‘Mi ginkgo y mi androide de última generación’

‘Mi ginkgo y mi androide de última generación’

Tela con hojas de Ginkgo y mariposas. Metropolitan Museum of Art New York.

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Tela con hojas de Ginkgo y mariposas. Metropolitan Museum of Art New York.

“Solo desde una posición mental clara, con un marco teórico adecuado y un androide de última generación, me lanzaría a una nueva experiencia de pareja”. Esta nueva entrega de nuestros Relatos de un Extraño Verano, en colaboración con el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado , vuelve a tocar el tema más recurrente de la serie: cómo saciar los deseos y los instintos en esta nueva etapa.

POR MAYA VINUESA 

El día que acaricié a mi androide por primera vez, había comprado un ginkgo. Con sus hojas como abanicos y su tronco de corteza pálida, llenó un rincón del salón que había albergado plantas vivas. ¡Un ejemplar del Megarrealismo más puro! Llevaba tiempo sin sentir una excitación así.

Los ojos glaucos de Rok_37 centelleaban, tal vez curiosos. Cogí su mano y la coloqué sobre unos lóbulos que bien podían ser hijos de la más pura unión entre la luz y la clorofila.

–Anda, toca.

–Qué suavidad.

–Sí, ¿verdad?

Rok había comprendido que yo deseaba ir despacio. Llevaba menos de un mes en el apartamento y, antes de lanzarme a una relación íntima, necesitaba comprobar si realizaba bien las tareas para las que le necesitaba: las gestiones administrativas, la traducción de mis textos a otras lenguas, la fabricación de alcaparras artificiales y el mantenimiento del vehículo.

Aquella noche, con una copa de vino entre las manos, le conté cómo me había encaprichado con el ginkgo. Me quedé parada ante el escaparate hasta que decidí entrar. Consulté la etiqueta, con el origen y las características. ¡Era del mismo país donde lo habían diseñado a él!

–Qué curioso –comentó Rok.

Observé su ceño fruncido y su gravedad. ¿Estaría celoso del ginkgo?

–Un amor a primera vista.

–¿Es posible enamorarse de una planta?

–Por supuesto.

–No lo sabía.

–Pero hay que tener cuidado, el amor es ciego –le instruí–. Hasta que con el tiempo abres los ojos y ves…

–No entiendo.

Me pregunté si lo estaría mareando con la sabiduría popular, ya caduca.

–Por eso te he elegido a ti, Rok.

–¿Te enamoraste de mí?

–Desde luego. Pero fue distinto, más planificado, eras exactamente lo que buscaba. Te compré con los ojos bien abiertos y estoy encantada.

–Me alegra satisfacerte. ¿Quieres más vino? Déjame que te prepare una cena.

–Eres una maravilla.

Saboreé un par de copas más mientras lo esperaba. No iba a repetir con él la historia de mi vida, eso de entregar el cuerpo y el corazón a cambio de nada. Y no quería perder el tiempo, debía llevar a cabo una línea de investigación que yo misma había iniciado –una breve enciclopedia, que ya tenía editorial y título: El Amor en la Era Postcuaternaria–. Como les decía a mis colegas, solo desde una posición mental clara, con un marco teórico adecuado y un androide de última generación me lanzaría a una nueva experiencia de pareja. La Catedrática del Amor, me llamaban ellos.

–Aquí tienes, bistec de tubérculos texturizados y vino tinto de nuestro laboratorio.

–Eres una joya, Rok.

–Cuéntame más sobre el ginkgo.

Continué con el relato sobre mis primeras incursiones en la tienda de plantas artificiales. Jamás habría imaginado árboles sintéticos en mi casa, pero estaba abierta a un cambio, quizás unas orquídeas de tela alegraran las rejas oxidadas de mi balcón. Y me atrapó el ginkgo. Era una obra minuciosa, una verdadera imitación de la naturaleza.

–¿Qué te animó a decidirte? –inquirió Rok.

–El vello de las hojas.

–Tócame las manos –rogó.

Acaricié sus palmas, de piel coriácea y temperatura perfecta. Después le toqué el pelo lustroso que le cubría el cuero cabelludo. Recorrí su torso, el tronco sin cicatrices, su tripa sin cúmulos de grasa, ese pene firme: Rok era el compañero ideal para una mujer como yo, cansada de tanto homo sapiens cretino. Escribiría mis libros nuevos sin las odiosas interrupciones del pasado, sin fútiles tensiones ni amarguras.

Aquella noche me entregué y, bajo las ramas del ginkgo, experimenté un placer nuevo. Cada vez que Rok tenía una erección escuchaba un ruido metálico. Aunque aquella primera vez fuera tolerable, con el tiempo el soniquete acabó recordándome un antiguo malestar. En mi desazón, traté de encontrar el porqué. Un gasto mayor de la batería, quizás.

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