13.01.2020

El mundo se ha llenado de fotos con sonrisas falsas

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Foto: Pixabay.

Las redes están llenas de gigas de fotos en las que no existe ya la no-sonrisa. Mucho menos el semblante triste o pensativo. Se fue lo real y quedó la felicidad esa que lo ha invadido todo, porque hemos infantilizado lo cotidiano y no somos tolerantes al fracaso, no queremos que nos vean tristes. Porque el dolor da mal en cámara. Y la vulnerabilidad más aún... Por eso hemos llenado el mundo con el postureo de la sonrisa porque sí.

Hay, aún hoy, una ecología de la que poco hablamos. Me refiero a la ecología emocional. Las más de las veces, lo que vemos y oímos sobre ecología parece estar siempre fuera, separados de nosotros como por un cristal que nos convierte en hombres y mujeres que somos testimonio de algo que existe y respira más allá de nuestro ADN. Pero no es así. Las redes, la inteligencia artificial, la exposición constante al gran ojo que ya lo ve casi todo ha tenido, tiene y tendrá decenas, cientos de consecuencias en nuestro comportamiento más íntimo, en cómo nos vemos y en cómo queremos que nos vean, teniendo en cuenta que el porcentaje de lo que hacemos está en gran parte pensado para ser expuesto, vendido, valorado y descodificado al instante.

Sonreír. Desde que, siendo muy pequeños/as, conocemos la timidez, nos hacemos conscientes de que nuestra gestualidad incide sobre nuestro entorno y por tanto el entorno “nos ve”, de que desde fuera nos interpretan. A partir de entonces, aprendemos que la gestión de una mueca, de una mirada o de un parpadeo cambia cosas y tiene consecuencias que nos benefician o, por el contrario, nos perjudican. Y la vida adquiere así una dimensión distinta, más compleja, más elaborada. De pronto tenemos el poder de modificar nuestro entorno, somos “hacedores/as” activos/as de emociones en los demás. ¿Y qué hay más preciso y más provocador que una sonrisa? Una sonrisa cuesta, y mucho, sobre todo en público y sobre todo cuando nos vemos observados por extraños y no tenemos ningún motivo que la justifique. Pero quizá, bien pensado, este texto ya no tenga razón de ser. Quizá hablo en pasado porque pienso en pasado.

Hasta la aparición del teléfono móvil y su cámara, sonreír costaba porque tenía un valor y comunicaba algo, ese no sé qué que ya no está ahí porque desde que llegó el binomio “móvil-red social” e impuso su inmediatez, la sonrisa se nos rompió y sí, fue de tanto usarla. Ponedme una cámara delante y automáticamente sonreiré. Ya no me hace falta buscar un motivo en mi inconsciente, ni un recuerdo. Enfócame y me automatizo. Llevo sonriendo a diestro y siniestro desde que en una foto me olvidé de hacerlo y recibí no pocos mensajes de aviso: “Pareces triste”, “Deberías descansar”, “Alegra esa cara, cualquiera diría, con lo bien que te van las cosas”. Eso me pasa a mí y nos pasa a todos/as. Las redes están llenas de gigas de fotos en las que no existe ya la no-sonrisa. Mucho menos el semblante triste o pensativo. Se fue lo real y quedó la felicidad esa que lo ha invadido todo, porque hemos infantilizado lo cotidiano y no somos tolerantes al fracaso, no queremos que nos vean tristes, no nos damos el derecho a dejarnos ver.

Sonreímos sin darnos cuenta en cuanto la cámara aparece. Si sonreímos mal, eliminamos y vuelta a probar hasta que desde el otro lado lo que se perciba es felicidad a prueba de bomba. La tristeza a oscuras, por favor. El dolor da mal en cámara. Y la vulnerabilidad más aún. Y sin embargo…

Y, sin embargo, es precisamente esa vulnerabilidad la que nos hace únicos en el mundo a la hora de crear, de percibir al otro y de encuadrar el entorno que ocupamos. Es esa y no otra la que despierta la empatía de quien nos lee, de quien nos observa, de quien es real. Sé que no estoy solo en esto y que mi percepción no es únicamente mía, pero también sé que es molesto leer lo que no gusta. Pues bien, yo confieso que no me gusta sonreír sin sentido cada vez que alguien se acerca a mí para sacarse una foto conmigo. Me molesta porque mi sonrisa no siempre es sincera y me empobrece la insinceridad. Creo que no me hace bien, que no nos hace bien. La ecología emocional consiste en emplear nuestros frágiles recursos emocionales de modo que no contaminen los de quienes nos rodean y –sobre todo- que generen verdad, y creo firmemente que llenar el mundo de sonrisas automáticas no nos va a ayudar a ser más felices, sino a desterrar cada vez más nuestras debilidades al cajón de lo que no se muestra.

No sirven. Las sonrisas no sirven y quizá estemos a tiempo de recuperarlas dándoles el valor y la verdad que han tenido hasta hace poco. La ecología, en todas sus versiones, empieza por lo íntimo y por lo individual y yo –todos/as– como individuo quiero que lo emocional sobreviva a lo banal. Puede que no sea demasiado tarde, no lo sé, pero a partir de ahora, cuando me saque una foto no os extrañéis si no me veis sonreír. Lo haré cuando haya un motivo. Y será verdad.

Porque no hay sonrisa más hermosa que la que no se pide. Lo demás, es ficción.

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Sobre el autor

Alejandro Palomas
Novelista, traductor y poeta, ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Juvenil 2016 con Un hijo y el Premio Nadal 2018 con Un amor. Su obra ha sido traducida a más de 20 lenguas.

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5 comentarios

  • El 13.01.2020 , Albert ha comentado:

    Excelente artículo. Cuando el cuerpo no expresa el estado del alma…

  • El 13.01.2020 , Daniel ha comentado:

    Lo que siempre digo. Pensé que es porque soy un amargado, y quizás no, o quizás tú también seas un amargado jaja.
    Me sorprende que haya gente que sepa fingir una sonrisa, yo cuando lo intento me sale una cara siniestra. Al menos quién me conoce sabe que cuando sonrío lo hago de verdad.

    Buen día.

  • El 13.01.2020 , Andy ha comentado:

    Hacia tiempo que no leía unas palabras tan verdaderas. Felicidades.

  • El 13.01.2020 , Mabel ha comentado:

    De total acuerdo con el artículo de Alejandro Palomas !!! Gran escritor y bello ser humano…

  • El 14.01.2020 , Eva Solano ha comentado:

    De lo más coherente que he leído últimamente….

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