España vaciada y maltratadora: lo rural debería vaciarse de crueldad

España vaciada y maltratadora: lo rural debería vaciarse de crueldad

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Coto privado de caza en Boada de Villadiegos. Foto: MottaW

‘Rural’ no es ‘natural’. Rural es lo no urbano, pero eso no lo hace más bondadoso, ni más respetuoso con lo que no es humano. Lo que consumimos en las ciudades se mata y se maltrata ahí, en ese mundo apartado que nadie ve porque está lejos y porque en muchos casos verlo sería perder la esperanza de que algo bueno puede pasar todavía. La España vaciada debería vaciarse de crueldad y llenarse de amor por la naturaleza. El 5G, la fibra, las tecnologías… todo eso puede esperar. Prima recuperar lo natural. Reconciliarnos con lo natural.

Vivimos –muchos/as– equivocados. Llevamos unos cuantos años oyendo hablar de la España vaciada, una expresión que resultó del edulcoramiento de otra más errónea si cabe y que durante un tiempo llenó librerías y corrillos. Yo vivo en una parte de esa España. Sé de lo que hablo porque soy parte de lo que no se vació. Salté de la ciudad al campo hace muchos años, cuando el ruido, el humo y todo lo que no era yo me empujó desde el centro de Barcelona hacia un horizonte distinto y terminé recalando en una antigua escuela rural en la que –¿coincidencia?– en su día se habían sentado a aprender y a buscar el calor de la vieja estufa de leña mis bisabuelos maternos. Desde ese espacio, ahora renovado, escribo estas palabras. Me fui, sí. Cambié la ciudad por el campo y encontré mi lugar en el mundo.

“Qué suerte, vivir en la naturaleza”, he oído incontables veces desde que me mudé. Y es que era así: una suerte. Desde la puerta de mi casa baja una escalera de piedra que desemboca en un trigal. No hay calle, apenas un claro que he ido abriendo a base de mano y desbrozadora. Cuando me envían un paquete, siempre hay una llamada previa por parte de la empresa de reparto para advertirme de que la entrega no puede hacerse porque falta la calle en la dirección.

“No la hay”, contesto.

“No puede ser”, insisten. “Todo el mundo que vive en un núcleo, sea o no rural, tiene calle”.

No tengo calle. Ni número. No pertenezco. Somos los ‘sincalle’.

Qué suerte vivir en la naturaleza. Durante muchos años así lo he creído, plenamente convencido de ello y de que de algún modo estaba aportando algo, aunque mínimo, a la mejora de este planeta que se nos muere.

Hasta que viajé a Tierra de Fuego.

Fue durante el mes de febrero, justo antes del confinamiento. Cinco semanas recorriendo parajes llenos de vida salvaje entre estromatolitos, pingüinos rey, pingüinos de Magallanes, flamencos, leones marinos… El viaje, que en un principio era la búsqueda de la respuesta a una pregunta personal, abrió con el pasar de los días páginas nuevas de una libreta que yo desconocía tener. De ella fueron emergiendo palabras gastadas que pedían una nueva mirada. “Repensar” (Rethink), llevaba por título la libreta. Viajar al fin del mundo –porque eso es lo que es y así se siente uno cuando recorre Tierra de Fuego– altera los sentidos. Las constelaciones nos miran del revés desde el cielo y la vida, los elementos básicos sobre los que ésta se sustenta van dibujándose delante de tus ojos con una claridad meridiana. No me costó entender que el mástil de la embarcación sobre la que navegan mis últimos años está clavado en una falsedad. No me costó, una tarde en una de las playas cercanas a Porvenir, mirando pasar las nubes violetas sobre el mar mientras a pocos metros de mí una cría de foca dormitaba en las piedras de la playa y delante de mí las aletas de los delfines surcaban el gris del agua sin parar de jugar a la vida, que quienes vivimos en el campo, huidos de las ciudades, no vivimos en la naturaleza, sino en lo rural.

