28.02.2019

“El acercamiento al feminismo supone cambiar muchas cosas de una misma”

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La poeta y arquitecta Paula Bozalongo en el tradicional autorretrato que ilustra esta entrevista.

La poeta y arquitecta Paula Bozalongo en el autorretrato que ilustra estas entrevistas a milenials.

Nuestra serie ‘Milenials’ llega a su quinta entrega. Carmen Burgos entrevista a la poeta y arquitecta Paula Bozalongo, premio Hiperión de poesía en 2014 con ‘Diciembre y nos besamos’. Vamos conociendo así los retos, sueños e ilusiones, pensamientos, el día a día, logros y decepciones de una generación que va a construir nuestro futuro no tan lejano.

Las cosas claras desde el principio, ¿poeta o poetisa?

Poeta.

¿Y arquitecta o arquitecto?

Arquitecta.

¿Cuál es la razón por la que en general no queréis ser llamadas poetisas?

Quizá por su poco uso a lo largo de la historia tiene ese valor casi peyorativo. Hay un documental, Poesía y Género , de Sofía Castañón, que lo explica muy bien.

Poeta, arquitecta y además filóloga…

No, no soy filóloga. Empecé Arquitectura y después de tres años me cambié a Filología; estuve un año, lo deje y volví a Arquitectura, ya en Madrid. Siempre tuve esa duda. Una especie de culpabilidad pensando cómo iba a escribir bien pensando que sin conocer académicamente la lengua no podría lograrlo.

¿Qué tal te llevas con el lenguaje inclusivo?

A ver. Creo que hay límites y límites. Aunque las utilizaciones de las que más se habla son las más radicales, rozando el absurdo, sí que es verdad que tiene un sentido. Y hay situaciones y situaciones. Hace poco escuché por casualidad a un profesor dando toda la clase en femenino plural y en ese ámbito me gustó muchísimo porque creo que es necesario valorarlo y plantearlo y que sea en el ámbito académico y que sea un hombre el que lo haga. Los alumnos al menos se lo estaban planteando.

Entre tus preferencia poéticas, has contado en alguna ocasión, se encuentran Lorca, Derek Walcott, Ángel González, Pablo García Baena, Herta Müller, Benjamín Prado, Raquel Lanseros… Y Rosalía de Castro, lo digo por tu foto en Instagram.

Y Rosalía también… No siempre menciono a todos; con el tiempo van cambiando y está bien que vayan cambiando.

¿Y quiénes ya no están o quiénes se han incorporado a esa lista?

En general, los que te han interesado permanecen, pero es verdad que desde que estuve en Colombia he prestado atención a muchos autores latinoamericanos como Rosario Castellanos, que me ha fascinado; a Enriqueta Ochoa, también mexicana, a la que he leído un montón, y por supuesto, colombianos, como Raúl Gómez Jattin, Andrea Cote-Botero, entre los más jóvenes, Federico Díaz Granados… Para mí, Colombia fue descubrir un nuevo uso de nuestra misma lengua, con muchísimas variables y mucho más amplio, y que he disfrutado mucho.

En 2014 te dan el premio Hiperión de poesía por ‘Diciembre y nos besamos’. ¿Recuerdas el primer poema o verso que escribiste?

Sí, bueno, que se pueda llamar poema, porque crecí muy cerca de la poesía, leyendo mucha poesía, y quizá por eso crecí convencida de que nunca escribiría poesía…

¿Qué edad tenías?

Tenía 18 años. Y estuve un par de años trabajando en ello sin mostrarlo, sin pensar que fuera algo que pudiera llegar más allá. Fue mi padre la primera persona que me animó. Cuando le dije: tengo estos 20 poemas, me contestó: “Pues ya hay algo bueno, ¿no?”.

Jugabas con ventaja, no todo el mundo tiene un padre poeta y editor.

Sí, es verdad. Ya solo la biblioteca de casa era una suerte, pero quizá por eso siempre pensé que nunca escribiría poesía. De pequeña escribía relatos, de alguna manera me parecían más accesibles. Ahora pienso que la construcción de un relato o la estructura de una novela son mucho más difíciles. Me encuentro más cómoda en la poesía, pero comencé pensando que no; de hecho, el primer poema que escribí -y que pensé que sí era un poema- se titula Berlín y   está incluido en Diciembre y nos besamos.

