09.06.2020

Las heroínas de la mitología clásica, contadas por fin en clave femenina

Menéalo

‘Briseida devuelta a Aquiles por Néstor’, de Rubens (Museo del Prado).

Algunos de los personajes femeninos más conocidos de la mitología clásica, como Helena de Troya o la hechicera Circe, toman la palabra gracias al objetivo común de varias autoras: contar la versión femenina de la historia. Hacemos un repaso por los libros de Margaret Atwood, Madeline Miller y Loreta Minutilli, Mary Beard y Pat Baker, que colocan a las heroínas en su lugar, más allá de los estereotipos patriarcales.

Diosas, ninfas, princesas, sacerdotisas, esclavas… Sería incorrecto acusar a la Antigüedad grecolatina –piedra fundacional de nuestra cultura europea actual– de una ausencia de personajes femeninos. Todos hemos oído hablar de Penélope, de Atenea, de Helena de Troya… Pero, ¿qué es lo que sabemos acerca de ellas? La esposa devota. La diosa cruel e iracunda. La puta. Arquetipos del comportamiento femenino que han atravesado océanos de tiempo y que se arrastran hasta nuestros días. Estos retratos tan planos, aun cuando mujeres poderosas como Medea o Antígona son protagonistas de algunas de las mejores tragedias griegas, son el resultado de ser miradas y retratadas a través del espejo unidireccional del hombre clásico, que sabrá mucho de héroes –qué se entiende por héroe ya es otro cantar–, pero poco de la compleja vida interior de brujas, esposas y rameras.

‘Circe’, por Wright Barker (Cartwright Hall Art Gallery, Bradford, Reino Unido).

La cuestión es que estas mujeres del mundo clásico raramente han transmitido su propia versión de la historia. No acostumbraban a retratarse a sí mismas –¿cuántas escritoras coetáneas de Homero somos capaces de citar?–. Así, a lo largo de los siglos, personajes femeninos, escritoras y lectoras nos hemos edificado a raíz de esta ausencia. Pero ¿dónde radica este silencio? Entre otros momentos, en el germen mismo de la literatura occidental. En uno de nuestros textos fundacionales, aquellos que para griegos y romanos, a falta de textos sagrados, se convirtieron en modelo de comportamiento. Un hombre mandando callar a una mujer.

Penélope, cállate la boca

“Madre mía –replica–, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa”. El dueño de estas palabras es Telémaco, príncipe de Ítaca, hijo del astuto –y mentiroso y ladrón y asesino y paticorto– Odiseo, y a quien manda cerrar la boca es a su madre, Penélope. No importa que ella sea una reina que se las ha ingeniado sola para mantener Ítaca a flote desde que él era un bebé. En cuanto despuntan unos pelos en la barbilla de Telémaco, el muchacho se cree con el derecho de arrebatarle la palabra a su madre. Concretamente, tal y como explica Mary Beard en su ensayo Mujeres y poder. Un manifiesto (Crítica, 2018), lo que se le arrebata a Penélope es el mythos: el discurso público acreditado, la palabra como exhibición de poder. “El relato estará al cuidado de los hombres”, espeta el muchacho, y con ello le niega la autoridad, la legitimidad de narrar su experiencia propia y su opinión sobre los acontecimientos a todas las mujeres del mundo clásico. Las vuelve mudas, parte del atrezo, simples muescas en las espadas de los héroes y aventureros. Contarse a sí mismas sería una muestra de poder inmerecido.

