22.04.2020

La conservación del planeta, imposible sin el respeto a las culturas ancestrales

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Comunidad de pastores de Samburu, en Kenia. Imagen que formaba parte de la exposición ‘Planeta Tierra: nuestros grandes desafíos’, que estaba hasta esta semana en La Casa Encendida de Madrid. Foto: FAO.

“No es de extrañar que algunas de las lenguas a punto de extinguirse coincidan con zonas de devastación biológica”, subraya el catedrático de la Universidad de Cornell Cristopher Dunn, para explicar lo ligados que están los saberes tradicionales indígenas con la salvaguarda del territorio. ¿Recordáis la Conferencia de Cambio Climático que se celebró en Madrid? Parece que fue hace un lustro, el planeta ha cambiado tanto, pero se celebró hace solo cuatro meses. Allí se dijeron muchas verdades que no podemos olvidar, como esta que ahora retomamos en ‘El Asombrario’ con motivo de la semana en que celebramos el Día de la Madre Tierra: la necesidad de un trabajo conjunto de científicos, universidades y pueblos originarios.

El 80% de la biodiversidad del mundo se encuentra en territorios que ocupan los indígenas que continúan viviendo en sincronía con sus valores ancestrales. Esos principios se han armonizado con los de la Tierra a través de generaciones y generaciones que no necesitaron promover artificialmente la cultura de la conservación, porque han convivido con la naturaleza, formando parte del mismo paisaje. En algunos territorios inhóspitos, se sienten casi como hermanos de los animales que les ayudan; así, con los jaks, esos mamíferos salvajes que viven a más de 4.000 metros de altitud, en las frías montañas de Nepal, algunos de cuyos ejemplares siguen siendo salvajes y otros han sido domesticados por las comunidades locales para tirar del arado o proveerles leche y espesa mantequilla.

La cultura de la conservación que se ha promovido desde la Academia y las organizaciones de países desarrollados ha sido muchas veces cuestionada por instrumental, porque esos conocimientos tradicionales de los que se sirvieron la industria alimentaria, la farmacéutica o la cosmética se convirtieron en innovaciones tecnológicas para ser patentadas y comercializadas, sin que los poseedores del conocimiento ancestral se vieran beneficiados. Por fin, en medio de la séptima gran extinción que los científicos admiten que estamos viviendo, con el patrimonio biológico seriamente amenazado por la acumulación en nombre del desarrollo, la proliferación de especies invasoras y el cambio climático que la acción del hombre ha traído aparejada, los pueblos indígenas y las comunidades locales comienzan a tener protagonismo. Lo que reivindican es no solo ser escuchados porque poseen un saber que nadie tiene o porque apoyan sus pies en riqueza, sino porque necesitan autonomía en la toma de decisiones.

En la Conferencia del Clima en Madrid, los pueblos indígenas decidieron hacerse ver: estar presentes, organizados, haciendo activismo en las zonas comunes y también asistiendo a los plenarios, pero esta vez también hubo voces del lado de los negociadores urbanitas y los doctores de la Academia que los acogieron y celebraron sus insustituibles conocimientos, que se sostienen en el respeto a su cultura. Y es que la visión exclusivamente extractivista ya no se sostiene entre la comunidad científica, que reconoce que nuestro patrimonio biológico está fuertemente ligado a las tradiciones de los pueblos originarios y a las lenguas que las transmiten, como le gusta subrayar a Christopher Dunn, director de los Jardines Botánicos de Cornell de la Cornell University, en Estados Unidos, y miembro del comité norteamericano de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN).

Vulnerabilidad

El impacto del cambio climático en las comunidades indígenas puede ser devastador, porque son las más desprotegidas, según los pronósticos de la comunidad científica. “Esta crisis climática y de extinción de especies nos impulsa a actuar especialmente en las regiones del planeta en las que la flora y la fauna son especialmente vulnerables y esos puntos valiosos en cuanto a diversidad biológica están concentrados en las zonas tropicales y subtropicales”, apunta Dunn.