Natural y rural no es lo mismo. No, lo es. Es más, en muchos casos, son universos enemigos. Y me explico: a unos dos kilómetros de la escuela rural que habito, hay una granja de pollos donde, según su ufano propietario, “producen 40.000 unidades cada 50 días”. A esa, en este último año, se ha unido otra en la que calculan “producir” otras 70.000. Más cerca, una casa alberga a una pareja de cazadores que, en un gran espacio cubierto, “cuida” de los perros de caza de un grupo de cazadores de la zona, algunos con sus crías. Es una guardería del horror. Bajo la ventana desde la que escribo, los trigales están sobre explotados, mal alimentados por un vertido periódico de abono procedente de lo que prefiero no nombrar, mientras de noche, las luces de los jeeps iluminan el horizonte. Se oyen disparos, los jabalíes caen a oscuras y sus crías, muchas veces abandonadas, llegan con suerte rescatadas a la reserva de animales salvajes que les da la suerte que lo humano les arrebata.

El mundo rural es esto. A seis kilómetros de aquí, hay un matadero que trabajaba las 24 horas del día sin descanso. El logo, siempre iluminado, es la cara de un cerdito feliz, visible desde la carretera. La famosa España vaciada es en cierta medida esto: factorías de animales a las que alguien se empeña en llamar granjas, campos que no dan más de sí, bosques que estuvieron y que la avaricia convirtió en campos de cultivo intensivo. Este no es el mundo de naturaleza respetada e idílica que muchos/as quieren vendernos. No lo es. La España vaciada lo está de humanos pero también, desgraciadamente, de vida natural. Queda la explotación, intensiva o extensiva, de los recursos, y en ese “recursos” cabe sobre todo el sinnúmero de animales que usamos a discreción.

Rural no es natural. Rural es lo no urbano, pero eso no lo hace más bondadoso, ni más respetuoso con lo que no es humano. Lo que consumimos en las ciudades se mata y se maltrata aquí, en este mundo apartado que nadie ve porque está lejos y porque en muchos casos verlo sería perder la esperanza de que algo bueno puede pasar todavía.

Antes que velar por la llegada de mejores recursos para su repoblación humana, la España vaciada debería vaciarse de crueldad y llenarse de amor por la naturaleza. El 5G, la fibra, las tecnologías… todo eso puede esperar. Prima recuperar la fauna y los ecosistemas que le arrebataron. Prima lo natural, que el humano se acerque a estos parajes con la humildad que no ha demostrado hasta ahora. De no ser así, volveremos a ese vínculo roto entre lo humano y lo no humano que no renace. De no ser así, me temo que ya no estaremos a tiempo de darle vida.

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Comentarios

  • Carlos

    Por Carlos, el 16 septiembre 2020

    Pues no veo razòn para el insulto. Si para repensar. Claro que es màs facil recurrir a aquel. Hubo, y no tan lejos (quedan ejemplos) un rural natural y una relaciòn entre humanos y animales màs directa y menos agresiva, aunque –eso sì– comièndoselos.

  • Eduardo Santana

    Por Eduardo Santana, el 17 septiembre 2020

    Un artículo muy valiente y lleno de verdad… de esa verdad que muchos no quieren escuchar y prefieren no reconocer. Me he sentido muy identificado y suscribo cada palabra. Muchas gracias por esta reflexión.

  • benitoagenjopastor@gmail.com

    Por benitoagenjopastor@gmail.com, el 17 septiembre 2020

    Estoy de acuerdo, con matices, si a esta Sociedad, cada vez más y más consumista, no la surtimos de «» productos»» ? A que nos llevaría?

  • Lidia

    Por Lidia, el 17 septiembre 2020

    Yo también vivo en El mundo Rural. También migré de Madrid al Cerrato Palentino y leerte hace que me caiga una lágrima. Todo lo que dices es tal como lo describes aquí también. Y si, desesperanzada y decepciónada, a pesar de haber sido una persona optimista en mi vida y positiva, ya ves, lamentablemente son las palabras que aparecen si me pregunto, como me siento aquí ahora. Aún así me aferro, porqie pienso, quien save, quizá este es único sitio donde puedo hacer algo. Quizá el único lugar.

    Gracias Alejandro por ponerle palabras.

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