09.06.2014

El sueño de agua en el ‘desierto’ de Los Monegros

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Ruta de Jubierre, uno de los parajes más representativos de Los Monegros, con el Tozal de La Coveta en primer plano.  © Instituto de Estudios e Investigación de Los Monegros

La gente de Los Monegros vive con tres sueños que les persiguen desde hace décadas: valorar lo suyo, frenar la sangría de la emigración y, sobre todo, el agua. El agua como pieza clave del puzzle. Tiempos y sensibilidades han cambiado, y desde la obsesión monolítica del regadío, los monegrinos han pasado a entender el agua desde más perspectivas. De ahí su orgullo por una nueva cultura del agua, tan valiente en esas tierras desgarradas, materializada en el Proyecto LIFE de recuperación de bosques de ribera y creación de humedales que enriquecen la biodiversidad y filtran la contaminación por nitrógeno de las aguas del Flumen. Hemos ido a ver esta nueva ilusión líquida en lo que ellos llaman “el desierto vivo de Europa”.

Desierto en tantos sentidos. 7,6 habitantes por kilómetro cuadrado. Los monegrinos están en alerta roja, en peligro de extinción. Por debajo de los diez habitantes por kilómetro cuadrado, Naciones Unidas considera que un territorio está desertizado. Y como sucede con especies animales en situación crítica, una población humana que se mueve en esa escala resulta difícil de recuperar por su propia dinámica. Pero a ello está dedicado en cuerpo e ilusión el equipo que dirige el Consejo Comarcal de Los Monegros , una entidad que agrupa los 31 municipios -49 localidades- de esta zona de enorme extensión (casi 280.000 hectáreas, más que la provincia de Vizcaya), que se extiende por Huesca y Zaragoza, con 20.000 habitantes en total y capital en Sariñena. Han frenado el éxodo en la última década, pero no consiguen repuntar.

Más estepa que desierto, eso sí, si nos ponemos más precisos, más científicos, menos marketinianos. Porque la gran peculiaridad de Los Monegros es que se encuentran las mismas especies que en las estepas asiáticas, cuando Europa estaba unida con Asia, por desecación del Mediterráneo, hace seis millones de años. Es una estepa con vocación asiática, y en eso se diferencia de otras de la península Ibérica. Y de ahí su valor, tan menospreciado durante décadas, durante siglos.

Paisaje desgarrado, uno de los ecosistemas más antiguos de la Península, que ha mantenido desde hace millones de años la personalidad de su diversidad biológica. Un tesoro con 5.400 especies de flora y fauna descritas, donde destacan más de 3.000 de insectos, 164 aves, 1.200 plantas.

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Uno de los humedales creados en torno al río Flumen, dentro del Proyecto CREAMAgua. © Instituto de Estudios e Investigación de Los Monegros

 

Y en ese hábitat ha prendido bien el sueño/pesadilla del agua. Lo contaba en un reportaje que escribí sobre esta tierra hace ocho años: “A comienzos del siglo XX, los monegrinos miraban a su alrededor y no les gustaba, no le veían encanto ni valor al paisaje, se les caía el alma a los pies con tanta aridez (una pluviosidad que apenas llega a 300 milímetros anuales), con una tierra tan pelada de la que poca cosa podía sacarse. Por eso abrazaron con entusiasmo las teorías hidráulicas de Joaquín Costa a principios del siglo XX. Vieron en el regadío la salvación a sus males, a tanto estío y hastío, y en Los Monegros arraigó fuerte el movimiento a favor de los canales, y los pueblos de colonización. Había que llevar el regadío a esta tierra sufriente de Aragón, pues miraban alrededor y sólo veían un lugar para regar”.

Un siglo después, no se han alcanzado las 100.000 hectáreas que se previeron para la zona en el plan de Riegos de 1915 -se han quedado en unas 80.000-. Y los campos verdes conviven con las ZEPAs, áreas de especial protección para las aves, según regulación comunitaria, que protegen 93.000 hectáreas, lo que representa en torno a un tercio de extensión de la comarca.

“Esto siempre ha estado aquí, solo que ahora lo miramos con otros ojos”, dice Paqui Gállego, gerente de La Comarca, y una de las muchas mujeres que están apostando fuerte por emprendimientos en la zona para valorar el territorio, para que la gente se quede, y no solo eso, para que vayan, vayamos, para captar la atención de otros. “La obsesión por el agua nos ha acompañado siempre. Mi padre, de 89 años, todavía se enfada en cuanto ve que dejamos el grifo abierto y el agua corriendo. Lo tenemos muy interiorizado”. Otra anécdota que cuenta Paqui: “Aquí a los niños, cuando pedían agua, se les preguntaba: ¿cuánta sed tienes? Y según la contestación, se les llenaba más o menos el vaso, para no desperdiciar nada, nada, tan escasa fue siempre. Recuerdo cómo de niña iba con mi cubito al camión cisterna que venía al pueblo para tener mi propia agua para usar durante todo el día. Eso no se olvida. Se queda muy adentro”.

Por eso están tan orgullosos de mostrar ahora ese salto de mentalidad: del regadío-regadío-regadío a un planteamiento mucho más ecológico: dejar espacio para las estepas con avutardas y ahora, en un giro de ese sueño líquido, la creación de humedales y recuperación de bosque de ribera.