El último premio de poesía de Casa América, Franco Bordino, un joven y también milenial, argentino de 29 -apenas dos años mayor que tú- para quien la poesía -que solo la leen los poetas- se trata de la palabra puesta al servicio de los sentimientos, porque para contar los hechos está la narrativa y para expresar ideas, el ensayo.

No coincido en que la poesía solo la leen los poetas, como tampoco en determinar los géneros de una manera muy cerrada. De hecho, desde la Arquitectura cada vez me siento más cercana a reivindicar para la poesía el proceso de trabajo, porque para alguien que escribe -al menos para mí- la imagen es fundamental a la hora de escribir. Quizá tiene que ver más con mi formación como arquitecta…

¿En qué sentido la imagen?

Como referente. Para la escritura no solo para la poesía, que también, la imagen al igual que el ensayo te ayuda a ubicarte. Una lectura que te ayuda a saber dónde estás y a tener otra perspectiva de lo que te rodea y una visión más amplia es también una herramienta fundamental para escribir poesía, novela o lo que sea. Al igual me ocurre con la creación artística; acercarme a gente vinculada a la pintura, al collage, a cualquier medio visual, me da una comprensión más amplia. Y me inspira lo producido pero también el proceso. Es cierto que la poesía está todavía muy vinculada al objeto cerrado, delimitado, hecho que no siempre está tan claro ni por la etiqueta porque hay ensayo en la poesía, hay narrativa en la poesía, desde la propia construcción, al igual que hay poemas en prosa.

El irrenunciable y siempre presente Borges decía que para los románticos era la musa la inspiradora poética y que, paradójicamente, para otro romántico -Edgar Allan Poe- se trata de una operación de la inteligencia.

Yo desconfío bastante de la inspiración, me parece que hay un punto de intuición pero que el trabajo y la inteligencia deben superarla. Hay muchísimos autores a los que, aun reivindicando a las musas, la inteligencia no mata su sensibilidad, pero a veces parece que hablar desde las entrañas valida la poesía… Está muy bien escuchar las entrañas en cualquier ámbito de la vida, pero la honestidad tiene que ver ante todo con el trabajo y con lo que crees que puedes ofrecer.

Pues entonces de acuerdo con Borges, que también creía en un ‘mix’ entre musa e inteligencia.

Es verdad que hay momentos en los que es más fácil crear. Pero esos momentos aparecen si estás trabajando mucho. Para mí, esos momentos suceden después de meses leyendo, de meses investigando. El trabajo no acaba porque no estés escribiendo diez horas al día. El trabajo continúa en la lectura, continúa en los viajes, continúa en la mirada. Cualquier expresión es una forma de educar la mirada. Me encanta cuando puedo estar en la poesía desde la arquitectura porque la arquitectura tiene un componente muy fuerte de educar la mirada, de evaluar todo lo que está alrededor, hasta el detalle de cuánto mide y de cómo se produce algo…

Dice un verso de Bagué Quílez, poeta y crítico como sabes: “No me fío de nada que no puedo medir”. ¿Desaparecerán la métrica, la rima, en este heterodoxo siglo XXI que salta sin problema las barreras de los géneros artísticos?

No se puede obviar, y se nota mucho cuando lees a un autor que sin utilizar las forma clásicas las conoce y decide dejar de usarlas y cuando lees a alguien que no las usa porque las desconoce absolutamente. Es un asunto que me inquieta y que me llevó a estudiar Filología, conocer la parte más académica del estudio, del análisis de la métrica que por otro lado se puede estudiar también fuera de la universidad. A mí sí me preocupa conocerlo, estudiarlo y quizá utilizarlo solo como un ensayo; al final, cuando lo empleas es cuando te das cuenta de la dificultad de hacerlo. Se nota mucho cuando alguien está preocupado por ello y cuando no, aunque luego rechace, lo que me parece igualmente válido. Rechazas completamente una sonoridad clásica, una métrica clásica, pero las conoces y en ese camino de aprenderlas se descubren muchísimas cosas. Al final puede no estar la métrica clásica, pero no puede faltar el ritmo.

