08.08.2015

Guadalupe Nettel: “Escribir ficción significa hacer algo para uno mismo”

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La escritora Guadalupe Nettel. Fotografía: Lisbeth Salas.

La escritora Guadalupe Nettel. Fotografía: Lisbeth Salas.

Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) tiene una risa desopilante que brinca en esta plaza del Rey madrileña donde nos hemos citado. El exilio sudamericano y la emigración a Europa son ejes importantes en su literatura. Pero ella los trata desde la trama íntima de voces contiguas e insólitas, a resguardo de fragores épicos. Ha recibido el premio Herralde 2014 por su última novela Después del invierno (Anagrama), habiendo sido ya finalista con su primera novela El Huésped (2006). Es además escritora de cuentos y su última recopilación se titula El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013).

Por JIMENA LARROQUE

Dígame, ¿qué le tira más: el cuento o la novela?

Creo que yo soy más cuentista que novelista, escribo cuentos con mayor facilidad porque es el género que más he practicado. Tres novelas son tres novelas, pero cuatro libros de cuentos son muchos cuentos. Mi intención es ir alternando ambos géneros, por mucho que el cuento no tenga en general mucho auge en las editoriales. Pensemos que hay en América Latina una tradición de cuento incuestionable y autores que han practicado ambos géneros como algo normal: Borges, Cortázar, Bioy Casares, Rulfo, García Márquez o Vargas Llosa. Desde luego, cada género exige una disposición distinta: nunca sabes ni cómo ni cuándo vas a terminar una novela, o si la vas a abandonar a mitad de camino. El cuento exige mucha contención, no te puedes desparramar sobre un tema con la misma libertad que en la novela.

También ha escrito un par de ensayos sobre Cortázar y Paz [Para entender a Julio Cortázar, Nostra (2008); Octavio Paz: las palabras en libertad, Taurus (2014)]. El ensayo respecto de la ficción, ¿son ámbitos separados, incluso antagónicos?

A mí me cuesta compaginarlos, es una esquizofrenia total. El origen del ensayo sobre Paz, por ejemplo, se remonta a mi tesis. Regresar a ella fue un parto doloroso porque tuve que trabajar muchísimo para convertirla en libro. En mi caso, la rebeldía es un sentimiento que siempre ha constituido un motor y un disfrute. Me viene bien tener que escaparme de una obligación, robar tiempo al trabajo universitario que siempre me ha parecido estar teñido de obligatoriedad. Es cierto que disfruto investigando en las bibliotecas y aprecio el intercambio en los coloquios. Pero el tipo de escritura al que te obliga la universidad es muy árido. Para quien le gusta jugar con el lenguaje y tener una búsqueda más estilística es como tomarse una cucharada de aceite de ricino. Al contrario, escribir ficción significa hacer algo para uno mismo.

París, México, Europa y América… usted y sus personajes se mueven por las mismas latitudes.

Meter diferentes geografías en mis historias es algo natural, sencillamente las imagino en lugares que conozco. Por ejemplo, el cuento “El matrimonio de los peces rojos” compara la vida de una pareja que está a punto de tener un hijo con la de unos peces en una pecera pequeña. Yo quería contar el embarazo en un espacio muy reducido, en el corazón del invierno parisino. Descarté México, donde no hay ningún tipo de obstrucción climática y los espacios son grandes. En general, casi todas mis historias se desarrollan en una especie de dualidad Francia-México, que es lo que he vivido.

Para escribir Después del invierno he utilizado fragmentos de mis propios diarios escritos cuando era estudiante en París. Tres cuartas partes de la novela están escritas allá, una pequeña parte en Barcelona y está terminada en México. Una vez me hicieron una reseña muy divertida que decía: “no es novedoso que una mexicana escriba sobre París, es costumbrista”.

Se ha criado en gran parte en Francia y ha escrito su tesis en francés. ¿Alguna vez ha escrito ficción en este idioma?

Mi vínculo con lo francés es muy importante. Me eduqué en la escuela francesa a partir de la primaria, así que me siento deudora de esa cultura. Sí que he tenido experiencias de escritura en francés, pero no viene de la misma forma puesto que imperan otros criterios estéticos: lo que en español consideramos cacofonías, en francés son aliteraciones gozosas. No comparto estos valores estéticos al escribir, estoy mucho más sumergida en el español. Pero siempre me han interesado escritores como Cioran, Conrad o Canetti, que cambiaron de lengua y llegaron incluso a dominar mejor la extranjera.

