El escritor chino Yan Lianke nos traslada al año de la sequía eterna

El escritor chino Yan Lianke nos traslada al año de la sequía eterna

La crisis climática es el gran reto que tiene planteado la humanidad. Foto: Pixabay.

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Os dejamos hoy, a modo de cuento, el primer capítulo del libro ‘Días, meses, años’ (Automática editorial), del reconocido escritor chino Yan Lianke (Henan, 1958), que este año ha publicado en España ‘La muerte del sol’, libro que cuenta la historia de un pequeño pueblo de China que, un mal día, descubre horrorizado cómo sus habitantes caen en un extraño sonambulismo que les lleva a cumplir sus deseos más ocultos y, en ocasiones, a cometer las acciones más atroces. Un pueblo víctima de una epidemia en la que los muertos colapsan el sistema.

El propio Lianke ha comentado a los editores de Automática Editorial: “Que La muerte del sol salga en España este 2020 invita realmente a asociar ideas, ahora que sufrimos la gran desgracia humana de la pandemia de la covid-19, y cuando todavía no sabemos si hemos salido de los días más oscuros. Sí, la situación por la que estamos hoy atravesando se parece, hasta cierto punto, a un tiempo ciego y desprovisto de sol, en el que la gente discurre como por un sueño o una pesadilla. Se puede decir que la humanidad al completo vive concentrada en Gaotian, el pueblo de la novela, o que el Gaotian literario representa a toda la humanidad”.

Nosotros hoy hemos elegido como relato para Navidad su otro libro, Días, meses, años, cuyos protagonistas son un anciano, un perro ciego y una planta de maíz en un pueblo deshabitado, pues todos han tenido que huir por una terrible sequía. Otro argumento premonitorio que nos remite al otro gran reto planteado a la Humanidad: la crisis climática.

***

“El año de la sequía eterna, el tiempo quedó calcinado, convertido en cenizas. Al apretarlos entre las manos, los días tiznaban y abrasaban como el carbón, bajo una cadena de soles deslumbrantes que surcaba sin descanso el cielo. De la mañana a la noche, el anciano percibía el pardo olor a chamuscado de su pelo y, en ocasiones, al levantar las manos hacia el cielo, le llegaba al instante un hedor negro a uñas quemadas. Demonios con el tiempo, solía maldecir. Salió de la aldea vacía caminando sobre una soledad infinita. Vamos, Ciego, dijo entornando los ojos hacia el sol. Al oír sus pasos longevos y vastos, un perro sin vista lo siguió como una sombra.

El anciano avanzaba por el camino de la cresta del monte con los rayos solares crujiendo bajo sus pies. La luz resplandeciente caía en oblicuo desde la sierra oriental y se le clavaba como varillas de bambú en el rostro, en las manos, en las puntas de los pies. Notaba un calor penetrante en la cara, igual que si lo hubieran abofeteado, y quemazón en los surcos de las arrugas en torno al ojo y la mejilla que daban al sol, como si perlas al rojo vivo le circularan ocultas bajo la piel.

Iba a orinar.
Y a la zaga iba el perro ciego, también a orinar.

En el último medio mes, lo primero que el anciano y el perro hacían cada mañana al levantarse era caminar hasta un terreno en cuesta a ocho li (unidad de longitud tradicional que equivale a 500 metros) y medio de la aldea para echar una meada. En esa pendiente de solana, el anciano tenía un maíz: un tallo solitario que chispeaba de verde aquel año estéril de sequía; el único que en los días cenicientos conservaba cierta humedad oleaginosa. La orina es abono y agua, y la planta encontraba cuanto le faltaba en los desechos que el anciano y el perro acumulaban durante la noche. Al pensar que el tallo tal vez habría crecido dos dedos en el crepitar de la pasada noche y que sus cuatro hojas podrían ahora ser cinco, el corazón le reptó erizado, una sensación suave y veloz le hinchió el pecho y en su rostro se dibujó una sonrisa de arrebol. Las hojas del maíz nacían de una en una. ¿Por qué las hojas de la acacia, del olmo o de la caoba, pensó, nacen de dos en dos?

