14.01.2016

Cómo visten los nuevos políticos (y los ciudadanos de siempre)

Menéalo
Collage: Liliana Peligro.

Collage: Liliana Peligro.

Otro reto para el columnista. Situarse frente a la nueva indumentaria que ha entrado en las Cortes. Que hay hasta tatuajes. Se notan los nuevos tiempos: han echado al que se consideraba el diputado más elegante, Duran i Lleida, y han llegado ‘grunjismos’ varios.

Un pilar básico del bipartidismo era que todos vestían igual, así que el ciudadano de a pie, en chándal, votaba una mañana de domingo, antes del vermú, pero nunca sabía si había votado a los buenos o a los malos porque todos parecían, o eran, los mismos. En el 82, Alfonso Guerra, que montaba cineclubs universitarios y flipaba con Truffaut, lucía media melenita gitana, cuello vuelto y gafas hip, y Felipe González portaba pana y campana. Luego, legislatura a legislatura, se iban haciendo neoliberales, beautiful people, y les iban saliendo corbatas y americanas como si fueran malas hierbas. Total, que al final la escena política, a juzgar por su indumentaria, acabó pareciendo un funeral de la mafia siciliana, pero sin funeral.

Lo fundamental en esta época del cambio a la que vamos sobreviviendo es que ahora llega a los escaños el pronto moda, el pret a porter, e incluso la vestimenta de ciertas subculturas tradicionalmente extraparlamentarias. “El Parlamento se va a parecer a la calle”, profetizó Pablo Iglesias, y ahora hay en los escaños un señor en silla de ruedas y una señora de color.

A mí me gusta mucho ver a esos de las CUP con sus camisetas, sus botas, sus crestukis, sus piercings y sus patillas; el otro día salió uno por la tele, yendo a votar a la Asamblea, que llevaba un tatuaje en el cuello con las banderas roja y negra de Acción Antifascista (a ver cómo se apañan ahora los comentaristas carrozas para interpretar estos símbolos, si hasta confunden en la tele el de los buenos de Star Wars con el de ISIS).

A mí no me gusta el independentismo pero igual votaba a las CUP si fuera catalán, porque visten como la gente que vive en mi barrio y como buena parte de aquella que tengo en buena estima. Hay una mujer en la CUP, la segunda de Baños (este tiene pinta de comisario político soviético más amable que Monedero), que dicen que tiene peinado de click de Playmobil pero que a mí me parece que tiene tintes de skin girl, de danzarina de Northern Soul o incluso de chica yeyé. Y oiga, eso hace mucho, porque la moda, más allá de revistas, modelos, editoriales y desfiles, quiere decir muchas otras cosas (¿por qué en las revistas de moda nunca se habla de lo que significa la ropa? ¿Por qué se quedan en la superficie?). La ropa es un significante cultural: donde mi tía Enriqueta ve una chaquetilla de cuero, yo veo una chupa Perfecto, a Marlon Brando en Salvaje, a los rockers, a los jevis, a los punks con sus tachuelas. Donde ella ve una alpargata mala, yo veo a los Ramones. Hay peña que piensa que Mötorhead y The Clash son marcas de camisetas de H&M. Decimos con la ropa y por primera vez siento que podría ser ministro con lo que escondo en el armario. Eso sí, reseteando antes mis redes sociales, no vaya a ser.

Cuando era adolescente sembré el kaos en la capital de provincias porque llevaba agujeros. Agujeros en los jerseys dados de sí y agujeros en la punta de una raídas zapatillas Airwalk, de esas de skater que se llevaban en los 90. Me encontraba con frecuencia con señoras de mi familia y era un puto escándalo.

