21.01.2019

Eduardo Haro Ibars, un ‘maldito’ que te marcó más de lo que crees

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Eduardo Haro Ibars en la portada del libro 'Los pasos del caído' de la Editorial Anagrama.

Eduardo Haro Ibars en la portada del libro ‘Los pasos del caído’ de la Editorial Anagrama.

En este repaso de Rubén Caravaca a las múltiples formas de las Culturas Invisibles, hoy el autor se detiene en un escritor/periodista agitador que marcó decisivamente sus primeras lecturas: Eduardo Haro Ibars. Fallecido en 1988 con solo 40 años, hijo del famoso periodista Eduardo Haro Tecglen, iluminó desde un ángulo totalmente distinto –el que denominamos ángulo maldito de la vida, desde la más absoluta libertad ideológica, sexual y de adicción a las drogas, a menudo desde el filo del abismo- aquellos años de nuestra Transición sobre los que tanto tenemos que volver ahora para mirarlos de otra manera. Nos acercamos a él a través del libro ‘Cultura y memoria a la contra. Artículos en las revistas Triunfo y Tiempo de Historia (1975-1982)’, que proyecta bien su figura y pensamiento.

Siendo muy joven, ahora me expulsarían de clase con total seguridad, me convertí en un ferviente lector de Star, Ajoblanco, Ozono, Disco Express, El Viejo Topo, Bicicleta y sobre todo Sal Común; todavía conservo ejemplares de aquellos años, era “mi prensa”, aquella que me mostraba otros mundos que todavía me eran lejanos.

Con el mismo entusiasmo devoraba ejemplares de la colección Los Juglares (Ed. Júcar) que dirigía Mariano Antolín Rato, del que hablamos hace un tiempo por aquí, y los de Las Ediciones La Piqueta, cuyo responsable era el amigo Juan Pablo Silvestre, singulares panfletos donde nos contaban de qué va… El Rollo (Jesús Ordovás), El Rock Macarra (Diego A. Manrique), La Política (José Manuel Costa), Las Comunas (Pepe Ribas) o Las Drogas (Eduardo Haro Ibars). Este último había publicado con anterioridad Gay Rock (1974) en Los Juglares, escribiendo habitualmente en Triunfo, revista que ojeábamos en casa de un compañero de clase, cuya hermana -ya universitaria- la adquiría si no era secuestrada.

Los escritos de Ibars nos aproximaban a realidades vetadas para gente de nuestra edad: sexo, drogas, rock and roll, que queríamos y necesitábamos conocer.

Con el paso del tiempo vi su pluma en canciones de grupos como la Orquesta Mondragón o Gabinete Caligari, posiblemente el mejor grupo de la famosa movida. Precisamente con Jaime Urrutia y su hermano Eugenio, integrante también de Ciudad Jardín y Glutamato Yeyé, dieron vida a un proyecto musical casi efímero, Gelatina Dura, nombre extraído de uno de sus versos: “allá tras las montañas de gelatina dura”, mientras que otro hermano, Alberto, tocaba en Lo Prohibido.

Más adelante indagué, por vínculos familiares, sus textos sobre Tánger; leía los que publicaba en Liberación, que echó a andar por el empeño del recientemente fallecido Andrés Sorel; en La luna en las ciudades, suplemento de La Luna de Madrid, o Combate, órgano de expresión de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), junto a aquellas poesías donde las drogas eran protagonistas, una de las muchas semejanzas con Leopoldo María Panero.

Junto a Chicho Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo representó, sin comprender del todo a ninguno de los tres, ni falta que hacía, a esas figuras admiradas por su espíritu libre, controvertido, crítico, opuesto; escasamente reconocidas, más allá de situaciones propias de la sociedad del espectáculo.

Hace un par de años, Postmetrópolis Editorial publicó Cultura y memoria a la contra. Artículos en las revistas Triunfo y Tiempo de Historia (1975-1982), de Eduardo Haro Ibars, edición y estudio introductorio a cargo de Aránzazu Sarría Buil.

Más de 300 páginas en las que leer e intentar comprender los mundos del escritor madrileño. Selección clasificada por partes. Una primera, Filiaciones, que incluye su producción para la revista Tiempo de Historia (1975-1982), en dos capítulos: De lo sublime y Creación y política. La segunda nos acerca a algunos de los textos publicados, entre 1978-1980, en la revista Triunfo, donde contaba con su propia sección, Cultura a la contra, ordenados por capítulos: A vueltas con la contracultura, Lo marginal: sensibilidad y alteridades y Madrid, o la calle entre creación y distopía.

Su lectura nos acerca a mundos tan diversos como los de Drácula, Oscar Wilde, Julio Verne o Artaud. A la brujería, a la homosexualidad, al fascismo como fascinación. A Tom Wolfe, André Bretón, Diego Abad de Santillán. Textos que ayudan a conocer al autor más allá de movidas, fascinaciones coyunturales o enfoques mediáticos que también están presentes.

De obligatoria lectura son Punks y punkettes, salid de vuestras alcantarillas, El desmadre como ritual, Pornografía o Bajar al metro, que nos muestran al artista en su salsa: cosmopolita, diverso, transgresor sin eludir temas: reseñando el terror por el resurgir del fascismo, algo muy presente en la actualidad, mostrando la calle y el metro como espacios de vida, convivencia, construcción. Dada su prolífica creación es de suponer que la selección debió ser compleja.

Aránzazu Sarría Buil, además de recopilarlos, realiza un estudio preliminar que centran lectura y autor. Recopilación agrupada en pensamientos, no en fechas o calendarios, para “ayudar a comprender las preferencias temáticas del autor en su manera de acercarse al tiempo histórico”. Lectura imprescindible, plausible, acertada alejándose de muchos escritos que hablan de creadores, sin mostrar ni difundir mínimamente las obras a las que hacen referencia.

“Cuando trato de ser realista, y proclamo a los cuatro vientos que todo va mal, y que todo irá a peor todavía, se me llama derrotista, pesimista y desesperanzado. Por desgracia, la realidad me da continuamente la razón. Y siguen matando chavales por las calles, y se restablece la censura en el cine -aunque haya perdido su nombre, y sea una censura más vergonzante y no menos vergonzosa- y se prohíbe el derecho a manifestarse. A mí todo esto me recuerda décadas anteriores y negras; mucho me temo que vamos a caer de nuevo en el aburrimiento, en la grisura, en el espacio físico y moral que imperaba en nuestro papá Franco, que es también el papá de estos chicos que hoy nos gobiernan y nos mandan, y que encima dicen que nos representan”. (El decenio que viene. Revista Triunfo, 883. 29/12/1979). Artículo publicado hace casi cuatro décadas. Su autor nos dejó hace 20, y hoy está tan vigente como muchas de sus manifestaciones.

Hay que volver a leerle, conocerle. Valorarle como persona, como escritor, más allá de lazos familiares, innegables y sustanciales. Mientras tanto, podemos escuchar algunas de las canciones basadas en sus textos, como esta de Gabinete Caligari o ‘Ponte la peluca’, de la Orquesta Mondragón.

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Sobre el autor

Rubén Caravaca Fernández
Dinamizador y asesor cultural. Miembro de Cultura en Red y en Movimiento. Ha impartido cursos y talleres en centros culturales y universidades de una decena de países de tres continentes. Publicado una docena de libros, la mayoría sobre gestión cultural, trabajando con cerca de 100 artistas de todo el mundo. Miembro del Panel de Expertos del Observatorio de la Cultura de España y de la Red Iberoamericana de Docentes IBERTIC. Twitter: @rubencaravaca

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