06.08.2018

¿Cuánta sed puede aguantar una isla mediterránea? ¿Y este planeta?

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Una anciana y una niña en Karpathos con la cabeza cubierta por el tradicional mandil.

Una anciana y una niña en Karpathos con la cabeza cubierta por el tradicional mandil.

¿Cuánta sed puede sostener una isla? ¿Cuántas botellas puede beber un turista al día? ¿Cuántos millones de turistas se mueven por este Mediterráneo en ascuas en los tres meses del verano europeo? ¿Cuánta sed puede sostener este planeta? Seguimos navegando en el velero GoOn. Agosto: sal, sol, tiempo y viento. Aquí todo es sed. Mi sexta crónica ‘asombraria’ buscando sombras y abrigo en las letras. Me duele tanta apuesta mediterránea por el turismo. Me duele el escaso cuidado por este mar, estas islas, estas costas, su paisaje, nuestro planeta.

Agosto: sal, sol, tiempo y viento, los cuatro elementos con los que se seca la mojama. Mi cuerpo se ha ido acostumbrando a que el cielo añada grados y el Meltemi nudos: el pelo se ha vuelto más largo y crespo, llevo dos meses descalza, la sal se cuela en mis rincones (paso más tiempo desnuda que vestida) y el viento se ha tragado todos mis susurros. El aire furibundo parece ahuyentar el calor pero deshidrata sin piedad y, además, en el mar no hay sombras.

Aquí todo es sed.

Bebemos más, lo sé por el número de botellas que retorcemos cada día. La presencia del plástico en el GoOn nos duele (stop #plasticpollution), pero en las islas griegas es difícil, por no decir imposible, encontrar envases de 5 o 10 litros. Administramos el agua que llevamos en los tanques de tal modo que más que duchas o baldeos, salpicamos con agua dulce nuestros cuerpos, la vajilla y la cubierta del GoOn y procuramos comprar a granel a comerciantes locales. Sólo un isleño como el capitán logra encontrar entre el tumulto turístico o en las rocas peladas la presencia de un/a aborigen que aún sabe ordeñar una cabra, recoger la miel o recolectar plantas autóctonas para hacer tisanas. Además, miramos el origen del agua que bebemos (lo del “kilómetro cero” parece una reivindicación que no concierne al agua dulce) y comprobamos que suele proceder de las montañas blancas de Creta. ¿Tanto guardan sus gargantas calizas? ¿Cuánta vida estaremos expoliando con cada botella? Las entrañas de Creta deben de estar secándose como las de las mujeres de Lorca.

Nos contaron que esta isla está abandonando su modelo económico, basado en la agricultura, para centrarse en el sector turístico. Venimos de Mallorca, conocemos los falaces argumentos de quienes defienden este monocultivo. La construcción de un tercer aeropuerto en Kastelli se ha convertido en el campo de batalla de un puñado de agricultores/as que defienden que la tala de 200.000 olivos para construir las instalaciones aeronáuticas no sólo sería un mal negocio sino un crimen contra la tierra (toman la voz de sus ancestros, Aristóteles aseguraba que en Grecia clásica se condenaba a pena de muerte a quien arrancara un olivo). Quienes apoyan la construcción recuerdan que el aeropuerto podría traer a 9 millones de pasajeros al año y eso se traduciría en dinero. Las cifras me secan la garganta.

¿Cuánta sed puede sostener una isla? ¿Cuántas botellas puede beber un turista al día? ¿Cuántos millones de turistas se mueven por este Mediterráneo en ascuas en los tres meses del verano europeo? ¿Cuánta sed puede sostener este planeta?