Y entonces, una serie de escritoras de distintas nacionalidades y generaciones pero herederas todas ellas de esta ausencia de mythos, se preguntan cómo habrían narrado las voces femeninas estas historias de la mitología grecolatina. Briseida, por ejemplo, cuyo rapto desata la cólera de Aquiles y el primer gran conflicto de la historia de la literatura. ¿Qué historia contaría esta reina convertida en trofeo? Y para dar respuesta a dicha pregunta Pat Baker escribió El silencio de las mujeres (Siruela, 2019). Hace quince años, la escritora canadiense Margaret Atwood ya se había puesto a pensar en aquella primera mujer a la que le gritaron que se callase la boca, Penélope, y escribió Penélope y las doce criadas (Salamandra, 2020). El viajero por antonomasia de la literatura, Odiseo, asoma la cabeza en estas dos historias. Durante su accidentada vuelta a casa recala en la isla de otra mujer, alguien aún más asombroso que una diosa: una maga. Y entonces cobró voz Circe, de la escritora estadounidense Madeline Miller (AdN, 2019). Además de Odiseo, hay otro personaje recurrente en todas estas narraciones: la bella Helena. Pocos personajes femeninos han sido tan maltratados como ella, y por eso la jovencísima escritora italiana Loreta Minutilli le ha dado la oportunidad de defenderse en su primera novela, Helena de Esparta (Alianza editorial, 2020).

Muy diferentes en su estructura y estilo narrativo, todas estas novedades literarias comparten una misma voluntad: la de arrebatarle el bastón de mando a los héroes y dárselo a sus hijas, esposas, esclavas. Suya es la palabra. Suyo es el poder.

Mujeres como botín de guerra

Primero matan a los hombres. Después empiezan a robar telas, joyas, copas de oro del palacio, animales… Y por último, están ellas. Encerradas en una torre, las nobles arriba, las esclavas abajo, observan cómo su mundo se reduce a cenizas y aguardan su nuevo destino. Porque a partir de ahora, sus vidas serán otras, y la clave para evitar el dolor, aún más dolor, está en no recordar lo que un día fueron. Pero Briseida se niega a olvidar. Ella es la reina viuda de Lirneso, y siempre lo será. La protagonista de El silencio de las mujeres es entregada al más famoso de todos los héroes, el colérico semidiós Aquiles. Él la prueba como se haría con una espada nueva. Junto con la ausencia de voz, otra de las principales características de los personajes femeninos mitológicos es su representación como objetos codiciables. El ciclo homérico, especialmente La Ilíada, es la mejor muestra de ello: los héroes se intercambian mujeres como podrían hacerlo con jarrones o caballos.

Hasta las playas de Troya ha llegado Menelao, el rey de Esparta, al que se le ha robado la esposa, la bella Helena, junto con los demás reyes griegos que juraron devolvérsela si alguien se la arrebataba. El sitio se prolonga durante diez años y las mujeres capturadas llegan a crear un microcosmos femenino dentro del campamento aqueo. Curan a los heridos, tejen prendas, cuidan de los hijos de las otras, a veces incluso se ríen criticando a los hombres que las han tomado por esclavas. Más allá de la épica heroica y la batalla –que la hay, pues Aquiles a veces toma las riendas y también es protagonista del libro–, El silencio de las mujeres de Pat Baker sobresale por mostrar otra experiencia de la guerra que nunca se ha considerado interesante y, por tanto, no se narra: la de las mujeres.

La guerra de Troya fue también su guerra. Todas, en cierto modo, lo son. Última trinchera de las ciudades sitiadas, botín de guerra y nuevas habitantes del campamento enemigo. Las muchachas, pues son casi todas ellas muy jóvenes –curiosamente, el título original de la novela es The silence of de girls, “chicas”, cambiado al castellano por “mujeres”–, sirven el vino, bañan y curan las heridas de los hombres extranjeros que acaban de matar a sus propios maridos e hijos. Algunas incluso se sienten más afortunadas que antes. Pasean libremente por la playa o quedan encintas de un rey griego que promete convertirlas en reinas cuando regresen a casa. A este respecto, Briseida te interpela directamente a ti, lectora suspicaz: “¿De verdad te habrías casado con el hombre que mató a tus hermanos? (…) Pero sí, es posible que lo hubiera hecho. (…) Era esclava, y una esclava haría lo que estuviera en su mano con tal de dejar de ser una cosa y volver a ser una persona. Pues es que no me cabe en la cabeza que fueras capaz de hacerlo. Claro, pero porque nunca has sido esclava”.

