23.11.2019

El sexo nunca es sólo sexo: sobre el omnipresente follar contemporáneo

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Fotografía de Irene Díaz.

El ser humano es un mono que crea significados y en ese sentido el sexo no podía ser menos; con la importancia que se le ha dado en nuestras sociedades, se ha convertido en uno de los grandes momentos simbólicos de la vida humana. Follamos por muchos motivos. Para encontrarnos, para demostrarnos, para probarnos o para romper monotonías, inseguridades o pactos. Incluso para buscar rápidamente la intimidad o para dejar asomar nuestra vulnerabilidad. Nueva entrega de esta sección quincenal a vueltas con Eros, sobre feminismos y nuevas masculinidades. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado.

Raewyn Connell, la mayor autoridad de los estudios de masculinidades, a la hora de analizar las áreas sociales de (re)producción de la jerarquía de género, identifica tres: la división sexual del trabajo, las relaciones de poder (coerción, violencia y castigo), la simbolización (el mundo simbólico ligado a cada género) y la cathexis. Ésta última es el área donde se definen el deseo y las energías libidinales.

Cuando aterrizamos el deseo al mundo, éste se dirige a ciertos objetos, ciertos cuerpos y ciertas ideas. Y la forma en la que ese deseo aterriza, aunque sea muy compleja y dinámica, siempre está en diálogo con las estructuras sociales/culturales/políticas donde se sitúa.

Lógicamente, entre otros factores, la estructura concreta del género de cada sociedad moldea la codificación del deseo y la sexualidad. Así, es necesario analizar la sexualidad siempre en relación a los modelos de género. En concreto, en este artículo, lo ligaré a la forma en la que el sexo ocupa la centralidad de las masculinidades.

Masculinidades, en plural, porque hay muchas, pero para la mayoría el sexo es clave. Las distintas masculinidades desean y follan como sólo ellas saben. Y así, el sexo significa, pero muchas cosas.

Follar para ser hombres

Decía en otro artículo que el sexo para el hombre es un momento de validación. Tenemos sexo para adquirir la credencial que nos certifica (frente a uno mismo y frente a los demás) como hombres. Follar como un hombre es ser un buen amante, dejar satisfecha a la pareja sexual, rendir siempre, ser una máquina siempre disponible, siempre activa, siempre deseante. Follar compulsivamente, rápido y eficazmente. Como observaba sagazmente Analía en su último artículo, este tipo de sexualidad es muy útil a un capitalismo corporal que exige siempre disponibilidad y potencia.

El hombre vive como un mandato fundamental el sexo. Esta obligación, integrada desde los primeros momentos de la socialización masculina, pone lo sexual en el centro social. Y alrededor de este centro, se disponen multitud de discursos, prácticas y símbolos que lo justifican/reproducen: científicos hablando de la libido superior masculina, películas y series donde los hombres reconocen pensar con el cerebro del pene, la agresividad ligada a la territorialidad sexual, el fracaso sexual (el gatillazo) como la Gran Tragedia masculina, etc., etc., etc.

La hipersexualidad nos pesa como una losa. Pero no seamos simplistas. No es un follar cualquiera. Ya no son tan aceptadas esas tesis de los hombres como máquinas brutas y despreocupadas de follar. El sexo es importante para el hombre, y en muchísimos casos nos preocupamos (a veces neuróticamente) por cómo follar mejor (más y mejor, más bien). Entiéndase que, si follamos para validarnos, será la satisfacción de la pareja la que nos valida la tarjeta. Su satisfacción es el sello de “Aprobado” en el carnet de Hombre.

La trampa es que no nos preocupamos mucho por saber si de verdad está satisfecha la otra persona (sobre todo si es una mujer). Preguntamos alguna vez “¿te gusta?” durante el coito, y no incidimos demasiado en si el orgasmo que nos han dejado ver es verdadero o no.

En el genial documental De putas. Un ensayo sobre la masculinidad, de Nuria Güell, las trabajadoras sexuales cuentan cómo los clientes suelen preguntarles si les gusta cómo follan, si es el mejor polvo que les han echado nunca, si follan como nadie. Las chicas, lógicamente, les dicen que sí (a todos). Y ellos les creen, o hacen como que les creen.

El sexo se muestra en su realidad teatral: todas las personas implicadas representan un rol y, si alguien hace explícito que son actuaciones, rompe el espejismo.