Una isla representa al planeta en una dimensión abarcable. Me gustaría encontrar una isla en el Mediterráneo cuyo agua, en verano, proceda exclusivamente de sus recursos hídricos. Sólo nos acordamos del #CambioClimático durante el estío. En medio de las risas veraniegas, nuestros cuerpos, más expuestos, más desarropados, experimentan una fragilidad a la que no están acostumbrados. Los lugares con sombra natural suben su cotización en el mercado del deseo vacacional. Si además se sitúan en una “primera línea de playa”, los consideramos espacios exclusivos, por eso suelen estar cercados. Este privilegio impide o limita el acceso al mar a las gentes con menos recursos y al mismo tiempo les vuelve presos de lujo. Probablemente ni se planteen quién cuida ese paraíso, quién poda sus árboles, qué seres vivos los habitan y mantienen el equilibrio del ecosistema… En las costas del Mediterráneo que hemos recorrido durante los últimos diez años quienes especulan con las “vistas al mar” suelen apropiarse de la franja marítimo-terrestre, necesaria para una evacuación o un naufragio. Catástrofes como el incendio de Mati hacen evidente que nuestros sueños de grandeza son suicidas.

Bosque de abetos dibujado por un soldado alemán durante la II Guerra Mundial en el muro de su barracón.

Bosque de abetos dibujado por un soldado alemán durante la II Guerra Mundial en el muro de su barracón. Foto de la cuenta de Instagram de la autora donde sigue en diario gráfico de estas crónicas.

Sólo cuando morimos como mueren miles de árboles cada año, ardiendo, asumimos el dolor que causamos. Llevo días estremecida por el tamaño de la herida, hoy no quiero olvidarme de la tristeza de los árboles. Después de un incendio, el silencio del bosque es sobrecogedor porque con él desaparece esa red de vínculos que mantiene vivo el planeta: Insectos, musgos, nidos, semillas, lo minúsculo también arde. La vida necesita vida para poder mantenerse. ¿De qué materia creemos que estamos hechos? Lo que entendemos por vida procede del agua, nuestras células sobreviven gracias a la precisa combinación de moléculas de oxígeno y de hidrógeno; secar la tierra nos mata.

Arranca agosto, esta crónica me duele profundamente. Dicen que ya hemos arramblado con todo lo que el planeta podía otorgarnos en 2018, olvidamos que el desgaste de la Tierra no es acumulativo, no se pone a cero el cuentakilómetros cada año. Llevamos años en números rojos. Rojo, fuego, el aire quema, el agua en que me baño hoy ha superado los 30 grados. La sequía avanza por el Mediterráneo. En su desnudez, las islas dan fe de un abandono secular, una mala gestión de los recursos, un modelo económico que hace muchos años que expulsó de su vocabulario el concepto de cuidado.

La última confirmación la obtuvimos en Karpathos. Comparada con las que hemos bordeado últimamente, esta isla de 330 kilómetros cuadrados y poco más de 5.000 habitantes censados no podría considerarse pequeña. Quizás el hecho de que quede lejos de cualquier ruta comercial sea la razón por la que tenga sólo dos minúsculos puertos con dos o tres puntos de amarre en cada uno para los barcos visitantes. En el muelle de Pigadia pasamos la noche abarloados a un barco abandonado (cuentan que llegó allí con emigrantes). Se esperaban días con vientos de hasta 50 nudos, de modo que saltamos a nuestro único destino posible: Diafani, al norte. ¡Diafani en Karpathos!. Los nombres de los pueblos y las islas griegos me enamoran. La raíz indoeuropea Kay hace mención a las laderas escarpadas y Pathos remite a pasión, al desenfreno, al sufrimiento patológico, a la emoción que despierta una obra de arte en quien la contempla… Si hacemos caso a la etimología, el portulano promete un lugar cristalino y nítido en medio de la emoción más intensa. ¿No es como para salir a todo trapo? Como si el viento quisiera darnos la razón, entramos en el puerto con vientos de 60 km/h. Con dos certeras maniobras amarramos entre un barco de pesca y un pequeño ferry. Efectivamente: somos una tripulación con suerte.

