01.10.2018

Charlotte Gainsbourg, elegante y turbadora como la primera gota de una tormenta

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Charlotte Gainsbour. Foto: Creative Commons.

Charlotte Gainsbourg. Foto: Creative Commons.

Retoma la escritora Sonia Fides su sección ‘Espejos y Espejismos’ con retratos literarios de mujeres a las que admira especialmente. Para acercarse a la actriz y cantante francesa Charlotte Gainsbourg, hija de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, nos sitúa en un momento muy doloroso para la protagonista de esta columna: la muerte de su hermana, la fotógrafa de moda Kate Barry, hija de Jane Birkin y el compositor John Barry, que murió en diciembre de 2013 al caer de un cuarto piso en París. Tan impactante suceso le inspiró a Charlotte su quinto álbum ‘Rest’, lanzado hace un año.

El Sena se mueve como si fuese el río de una ciudad milagrosa. Los amantes caen sobre él en mitad de la noche envueltos en la lenta saliva del último beso. Son pequeñas luciérnagas o pequeños diablos que nos recuerdan que estamos de paso, que la locura convierte a algunas mujeres en libélulas y a otras en centinelas de su memoria.

Cae la noche y París recibe a Charlotte. Menuda y elegante como la primera gota de una tormenta, pasea por la orilla más desierta. Saluda a los clochard en una reverencia que ellos aceptan como la caricia que desempolva la carne que a diario ensucia su vida a la intemperie. Mis ojos tocan las perneras de sus caros pantalones de cuero y el frío que reciben hace que mis pestañas se queden quietas como estatuas. La pena vuelve los objetos inútiles.

Charlotte vuelve de enterrar a Kate y los huesos de la Torre Eiffel crujen en un inequívoco signo de respeto. Se sube el cuello de su larga y gruesa chaqueta negra y al hacerlo son demasiadas las voces que intentan consolarla. Le habla papá, pero Lucien no puede consolar a su hija, ni escribirle poemas escandalosos para mantenerla lejos de la inercia. Le hablan sus hijos y al hacerlo pegan contra ella el dolor de su madre.

Jane está quieta, nadie puede salvarla, ella no sabe volar como ha sabido hacerlo su hija mayor. De repente es levantada en vilo por el viento, es una hoja que el otoño quiere resucitar y la cabeza se le llena de palabras que intuye que mañana serán mujeres muertas que dejarán sobre su boca el sabor amargo de lo que no ha encontrado su sitio. Por fortuna se equivoca y al llegar al portal de su casa una desconocida le tiende la mano.

Se llama Sylvia y conoce el peso de la tierra sobre la carne. Sabe que desear la muerte es una manera de ser perfecta. Sin embargo, Charlotte sigue su camino, no es más que una mujer a la que la muerte de su hermana la ha dejado ciega. Yo la persigo, pero no soy más que una sombra inodora. Veo cómo enciende la luz del portal, parece que su vida aún puede seguir siendo la de antes, que la rutina será capaz de vencer a la muerte. Pero no necesita luz artificial, necesita palabras, espejos. Un vuelo de avión que destruya el camino de vuelta. Ha vuelto la oscuridad y sin saber por qué miro al cielo, quizás Dios sea capaz de devolver por una vez lo que se lleva sin permiso de nadie. Pero el cielo está negro y se confirma que Dios es un ladrón bien educado que nunca escupe lo que ya tiene dentro de la boca.

Sylvia no se mueve de la puerta y acaricia el vientre helado de los árboles que desafían al invierno. Pulsa sobre todas las teclas del portero automático y susurra versos: “Cierro mis ojos y el mundo cae muerto”, dice Sylvia; “levanto mis párpados y todo nace de nuevo”.

Un evangelio que sepa sostener la pena de Charlotte. Sus palabras rebotan sobre la cara metálica del impersonal objeto y sólo devuelve la maldición de todos aquellos vecinos a los que hemos despertado. La poesía tampoco va a salvarnos esta noche en que el frío encuentra en la piel un lugar en el que depositar una herida. Quizás debamos irnos, quizás debamos esperar a que la lluvia borre nuestra huellas. O quizás debamos esperar a que Charlotte encuentre su lugar en el mundo en este invierno eterno que ha supuesto el inesperado vuelo de su hermana mayor.

