Charo Guijarro, desnudos femeninos que huyen de la insulsa perfección

Charo Guijarro, desnudos femeninos que huyen de la insulsa perfección

Fotografía: Charo Guijarro.

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Fotografía: Charo Guijarro.

Hablamos con Charo Guijarro, “una fotógrafa comprometida con la imagen de la mujer en todos los ámbitos de nuestra sociedad”. Así se presenta en su web. Su mirada, a través de desnudos reales e imperfectos, se ha materializado en proyectos como ‘Desnudarte’, ‘Génesis’, ‘Trece’ o ‘Mujer’. Y últimamente en ‘Cuarentena’. Ella maneja como nadie el idioma de la piel, con todos sus secretos.

Algunas de tus fotos impresionan y presionan el alma con ferocidad. Cada una de tus mujeres propone y contrapone una realidad que despabila y hace que quien mira se cuestione sus límites. ¿Has contemplado alguna vez la posibilidad de que tu insobornable apego a una realidad tan concreta, tan explícita y valiente pudiese convertir en un gueto tu manera de ser mirada como fotógrafa?

Me genera una satisfacción enorme que quien mira mis fotografías sienta esa presión y, si le hace reaccionar y despabilar, ya es un logro para mí. Por eso me parece tan importante la veracidad en mi fotografía y no despegarme de esa realidad explícita con la que la defines tan bien. Estamos en un momento evidente en el que existe una tendencia o moda de lo figurativo, donde una gran masa de fotógrafos se instala, pero en mi caso estoy mucho más interesada en desnudar verdades, que no sé si es un acto de valentía o que me gusta ver las cosas como son, duelan, emocionen o presionen el alma. Mucho mejor eso que quedarme en el limbo de lo meramente estético, aún a riesgo de ser desterrada a cualquier gueto. Si me apasiona la fotografía es por su poder de transformación social, por cómo a lo largo de la historia ha servido para documentar, y para ello tengo que ser sincera conmigo misma y lo que miro y consigo ver.

Después está esa revolución estricta y a la vez gozosa con que reinventas las posibilidades de una mujer tan quieta y olvidada como lo está siendo en estos tiempos. Sin embargo, tú escarbas en su corazón hasta encontrar el lugar en el que colocar tu sabio lenguaje visual. ¿Te ha ayudado tu procedencia, tu infancia en un pueblo de La Mancha, a resolver ese enigma de boca cerrada que es a veces el paisaje?

Como muchas otras mujeres que hemos nacido en zonas rurales como La Mancha, y nos hemos criado viendo crecer el mundo a nuestro alrededor a un ritmo diferente al nuestro propio, tuvimos una sola suerte en ese sentido, y ha sido el tiempo para replantearte todas las preguntas, y para dudar de todas las respuestas. Nunca he aceptado lo obvio, solo por el hecho de serlo para la mayoría, y sigue siendo una manía ya enquistada. Como bien dices, La Mancha, a pesar de sus extensas llanuras, también es hermética, de boca cerrada, de asumir y asentir, de conservar y no extralimitarse, pero nunca se descubrió nada sin traspasar los límites de nuestro paisaje. Reinventarse es no resignarse a una respuesta sentenciada por la historia que nos ocurre, y es probar respuestas diferentes en las mismas preguntas una y otra vez, es como buscar diferentes luces, diferentes esquemas y diferentes personajes en una misma persona. La fotografía tiene también ese poder.

Fotografía: Charo Guijarro.

Fotografía: Charo Guijarro.

Sorprende también en tus fotos esa bicefalia emocional con que te muestras. Eres la fotógrafa y también la imagen. Sobrecoge cómo destierras el pudor para contar la biografía de tantos cuerpos que callan detrás de las paredes de sus casas. La libertad estética sosteniendo una espléndida ética del porvenir. ¿Qué secretos sobre ti te descubre cada una de tus imágenes?