Y no nos queda más remedio que mordernos la lengua, sabiéndonos a salvo en tiempos mejores.

El poder de la hechicera

Dice Margaret Atwood en su ensayo La maldición de Eva (Lumen, 2013) que las mujeres poderosas de la literatura suelen tener un componente sobrenatural. Seguramente esto no sea más que otra excusa para deslegitimar el poder femenino de dos formas: por un lado, darle un origen divino o sobrenatural, externo a la propia mujer, que no es poderosa a causa de sus destrezas e inteligencia innatas, sino por algún acontecimiento extraño; y, de otra parte, dar a entender que las mujeres normales, es decir tú y yo, no podemos ser poderosas. Cuando conviertes a una mujer poderosa en una curiosa excepción, arrebatas el poder a las demás.

En la mitología griega existe una tríada de mujeres poderosísimas y que a su vez tienen un componente divino: las hechiceras Hécate, Medea y Circe. Hécate, señora de todas ellas, es la diosa de tres cabezas que rige sobre el mar, la tierra y el cielo, las encrucijadas, la luna y el infierno. Medea es una de sus sacerdotisas. Hija del rey de la Cólquida, esta mujer mítica se acerca más a la imagen de hechicera hecha a sí misma. El dramaturgo Eurípides inmortalizó su desventura con Jasón y, cómo no, le dio a su poder un destino cruel. Y por último está la tía de Medea, una diosa de segundo orden, nacida de un titán y una náyade, y protagonista de la siguiente novela que nos ocupa: Circe.

Madeline Miller, que ya le había dedicado una primera novela al omnipresente Aquiles, le da voz a uno de los accidentes geográficos con los que se topa Odiseo en su regreso a Ítaca: la maga Circe, desterrada a la isla de Eea porque el gran Zeus teme su hechicería. Ella, nada más ver atracar a los marineros griegos, utiliza su magia para convertirlos en cerdos. No es de extrañar esta respuesta en principio desmedida; antes otros marineros habían abusado de su hospitalidad y la violaron. Ni las diosas se libran. Miller explica con todo lujo de detalles –Circe es la novela que más se acerca a una historia de aventuras, llena de tramas y enredos, y multitud de personajes que encadenan una acción trepidante tras otra– cómo el poder de Circe no es tanto divino como aprendido. La pharmaka, esas hierbas con poderes porque sobre ellas se derramó sangre de dioses, son las que, conjugadas con el hechizo adecuado, le otorgan su poder. Circe se nos presenta así como una pharmakis, una maga, antepasada de todas esas mujeres sabias, recolectoras de hierbas y parteras que fueron ahorcadas por brujas.

Al final del libro, cuando Odiseo ya la ha abandonado, Circe recibe la inesperada visita de Penélope, esposa de Odiseo, acompañada de su hijo Telémaco. Es importante recordar en este punto que la mitología clásica “nos legó ese gusto por la multiplicación de los puntos de vista, por las variaciones y diferentes lecturas” (Irene Vallejo, El infinito en un junco, Siruela, 2019). Si buscamos un personaje mitológico en la enciclopedia, obtendremos de su vida muchas versiones distintas. En la Circe de Miller, Penélope pasa sus últimos días junto a la diosa con la que Odiseo le fue infiel. Es una Penélope aún más astuta que su marido, sagaz, observadora, elegante y admirable. Veamos cómo la describe Margaret Atwood.

Doce pares de pies colgando

Penélope ha muerto hace muchos siglos. Ahora flota por la sombría morada de Hades, entre los asfódelos. Desde allí nos habla. La historia –los hombres– siempre han dicho de ella que es el paradigma de la buena esposa: fiel, virtuosa, paciente, inteligente pero discreta. “¿Y en qué me convertí cuando ganó terreno la versión oficial?”, se pregunta Penélope, “en una leyenda edificante: un palo con el que pegar a otras mujeres”.