Follamos para crear intimidad

Sin embargo, puede que haya otra dimensión de la sexualidad masculina que se nos escapa. No todo es validar el género. En el fondo, el hombre también tiene corazoncito y puede que detrás de una hipersexualización compulsiva haya un intento desesperado por conseguir intimidad.

En una sociedad donde el tiempo se ha capitalizado al máximo, la intimidad es un problema. Tenemos todas grabado en la frente “el tiempo es oro” y, sin embargo, conectar y generar vínculos exige tiempo, energías y dedicación. No podemos comprar vínculos como se compran galletas en el supermercado, y eso frustra.

Yo lo viví en mi experiencia de la precariedad geográfica: te mueves de ciudad en ciudad y pierdes la red que te sostenía. De repente, te das cuenta de ello y empiezas a buscar gente que reemplace a Sergio, a Eduardo, a Natalí, a Eva y a Maialen. Buscas personas que rellenen los huecos creados y te topas con la realidad: el vínculo no se rellena. No son posiciones prefijadas que pueden intercambiarse. El vínculo necesita tiempo, mimo y ganas. Y eso, en una sociedad neoliberalizada, es complicado.

Por ello ponemos descripciones en las apps de citas: “Lionel, 29 años, sociólogo. Escribo en sitios, hablo mucho, soy majo, comprometido con la política y seguramente beba más cerveza que tú”. Yo-Marca deseando ser comprado. Pero también Yo-Comprador que ve descripciones imaginando quién puede encajar mejor en ese hueco libre.

Pero otra vez, el vínculo exige tiempo y no lo tenemos. Sin embargo, hay un camino secreto para alcanzar rápidamente intimidad sin esperar meses. ¿Adivinan cuál? Exacto. El sexo. El sexo aparece aquí como una forma rápida de conseguir una intimidad física que esperamos que se convierta en intimidad emocional. El sexo nos permite (o eso creemos) conectar en lo espiritual al poco tiempo de conocer a alguien. Aunque usar el sexo como fábrica de intimidad genera muchísimos problemas que ya explicaré en otro momento.

Antes de terminar, aún me queda una razón por la que creo que el sexo está tan presente en nuestra vida y, en concreto, en la codificación masculina.

Follamos para (poder) ser vulnerables

Las psicólogas de Indàgora suelen colaborar conmigo cuando ando preparando estos artículos. Sobre este tema, una de ellas me decía que quizás haya relación entre la prohibición masculina de mostrarse vulnerable a nivel social y la búsqueda compulsiva de intimidad sexual. Piénsenlo: si la vulnerabilidad está asociada a la debilidad, la intimidad emocional se ve limitada rápidamente. Así, la cama puede aparecer como uno de los pocos espacios donde un hombre puede vulnerarse sin ver fracturada su masculinidad. Eso sí, esa vulneración viene siempre después del sexo.

El momento posterior al coito siempre tiene un aire de fragilidad que un hombre no vive en ningún otro sitio: nos permitimos acurrucarnos, nos mostramos blandos, expuestos; las conversaciones de después de follar son siempre emocionales, afectivas. Los mimos se relajan, ya no tienen motivación sexual; la conexión es mayor, y se nota.

Desplazar el sexo del centro

En conclusión, la hipersexualización de nuestras sociedades no es porque hoy tengamos más libido o más necesidad de tener sexo que en otras épocas. La presencia absoluta del sexo en todas partes tampoco es sólo consecuencia de un capitalismo que ha comercializado lo sexual (aunque es evidente que lo ha hecho).

Quizás el sexo está en todas partes porque le hemos cargado de muchísimos significados sociales. El sexo significa muchas cosas: intimidad, validación, vulnerabilidad justificada. Puede estar relacionado con el poder, con la inseguridad, con el narcisismo o con la simple diversión. Lo hemos desbordado de significados, convirtiéndolo en una mancha de aceite que se expande y contamina muchísimos ámbitos sociales.

Quizás desplazar el sexo del centro de lo social sea un ejercicio rompedor. No sólo para los hombres (aunque sería sumamente enriquecedor para nosotros), sino para todas las sociedades que se preocupen por repensar los cuidados, las redes comunitarias y la intimidad.

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Sobre el autor

Lionel S. Delgado
Lionel S. Delgado (Rosario, Argentina; 1990) es filósofo y sociólogo. Investiga en la Universidad de Barcelona sobre temas de urbanismo, feminismos y modelos de masculinidad. Aborda las contradicciones emocionales y las prácticas de resistencia en busca de claves que permitan comprender para cambiar. Con un pie en lo político y otro en lo académico. Twitter: @Lionel_Delg

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