En muchas de mis fotografías soy sujeto y objeto, usando mi cuerpo como campo de batalla; nadie mejor que uno mismo puede contar su relato, y siendo sincera, no me genera ningún pudor mostrar lo físico, sin embargo, me cuesta mucho mostrar mi desnudo emocional. Algunas de mis fotografías ocultan mucho más de lo que muestran y tengo la sensación de que solo una pequeña parte de quien las mira consigue descubrirlo. Lo gratificante es conseguir ese entendimiento con el espectador, creándose una magia tan difícil de explicar que roza lo místico, y para ello es necesaria esa quietud de la que hablas, ese difícil sosiego al que a veces tengo que obligarme para escuchar una belleza distinta de los estereotipos a los que estamos sometidos.

Tus fotos poseen una libertad que consume la rutina. Son rotundas maneras de huir, un regalo en mitad de ese viaje solo de ida que es la inercia. No escapas a lo que significa ser mujer y nombras todos los estados en los que nuestro cuerpo puede colaborar. Maternidad, gestación, deseo, lucha, trasgresión, templanza, belleza, trabajo, dolor, desesperación, goce. Tus fotos tienen una poderosa identidad, un lenguaje que acaricia, pero que también aconseja y hace progresar ¿De dónde nace esa dualidad?

Supongo que nace de la necesidad de avanzar, y de salir a otros mundos, y a su vez, de haber tejido unas raíces muy estables que me han permitido expandirme hacia todas las estancias que podemos contener las mujeres, nuestros cuerpos, pero también nuestra mente. Son todas necesidades, para mí con el mismo nivel de urgencia. Cuando cogí una cámara con solo nueve años descubrí que el mundo no sólo tiene una dirección, que ni siquiera estamos obligados a definirnos con un solo y único adjetivo, que la dualidad es posible. No me siento cómoda si me obligan a elegir cómo son mis fotografías, de hecho, lo rechazo, porque son como somos nosotros, con tantos ingredientes y aristas como situaciones a las que nos vemos abocados. La diversidad es enriquecedora.

En tus fotografías se percibe una naturalidad extrema. La complicidad del objetivo, de los movimientos, de la luz, indican en cuanto te sitúas frente a ellas que tu observación carece de límites. Y no me refiero solo a tus potentes y bellísimos desnudos. Me refiero al lenguaje que se expone a través de ellos. Todas tus fotografías son una metáfora de la vida, de sus agujeros negros y sus días de luz. Se percibe que no le niegas nada a tus imágenes. ¿Cómo consigues no asomarte a esos peligrosos abismos que implica cualquier presencia bajo la luz? ¿Hay un diálogo previo al clic con tus modelos y contigo misma?

No solo no tengo miedo a asomarme a estos abismos de los que hablas, sino que es una necesidad imperante, tengo esa necesidad de encontrar, de hurgar, de sorprenderme incluso; es algo así como explorar cuantas posibilidades caben en un mismo cuerpo, femenino unas veces, pero también masculino. Quiero saber qué cuentan, cómo resuelven y cómo corren historias por la piel de esos cuerpos bajo la luz y desde una mirada exterior, la mía en este caso.

Siento la necesidad de medirme y de conocer cuáles son mis límites en cualquier sentido, físicos y psicológicos, y lo he hecho autorretratándome. He conseguido así entender todo lo que las personas que se colocan delante de mi cámara me ofrecen, y siento de una manera muy intensa y real cómo se desnudan de verdad. Surge un diálogo muy sincero y emotivo en ocasiones donde se hace evidente un intercambio de información, de empatía y hasta de enamoramiento que impregnan las fotografías que nacen de esa experiencia. Puede resultar tópico, pero colocarse a ambos lados de la cámara te hace comprender a la persona que decide confiar en ti, y mi gratitud por ello es infinita.

En tu álbum de fotos predomina el blanco y negro, ¿lo haces para darle un plus de elegancia a los perturbadores monólogos que se escapan de tus fotos?

Las fotos ya nacen siendo a color o blanco y negro. A veces las fotos ocurren como consecuencia de una situación, de un estado de alarma, como en la ocasión en la que nació la serie Cuarentena, que ya era blanco y negro desde antes de nacer, y salpicada con algún tono de color que se resistía a desaparecer. Por lo que no es tanto elegancia, sino intensidad del relato, del diálogo que arma esa historia, y de otras variantes que en cualquier otra ocasión seguro hubiesen sido distintas. Pero no por usar el blanco y negro a menudo desprecio el color, en absoluto; me parece mágico, con un lenguaje distinto y que despabila visualmente en muchos casos.

