Sara Baquero Leyva.

En ‘2084, El fin del mundo’ (Seix Barral), Boualem Sansal (Theniet El Had, Argelia, 1949) se cuida mucho de prevenir sobre el carácter puramente inventivo de sus páginas, en las que imagina un país dominado por un islamismo totalitario. Pese a sus esfuerzos, uno se empeña en buscar costuras de realidad dentro la obra y en compararla con la parábola que trazó George Orwell en ‘1984’. Con una diferencia fundamental, que la victoria de los extremismos no es tan absurda. Hemos hablado con él de esto y de más.

POR TELMO AVALLE

Bien mirado, quizá toda fábula debería ir introducida por el siguiente aviso: “Esta obra es un puro invento”. El autor evitaría correr el riesgo de que alguien, por ejemplo un lector, le pregunte por el propósito de su ficción. Si aún así se produce la pregunta, que siempre llega, le bastaría con responder que todo lo que tenía que decir lo contó y no hay más conjeturas posibles. Pero entonces no habría poso crítico ni moraleja tiritona.

‘2084’ recupera la fábula de Orwell, solo que replanteando un totalitarismo religioso en lugar de político. No es éste el único aspecto en el que disiente con el autor de ‘1984’, ¿verdad?

Si hacemos una respuesta superficial diría que no, pero si entramos en un debate más profundo, sí. Efectivamente es muy diferente en el fondo. George Orwell reflexionó mucho sobre el proceso que lleva a la revuelta cuando uno está en un sistema totalitario, sea político o religioso. Cuando uno se impregna de todas esas cosas la pregunta es: ¿puede revelarse contra el sistema en el que ha nacido? No, imposible. Hay pueblos que están en sistemas de este estilo donde después de tres o cuatro generaciones sólo conocen eso. Pero Orwell plantea la hipótesis de que existe siempre algo que provoca esa necesidad de rebelión, sobre todo si viene del exterior. Yo también digo que si viene de fuera es posible.

¿La subversión no es posible desde dentro?

Desde dentro no. Por ejemplo, en un país comunista las personas nacen comunistas desde hace varias generaciones. No es que el abuelo esté allí y haya conocido otros regímenes, es que cuando ya no hay referencias la revuelta es imposible. Muy distinto es que alguien venga de fuera y diga “oye que hay una cosa”, entonces ahí sí se empieza a germinar un proceso de revuelta. Pero de todas formas fracasará, porque esa persona que viene de fuera se acabará yendo, pero el que se queda tiene que esconder esa revuelta interior para que no lo maten. En 1984, cuando Winston se rebela, primero se siente mal, eso no es una rebelión; pero cuando se encuentra con Julia se enamora de ella y ahí sí se rebela el amor. Con el amor descubre la posesión que no existe en el régimen comunista porque está prohibida, como el matrimonio. Entonces, no puedo creer que se pueda descubrir el amor en un sistema en el que nunca se ha oído hablar del amor, sólo hay relaciones brutales como bestias y animales. Entre hombre y mujer el amor es algo complicado que viene con la cultura, con la civilización, pero, bueno, ese es el tipo de divergencia profunda que hay con 1984.

¿En qué converge con Orwell?

Creo que sí estamos de acuerdo en que un proceso de revuelta individual se puede transformar en una colectiva, aunque Orwell no lo abordó. Porque no quiero una revuelta individual, quiero que también mi mujer se rebele, que mis hijos y mis amigos no se queden atrás. La revuelta individual sólo tiene sentido si puede ser una revuelta colectiva. En el final de 1984, Julia y Winston son detenidos y asesinados. Su revuelta no ha servido para nada. Es absurda. Yo así me quedé parado, arrinconado. Porque imagino que la revuelta puede hacerse colectiva y por lo tanto me imagino a personas que acuden a la frontera para unirse a los otros combatientes para derrocarlo.

Acerca del germen revolucionario, usted confía en el individuo pero no en la sociedad. De hecho alerta del peligro de la masa crítica.

Sí, en los sistemas totalitarios, en el pueblo ya no hay seres humanos sino robots. Han perdido la cultura, están embrutecidos, viven en una sociedad de rituales. No pueden estar solos porque no existe intimidad e intentar construirse como individuo no es posible. Así que esperar revueltas del tipo popular en este tipo de sistemas es un sueño inalcanzable.

