Gobernar el mundo. Historia de una idea desde 1815

Dos siglos de estrategias y locuras para gobernar el mundo

Foto: Pixabay.

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Una de las aparentes paradojas de nuestro tiempo es la internacional nacionalista de los Salvini, Bolsonaro, Trump, Putin, Le Pen y compañía. Parece un contrasentido, pero no es así. El libro ‘Gobernar el mundo’, del historiador Mark Mazower, cuenta las distintas formas e ideas de globalización a lo largo de la historia moderna y contemporánea, entre ellas la nacionalista. Un libro muy interesante e ilustrativo para entender un presente que, en muchos casos, no es tan novedoso.

Hablamos de la globalización como si fuera una idea y un hecho recientes. Sin embargo, el deseo de establecer relaciones comerciales, ideológicas o políticas ha estado presente desde hace milenios. Los imperios de la Antigüedad ya tenían naturaleza expansiva, y aunque la Edad Media supuso un repliegue general, el Renacimiento y las Revoluciones Industriales volvieron a favorecer esta dinámica gracias a los avances científico-técnicos. En cambio, la idea de establecer algún tipo de sistema que regulara ese carácter global de las relaciones entre naciones –internacionales, como las bautizaría Jeremy Bentham– surge con más fuerza tras la caída de Napoleón en 1815.

El establecimiento del Concierto por la Santa Alianza, conformada por Rusia, Austria y Prusia, había establecido unas normas tácitas en el Congreso de Viena de 1814, que buscaba la vuelta a la situación previa a 1789. El poder no dependía de ninguna codificación que estableciera normas de obligado cumplimiento, sino que residía en las cancillerías. Era todavía el tiempo de los diplomáticos, no de los juristas.

El historiador británico Mark Mazower (Londres, 1958) comienza aquí su erudito y ameno Gobernar el mundo, donde repasa las ideas, conceptos, organismos y líderes políticos o intelectuales que han dado forma a todos los intentos por organizar la gobernabilidad del mundo hasta nuestros días. Una historia de las tensas relaciones –en ocasiones frustrantes, otras fecundas– entre poder e ideas.

Es a partir de la reacción al Concierto cuando se busca la codificación de normas globales, unas veces basadas en un internacionalismo sustentado en la fortaleza de las naciones –Mazzini, precursor de algunas aparentes novedades de nuestros días–, otras en el comercio y el librecambismo –Cobden–, pasando por el pacifismo –del que Victor Hugo fue uno de los líderes– o el comunismo –Marx y Engels–. El debate de fondo residía en si debería tratarse de un gobierno con autoridad mundial o, más bien, un conjunto de reglas de obligado cumplimiento para países que conservarían su soberanía. Un debate de plena vigencia en la Unión Europea y distintos organismos multilaterales.

Cuenta Mazower que «la profecía de Saint-Simon sobre el poder de la asociación mediante la tecnología parecía hacerse realidad, y en vísperas de la Primera Guerra Mundial, los observadores encontraban en tales avances ‘un tremendo impulso’ a la ‘organización del mundo». Las exposiciones universales del siglo XIX mostraron el telégrafo, la radio, la electricidad, progresos médicos e innovaciones arquitectónicas. En 1865 se creó la primera unión internacional pública del mundo, la Unión Telegráfica Internacional, y la Unión Postal Universal se constituiría en 1874. Cuenta Mazower que «los comentaristas se referían a ella como la semilla de un futuro Gobierno mundial».

Los mapas del mundo empezaron a abundar en aulas y gabinetes, y los periódicos relataban las aventuras en lugares remotos por el corazón de África o el Ártico. En este ambiente de euforia, visión global y optimismo científico, las novelas de Julio Verne eran más un reflejo de la época que de la excentricidad de la imaginación de un novelista. Todo contribuía a finales del siglo XIX al impulso por configurar la política en términos globales.

Este torrente de energía estalló en las trincheras en 1914, catástrofe agravada por cierto espíritu imprudente y el nuevo potencial de la tecnología aplicada a las armas. La guerra devastó Occidente y propició la caída de varios imperios, el auge del comunismo soviético, del fascismo italiano, y un nuevo reparto del botín colonial, la cara B del siglo optimista. En el interior de Europa, civilización significaba paz, mientras fuera quería decir violencia. La Sociedad de Naciones fracasó en su intento de organizar el mundo, y pronto le siguió una catástrofe mayor con el ascenso del ultranacionalista Hitler y la consolidación de la tiranía soviética. Dos internacionalismos fracasados que dejaron una tercera vía a la globalización capitalista –no necesariamente democrática–, hegemónica desde la caída de la URSS.

Esta historia es más conocida, aunque es muy rica en detalles. De la OMC a la ONU, pasando por distintos foros informales como el G20 o por asociaciones regionales o proyectos de construcción de soberanía como la UE, codificar y gestionar el control global está lejos de ser una tarea exitosa. El gran acierto del libro es alternar los datos históricos con anécdotas y perfiles biográficos que, en su apariencia intrascendente, resumen magistralmente el espíritu de estos dos siglos tan convulsos, trágicos y fascinantes.

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Comentarios

  • jose

    Por jose, el 03 diciembre 2018

    La mayoría de los personajes que enuncia no son menos peligrosos que Obama, Clinton, Kennedy, Churchill, Felipe González, Truman o Miterrand. Con ellos ocurre como con las fakes, que llevan a la idea de que los otros medios de comunicación no mienten, Debería recomendad la lectura de Mackinder, (y Hausshofer) el creador de la geoestrategia, esa evangelio que predica y orienta cómo rodear a un país, el llamado país pivote, para luego robar sus riquezas. Brzinsky o como quiera que se escriba es también un apóstol de cómo quedarse con lo de los demás. Y no digamos Allan Dulles, una guía monumental de como mentir y manipular para destruir a todos los pueblos que no o sí se subordinen : El arte de la inteligencia, creo que se llama su magno y puritano evangelio.

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