Y eso se nota mucho…

Por ejemplo, eso se hace evidente en los recitales cuando escuchas a alguien que lee lo que no ha escrito; aunque las palabras son las mismas, el ritmo es el que está en su cabeza y lo que está escrito es otra cosa. Cuando vas adquiriendo práctica, ya solo en la lectura -ni siquiera en la escritura- ves que las cosas escritas en poesía, con una versificación, con unas pausas, dan un ritmo que está ahí -sigas una estructura ya descrita o no- pero sentencian un ritmo. Y cuando tienes el papel delante y alguien lee algo que no está escrito, te das cuenta de que no es una intención sino una falta de conocimiento.

¿Te gusta la poesía recitada?, lo digo porque algún que otro poeta -y de los muy grandes- no han ayudado precisamente con sus declamaciones.

En recitales he leído bastante y me gusta; aunque al principio lo paso mal, me pongo nerviosa, es una buena manera de compartirlo; igual que me gusta escuchar a otros autores. Se entienden cosas distintas cuando los escuchas que cuando los lees. Y cuando se complementan me parece que es una buena manera de disfrutarlo. Por ejemplo, Ben Clark;  me gusta mucho lo que escribe, pero cuando lo escuchas aporta a lo ya escrito.

Hablemos de ‘Diciembre y nos besamos’, ese premio Hiperión 2014, cuando tenías 23 años. Tu primer poemario…

Tenía mucho más escrito de lo que acabó siendo el libro. Mi primer libro y de momento el único. Después de escribir ese poemario surge el lector; yo no escribía para un lector en ningún momento, ni siquiera con la intención de enseñárselo a nadie. Cuando empecé a plantearme que eso saliera del cajón fue después de descartar todo lo que tuviera que ver más con un diario personal que con un poemario; pero es verdad que la figura del lector nunca estuvo presente porque la desconocía.

¿Y cómo te planteas el trabajo ante -ahora sí- la existencia de un lector?

Procuro dejarlo al lado en el momento de creación y de escritura, pero es verdad que te haces planteamientos desde las conversaciones con gente que te lee, desde las interpretaciones o de la crítica, incluso te planteas otra dimensión del lenguaje. Lo que no me planteo tanto es que sea una lectora o un lector, sino que me miro yo como lectora. Más como una crítica hacia mí misma; me preocupa si estoy ofreciendo algo válido, honesto con los demás, que puede gustar o algo que pueda ser interpretado como falta de trabajo. Me molesta cuando abres un libro de poesía y te das cuenta en la primera página de que hay falta de trabajo, igual que me molesta de una exposición o de una obra de arte -y dicho sin ninguna suavidad-, porque el arte con trabajo puede tener aciertos o errores, pero en él hay algo indiscutible. En ese sentido, sí pienso en un lector.

‘Diciembre y nos besamos’ es el único libro, pero sigues apareciendo en antologías.

Siempre estoy escribiendo, sigo escribiendo, pero es verdad que el último año lo tengo parado porque ha sido dedicación casi absoluta a terminar la carrera y cerrar una etapa. Diciembre… se publicó en 2014; hay muchos poemas escritos desde entonces. Ahora estoy cerca de cerrar un libro que no sé cómo saldrá ni cuándo, porque todavía quiero tomarme unos meses para concretar muchas cosas que en el último año he dejado paradas.

Entiendo que para la poesía una forma de salida son los premios. Aunque en tu caso un padre editor facilita las cosas…

Desde el primer momento en que mi padre empezó a dedicarse a la edición llegamos al acuerdo de que no fuera él quien me editase. Excepcionalmente lo hizo en Valparaíso México. Creo que es un buen acuerdo. Es bueno para los dos que cada uno tenga sus propios retos. Y sobre los premios… Yo si confío en los premios, y ayudan. Gané el Hiperión y ha supuesto una difusión increíble.

¿Son -o solo parecen- más respetables los premios de poesía que los famosos y millonarios premios de novela, por ejemplo?