Pero no todos los individuos pueden promover este movimiento. En un momento dado uno de los personajes concluye que vivir con inquietud es “ser pobre y rebelde”. ¿Quiere decir esto que no todas las personas son capaces de impulsar revoluciones?

Casi nadie es capaz de lanzar esa rebelión. Es una evolución del libro muy compleja. En el estado en el que vivimos no pensamos todos los días en la rebelión, no tenemos ganas de ello. La rebelión es un mecanismo mental muy complejo en el que sólo pueden entrar personas especiales en situaciones muy especiales. Por eso nadie se mueve en el mundo ni se rebela. Sobre todo porque muy a menudo no sabemos contra qué rebelarnos. El ejemplo es la globalización, un sistema para el que el ser humano no es más que un consumidor. Nada más. Y se hace todo para quitarle su dimensión humana, para que sea un buen consumidor y haga lo que tiene que hacer. ¿Cómo puede rebelarse? ¿Dónde está el presidente de la globalización? ¿Dónde está la policía de la globalización y sus agentes? ¿Contra qué me peleo? Es don Quijote peleándose contra los molinos.

El peligro es cuando quiero rebelarme y como no tengo enemigos me los invento, aunque suponga revivir a personas que no me han hecho nada. Con los atentados en Europa muchos han decidido rebelarse contra las mujeres que llevan velo. Entonces la chica de 18 años que lo lleva se convierte en un enemigo de la sociedad, cuando en realidad no es enemigo de nadie. Son los peligros de la rebelión cuando no está orquestada por entes superiores. Pero además la etapa siguiente es colectivizar esto, y para ello uno tiene que inventarse una ideología que movilice a las personas. Entonces uno mismo se convierte en un sistema totalitario. En la novela estas cosas son difíciles de ver porque faltan lecturas. La primera vez que leí a Orwell yo tampoco lo veía.

Habla de la necesidad de inventarse enemigos, cuando hoy en día se persigue al islamismo.

Hay dos enemigos: la ideología como tal y las personas que la portan. El islamismo es una idea que ha existido y existirá siempre. Pero aquí estamos frente a un enemigo que está en todas partes y en ninguno. Yo puedo tener un hermano islamista y no saberlo. Y en el plano jurídico es imposible abordar y juzgar a alguien sobre intenciones, por lo tanto hay que esperar a que hagan actos, un crimen o atentados, para actuar. Pero entonces se hace contra un individuo, no contra el enemigo. Aparentemente, no parece que tomemos consciencia de la dificultad y es lo que hace que todo el mundo se vea paralizado. Es verdad que cuando uno se ve atacado responde, pero no son las situaciones clásicas y no están claras.

Su libro marcó la ‘rentrée literaria’ de Francia en 2015 y un año después lo hace en España. ¿Cómo cree que ha cambiado la situación teniendo en cuenta todo lo que ha acontecido en este tiempo?

Europa está en una situación crítica. El islamismo avanza, los atentados se multiplican, las poblaciones están más angustiadas que nunca y los poderes públicos parecen desarmados y no logran concebir una respuesta eficaz. 2015 y 2016 han visto una aceleración extraordinaria del malestar, hasta el punto de que se hable de confrontación entre las comunidades y de un “gran reemplazo”. Hollande y Valls, en Francia, incluso hablaron de guerra y decretaron el estado de emergencia, que atenta seriamente contra las libertades de los ciudadanos.

¿Considera entonces que las instituciones y los Estados están sabiendo prever los acontecimientos a la hora de actuar?

Las instituciones y los Estados están ante problemas nuevos que jamás han conocido. Problemas que todavía no comprenden y que los dividen profundamente. Más grave todavía; muchas instituciones y Estados tienen una visión angélica de las cosas. Ángela Merkel dio prueba de una ingenuidad pueril que Alemania pagará caro. Abrir las fronteras del país y proponer acoger a un millón de emigrantes ha creado un movimiento migratorio de masas que no es posible contener ahora. Desestabilizará Alemania y toda Europa, pero también todos los países del sur emisores de emigrantes. Los problemas que vive el mundo son resultado de análisis erróneos y de acciones estúpidas de los grandes líderes, Bush, Sarkozy, Merkel, Blair y Cameron en los llamados países libres, y del rey de Arabia, Gaddafi, Saddam Hussein, el Ayatollah Khamenei… Por sus decisiones y sus actos alteraron el mundo y nadie sabe cómo reconducirlo.

