12.08.2015

#Confesiones de verano: ‘Mi hermana, ‘la Reina de Espadas”

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Fotografía: Manuel Cuéllar.

Fotografía: Manuel Cuéllar.

Dos hermanas. Y un duelo de sinceridad en el que se arrojan a la cara muchos reproches guardados durante demasiados años. La periodista Ana Llovet llega a ‘Confesiones de Verano’, la serie de relatos de agosto de ‘El Asombrario’.

POR ANA LLOVET (@ana_llovet)

“Una confesión se susurra o se escribe para transformar la vida gracias a una verdad”, le dijo Carlota a Miriam. “Y punto redondo”, añadió poniendo fin a la charla tras una medida pausa. Le gustaban las grandes frases, era buena dando titulares lapidarios, le encantaba pontificar de modo que los demás se quedaran calladitos después y sus palabras resonaran en el espacio. Más tarde, Miriam supo que en esta ocasión Carlota había tomado prestada la sentencia de María Zambrano, lo que en el momento le habría cabreado todavía más por la facilidad que ésta había demostrado siempre de apropiarse del mérito ajeno para quedar por encima.

¡Cuántas veces había tenido que aguantar sus filípicas, su gesto altivo, lleno de autocomplacencia! Pero ella también llevaba dentro una reina y a veces no precisamente compasiva. Era la de espadas: “¡Que le corten la cabeza!”, llegaba a pensar, aunque pocas veces a expresar por su estilo callado y medroso, que ocultaba un temperamento de fuego guardado en un cofre bajo llave.

Esta vez, sin embargo, Miriam tuvo que darle la razón a Carlota; en realidad esto había ocurrido otras ocasiones, porque Carlota no tenía un pelo de tonta y Miriam sabía que en el fondo era más lo que las unía que lo que las separaba. Solo que esta vez, al oír esa frase de sus labios, Miriam sintió que ésta le estaba dando la llave que abría el cofre, el permiso para que de una vez por todas estallara su verdad. La idea le atravesó el estómago como un rayo: ¿No predicaba lo de transformar la vida gracias a una verdad? Pues había llegado el momento de decir la verdad, de confesar para transformar de una vez por todas su vida, así que Miriam, de manera automática, sin casi dar lugar al pensamiento, encontró las palabras y se atrevió a romper el silencio que habían dejado tras de sí las palabras de Carlota: “¡Y también si esa confesión se dice en voz alta, o se grita, o se canta, o se pinta, o se baila!”. Carlota pegó un respingo, poco acostumbrada como estaba a que alguien se atreviera a continuar con algo que ella había dado por concluido.

Y entonces, con serenidad pero subiendo la intensidad de modo gradual, mirando a Carlota fijamente a los ojos, salió su verdad por su boca y confesó: sus años de infancia atemorizada ante el poderío de su hermana mayor, sus sentimientos extremos que iban de la admiración más absoluta ante la brillantez de su hermana a la envidia más insana; del querer ser como ella a desear la distancia total para no dejarse engullir; del miedo ante sus travesuras de niña no tan niña, cuando encerraba a la pequeña Miriam en un cuarto a oscuras y ésta oía su risa al otro lado del tabique, al deseo de parecerse a ella e imitarla. De la necesidad de pedirle permiso para todo a querer revelarse, pero en realidad no atreverse a llevar a cabo nada que pudiera hacerle sombra, no fuera a ser que lo hiciera bien y captara la atención que Carlota requería para sí en exclusiva.

Cuántos años de miedo convertido en ira reprimida, convertida en una rabia que le atenazaba las mandíbulas. “¿No hablas de la verdad?”, dijo Miriam. “Pues escucha la verdad, toma verdad”.

Por una vez, Carlota se quedó muda y con los ojos tan abiertos como solo son capaces de abrirlos los gatos cuando observan algo que los sorprende y atemoriza al tiempo.