– Pero, hijo, ¿cómo vas con esas pintas? Si hace falta yo te pago ropa nueva…

No entendían que no vestía así de pura pobreza, sino por pura actitud, y, claro está, nunca soltaban la guita, no fuera a ser que me la gastase en drogas. Donde ellas veían un agujero yo veía muchas cosas: Seattle, Kurt Cobain, rebeldía adolescente, juerga loca y grunjismos varios. Lo sano en el púber nacional de los 90. Lo más fascinante es cómo una cosa que era literalmente nada (un agujero) podía producir tanta angustia en mentalidades más acomodaticias. ¿La nada importaba más que el ser?, me preguntaba al atardecer en plan heideggeriano.

Total, que España ha votado y ha echado de las Cortes al que decían que era el diputado más elegante, Antoni Duran i Lleida, que lucía al modo de un burgués ilustrado catalán de los de toda la vida. Y eso es toda una señal, porque además ha llenado el hemiciclo de lo que Periodista Digital, que dirige el compañero Alfonso Rojo, llama “zarrapastrosos”. Ciudadanos vestidos de ciudadanos. Gente vestida de gente. Se hace hoy más evidente que el traje clónico, gris marengo, del político, del empresario, del cacique, del mandamás, del oscuro prócer oculto en su despacho, huele mucho a todo para el pueblo pero sin el pueblo.

Arrecian tiempos de camisetas con mensaje y camisas remangadas. A mí me preocupa mucho la de Pablo Iglesias y sus sudores sobaquiles, sus total look de Alcampo, porque siempre pienso que el pobre se va coger una pulmonía y tampoco es plan de que palme antes de salvar la patria. Me gustan los sindicalistas que aunque tengan estudios universitarios (Cándido Méndez es ingeniero técnico, pero luce look de ewok sindical) se visten como obreros, porque son obreros a los que deben representar. Pero al menos se abrigan un poco más: la revolución, pasados los 60, no se hará en pelotas. El otro día fue Pablo a recoger el acta de diputado y dijo que ellos no darían carteras, que darían mochilas. He ahí el quid de la cuestión.

Y luego están los de Ciudadanos, que, como no se enteran, se visten igual que los de siempre, quizás porque son los de siempre, y así les va, que no acaban de tal. Aunque, eso sí, Albert Rivera ya se puso en pelotas una vez. Y estos sí que tienen que ir en pelotas, que están todos muy buenos y, además, no traen nuevos significados.

Menéalo

Sobre el autor

Sergio C. Fanjul
Sergio C. Fanjul a.k.a. Txe Peligro (Oviedo, 1980) es periodista y poeta. Licenciado en Astrofísica por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Periodismo por El País/UAM. Actualmente trabaja como periodista, escribiendo sobre cultura y ciencia en el diario El País y sus suplementos, además de en otras publicaciones con PlayGround, Vice, BuenSalvaje o Atlántica XXII. Es autor de los poemarios Otros Demonios (KRK ediciones, Premio Asturias Joven de Poesía), Inventario de Invertebrados (Premio Pablo García Baena) y La Crisis. Econopoemas (Ya lo dijo Casimiro Parker). También del libro de relatos Genio de Extrarradio (La Hoja del Monte). Además redacta libros de no-ficción por encargo para varias editoriales. Desde 2004 mantiene el blog PlanetaImaginario.

¿Quieres leer más artículos de este autor?

2 comentarios

  • El 18.01.2016 , THG ha comentado:

    Me gusta cómo lo cuentas, tío, aunque yo tengo 60 años y me visto como me da la gana: soy de vaqueros y jersey, de los de antes de toda la vida, de los que se la suda lo de las marcas, estilos, iconos y representaciones…. ¡en fin

  • El 18.01.2016 , THG ha comentado:

    … Todavía Makoki es mi super heroe.

Deja tu comentario

He leído y acepto la política de privacidad de elasombrario.com
Consiento que se publique mi comentario con los datos que he facilitado (a excepción del email)

¿Qué hacemos con tus datos?
En elasombrario.com te solicitamos tu nombre y email (el email no lo publicamos) para identificarte entre el resto de personas que comentan en el blog

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.