¿Fue realmente Penélope –primero de Esparta, luego, ganada en una carrera, de Ítaca– la perfecta esposa que se cuenta? En Penélope y las doce criadas, Margaret Atwood deja que sea la propia esposa de Odiseo la que teja la telaraña de su vida, y lo que sigue es una narración bastante clásica de la ya conocida historia de su vida. La Penélope de Atwood no aporta nada excesivamente emocionante; es en la otra parte del título donde radica el ingenio y la originalidad de esta novela: las doce criadas.

¿Quiénes son estas criadas? Muchachas de palacio que Penélope conoce desde que eran unas niñas, cuando jugaban en la playa con su propio hijo Telémaco, y a las que en cierto modo ha criado ella misma. Se nos presentan en el libro como las otras narradoras de esta historia: un coro justiciero, esta vez sí para darnos una versión totalmente desconocida de los hechos. Sus palabras adoptan la forma de un poema, de una representación teatral, de un estudio antropológico e incluso de un juicio. Tienen mucho que reivindicar, y es que su historia es esta: Penélope las encomienda mezclarse con los pretendientes para sonsacarles información y cuando Odiseo regresa decide ahorcarlas por traidoras.

“¡Culpad a las esclavas, / juguetes de truhanes y granujas. / ¡Colgadlas! ¡Ahorcadlas!”. ¿Cuál ha sido su delito? Ser violadas sin el permiso de su rey. Así que las criadas abren la boca y cantan: “tenías la lanza / tenías la palabra / tenías el poder”. Nuevamente, el mythos de Mary Beard: palabra es igual a poder. Ellas, que nacieron insignificantes, encarnan la voz de otro tipo de mujer de la mitología: la anónima, todas aquellas que no son diosas ni princesas, sino sirvientas, campesinas, prostitutas y esclavas. “No teníamos voz / no teníamos nombre / ni tampoco elección”. Odiseo las ve acercarse en grupo entre los asfódelos. Le siguen, le buscan, le llaman. Y él huye atormentado. Y Penélope, que calló cuando colgaron a sus niñas preciosas, se dice dolorida, pero quizás no la creamos.

Otro punto a reseñar de la novela de Margaret Atwood es aquel en el que, a mí parecer, más falla la escritora: el personaje de Helena. Prima de Penélope, está presente a lo largo de toda la historia, y ella la odia y la envidia y no se la pueda quitar de la cabeza. La Helena de Atwood es la antítesis de la sororidad femenina: una mujer egocéntrica, cruel, que disfruta excitando a todo el que se le cruce por delante solo para después abandonarlo, que se jacta de cada hombre que muere en Troya por su honor. Esta versión de Helena no puede ser más detestable, y tampoco más burda y simple, así que nos viene muy bien que otra autora le haya dado a este personaje la oportunidad de contarse a sí misma.

La belleza como pecado

Pobre Helena. La de barbaridades que se han cantado y escrito acerca de ella. Todos están de acuerdo en que era la mujer más bella sobre la faz de la Tierra. Más hermosa incluso que algunas diosas, en parte divina ella misma. Belleza, seducción y lujuria. Traición y muerte. Eso es todo lo que sabemos acerca de ella. Por eso es tan maravilloso que cada una de las líneas de la novela Helena de Esparta de Loreta Minutilli le dé la vuelta a lo que nos han contado. Helena, princesa de Esparta, es muy hermosa, sí. De hecho, a ella le encanta ser bella, cuidar su cuerpo, descubrir el reflejo de la admiración en los ojos de los demás. Pero desde niña, la constancia de esta hermosura la entiende como un don que le ha sido otorgado para su propio y único disfrute. Lo que la Helena niña no cree es que en ningún caso esa belleza suya deba ser un premio para los hombres. ¿Qué derecho tienen ellos sobre su cuerpo?

