26.03.2019

40 fotoperiodistas sacudirán tu conciencia para siempre

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El Imán de la mezquita de Bebedjia prepara el cuerpo sin vida de un bebé de un año para su entierro. Muchos de los niños llegan a los hospitales en condiciones críticas. Los índices de mortalidad infantil, por debajo de los cinco años, en Chad son extremadamente altos. Uno de cada cinco niños morirá antes de cumplir los cinco años. El Sida afecta a 18.000 menores por debajo de los 14 años. Foto: Pep Bonet.

El imán de la mezquita de Bebedjia, en Chad, prepara el cuerpo sin vida de un bebé de un año para su entierro. En Chad, uno de cada cinco niños muere antes de cumplir cinco años. El sida afecta a 18.000 menores de 14 años. Foto: Pep Bonet.

Son ‘Creadores de Conciencia’. Samuel Aranda, Sandra Balsells, Lurdes R. Basolí, Javier Bauluz, Clemente Bernad, Pep Bonet, Manu Brabo, Kim Manresa, Enric Martí, Fernando Moleres, Emilio Morenatti, Ana Palacios, Gervasio Sánchez, Carlos Spottorno… Cuarenta reporteros gráficos coordinados por Chema Conesa aportan 120 conmovedoras imágenes de su trabajo en conflictos o desastres, en las tragedias o rutinas que rigen la vida de las personas en todo el planeta. Una muestra en el Círculo de Bellas Artes que remueve conciencias y proyecta valentía y fragilidad, las dos caras de la condición humana: la crueldad y la solidaridad. Organizada por la compañía de seguros, tras Barcelona llega a Madrid y luego podrá verse en Valencia y Zaragoza.

Cuando a Samuel Aranda le concedieron el World Press Photo, los protagonistas de la instantánea ganadora, Fátima y su hijo Said, se reconocieron en ella y le llamaron emocionados invitándole a volver a Yemen para conocerle y celebrarlo con ellos. Lo explica el propio Aranda en un panel de la exposición Creadores de conciencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid: una muestra del trabajo de 40 fotorreporteros en conflictos o desastres, en las tragedias o rutinas que rigen la vida de las personas en todo el planeta. En la imagen, una sobria composición casi pictórica que evoca una piedad, una figura envuelta en un burka abraza a un joven desmayado por los gases de la policía, durante las manifestaciones en Saná contra el presidente Ali Abdulah Saleh en octubre de 2011. “Cogí un avión”, cuenta Aranda, “y al llegar me recibieron junto a su familia. Nos besamos, celebramos, me regalaron flores y aprendí mucho. Este oficio es, sin duda, el más bonito del mundo”.

Decía Susan Sontag, en su ensayo Sobre la fotografía, que lo feo o lo grotesco puede ser conmovedor si la atención del fotógrafo lo dignifica, y que la voluntad de la fotografía es explicar el hombre al hombre. Pienso en ello recorriendo la exposición, frente a una instantánea de Carlos Spottorno que muestra a un tipo dormido en una calle de Algeciras, en mitad de la acera, sin más posesión que los zapatos que se ha quitado para descansar mejor. Puede que esta imagen aparentemente tan simple resuma de algún modo la incertidumbre y la soledad de nuestra realidad más próxima, donde cualquiera de nosotros podríamos ser él, mañana mismo, en cualquier rincón del mundo. “EL MUNDO FELIZ”, como reza el luminoso tras el niño salvadoreño que escupe fuego entre los coches para obtener unas monedas, retratado por Fernando Moleres. Pese a todo la felicidad se abre paso en cualquier sitio, como se ve en la fotografía de Gervasio Sánchez donde las mujeres amputadas por las atrocidades de la guerra en Sierra Leona se abrazan con tanta alegría en una calle de Freetown, aunque tengan que ayudarse unas a otras a sostener los bebés para que puedan mamar de sus pechos. O como refleja la instantánea de Ana Palacios que detiene en un giro el baile de Kelen, la niña tanzana de 11 años cuya vida transcurre entre las grises paredes de un centro que protege a las personas con albinismo en Kabanga.

