15.05.2018

‘Die Soldaten’: la abyecta e inevitable autodestrucción del ser humano

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Una escena de Die soldaten, la única ópera del compositor Bernd Alois Zimmermann.

Una escena de ‘Die Soldaten’, la única ópera del compositor Bernd Alois Zimmermann.

El Teatro Real sube a su escenario, 53 años después de su estreno, Die Soldaten, la única ópera del compositor alemán Bernd Alois Zimmermann, una descomunal composición sobre la inevitable autodestrucción del ser humano, tan complicada que durante décadas se consideró imposible de representar. Llega en versión escénica de Calixto Bieito y con dirección musical de Pablo Heras-Casado.

Al entrar en la sala del Teatro Real para asistir a la representación de Die Soldaten, el espectador es recibido por un gigantesco primer plano de una angelical niña proyectado en una pantalla que ocupa todo el alto y ancho del escenario. Transcurridos los dos primeros actos, durante el necesario descanso de esta extenuante representación, el fino pelo rubio y los ojos azules de la chiquilla se han transmutado en la imagen de una rata muerta, en descomposición, que está siendo literalmente devorada por gusanos. Son dos potentes imágenes que resumen a la perfección el feroz y apocalíptico mensaje que su autor, Bernd Alois Zimmermann, quiere transmitir en Los soldados, la única ópera del músico alemán que se estrenó tan solo cinco años antes de que se quitara la vida en la ciudad de Königsdorf en 1970, con 52 años.

Se ha situado Die Soldaten como una de las grandes obras de la segunda mitad del siglo XX; de ella se ha dicho que es de una complejidad tan extrema que durante décadas se consideró imposible de representar. El reto ha tardado 53 años en llegar al Teatro Real de Madrid y lo hace con dirección musical de Pablo Heras-Casado y un concepto escénico que Calixto Bieito ideó como encargo de la Ópera de Zúrich y la Komische Oper de Berlín.

Nadie está a salvo. Asistimos a una descomunal e inabarcable obra musical y teatral escrita con el fin de provocar un impacto inmediato en el espectador, como si tuviera que experimentar el terror perpetuo que sentiría frente a un pelotón de fusilamiento que estuviera siempre –en una prolongación infinita del tiempo– eternamente a punto de disparar sus balas asesinas. Frente a una orquesta de más de 100 músicos que han cambiado sus hipócritas trajes y chaqués por uniformes de soldados en una gigantesca metáfora de la humanidad. La misión de Zimmermann es apabullar al público mostrándole en crudo y sin procesar todo el sufrimiento humano, el abuso de poder, la violencia, la violación física y moral, el ultraje, el sometimiento y la desolación de un mundo en el que conceptos como amor y confianza son únicamente pretextos para llevar el mal hacia un nivel más alto.

Zimmermann lo hace, además, sin ninguna concesión. En el ecosistema de Die Soldaten cualquier posibilidad de redención parece diluirse. El músico nos escupe a la cara nuestra mediocridad moral e intelectual como especie sin esperar ningún tipo de respuesta. ¿Podría haber alguna? Son nuestras malas decisiones y nuestro egoísmo los que nos llevan al desastre y solo hay un final posible: el autoexterminio.

El libreto de Die Soldaten, escrito por el mismo Zimmermann, está basado en la obra homónima de 1776 de Jakob Michael Reinhold Lenz en la que ya se rompen las unidades aristotélicas de tiempo, espacio y acción. Zimmermann narra la particular bajada a los infiernos de Marie, la protagonista, una ambiciosa adolescente de buena familia, que ansiosa por escalar en la jerarquía social no duda en utilizar sus contundentes armas femeninas alentada por su propio padre, que prefiere ver a su hija intentando casarse con un noble que en un noviazgo estéril con un trapero. Contra las expectativas de Marie, cada etapa, cada hombre, cada decisión vital, la hundirán más. Será violada por el fornido ordenanza de uno de sus amantes y acabará convertida en una prostituta de soldados, arrastrada a la indigencia, y ni su propio padre la reconocerá cuando ella, destruida, le pida limosna.

Cuando se habla de Die Soldaten como algo que supera con creces el concepto de obra de arte total, suele hacerse no solo por la extremada dificultad de su partitura, también porque la obra supone una declaración de guerra del compositor contra las teorías aristotélicas y contra el clasicismo. “En efecto, Zimmermann pulveriza sin contemplaciones las tres unidades del teatro clásico: lugar, acción y tiempo”, como explica Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real. “Contra la unidad de lugar, desarrolla la trama en multitud de espacios diversos que se suceden en función de la narrativa; contra la unidad de acción, descompone la trama en secuencias atomizadas que se resisten a ser escenas teatrales; y contra la unidad de tiempo la radicalidad del compositor se dispara con una audacia sin precedentes al adoptar lo que él mismo denominó ‘concepción esférica del tiempo’, según la cual desaparece el concepto de cronología porque todo lo que sucedió en el pasado y todo lo que acontecerá en el futuro existen de una manera simultánea”.

En la primera versión de su ópera, por ejemplo, el último acto debía ser interpretado en doce escenarios rodeando al público simultáneamente, cada uno de ellos con su propio conjunto instrumental y su acción específica. “Era un empeño de imposible realización (y también de imposible escucha), pero la lógica de su radicalismo resulta, más allá de toda consideración práctica, admirable y conmovedora”, escribe José Luis Téllez en el pase de mano de la obra. Consciente de ello, el propio compositor revisó no solo la partitura, sino también sus especificaciones escenográficas, empeñado en que su obra fuera representada, encontrando soluciones muy creativas como la inclusión de tres pantallas en las que proyectar escenas y acciones que no podían ser representadas en vivo.