Fotografía: Charo Guijarro.

Fotografía: Charo Guijarro.

Sin embargo, cuando trabajas con imágenes a color, todo pierde su quietud y se convierte en un relato, en una canción, en una explosión de futuro. Es como si perdieras la localización emocional que conlleva tu trabajo en blanco y negro e iniciases una interminable carrera de fondo. ¿Eres consciente de esto? ¿Es intencionado este cambio de ritmo?

La elección de color es una necesidad en muchas ocasiones de darle una vida con otro ritmo a la fotografía, y es totalmente intencionado, claro. No sabes en qué momento ocurre, pero sí sabes que suena una música diferente en tu cabeza mientras ocurre el acto fotográfico, este acto que tanto se ha desdibujado en los últimos tiempos de la fotografía, al que se le ha dado menos importancia que al resultado. El proceso y su catarsis en ocasiones durante él es si cabe tan maravilloso como en ocasiones el resultado. Hay que reivindicarlo, y recuperarlo. Si un día me aburro de hacer fotos, dispararé todo a color, como hizo Cristóbal Hara.

Tus fotos resultan utilísimas para el corazón y la memoria. Su sencillez es una trampa para los sentidos, una reflexión que explota poco a poco y que nos deja a la intemperie. Son, sin duda, la cuenta atrás para desinhibirnos y reconocernos. Las imágenes de la cuarentena son ese calendario escrito sobre la piel que se ha extrapolado sobre la piel de todos los que las hemos visto. ¿Han sido una necesidad individual o un modo de solidarizarte con la incertidumbre vital del resto?

Pienso que los seres humanos somos más parecidos de lo que reconocemos, al menos en lo básico, y todos hemos sentido la necesidad de movernos en esa red donde nos hemos sentido atrapados durante el confinamiento, así que lo hemos contado con el idioma que nos resulta mas cómodo. En todas mis fotografías hay un ingrediente común, que va generando un hilo entre fotografía y fotografía, que es la piel. Me pareció interesante contar lo vivido desde ventanas para adentro, dejando constancia sobre mi propia piel, la protagonista única de toda esta serie, marcando cada día sobre una parte distinta de ella.

Tus fotos dan una y mil oportunidades a la piel de quien las mira, son como ese catecismo que cuando éramos pequeños imaginábamos que iba a salvarnos. ¿Cómo se convive con ese don que reactiva una y otra vez a tantos seres humanos?

Me resulta tremendamente halagador que lo definas como un don; sin embargo, yo lo veo más bien como obsesión, desvelo y trabajo. Lo cierto es que mi relación con la fotografía es simbiótica y a rachas, amor odio. Provoca en mí una alteración propia del consumo de estimulantes, y transmitir esa sensación a quien ve mis fotografías es un premio máximo.

Tus fotos cuentan que la piel no olvida jamás su oficio, ni siquiera cuando le toca albergar y armar la herida. Hablan de contemporaneidad, de auxilio, de reformas emocionales bajo la luz natural, pero tampoco estigmatizan la oscuridad. Son puzles que nos entregan la solución a los enigmas que construye el paso del tiempo. No le niegan nada a la verdad. ¿Cómo consigues huir de la insulsa perfección con que otros fotógrafos tratan el desnudo femenino sabiendo que la perdurabilidad es el único destino de tus imágenes?

Huyo de la perfección establecida en pos de la perfección imperfecta de la que somos arrendatarios de nuestros cuerpos y de la que me siento orgullosa en mis fotografías. La defiendo con mi propia piel y con la de las personas que se ponen delante de mi cámara.

Siento la necesidad de ser fiel a mi filosofía de vida, a amar la belleza que lleva implícita la piel, más allá de los cuerpos irreales que nos venden los medios de comunicación y que generan esa violencia oculta en sus mensajes con esa perfección. Nada es eterno, nada es perfecto, ni siquiera la Tierra es completamente redonda, y por ello es aún más interesante.+

Autorretrato de Charo Guijarro.

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