Reconocen los monegrinos que son los europeos los que les han ayudado a descubrir el valor de su paisaje estepario. Que antes decían: pero si aquí solo hay piedras… Que hasta ahora la única receta que entendían era la del regadío. Admiten que despreciaban su paisaje, aunque hay cuatro zonas de muy especial valor: la sierra de Alcubierre, la sierra de Gabarda, el monte Jubierre y las saladas del sur. Y ahí, en ese cambio de percepciones y sensibilidades, Alfonso Salillas, actual presidente de La Comarca, cantero y alcalde de Villanueva de Sijena, es donde dice que cabe todo: el maíz, la alfalfa y el arroz, grandes extensiones de cereal de secano, las estepas para las avutardas, y ahora los nuevos humedales de tamarices, álamos, enea y carrizo; y ahí es donde hay que encuadrar su CREAMAgua, proyecto LIFE financiado al 50% con fondos europeos, para la creación y recuperación de ecosistemas acuáticos y mejora de la biodiversidad en las cuencas agrícolas.

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Salada de La Playa, en Bujaraloz. Durante siglos, el árido paisaje monegrino no fue apreciado por sus vecinos. Ahora han abierto los ojos y saben de su valor. © Área de Turismo de la Comarca de Los Monegros

El biólogo Adriá Masip, procedente del Instituto Pirenaico de Ecología -del CSIC-, fue el encargado de explicarnos hace una semana lo que están haciendo a un grupo de reporteros de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA, asociación que, por cierto, no dejo de recomendar a todo el que quiera dedicarse a informar sobre esto, www.apiaweb.org). El asunto -el de CREAMagua- consiste básicamente en actuar en 16 humedales que abarcan una superficie de inundación con lámina de agua permanente de 76,4 hectáreas, más la plantación de 4.000 árboles, que no solo mejoran la biodiversidad vegetal y animal dignificando zonas marginales, y ayudan a restaurar el bosque de ribera, sino que sirven de filtros naturales para limpiar de excesivos nutrientes -nitratos, procedentes de los fertilizantes empleados en los cultivos- las aguas de la escorrentía agrícola de los regadíos antes de que lleguen al cauce del Flumen, afluente del Alcanadre, afluente del Cinca, afluente del Segre, afluente del Ebro. Se crean humedales, se restaura paisaje, se mejora el hábitat y se depura el agua. Cuatro por uno, con una inversión muy asumible de 4.000 euros por hectárea (el presupuesto total de este proyecto es de 1,78 millones de euros). Eso sí, estos pequeños 16 humedales son símbolos, ejemplos, no deben ser un punto final, sino un dos puntos, porque han de servir como experiencias piloto, fáciles y eficaces para que se extiendan. Es lo interesante de este Proyecto LIFE, y lo que se ha valorado desde Bruselas: el concepto, la idea, para ir más allá, para aplicarlo. Un modelo, un sistema para exportar a cualquier cuenca hidrográfica. Cómo depurar el agua de forma casi natural, con filtros verdes -balsas sobre todo con carrizo que se van naturalizando- y que, a la vez que mejoran el hábitat, aseguran un mantenimiento del propio ciclo del agua, sin inversiones millonarias y artificiales cada cierto tiempo.

Hacer el viaje de vuelta los que se marcharon, apoyar a los emprendedores, fijar la población, “poner en valor lo nuestro”, el agua. “Es que aquí hemos sido siempre muy echados para atrás, pero últimamente hemos cambiado”, me decía otra mujer emprendedora, Lourdes Biarge, que ha creado la empresa de transporte Sueña Monegros, para dar servicio a vecinos y turistas. Temas que se repiten en espiral en la estepa. Frenar su erosión. El sueño del agua. Renovado. La paciencia como estrategia de supervivencia. Para su geología y su naturaleza compacta, sus agricultores y ahora sus defensores de la naturaleza.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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2 comentarios

  • El 11.06.2014 , Carlos Copertone ha comentado:

    Pues sí… pero quien resiste gana!

  • El 19.06.2014 , Enrk ha comentado:

    La comparación con Asia es muy pertinente, porque tanto el desierto del Gobi como los Monegros son desiertos creados por el hombre. No por el hombre moderno, sino por el simple ganadero: deforestación de zonas que no tienen la ecología adecuada para soportarla, ganado que arranca lo que resta de vegetación, y la tierra antes sujeta mediante las raíces queda suelta con lo que el agua arrastra y se lleva las capas superiores, que son las más fértiles. Una vez perdida la vegetación arbórea, las lluvias que ya eran escasas disminuyen todavía más, pues el bosque mismo generaba nubes. A continuación, inevitablemente, llega la despoblación humana.

    Es muy difícil recuperar un ecosistema frágil que ya se encuentra desertizado, pero si se quiere intentar, desde luego que la despoblación no constituye un problema, sino casi una necesidad. A menos que se cambien radicalmente los hábitos y modos de vida humanos, pues la presión ganadera hace imposible cualquier intento de recuperar una cubierta vegetal adecuada, y sin esto el desierto seguirá siendo desierto. Que valoremos el desierto por motivos románticos, paisajísticos o de otro tipo, es otra historia.

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