Nadie debería sobrevivirle a aquellos que nos han visto ser niños. Pero la vida tiene leyes que no nos dejan conservar lo mejor de nosotros. La luz del apartamento de Charlotte se ha encendido por fin. El día vuelve como esa hermosa mentira que es siempre el primer amor. Se acerca a la ventana y mira hacia la oscuridad. Sus labios se mueven. Es posible que rece, pero también es posible que maldiga. Es de nuevo una niña. Está desnuda y se balancea como si pudiese volver a la infancia, como si el aire removiera su pelo y ocultara esa belleza extraña que no era capaz de despistar a la genética. Solloza y quiere que su madre la abrace, pero su madre yace muerta como yació la virgen María cuando José de Arimatea le entregó el cuerpo de su hijo.

Jane tiene ya los brazos rotos para siempre. Charlotte lo sabe y se apoya sobre los cristales helados. Quizás su aliento cálido deshaga la tristeza, renombre el corazón y lo saque de su cuerpo, porque la pena sin corazón hará que la razón le devuelva el futuro. Se aparta de la ventana, ella también sabe mirar al abismo. Ahora es un faquir que atrae cada movimiento que el dolor emprende. Un imán para fantasmas. Tiene la carne amoratada de luchar contra sus dedos, enérgicos como piedras zarandeadas por una riada. Sé que va a huir y Sylvia también lo sabe.

Todos los pájaros del mundo agitan sus alas. Las aceras son un nido de plumas para que Charlotte no deje huellas sobre ese lugar donde las huellas de su hermana son ya la broma pesada capaz de abrir en canal el porvenir de una mujer que no esperaba ese sádico final para su infancia. Sobrevivir será a partir de ahora una versión ampliada de la muerte. Seguimos quietas en la puerta del portal, subtitulando una oscuridad que no va a ponerlo fácil. Nos quedamos sin palabras un poco antes de que vuelva a encenderse la luz. Quizás los milagros estén más cerca de las mujeres imperfectas en este siglo XXI.

Me acuerdo de María Magdalena sin ninguna razón aparente. La noche se ha convertido en un área de descanso y la ciudad en un paisaje inútil. Charlotte está de nuevo en la calle. Lleva algo en la mano. La seguimos a pesar del cansancio. No es difícil adivinar su destino. Anda despacio, como si quisiera que amaneciera antes de llegar a la siguiente parada. Pero ese es otro deseo que no va a cumplirse. Hoy todo son prisiones. Canciones cuyos estribillos son raptados por la noche. Suspiros que empujan a París contra la nada. Los turistas han cerrado ya los balcones de los hoteles caros. Miro hacia el cielo y sé que estamos solas en esta resurrección que pensamos adornar con flores exóticas y que no somos lo suficientemente fuertes para mover la piedra de ningún sepulcro. Charlotte se detiene y abre la puerta de un taxi, se mete dentro y su vida de pronto se convierte en una hermosa canción de Leonard Cohen, los estribillos vuelven a extenderse sobre su cuerpo y su memoria y atraviesa la noche, y la seguimos. Parece que quiere salir de la ciudad. El aeropuerto Charles de Gaulle es su destino, los pájaros metálicos van a sacarla de su jaula. Mira los monitores y me doy cuenta de que acaba de escoger su destino cuando se deja caer sobre una silla. Miro a Sylvia para entregarle una sonrisa satisfecha, pero ya no está y recuerdo parte de la canción helada que ahora la aparta de mi lado:

“No estaba preparada.

No sentía devoción.

Creí que podía negar las consecuencias…”.

Charlotte tampoco está. Miro a través de los cristales y engullo la mentira que acaba de meter en un vuelo París-Nueva York. Voy a conformarme con su ausencia porque sé que volverá de esa ciudad con un tesoro bajo la piel y la memoria. Porque escribirá canciones que sonarán a himnos, porque sé que Patti Smith arrinconará a Morfeo para que Charlotte sueñe las palabras que escribirán el epitafio más hermoso del mundo, porque sé que Sylvia volverá a brillar en las habitaciones vacías.

Empieza a amanecer, el cielo no es ya el hombre ciego que tropezaba con la noche. Sigue lloviendo, Dios aún cree que la lluvia borra sus pecados, pero hay un eco incómodo que hoy va a expulsarlo de todas la iglesias.

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Sobre el autor

Sonia Fides
Con 'Mirar y ser mirada', obtuvo el X Premio Nacional de Poesía Nicolás del Hierro. Fue finalista en el Premio Internacional Ciudad de Melilla. El año 2011 le trajo dos antologías de relatos: 'Viscerales', en Ediciones del Viento y 'Narrando a contracorriente', en Ediciones Escalera. Colabora como crítica literaria en el suplemento Artes & letras del Heraldo de Aragón. Ha publicado su primera novela 'La inequívoca fragilidad de los mosquitos' en Libros.com.

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