Se giró. Dime, Ciego, preguntó al perro, ¿por qué las hojas de los árboles crecen de forma distinta a las de los cultivos? Posó la mirada en la cabeza del perro y, sin aguardar respuesta, se giró de nuevo y continuó su andar cavilando. Alzó la vista con la mano colocada a modo de visera sobre la frente y miró a poniente, en la dirección hacia la que apuntaban los rayos del sol. En lo alto del monte, sobre un terreno pelado, vislumbró a lo lejos una sombra entre violeta y pajiza, como una humareda densa de polvo rojo que se propagaba. El anciano sabía que se trataba del calor de la tierra que, tras descansar durante la noche, volvía a asomar cuando el sol llevaba un rato avivándolo. Al observarla de cerca, sobre la superficie se advertía un entramado de grietas, como si hubieran cocido la montaña y la hubieran hecho añicos a continuación, estrellándola contra el suelo.

Hacía tiempo que la gente había planeado su huida. Cuando el trigo se secó en los campos, las altas cumbres se volvieron áridas y el mundo entero se agostó, se evaporaron también las esperanzas de los campesinos. Con la sequía persistiendo hasta entrado el otoño, el cielo se encapotó de súbito con nubes negras y el retumbar de los tambores recorrió las calles de la aldea. ¡Siembra de otoño!, gritaban, ¡siembra de otoño! ¡El Cielo nos ordena sembrar! Ancianos y niños, hombres y mujeres lanzaban voces de regocijo como canciones que huían en torrentes por la aldea, en una dirección y en otra, y se derramaban después por la montaña.

–Siembra de otoño.

–Siembra de otoño.

–El Cielo nos manda lluvia para que sembremos.

Los gritos abigarrados de viejos y jóvenes sacudieron la sierra entera. Los gorriones posados en las ramas echaron a volar despavoridos y chocaron en el aire, haciendo que se precipitaran del cielo plumas como copos de nieve. Las gallinas y los cerdos se quedaron perplejos a las puertas de sus casas, con rostros pálidos de estupor. Los bueyes amarrados en los establos intentaron zafarse de las ataduras, se abrieron los hocicos y lo mancharon todo con su sangre negruzca. Todos los gatos y los perros se encaramaron a los tejados para contemplar aterrados a los aldeanos.

Densas nubes cubrieron el cielo tres días enteros.

Y durante aquellos tres días, los aldeanos de Liujiajian, Wujiahe, Qianliang, Houliang, Shuanmazhuang y de toda la sierra de Balou sacaron las semillas de maíz que tenían a buen recaudo y aprovecharon para plantarlas antes de que llegara la lluvia.

Al cabo de tres días, el nubarrón se dispersó y un sol abrasador volvió a achicharrar los montes como fuego llameante.

Pasado medio mes, algunos aldeanos echaron el candado de sus casas, cerraron los portones de los patios, cargaron su equipaje y se marcharon, huyendo del hambre y de la sequía.

En los dos o tres días que siguieron, las gentes se fueron en oleadas para escapar de la tragedia. Se agolparon como hormigas en el camino de la cresta de la sierra para irse a otro lugar y el susurro de sus pasos se sucedió sin principio ni fin por la aldea, golpeando las puertas y las ventanas de cada casa.

El anciano partió con el último grupo de vecinos el decimonoveno día del sexto mes del calendario tradicional. Caminaba en medio de una docena de personas cuando alguien preguntó a dónde debían dirigirse. Hacia el este, replicó el anciano. ¿Qué hay al este?, preguntaron. Al este está Xuzhou, contestó, a unos treinta o cuarenta días de marcha; allí se vive bien. Así, se dirigieron al este. Un sol de justicia alumbraba el camino. Las nubes de polvo que levantaban al andar caían de tanto en tanto con un ruido sordo. Cuando hubieron cubierto ocho li y medio de distancia, el anciano se detuvo. Se acercó a la parcela familiar para echar una meada y, a su regreso, dijo:

–Seguid hacia el este.

–¿Y tú?

–En mi parcela ha brotado un tallo de maíz.

–¿Crees que eso te salvará de morir de hambre?

–Tengo setenta y dos años. Moriré de agotamiento al tercer día de marcha. Puestos a morir, prefiero hacerlo en la aldea.

Los aldeanos se fueron. La caravana se fue alejando, convertida en un borrón negro que desapareció lentamente bajo los rayos tórridos del sol como una sombra de humo y polvo. El anciano aguardó junto a la linde de la parcela hasta que no hubo un ser a la vista y entonces una honda soledad le sacudió el pecho. En aquel instante lo recorrió un escalofrío. Fue consciente de que en la aldea y en aquella parte de la sierra no quedaba nadie más que él, con sus setenta y dos años. El corazón se le vació de pronto y en su cuerpo arraigaron, como otoño sobrevenido, una desolación y una quietud sepulcrales”.

Traducción de Belén Cuadra Mora.

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