En cuanto a las traducciones, y en especial las vertidas al francés, sufro muchísimo porque pienso que yo no los habría traducido así. Pero no hay nada que hacer, el traductor se apropia del libro y lo convierte en lo que él quiere. De toda traducción resulta una mezcla muy promiscua de distintos ADN. Les doy una lata espantosa a los traductores, pero me aseguran que suena mejor como ellos dicen…

Suele escribir sus historias en primera persona como si fueran confesiones o diarios de múltiples personajes.

Es cierto que llegó un momento en que descubrí la primera persona, como escritora y también como lectora. Hace poco le oí decir a Juan Gabriel Vásquez en un festival que existen dos tipos de literatura: la que cuenta acciones externas y hechos, donde él se sitúa, y la que narra desde el ombligo, que sería la mía. Para hablar de la subjetividad y de un mundo imaginario, no hay mejor manera que la primera persona. Siento que es el signo de esta época en que lo personal toca más al público. La tercera persona me resulta casi decimonónica.

En Después del invierno, alternan las voces de Claudio y Cecilia y se describe su enamoramiento, más fulgurante en un caso que en otro. En torno a ellos, se hilan otras redes de afectos.

Efectivamente, esta novela trata de tres historias de amor desequilibradas, cosa que desgraciadamente suele ser. Hay un momento en el que tanto la gente como mis personajes, nos bajamos del avión de nuestras grandes expectativas respecto a la vida y asumimos con más humildad un destino construido como hemos podido, a pesar de los tumbos que vamos dando. Estos dos personajes tocan fondo, se dan cuenta de sus enormes limitaciones. Gracias a esa crisis, a una especie de grieta que se abre en sus conciencias, podrán vincularse con los otros de otra manera.

Cita a Julio Ramón Ribeyro en su última novela: “Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar sólo migajas de felicidad”. ¿Qué piensa Guadalupe Nettel de la felicidad?

Cuando asumes que eres imperfecto, puedes apreciar lo que tienes sin tratar de tapar el sol con un dedo. Muchas veces la gente no ve ni esas migajas de felicidad, porque están buscando la idea absoluta de felicidad que algún día va a llegar. Entonces comparas ese ideal con lo que tienes, y tu vida te parece de lo más pobre. Así que la cita de Ribeyro anima a conformarse, no es tan oscura como pudiera pensarse en un principio.

Se infiere de su literatura un sentido de la belleza muy particular. ¿Cómo es eso de que el estigma es bello?

La publicidad nos vende una belleza de escaparate, de maniquíes tiesos, sin vida, sin respiración ni olor. La gente que ha sufrido y que logra superarlo, cobra un esplendor especial para mí. Recuerdo cuando conocí a Imre Kertész: se veía que había conocido el sufrimiento del campo de concentración y al mismo tiempo lo había asumido. La belleza viene de la dignidad e integridad que uno cobra a partir de ciertas experiencias de ruptura. Y a la vez hace a los individuos únicos, singulares, originales.

Hasta la mitad de la vida, la gente se la pasa imaginando el ideal al que debería de acercarse, y en la otra mitad se da cuenta de que ese ideal era intrascendente y vano. Si es que llegamos un día a descubrir quiénes somos en realidad, seremos más transparentes y esa naturalidad recién adquirida generará empatía en los demás.

También cuenta en su última novela cómo una persona puede caer en la marginalidad: muy sutilmente, sin grandes alharacas.

En Aix-en-Provence conocí a un profesor muy respetado en la universidad que se había vuelto “clochard” por elección, y ahí andaba, rondando la universidad, pidiendo dinero y emborrachándose con los estudiantes. Siempre me ha interesado esta línea divisoria, que es tan tenue, entre los locos y los que no lo son. Mucha gente se siente a salvo y en realidad, basta un evento en un momento de fragilidad para irse a la mierda. Este es un tema recurrente en mi escritura: en El Huésped, una niña siente que tiene un parásito dentro que le hace hacer o pensar ciertas cosas. En otro relato, otra niña que se arranca el pelo, consigue fingir con el tiempo y hasta ser modelo… debajo de una cabellera frondosa tiene una calvas gigantes.

Usted vivió enfrente del cementerio del Père-Lachaise en París. ¿Qué tienen de fascinantes los cementerios allá?

Ante todo decir que fue casual que yo viviera en un apartamento justo enfrente de aquel cementerio; algunas reseñas murmuradoras aseguran que me instalé allí adrede. Es cierto que levantarme todas las mañanas y ver tumbas desde mi ventana fue verdaderamente edificante: te recuerda la condición perecedera y transitoria de la condición humana. Y a la vez, caminar por esas avenidas plagadas de tumbas te da una sensación de cercanía con esos señores tan ilustres que se volvieron muertitos. Todos tenemos algo que ver con el señor Oscar Wilde, está ahí como nosotros estaremos algún día. Desde Eloísa y Abelardo, pasando por Sartre y Simone de Beauvoir, Gainsbourg y Morrison…, es un poco como nuestro panteón griego, son nuestros referentes culturales, todas las épocas revueltas están bajo tierra. La tumba de Cortázar, en el cementerio de Montparnasse, con sus cartas y cigarros, parece un altar. Solo le falta comida, como se suele hacer en México. Los cuatro cementerios parisinos de los cuatro puntos cardinales tienen algo de catacumbas y del spleen del que hablaba Baudelaire.