Todo el derecho. Lo aprende bien temprano y de una manera terrible. El héroe Teseo se encapricha de su cuerpo. La rapta y la viola, y después la deja abandonada en una ciudad desconocida. Cuando la llevan de regreso a Esparta, nadie, absolutamente nadie, le pregunta qué ha pasado o si está bien. “Ellos, de eso no cabía duda, eran héroes. Sus traiciones, su lujuria, su sed de sangre, su desobediencia, se recordarían como actos gloriosos y geniales”. Ser mujer no significa lo mismo que ser un hombre. Helena aprende que solo ellos están destinados a la gloria, puesto que, para hacer algo grande, una mujer tiene que desobedecer la norma social, y cuando lo haga, al romper las leyes de los dioses y de los hombres, solo podrán ser actos terribles los que cometa.

Han pasado miles de siglos, así que ya es hora de que alguien se lo pregunte: Helena, ¿por qué te marchaste a Troya? “No sabía con precisión a qué nivel me habría llevado la condición de hombre, pero percibía un vago indicio de una libertad enorme e impensable que ahora, como mujer, me estaba negada”, responde.

Helena se marcha de Esparta porque quiere hacer algo distinto de lo que se espera de ella como esposa, como madre, como mujer. No por Paris, tan pueril y sudoroso. Ansía ver las doradas murallas de Troya, la ciudad sin gineceos, en la que las mujeres tienen amantes libremente, eligen a sus esposos, pasean por el mercado y participan en el gobierno de la ciudad. Helena de Esparta se convierte en Helena de Troya porque ansía algo más. Su marcha tan solo es la excusa para dar el pistoletazo de salida a una guerra comercial entre Grecia y Troya que llevaba tiempo fraguándose –¡qué fácil y recurrente echarle la culpa a una mujer!–. Una vez allí, los hombres no acaparan ni un segundo de su atención; tan solo tiene ojos para las mujeres: Hécuba, la reina que la odia, tan respetada como Príamo; Andrómaca, tan virtuosa como honorable y valiente; y sobre todo Casandra, la sacerdotisa condenada a no ser creída, tan inteligente y admirada que me atrevería a decir que es la única persona a la que Helena realmente ama en su vida. Mujeres sabias, mujeres poderosas, mujeres que combaten. Helena quiere beber y aprender de todas ellas.

Ya sabemos cómo acaba esta historia. Troya cae, los hombres mueren, las mujeres son entregadas como esclavas y Menelao –que, curiosamente, es el hombre que mejor parado sale en la versión de Minutilli– recupera a su esposa. Y aun después de tanta desdicha, nadie le pregunta a Helena el porqué. “Más que ninguna otra cosa, lo que yo quería era contar”, se lamenta.

Contar, contarnos. La joven sacerdotisa Criseida, esclava de Agamenón. Ifigenia, la primogénita de Clitemnestra sacrificada por su padre. Medusa, deshonrada y convertida en monstruo. Ariadna, que ayuda a Teseo, el héroe violador, a escapar del laberinto del minotauro. Y las protagonistas de las más famosas tragedias griegas: Antígona, Electra, Medea… ¿Tan importante es retrotraernos hasta los mitos clásicos y reescribirlos con voz de mujer como han hecho estas autoras? Mi respuesta es que sí, porque se trata de arrojar luz sobre nuestra genealogía. Recuperar a nuestras abuelas desaparecidas, que diría Ursula K. LeGuin (que también le dio voz a otra mujer mitológica muda, Lavinia). Escuchémoslas. Somos lo que somos gracias a –o a pesar de– todas ellas.

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Sobre el autor

Raquel Moraleja
Raquel Moraleja es graduada en Periodismo y Máster en Estudios Literarios por la Complutense. Además, se ha formado en los sectores de la edición y el marketing digital. Ha trabajado en las áreas de comunicación de editoriales como Verbum, Libros.com e Impedimenta y de librera en la Central de Callao, Casa del Libro y FNAC. Ahora es Ayudante de Bibliotecas de la Administración General del Estado. Autora de la novela corta Sin retorno (I Premio Internacional de Narrativa "Novelas Ejemplares", Verbum, 2016). Le pierde todo lo que tenga que ver con lo imposible, lo extraño, la fantasía terrorífica, el futuro y, por supuesto, el feminismo.

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