Una mujer refugiada y su hijo caen al agua durante el desembarco en Lesbos. Grecia. Foto: Samuel Aranda.

Una mujer refugiada y su hijo caen al agua durante el desembarco en Lesbos, Grecia. Foto: Samuel Aranda.

Un adulto y un niño comparten una bolsa de pegamento en Nicaragua. Foto de Rafael Trobat.

Un adulto y un niño comparten una bolsa de pegamento en Nicaragua. Foto de Rafael Trobat.

Es extraño que tragedias tan lejanas nos resulten tan familiares. Todo lo que ocurre está ahí para poder observarlo, desde el sofá mientras tomamos un café o ahora mismo, en esta exposición. Siria, Haití, Libia, Serbia, Afganistán… y después, enseguida, las imágenes pasan, se dispersan en el día a día como el polvo en el aire que respiramos: la madre que atraviesa la frontera griega con su hijo de la mano, en esa foto de Olmo Calvo que se parece tanto a las de los desplazados por la Guerra Civil española, cuyo recuerdo surge de las fosas abiertas sobre las que dispara su cámara Clemente Bernad.

La guerra es un asunto tan humano que hace a los muertos iguales, y se los llora igual en un lugar que en otro, en un tiempo o en otro. Hay algo puro en el rostro sereno y pálido del guerrillero kosovar, en torno al que lloran las mujeres en la instantánea de Enric Folgosa. El llanto es purificador, dicen. Pero no le sirve de nada a la pequeña que gime con las manos entre las piernas tras sufrir una ablación en la fotografía que Kim Manresa tomó, sobrecogido, en un corral de gallinas de Mali; o a la niña de 15 años que retrata Walter Astrada, con los ojos hinchados y amoratados, tras ser apaleada por su novio.

Treinta años después de publicar su libro sobre la fotografía, Susan Sontag escribió Ante el dolor de los demás, un ensayo que analiza el impacto y el sentido de fotografiar la desgracia ajena, y donde contradice la afirmación que hacía entonces: que el bombardeo de imágenes al que nos somete la actualidad, y sobre todo la televisión, ha neutralizado nuestra capacidad de horrorizarnos ante los desastres o injusticias que azotan nuestro tiempo. Una fotografía, aduce, es memoria congelada que no puede desecharse como las imágenes de la televisión, y su función es mostrarnos la tragedia tantas veces como suceda, para que la tengamos bien presente. Pero la labor de los fotoperiodistas, como los que integran esta exposición, trascendió hace tiempo esa función documental para posicionarse ante lo que miran, y sus instantáneas son también un feroz instrumento de denuncia. Las víctimas de un conflicto, sostiene Sontag, quieren que el mundo contemple la representación de sus sufrimientos, así que no podemos dejar de mirarlos. La fotografía nos los muestra insoportablemente reales, detenidos en el momento álgido á de su desdicha, como en la de Samuel Aranda que ilustra el cartel de la exposición, donde una refugiada que ha caído al agua con su bebé frente la costa griega grita de terror azotada por el oleaje; o la de Bernat Armangué, en la que un chico rohingya trata de sacar del barro un tuk-tuk abarrotado en la frontera de Bangladés, en cuyo interior una anciana se está desangrando porque pisó una mina. “Es uno de los conflictos más duros que he presenciado nunca”, dice Armangué en el panel que la ilustra.