Ha impartido talleres de literatura, muy inspirados en el “OuLiPo” francés (Taller de literatura potencial) que fundaron Raymond Queneau y François le Lyonnais en 1960.

Sí, cuando vivía en Barcelona, impartí un taller en la librería La Central del Raval. A veces salíamos a la calle a encontrar un hecho y luego lo declinábamos según los Ejercicios de estilo de Queneau. O hacíamos anagramas con nuestros nombres. La principal consigna “oulipiana” es que la literatura no se lleva bien con la solemnidad y al revés, todo lo creativo se lleva bien con el juego. Y sin embargo, mucha gente que entra en un taller literario, entra con la corbata puesta: Cortázar decía que hay que quitarse la corbata cuando uno se sienta a escribir. Hay que escribir como si fuera una cosa de orfebre, utilizando el lenguaje como materia maleable. Desde ese estado mental juguetón y artesanal, empiezas a escribir poco a poco.

Por último, me gustaría conocer algunas de sus lecturas. Así, en desorden, lo que le venga a la mente…

Leo de todo; ahora mismo estoy leyendo con mucho gusto El sentido de un final de Julian Barnes, y el anterior que leí fue El hambre de Martín Caparrós. De entre los escritores americanos, me gustan las historias de Isaac Bashevis Singer y el humor sardónico de Philip Roth en El lamento de Portnoy; también el cubano Pedro J. Gutiérrez con su Trilogía sucia de La Habana y El nido de la serpiente; citaré a los franceses Romain Gary y su heterónimo Émile Ajar, sobre todo La vida ante sí, y los más actuales Emmanuel Carrère y Valérie Mréjen; si tengo que elegir a autores españoles, me inclino por Tiempo de vida de Marcos Giralt Torrente, El invitado amargo de Vicente Molina Foix, y en fin, Enrique Vila-Matas y Quim Monzó me parecen excelentes cuentistas.

Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) ha recibido el premio Herralde 2014 por su última novela Después del invierno (Anagrama, 2014), habiendo sido ya finalista con su primera novela El Huésped (2006). Es además escritora de cuentos y su última recopilación se titula El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013).

Jimena Larroque (Bilbao, 1980) es profesora de lengua francesa y española, y colabora en distintos medios culturales. Es doctora en Ciencia Política y ha sido profesora universitaria en Francia. Dirige además en Madrid el taller de literatura franco-española Bel-Ami: belamitallerliteraturafrancesa.wordpress.com.

Lisbeth Salas, fotografía.

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Sobre el autor

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Buensalvaje es una revista cultural de ideas feroces y formas exquisitas, de ahí que algunos prefieran llamarnos Bonsauvage. Dirigida por David Villanueva y Manuel Guedán -de la editorial Demipage- cuenta además con una manada de firmas: Alberto Olmos, Juan Gracia Armendáriz, Richard Parra, Lina Meruane, Joan Losa, Mónica Ríos, Fernando Valls, Sergio C. Fanjul, Javier Moreno, Andrea Morán, Guillermo Aguirre, Ana March, Víctor Balcells, Mireia Pérez, Antonio M. Arenas, Mateo de Paz, Rafa Ruiz, Carlos Yushimito, Jean-François Martin, François, Matton, Ana Esteban, Esther García Llovet, Azahara Alonso, Javier Sáiz, Sarah Bienzobas, Ana Blé, Ana Esteban, Ignacio Trillo Imbernón, Carlos Pott, los miembros de Estado Crítico, Pepe Prieto (Hotel Arizona Radio Enlace) y María Carbonell y Susana Godoy (Alquimia Sonora). La edición en papel se distribuye bimestralmente en librerías de toda España. La cabecera Buensalvaje, además, se publica en Perú, Colombia, México y Costa Rica.

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4 comentarios

  • El 09.08.2015 , Ramon Asis ha comentado:

    Me gusta la entrevista y sus ideas sobre escritura. Me anima leer su obra y lo haré. Mis felicitaciones.

  • El 16.08.2015 , Ramon Asis ha comentado:

    Me gusta la entrevista y las respuestas. Me anima leerte. Enhorabuena.

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