La novela se desarrolla en el ficticio imperio de Abistán. ¿Tiene este imperio una representación en la vida real?

Este imperio ya está en formación en numerosos países musulmanes, en el Magreb, en Oriente Próximo, en Asia. Se asienta también en el resto del mundo, en Europa, en las Américas, en el África negra. Y por falta de una acción coordinada a escala regional y mundial contra él continuará progresando fuertemente. A este ritmo y teniendo en cuenta el agravamiento de los problemas que tiene el mundo por otro lado (crisis económicas repetidamente, guerras, flujos migratorios, disminución de los recursos, reanudación de la guerra fría), es completamente posible que el islamismo aparezca en muchos pueblos y comunidades como una solución, lo que vendrá evidentemente a acelerar la construcción de Abistán.

Antes se refería a que conocer otros países facilita la comprensión y el diálogo. ¿Es en esa premisa donde se plantea la idea de que las fronteras exacerban los totalitarismos?

Bajo el efecto de las amenazas que se ciernen sobre el mundo, los países tienden a cerrarse y los pueblos a replegarse sobre sí mismos. Este proceso lleva a las guerras y a la quiebra económica. La libertad de circulación de las personas en el mundo (que no es la libertad de invadirlo) tenía como esencia atenuar las diferencias y pacificar el mundo. Hoy, el uso de esta libertad no es posible en tanto que las divergencias y las tensiones son grandes. La construcción de muros para separar las comunidades es un signo aterrador de la ruptura de confianza en el mundo.

A la población de Abistán le han sido borrados de la memoria todos los acontecimientos anteriores a 2084. ¿Cómo de importante es conocer nuestra propia historia para interpretar el presente?

En efecto, el presente no puede ser conocido y bien comprendido más que por el conocimiento de lo que lo precede, es decir la historia. No se sabe dónde se está más que si se sabe de dónde se viene. Los sistemas totalitarios lo han comprendido bien desde hace tiempo. Destruyen la historia real y la reemplazan por una historia inventada que va en la dirección de lo que quieren hacer con el presente.

Destaca la importancia del lenguaje como instrumento de sumisión, sosteniendo que un lenguaje empequeñecido impide el desarrollo de ideas complejas.

Nombrar las cosas es un proceso mental complejo que supondrá un nivel elevado de conocimiento. Llegados a este punto el hombre percibe la complejidad del mundo y puede actuar mejor de acuerdo a sus intereses. Reducir el lenguaje, y por tanto la facultad para comprender y para nombrar las cosas, conduce al embrutecimiento y finalmente a la sumisión. De ahí la importancia de la educación. Es en la infancia cuando se adquiere el poder de conocer y de saber. Después es mucho más difícil, por no decir imposible, porque tal vez el espíritu de la sumisión está ya implantado en la cabeza de la gente.

Imagino que parte del interés de replantear esta parábola proviene de sus orígenes argelinos.

Sí, sin duda. Yo he vivido en un país que desde su independencia en 1962 conoció sólo sistemas de dictadura, la dictadura militar primero y después la dictadura religiosa. Conozco sus mecanismos y sé lo imposible de salir del callejón si no se rebela/hace una revolución desde el principio. Una vez inoculado el mal en la cabeza y en el corazón de las personas, particularmente de los jóvenes y de los niños, es demasiado tarde, la sumisión es irreversible.

¿Cree que ha calado la alarma de la que previene en la novela?

La gente siente desde hace tiempo que su vida y su futuro está amenazados. Vinculan este sentimiento a diversos factores: la globalización y sus crisis, el ascenso del radicalismo islámico, el terrorismo, pero también al debilitamiento de los poderes nacionales que no tienen la capacidad de influir en estas cuestiones. Una novela como 2084 puede eventualmente ayudar a acelerar el proceso del despertar. Sentir no basta, hay que despertar y actuar. Es el pueblo soberano únicamente quien puede modificar la trayectoria a la cual las fuerzas del mal le arrastran.

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