No es fácil salir indemne de esta exposición, organizada por DKV y comisariada por Chema Conesa, tras sumergirse en la belleza turbia de las fotografías y constatar que nuestra condición humana tiene tantos dobleces y son tan oscuros. Y se tiene la tentación de abandonar toda esperanza. Como explica la filósofa Marina Garcés en su breve ensayo Nueva Ilustración radical, vivimos tan acostumbrados a la muerte y la catástrofe que hemos destruido la antigua idea de progreso o revolución, y vemos nuestro presente como un tiempo que resta en vez de sumar hacia el futuro. Garcés se refiere a ello como “la catástrofe del tiempo”; Sontag lo llamaba “la despiadada disolución del tiempo”. Hay una fotografía de Juan Manuel Díaz Burgos que se queda latiendo en mi retina tras abandonar la exposición, y que en cierto modo es el compendio de todo: la de un bebé acostado en un barreñito que con su vestido blanco destaca contra el fondo miserable de una pared de hojalata en el barrio de Bello Costero, en Puerto Plata, en la República Dominicana, y que el fotógrafo ha titulado Futuro incierto.

Sí, como dice Sontag, vivimos expuestos a una saturación de imágenes, bordeando el riesgo de la indiferencia. A veces, todo es tan brutalmente real en ellas que no parece cierto, o quizá no queremos que lo sea. Pero al contrario que las palabras, en este peligroso tiempo en el que la información se infecta de dogmas, discursos y mentiras, la fotografía de una tragedia nunca miente. En su ensayo, Marina Garcés alerta contra la parálisis que nos provoca ese escenario desbordante cuando nuestra atención llega al límite, porque en esa inacción es fácil someternos sin crítica a la ideología de los otros. Observemos el mundo con mucha atención en las fotografías que lo muestran porque a veces pueden hablar más allá de donde llegan las palabras, y porque en el instante detenido y eterno que capturan pueden decir lo innombrable.

‘Creadores de Conciencia’. En el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Hasta el 28 de abril. Las ventas del catálogo se donarán a la organización Reporteros Sin Fronteras.

Esta mujer se llama Busha Shari y fue atacada con ácido por su marido en Islamabad, Pakistán.

Esta mujer se llama Busha Shari y fue atacada con ácido por su marido en Islamabad, Pakistán.

Noir es un niño esclavo que ha sido rescatado. Centro de acogida de los misioneros salesianos en Kara. Togo. Foto: Ana Palacios.

Noir es un niño esclavo que ha sido rescatado. Centro de acogida de los misioneros salesianos en Kara, Togo. Foto: Ana Palacios.

Un inmigrante subsahariano vive en una fábrica abandonada en Barcelona. Foto de Mingo Venero.

Un inmigrante subsahariano vive en una fábrica abandonada en Barcelona. Foto: Mingo Venero.

Una joven llora a su madre fallecida a causa del cólera en Haití. Foto: Andrés Martínez Casares.

Una joven llora a su madre fallecida a causa del cólera en Haití. Foto: Andrés Martínez Casares.

Una integrante de la Orquesta Sinfónica para Mujeres Ciegas de El Cairo. Foto: Fernando Moleres.

Una integrante de la Orquesta Sinfónica para Mujeres Ciegas de El Cairo. Foto: Fernando Moleres.

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Sobre el autor

Ana Esteban
Ana Esteban es viajante, en trayectos de dentro afuera o de fuera adentro. Trabajó como productora y guionista antes de dedicarse a la literatura, y es autora de las novelas 'Es solo lluvia' (Debate) y 'La luz bajo el polvo' (Ediciones del Viento). Ha escrito artículos, crítica de cine y de libros, entrevistas y crónicas en El Semanal, El País, Buensalvaje y otras publicaciones. Su último libro es el volumen de relatos ‘Peces de charco’ (Baile del Sol).

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2 comentarios

  • El 26.03.2019 , maria ha comentado:

    Muy cansada de llevar a nuestras espaldas a un país corrupto como para aceptar también la culpa del dolor que ocasionan los del dinero. Escríbanle a ellos y háganle ver las fotos a ellos que son los responsables.

  • El 26.03.2019 , maría ha comentado:

    No volveré a leer Público, censura en éste diario sí existe señores

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