En la poesía, como es minoritaria, la discreción llega por sí misma. Además, los premios respecto a la poesía están cambiando. Hay más editoriales que apuestan por gente joven y grandes editoriales que desde sus propias convocatorias de premios siempre lo han promovido como Hiperión, para menores de 35 años. Las editoriales nuevas lo tienen muy claro y están apostando también por gente joven. Creo que ahora sí se puede publicar sin premio, pero de todas formas, me parece una opción; a mí me ayudó a empezar.

Y de rebote has traspasado fronteras como en Costa Rica y en Polonia.

Lo de Polonia fue porque Diciembre y nos besamos obtuvo el premio Bridges of Struga a primer libro publicado, entregado por el Festival Struga Poetry Evenings en colaboración con la Unesco. Y a partir de ahí entré a formar parte de la plataforma Versopolis de jóvenes autores de la Unesco.

La traducción de poesía a otro idioma parece más complejo que la traducción de una novela o un ensayo.

Creo que sí, y a veces me llevo sorpresas leyendo versiones bilingües, sobre todo en inglés, porque el francés no lo domino tanto como para comparar. Siempre sacrifican algo si tienes en cuenta además del significado, el ritmo, la sonoridad… Al pasar a otro idioma algo se sacrifica.

Una de las antologías en las que has participado últimamente es ‘Granada no se calla, contra la violencia machista’…

Bueno, sí; en Granada esa publicación de Ediciones Esdrújula tiene ese leitmotiv pero también incluye autores masculinos. Yo creo que sí, que no solo en la poesía sino en la literatura es necesaria la presencia de la mujer. Yo no estoy del todo de acuerdo cuando con muchísima seguridad se afirma que la literatura es igual y es universal y no importa si está escrita por hombres o por mujeres. Esos 20 siglos de historia en la que casi toda la literatura publicada ha sido escrita por hombres vuelve a plantearnos -casi como ocurre con el lenguaje inclusivo- si es buena porque es universal. Y sí, pero eso significa también que lo universal hasta ahora estaba escrito por hombres. Hay buena literatura escrita por hombres y hay buena literatura escrita por mujeres; que haya obras en las que se nota claramente la voz de una mujer igual que obras -a las que estamos tan acostumbrados- con la voz de un hombre me parece que está bien. Por eso repetir con las mujeres lo que ha sido con los hombres antes nos dejaría en el mismo lugar.

Y en este colocar las cosas con mesura del que hablas, ¿qué hacer con los ataques brutales contra la violencia de género que se han lanzado desde Andalucía?

Da miedo. El acercamiento al feminismo para mí ha supuesto una manera de ver el mundo y de verme a mí, para empezar. Hay que cambiar muchas cosas de una misma. Una postura difícil porque tienes que estar dispuesta a replantearte aspectos de tu vida que dabas por sentados. Lo he vivido incluso en discusiones con amigos. Cuando plantean: ¡ah, pues vamos a hablar de feminismo!, ¿y por qué no hablamos de Heidegger?, ¿en qué otra cosas eres experto? Porque me parece tan inapropiado decir estoy en contra del feminismo como decir que estás en contra de cualquier otra cosa, cuando no se discute en el sentido de debate o conversación sino de una imposición… No me interesa nada. Si quieres que hablemos, vamos a hablar, pero ¿de qué exactamente?, ¿del feminismo en sus comienzos?, ¿de lo que se escribe en la actualidad sobre feminismo?, ¿de los movimientos, de las reivindicaciones, de qué..? Y cuando un partido desde su inicio dice estar en contra de la ley de género porque hay denuncias falsas, no invita a la conversación, simplemente al eslogan y detrás de eso no hay nada. Me parece que nos hace daño a las mujeres, no a quien esté interesada más o menos por el feminismo como movimiento, como reivindicación, sino que nos hace daño a las mujeres en general, y teniendo en cuenta que hay tantas mujeres votantes me cuesta mucho entenderlo…

Energúmenos aparte, hablemos de las ciudades de tu vida, hasta el momento; la primera, Granada, a la que por cierto ya puedes ir en tren.

Eso parece. De momento no he tenido oportunidad; las últimas veces he ido en autobús, supongo que por costumbre después de tanto años sin tren… Desde de la poesía, Granada es todo; pero ahora la dificultad es plantearte dónde quieres vivir.

¿Y dónde quieres vivir?

