Fue soñando y haciéndose musgo

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Foto: Pixabay

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RELATOS / UN AMOR DE VERANO

‘El Asombrario’ inicia aquí su habitual serie de ‘Relatos de Agosto’. Un año más, de la mano, del puño y letra, del Taller de Escritura de Clara Obligado. Esta vez la propuesta es: un amor de verano. Sus historias –algunas surrealistas, otras oníricas, otras sensuales– nos acompañarán hasta fin de mes. Aquí, el primer relato: un verano de sueños infantiles, de lápices y sandalias. A la orilla de un río.

Por JOSÉ IGNACIO CALLÉN 

“Todas las historias de amor son historias de fantasmas” (David Foster Wallace)

Recostado sobre la roca, J. apartaba los ojos de las páginas para mirar pasar el rebaño de nubes, ráfagas de viento estremecían las ramas de los chopos. El tubo metálico que traía el agua de la cumbre pespunteaba el valle y los cuchillos del sol de la mañana se multiplicaban con estruendo en los saltos de agua del río: era el verano del final de su adolescencia.

Desde hacía varias horas, sentía cómo su cuerpo se adaptaba cada vez mejor al frescor de la piedra y a la humedad, y comprobaba cómo en su brazo aparecían los primeros brotes de musgo. Si aguantaba, su cuerpo se fundiría sin remedio con el mineral y no sería necesario regresar. La llamada de su abuela desde la otra orilla disparó la realidad y el chapoteo del verano de provincias.

Hacía ya demasiado que J. soñaba con la piel y los pechos de mandarina de Lidia, desde que la viera por primera vez, un verano de lápices y sandalias. Ella atravesaba los jardines, herido su orgullo de nínfula por el picotazo de una avispa.

Desde el balancín rojo, se aprestó a secar sus lágrimas, y la acompañó a casa. La madre de Lidia lo invitó a cenar y contaron historias mientras el sol se hundía tras las cumbres del puerto. J. se hizo muy amigo de los hermanos, que lo invitaban a cazar y a ver cómo saltaban los muflones desde los riscos, que lo llevaban a pescar cerca de la presa y le permitían ir delante en el refulgente automóvil de su padre. En otoño lo invitaban a fiestas y verbenas en Zaragoza, siempre de la mano de la preciosa Lidia.

Cuando los dos cumplieron 18 años, se prometieron con inflamadas cartas de amor que recorrieron los setenta kilómetros que los separaban. Se propusieron estudiar juntos Filología clásica, traducir a Homero, a Ovidio. En el último año de carrera compartieron apartamento en la capital y pasaron los fines de semana desnudos recitando versos y amándose sin tregua. Ella pronto consiguió su cátedra de griego, él se hizo escritor. Compuso odas, elegías, novelas famosas. Enamoró con su lira a generaciones de muchachas y muchachos que acudían a sus recitales embrujados. Menciones, premios, medallas de honor, vistosos regalos de todas las partes del mundo. Porque él no paraba de escribir y ella, experta en lenguas, traducía cada historia, cada metáfora, cada sinécdoque, cada alegoría. Y el nombre de J. se hacía célebre en los salones, editoriales y academias más egregios de todos los continentes. Tuvieron hijos con los que viajaron por paraísos fastuosos y regresaban cargados de nuevos libros y gloria literaria.

Dejó de imaginar porque frente a la panadería vio su reflejo en el escaparate y recordó las dos barras poco cocidas que le había pedido su abuela desde el otro lado del río. Era tarde y había que comer. Ensalada de tomate, con cebolla. Aceite de oliva. Luego, a la orilla del río, durante la siesta, volvería a Gregorio Samsa, e intentaría luchar contra el aliento a cebolla. Se quedaría quieto sintiendo ya en la espalda la caricia granítica.

Habló con Lidia después del verano de lápices y sandalias. Fue en un concierto en el Jai Alai de la ciudad. J. disfrutaba de sus antiguos amigos, y apostaban para ver quién era capaz de beber una cerveza en el menor tiempo posible. Tocaban los Planetas y J. no solo se parecía en el nombre al líder del grupo, sino que compartía su malditismo y aura canalla. La bajista tocaba de espaldas y J. decía que era porque no quería mirarle a él, con quien había tenido un asunto hacía años. Al volver del baño, se tropezó con una mujer pálida y llorosa. Su novio la había insultado por no acceder a sus caprichos y J. con los ojos le dijo que dejara a ese perdedor y que se uniera a él. Después de ayudarla a vomitar y fumar un par de cigarrillos, ella apoyó la cabeza en su hombro y él pasó los dedos por sus labios.

El noviazgo duró meses. Terminaron el bachillerato y pasearon juntos por Europa. J. le enseñó la Toscana. En San Gimigniano se prometieron. Antes de la boda Lidia terminó el conservatorio y fundó su grupo de postpunk para el que J. escribiría todas las letras. El primer sencillo fue un éxito en las listas más alternativas, ya los llamaban la pareja indie del año. Cuando firmaron el contrato con una multinacional partieron hacia Indonesia, donde adoptaron a una niña y J. terminó su novela. Fue entonces cuando comenzaron a lloverle los premios.

Estaba sobre la roca cuando lo sobresaltó el timbrazo de la bicicleta. Algunos vecinos de la urbanización parecían mirarlo desde el otro lado del puente y tras dar la vuelta se alejaban por el sendero. J. sentía su cuerpo adormecido por las corrientes minerales y no podía moverse, la piel de sus brazos estaba cubierta de musgo y de su rostro casi fundido en la roca no se distinguían más que los ojos.

Quiso evocar la figura de Lidia en el verano de lápices y sandalias, cuando creyó haberla visto a lo lejos en la urbanización. Recordó cómo Lidia se había acercado a su toalla, cómo la había pisado con su sandalia, y cómo él había dibujado su pie en la cuartilla. Recordó también que Lidia ni siquiera lo había mirado. Llevaba un bikini de melocotones, unas sandalias plateadas, el pelo suelto y mojado y corría hacia los chopos, atraída por las llamadas de sus amigas.

Una de ellas gritó: vamos al río a bañarnos.

Y ahí esperaba él, en la orilla, ya convertido en piedra, cerrados sus párpados de laurel y sus brazos, como raíces, en lo más hondo del granito.

¿Quieres escribir? Ven al Taller de Clara Obligado. En septiembre reanudamos nuestros cursos de verano

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