A las pocas horas de poner el pie en tierra ya nos asomábamos a un pueblo del interior, escalonado entre montañas, de nombre innegablemente sugerente, quizá incluso pretencioso: Olympos. Recorrimos sus estrechas y escarpadas calles preñadas de tenderetes ante los que las mujeres mayores lucen sus tocados tradicionales (mandili) para atraer la atención de los turistas. No sería hasta que nos acercamos a Avlona, la localidad que debió dar de comer a toda la isla, cuando entendimos que detrás de tanta oferta pintoresca se escondía una economía moribunda. En Avlona unas 300 viviendas abandonadas, con las fachadas aún pintadas de colores vivos, nos recordaban que el cultivo de la cebada y el trigo debió de ser una actividad económica rentable hasta hace relativamente poco; probablemente sus productos dejaron de ser competitivos frente a los que procedían del continente.

Una de las últimas habitantes de Avlona transporta agua. Foto de Antoni Font.

Una de las últimas habitantes de Avlona transporta agua. Foto de Antoni Font.

Como con los bosques quemados, el final de la agricultura se llevó por delante toda una red de saberes. Hoy Avlona está rodeado de una tierra yerma en la que sólo dan fruto las indestructibles higueras, los molinos van perdiendo lentamente sus aspas y un número cada vez más reducido de personas mantienen vivos saberes en extinción: cómo hornear el pan, algunas canciones de labranza, fabricar botas de piel de cordero, con punta y talón rojas y profusamente labradas (antaño lo hacían en primavera, cuando se sacrificaban los corderos para la celebración de la Pascua, no sé si seguirán respetando esos ciclos) o cocinar esos platos que antes elaboraban con los frutos de sus tierras. El Estado de Bienestar del siglo XXI debería revisar el término “Bienestar”, la tierra también es co-dependiente.

Dejamos Karpathos en medio de un viento apasionado hasta alcanzar la inhabitada Alimiá. Ponemos el pie en sus orillas para asomarnos a los edificios militares abandonados (el capitán ha leído que conservan graffitis dibujados por los soldados alemanes que ocuparon la isla durante la II GM) ¿Qué dibujaría un soldado alemán lejos de su tierra, en medio de una guerra, con la muerte acechándole? Los muros nos dieron la respuesta. Dibujaban ventanas que daban a lo que no tenían: una cerveza fresca, el abrazo de una mujer, un cigarrillo… y los bosques de abetos de su tierra natal. Al contemplar aquel carboncillo caí en la cuenta de por qué este año he metido en mi equipaje libros que hablan de nieve y árboles (recomiendo el delicioso En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza , de D.G. Haskell): las palabras también pueden abrir ventanas a lo ausente. Días después de los incendios de Atenas yo también siento la muerte (del planeta) en los talones, pero a diferencia de aquellos soldados, de esta nadie escapa.

uno de los pocos molinos que todavía funcionan en Olympos Karpathos. Foto: Antoni Font.

uno de los pocos molinos que todavía funcionan en Olympos Karpathos. Foto: Antoni Font.

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Sobre el autor

Martha Zein
Me llamo Martha Zein, soy narradora. Utilizo múltiples lenguajes para contar el mundo. En el año 2000 empecé a desarrollar mi propia línea de producción y creación basada en la ecología y el cuidado bajo el sello Producciones Orgánicas. Con el tiempo me he convertido en una experta en estrategias narrativas. Comparto este conocimiento con quienes creen que no saben contar historias; les guío a través del juego, la imaginación y la delicadeza. Porque habito un barco 4 meses al año sé el poder que adquiere un viaje cuando se convierte en relato.

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Un comentario

  • El 07.08.2018 , Guadalupe Morales López ha comentado:

    Me fascinan tus viajes que cuandomirascon los ojos lo haces también con el corazón y mucha sensibilidad para captará realidad tras la belleza de estas hermosas islas griegas….

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