Granada es mi casa, pero si además me planteo que es el lugar donde tengo que buscar trabajo como arquitecta ya deja de ser una posibilidad. Para mí es mi ciudad y me encanta volver. Ahora también lo es Madrid. Aquí llevo seis años; me costó bastante al principio adaptarme a la ciudad, a los ritmos, a los tiempos… Lo típico de alguien que viene de una ciudad pequeña, pero ahora la verdad es que disfruto muchísimo de Madrid; en Madrid me siento en casa.

Supongo que especialmente ahora que tenemos versos tuyos -en dos pasos de peatones de los 1.100 seleccionados y repartidos por toda la ciudad.

Versos al paso me ha parecido una iniciativa muy buena que estoy disfrutando y que está teniendo mucha visibilidad. Veremos cómo crece y cómo continúa, algo que forma parte de un proyecto colectivo del Ayuntamiento, Boamistura y miles de participantes. Creo que lo he vivido más en la repercusión que está teniendo, porque me parece muy bueno que empiece a moverse por redes sociales.

De vuelta en Madrid, después de un año fuera, y viviendo en pleno centro, ¿cómo ves la ciudad no sé si como vecina o como arquitecta?

En general, estoy contenta con los cambios que veo en Madrid; una ciudad que cada vez se puede disfrutar más, con muchísimas iniciativas que te hacen sentirte parte de algo y a mí eso me ilusiona un montón. Hablábamos de los Versos al Paso, que es una de ellas, pero hay otras muchas y también espacios que te hacen sentirte. Lo estoy disfrutando mucho. Me preocupa -y tiene que ver con que comienzo otra etapa- si es la ciudad en la que puedo vivir porque ahora no es la ciudad en la que el trabajo pueda pagar el alquiler y me da miedo. Estoy contenta donde vivo, y me gusta mucho el barrio y lo disfruto pero, por ejemplo, la casa que alquilamos hace dos años una compañera y yo, hoy no encontraríamos ni por asomo una parecida ni por el mismo precio, incluso sumándole una subida razonable. Me da vergüenza cuando veo anuncios de sitios infames con un precio superior al sueldo de cualquier persona que está empezando. Hace una semana que comencé a buscar trabajo y es una realidad que el trabajo que encuentre no va a pagar un alquiler y que tendría que vivir de mis padres, y eso es un motivo para plantearme irme de esta ciudad.

Tu intención es trabajar como arquitecta…

Entre la poesía y la arquitectura no sé cuál ha sido la mejor elección… Aunque se supone que hay buenas expectativas en el ámbito de la arquitectura.

Pasaste también un año en Bogotá, una ciudad que tiene un algo muy especial…

La verdad es que el primer momento de plantearme dónde ir de Erasmus, Magallanes en este caso, tuve muy claro que quería ir a Latinoamérica. Y aunque aquello es un mundo de muchos mundos tenía que ver con mi madre que es argentina y también tenía que ver con la poesía, por supuesto, y por lecturas y por inquietudes… El primer comentario que me hacía todo el mundo era: “pero vete a un país en el que vayas a aprender otro idioma”, y yo decía que lo que quería es conocer el mío en otro lugar. La verdad es que al valorarlo ya con más detenimiento me intrigaba muchísimo Colombia y me parecía muy buena opción la Universidad de Bogotá. En primer momento, fue la intuición y creo que acerté; el país en general es también una construcción de muchos mundos y todo lo que pude conocer me encantó.

¿Has podido moverte sin problema por Colombia?

Durante ese año me moví mucho, aunque no conocí todo ni mucho menos. Es un país enorme, de una variedad increíble. Viví un momento muy bonito e ilusionante para Colombia porque llegué a mitad del proceso de la firma de la paz y también otro bastante feo como el referéndum posterior. Independientemente del resultado de aquel domingo, hay zonas que están abiertas y accesibles, cosa que hace diez años era impensable. Me he movido por Colombia con soltura, viajando en autobuses de horas infinitas, de noche, y sin problemas. Y me fascinó todo; Bogotá es la ciudad que más conocí y no creo que lo viera todo, tiene unos ocho millones de habitantes y tienes la sensación de que nunca lo conoces lo todo… Cada uno de sus barrios ya es una cosa diferente.