Miriam prosiguió. Aunque ahora las palabras iban dirigidas a sí misma. Y se dijo que sí, que vale que Carlota la había pisoteado desde que tenía uso de razón, que eso le había hecho sentir miedo, convertida en ira, reprimida en rabia, que no se había permitido a sí misma desarrollarse con mayúsculas, sacar todo su potencial, pero que era cierto que se había acomodado en ese personaje, que había asumido su papel de víctima y que eso solo había acumulado capas de ruindad y delirios de “reina de espadas”, segando cabezas a diestro y siniestro.

Habló largo y tendido; pura diarrea verbal. Hasta que calló dejando tras de sí una ola de electricidad que casi podía tocarse.

“Me mata”, pensó Miriam; “me retira la palabra… Pero ya, ya lo he dicho, ya está y que sea lo que tenga que ser”.

Al cabo, Carlota rompió el silencio que se había apoderado del jardín. Ocurrió algo inaudito. Por una vez decidió apearse de su pedestal y no aferrarse a los reproches. Cogió el testigo y lanzó su verdad. Había caído un velo y ya no había lugar a falsedades. Entrecortadamente y en voz queda fue tirando del hilo que Miriam había enhebrado. Ella también había sido víctima de unos padres complacientes en extremo con sus veleidades de niña prodigio, de la situación creada tras la muerte prematura de la madre, de la flojera de un padre desorientado que decidió refugiarse en el carácter arrollador de la hija mayor, apenas una niña. Le pesaba una estrella que la había alejado de casi todo. “¿Sabes que realmente no tengo amigas?”, dijo. Por primera vez estaba abriendo su alma ante su hermana pequeña, la mimada Miriam, tan sensible y asustadiza, tan ojito derecho desde la cuna de su añorada madre y tan envidiada por Carlota por ello.

La catarsis prosiguió y se dijo cosas prohibidas de sí misma, ante las que se había puesto una venda por soberbia y vanidad. No iba a ser fácil dejar de lado al personaje de la triunfadora. Qué descanso, sin embargo, reconocer su máscara y su soledad. “Gracias, Miriam, gracias por ponerme el espejo delante y obligarme a mirarme en él”. “Una confesión”, añadió, “no transforma la vida si no somos capaces de tirar de nuestra propia manta y reconocer en voz alta nuestras mentiras”.

Esta vez la frase sí era suya. A Miriam no le pareció ni sentenciosa ni hueca, sino lo más auténtico que había recibido nunca de ella; tampoco se sintió agredida ante la inteligencia y capacidad de síntesis de su hermana ni le dieron ganas de añadir nada para no quedar por debajo porque ya no había ni abajo ni arriba.

La noche había ido cayendo en el jardín y poco a poco los grillos comenzaron su sonata de verano. Por primera vez las dos escuchaban, de verdad, algo que no eran conceptos o su propio runrún interior, el come-come destructivo que tanto las había separado. Cri-cri, cri-cri. El habla de los grillos las fue acunando hasta que se olvidaron de sí y se disolvieron en la noche. Cri-cri, cri-cri. La brisa mecía también los árboles, que tañían levemente su arpa. En el cielo, Venus, triunfal, regalando su luz.

Ya no había diferencias, roles, engaños. Solo la misma bóveda celeste para las dos; el mismo amor.

***

Ana-Llovet

Ana Llovet.

La confesión de la autora, Ana Llovet: “No suelo escribir ficción. Me intimida la idea de fabular y no escribir crónicas sobre hechos reales, algo a lo que me dedico desde hace casi 25 años de práctica periodística más o menos activa. A veces, sin embargo, me atrevo a deslizarme por la senda del cuento no sin cierto vértigo, y descubro que “sí se puede”. Invitada por la sin par Sardiflor, venzo mi pudor y publico por primera vez una de esas narraciones en esta serie de verano del medio que también me acoge como periodista, ‘El Asombrario’. Ficción o realidad, siempre acabo escribiendo sobre el ser humano, la persona, su búsqueda interior y su integración, o no, en su entorno y, en definitiva, en el cosmos”.

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