Los miembros de comunidades originarias e indígenas de esas regiones amenazadas del mundo se están viendo privados de los recursos biológicos que les han venido proveyendo servicios esenciales del entorno para vivir, para alimentarse, para inspirarse, para curarse. “Desde las medicinas hasta los instrumentos musicales están desapareciendo o en serio riesgo”, advierte el catedrático de Cornell. De ahí que las instituciones académicas y universitarias deban, a su juicio, prestarles más atención, así como fomentar los acuerdos de cooperación para actividades conjuntas, toda vez que su conocimiento ha venido siendo desestimado por la expansión urbanística, la agricultura y otras actividades industriales sobre el territorio. Con la herencia biológica amenazada por la obra humana sobre el paisaje, solo queda mitigar los efectos del calentamiento global y comprometernos con los pueblos originarios: “Su supervivencia compromete la nuestra”, concluye Dunn. Y aporta un dato más: el 50 % de las lenguas del mundo están en peligro de desaparición “y no es de extrañar que algunas de esas lenguas extintas coincidan con zonas de devastación biológica”.

Resiliencia

En esta misma línea, los responsables de Resiliencefrontiers.org, una iniciativa conjunta entre la autoridad de Naciones Unidas para el Cambio Climático y el International Development Research Centre de Canadá (Centro para la Investigación del Desarrollo), planean un Resilience Lab (Laboratorio de Resiliencia) para conocer de qué manera el saber tradicional indígena puede contribuir a la resiliencia colectiva, esto es, a fortalecer lo que en psicología nombra la capacidad de adaptación y supervivencia a situaciones críticas.

El think tank internacional propone encuentros de debate que permitan afrontar la emergencia reforzando nuestra resiliencia más allá de 2030, el año en que se prevé que comiencen a hacerse muy notorias las consecuencias del calentamiento global. Representantes de Nepal, del pueblo Tonga de la Polinesia y de los Inuit de Canadá participan intercambiando experiencias ancestrales de convivencia que les han ido permitiendo tener seguridad alimentaria y no solamente mantener sus recursos biológicos a salvo, sino también sus lenguas, a través del cine y otras expresiones culturales. Ampliar las fronteras de nuestra adaptación es la tarea para la que hay que reunirse a pensar y poder actuar a tiempo.

Confianza

Cristopher Dunn, por último, quiere destacar el valor de una palabra, de un concepto: “confianza”. La confianza mutua es la llave, porque nace de la convicción de que se trata de dos tipos de saberes complementarios: el científico, con sus ensayos, sus reglas de contraste y sus instrumentos de medición, y el indígena, que es un saber “en slow motion” (en cámara lenta), consolidado a través de cientos de años de prueba y error. El científico pone el ejemplo de cómo la desincronización de los ciclos de floración de las plantas y la puesta de huevos de algunas especies de peces como el sábalo quedan de manifiesto para los indígenas que heredan los hábitos alimentarios y el calendario de pesca y de veda de sus antepasados. El caso es que las comunidades locales conocen muy bien los problemas ecológicos que están sucediendo, cuando los científicos llegan a su territorio a medirlos.

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Sobre el autor

Analía Iglesias
Analía Iglesias es escritora y periodista en temas de género, derechos humanos, ciencia, medio ambiente y cultura. Coordinó durante cinco años el blog Eros de El País y es coautora de los libros ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’ y ‘Te puedo: la fantasía del poder en la cama’, ambos publicados por Editorial Catarata. Escribe biografías sobre mujeres en la Historia y difunde la obra documental de realizadoras africanas. Como ensayista, se acerca a la afectividad de la época con la necesidad de indagar en las pulsiones sexuales y en la función que cumplen en la actual sociedad de consumo. En Twitter ‘@analiaigles’

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