Desde la perspectiva de la arquitectura, ¿qué es lo que te interesó de Colombia?

Desde el punto de vista de la arquitectura, lo que más me ha interesado tiene que ver con este proceso, de Colombia en general, de transformación, porque creo que hay algo desde lo que mide la arquitectura que están haciendo muy bien -y que dure-, que es acompañar el crecimiento y el cambio de la ciudad con herramientas e intuiciones todavía muy sociales. Y el trabajo de los arquitectos está muy vinculado al conocimiento de los barrios, al trabajo con los vecinos, lo que me parece buenísimo, aunque de pronto te asalten las promociones urbanísticas salvajes como en cualquier otra parte del mundo.

¿La arquitectura contemporánea camina en esa dirección? Algunos de los proyectos más premiados y publicitados no lo parecen.

Yo creo que sí; por ejemplo, en la escuela de Madrid ya conocen el trabajo de Boamistura, colectivo que incluye arquitectos. Y en Madrid hay otros muchos, en Colombia también y en muchísimas ciudades… Es un movimiento general y sobre todo en las escuelas es una preocupación a futuro, y se nota que lo que se viene enseñando en los últimos años cada vez tiene que ver más con el trabajo de campo, con la comprensión vecinal, con el trabajo desde los distritos; una comprensión a pequeña escala no tanto del contexto como algo físico sino del contexto como algo social; a mí me parece importante que se apueste por iniciativas y modos de trabajo así. Y sí, creo que sí, que es internacional.

¿La arquitectura y la poesía se llevan bien?

Lo he disfrutado mucho cuando ya me decidí a seguir adelante con la arquitectura como con la poesía; lo disfruto mucho porque al final cada una tiene su lenguaje -y es bueno que sea así- y cada una tiene sus herramientas y estructuras, pero a mí me gusta cuando me reconozco aplicando herramientas de la arquitectura en la poesía y al revés.

¿Como por ejemplo…?

Como por ejemplo la imagen. Al final, la arquitectura es una manera de mirar y de mirar con muchísimo rigor y al milímetro. Siendo estudiante, te pasas horas rehaciendo un plano hasta que entiendes por qué estaba mal y hasta que semanas después quizá encuentras el sentido o quizá no. Y eso en la poesía es algo bueno y me ha enseñado una exigencia, un trabajo constante, incluso perder el miedo a la crítica. A mí me han roto muchas maquetas y la primera vez, pues se escapa una lagrimita y la segunda vez te ríes y te dices ya volveré a hacer una mejor. Yo creo que eso está bien, te enseña a romper y a tirar y a no sentirlo como un fracaso personal sino como un proceso.

¿Y la poesía a la arquitectura?

Me aporta lecturas, me aporta desde lo más básico, desde la herramienta más obvia y que es vocabulario. Cuando tienes que presentar un trabajo, defender un proyecto, tienes el vocabulario para expresar la emoción que crees que necesitas en ese momento. Desgraciadamente, desde las carreras técnicas muchas veces se desprecia ese aspecto más humanístico. A veces las lecturas no se tienen en cuenta porque no ayudan a saber cómo se hace un plano, pero sí te ayuda a comprender como lo estás haciendo, dónde se ubica eso y cómo lo puede contar. En ese sentido, quizá no estrictamente la poesía, pero sí la literatura aporta una herramienta básica.

Pues terminemos con alguna recomendación que hayas descubierto que nos visibilice algo de ese maridaje de ambos mundos…

En la línea de lo que estamos hablando, yo invitaría a la gente a revisar webs de iniciativa que tienen mucho que ver con la ciudad como VIC (Vivero de Iniciativas Ciudadanas o Arquitectos de Cabecera  y desde la poesía, el libro de poemas Amor divino, de Ángela Segovia, que estoy leyendo, que me está gustando mucho, y la novela que estoy también leyendo, Mandíbula, de Mónica Ojeda, que también recomiendo.

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Sobre el autor

Carmen Burgos
Aunque he navegado en otras aguas, es al periodismo adonde vuelvo una y otra vez -desde hace ya unas cuantas décadas-, “en busca de un mundo mejor, cuya existencia solo suponemos” (Virginia Wolf/ Fin de viaje).

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