Tras haber asistido al ensayo general de la producción de Calixto Bieito que se estrena mañana en el Teatro Real, la sensación que puede sacarse del resultado es de cierta decepción. Si se ha leído el libreto original, con sus acotaciones y especificaciones antes de asistir a la representación, uno esperaría un crescendo descomunal que desembocase en una tremenda e incómoda ceremonia de la confusión que golpease al espectador con una fuerza teatral inusitada. Y ciertamente lo que ocurre en escena es brutal e inquietante, pero tal y como se sirve en esta producción, no logra el efecto perturbador que podría esperarse de semejante mezcla de ingredientes. En ese sentido se manifestó en 2013 el crítico de Financial Times tras el estreno de esta producción en Zurich: “Bieito no logra que Marie nos interese lo suficiente como para preocuparnos por su destino. La tibieza de los aplausos por parte del público debería hacer reflexionar” al director de escena.

Bieito nos tiene acostumbrados a coger libretos de óperas habituales en el repertorio y llevarlos más allá. Pero cuando el punto de partida es ya el más allá, o incluso el más lejos todavía, la cosa parece perder fuelle. Cuando los dragones del regimiento de Alcalá en la Sevilla de mediados del XVIII son transmutados en un machirulo y zafio tercio de la legión en Carmen, todo funciona. Esos soldados que simulan follarse el mástil de una bandera, que se van de putas y maltratan a las mujeres, logran su efecto esperado. También alcanzan su objetivo aquellas tazas de váter en los baños del Congreso de los Diputados en plena Transición española donde algunos parlamentarios planean matar al rey al principio de su versión de Un ballo in Maschera de Verdi. Montaje por el que Bieito se llevó un sonoro abucheo en el Liceu de Barcelona tras la escena en la que un proxeneta es sodomizado y posteriormente asesinado por cuatro militares. Pero cuando el punto de partida es ya el horror de por sí, parece que a la propuesta de Bieito le costase elevar el vuelo. Es muy inteligente y un gran acierto subir al escenario la descomunal orquesta de más de 100 músicos con decenas de percusionistas y un combo de jazz, pero ni siquiera una acción que toma al asalto el espacio del foso y sitúa a los cantantes y actores más cerca del espectador que nunca logra que la electricidad fluya entre el escenario y el patio de butacas con toda la intensidad que cabría esperar.

Zimmermann dejó escrito en las acotaciones de su libreto sobre la primera escena del cuarto acto: “La escena tiene el carácter onírico. Las restantes escenas se suceden independiente de espacio y tiempo, anticipando la acción. Hay escenas que se representan en película sobre tres pantallas. (…) En su conjunto, la escena está casi completamente inmersa en la oscuridad, pero es iluminada en forma intermitente por relámpagos, que no son otra cosa que fragmentos de las diferentes escenas, como un sueño. La escena representa la violación sufrida por Marie, entendida como símbolo de la violación de todos los personajes de la obra: una brutal violación de naturaleza física, psicológica y espiritual”.

Se echa de menos, por ejemplo, esa simultaneidad en la acción con actores doblados, como en la versión de Buenos Aires de 2016 que firma Pablo Maritano, en la que, por ejemplo, la Marie protagonista se doblaba por medio de siete actrices. O como en la recientísima versión de Carlus Padrissa de La Fura dels Baus en Colonia en la que se sienta al espectador en una butaca que gira 360 grados y las acciones se desarrollan en un escenario circular que, probablemente, habría hecho las delicias del propio Zimmermann.

Al frente de la descomunal orquesta se sitúa el director Pablo Heras-Casado que aceptó el reto de domar este caballo salvaje que es la partitura de Die Soldaten. El director granadino ha calificado esta obra como la más difícil a la que se haya enfrentado jamás. Se trata de un lenguaje muy personal edificado en varios planos y en el que se mezclan citas directas al gregoriano, Bach o Beethoven con otros estilos más contemporáneos como el dodecafonismo o el jazz. Una partitura que desde luego logra su objetivo, sacudir sin piedad la cabeza –y los prejuicios– de quien la escucha. Unas notas que te persiguen al llegar esa noche a la cama, como si formaran parte del sonido que desprenden los gusanos mientras se alimentan de la carne putrefacta de una rata muerta.

‘Die Soldaten’ de Bernd Alois Zimmermann en el Teatro Real de Madrid del 16 de mayo al 3 de junio.

Una escena del primer acto de Die soldaten. Foto: Monika Rittershaus.

Una escena del primer acto de ‘Die Soldaten’. Foto: Monika Rittershaus.

El impresionante andamio amarillo sobre el que se sitúa la orquesta en Die soldaten. Foto: Monika Rittershaus.

El impresionante andamio amarillo sobre el que se sitúa la orquesta en ‘Die Soldaten’. Foto: Monika Rittershaus.

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Sobre el autor

Manuel Cuéllar
El 12/12/12 decidió poner en marcha esta revista después de una experiencia profesional de 17 años en el diario EL PAÍS, donde se convirtió en un periodista todoterreno. Se licenció en Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el máster en la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS. Periodista convencido de las bondades de las nuevas tecnologías, cubrió el 15 M por Twitter y otras redes sociales. Puedes seguirme en mis cuentas personales de Twitter, Facebook e Instagram. Gracias.

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2 comentarios

  • El 22.05.2018 , jesus angel acin lisa ha comentado:

    Gracias Manuel, espero me ayude en la representación, veo que va a ser una opera complicada para mi.

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