01.10.2018

Frente a la hipocresía de la sociedad, apostemos por un otoño Dadá

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Póster de la Matinée dadaista.

Póster de la Matinée dadaista.

Se cumplen 100 años de la publicación del ‘Primer Manifiesto Dadá’, donde en 1918 el poeta rumano Tristan Tzara lanzó su poético alegato contra la guerra que asolaba Europa, contra la pasividad y la hipocresía de la sociedad y contra un arte que se había aburguesado, extendiendo por Europa y Norteamérica el hastío y la náusea que la realidad de su tiempo provocaba a los dadaístas: un asco DADÁ. Apostemos nosotros también por un otoño DADÁ; una magnífica exposición en el Museo Reina Sofía nos da más pistas.

Como siempre, septiembre llegó atropellando, entrando brusco en la cama caliente del verano para despertarnos de golpe, para convencernos de que cuando nos marchamos de vacaciones lo dejamos todo por hacer, o de que todo se hizo mientras nosotros no estábamos. Ya sabemos que esto es mentira, porque entre siestas, comidas y risas leímos periódicos y pudimos ver esos noticiarios donde lo insólito, lo brutal o lo previsible imprevisible iba sucediendo sin descanso: Trump, los tifones, los incendios y los cometas, Yemen y Siria, las mujeres asesinadas, los nacionalismos y la ultraderecha campando por Europa, los naufragios en el Mediterráneo un poco más allá de donde tomábamos el sol. Todo se fue acumulando en una realidad que aunque en nuestro breve tiempo vacacional veíamos lejana, era la nuestra. La misma realidad que a lo largo del año nos iba pareciendo cada vez más temible y absurda seguía ahí, y estaba esperando agazapada nuestro regreso en septiembre, igual que nos espera siempre el felpudo donde nos limpiamos los pies antes de entrar en casa.

“¿Hay quien crea haber encontrado la base psíquica común a toda la humanidad?”

Esta es la pregunta que, entre otras, lanzaba el poeta rumano Tristan Tzara desde el Primer Manifiesto Dadá aparecido en el número 3 de la revista DADA en 1918, del que justo ahora se cumplen 100 años de su publicación. Tzara, que en su texto dice estar en contra de los manifiestos y los principios, y cuyo verdadero nombre era Samuel Rosenstock, había abrazado con pasión este movimiento artístico –o más bien antiartístico– gestado en las reuniones que un grupo heterogéneo de creadores celebraba en el número 1 de la Spiegelgasse de Zúrich, en la trasera de la taberna que regentaba un marino holandés, mientras ahí fuera la Primera Guerra Mundial asolaba Europa. A ese cenáculo creado en 1916 por el poeta alemán Hugo Ball y la escritora y performer Emmy Hennings, su esposa, lo habían llamado Cabaret Voltaire, y en él realizaban toda clase de espectáculos disparatados, exposiciones, conciertos, lecturas de poemas o de manifiestos futuristas que algunas noches eran declamados en voz alta y todos al mismo tiempo, en un confuso y festivo alarido.

Durante los cinco meses que permaneció abierto, fueron muchos los artistas que participaron en las veladas del cabaret, unidos por el mismo anhelo rompedor y subversivo. Tristan Tzara, que había llegado a Zúrich el año anterior para continuar con sus estudios de Filosofía y Letras, tenía apenas 20 años cuando se sumó al grupo. Pese a que fueron apareciendo algunos textos impregnados de las nuevas propuestas artísticas, iba a ser su manifiesto el que, cuando se publicó dos años después, vertebraría el hastío y la repulsión que sentían contra todo, y que se resumía en las dos palabras que encabezan las conclusiones de la última parte de su escrito: ASCO DADÁ.

Dadá no significa nada”, proclama, y arremete contra la sociedad y su orden hipócrita que permite la irracionalidad de la guerra, arrojando contra ella y contra el mundo su impetuoso chorro de palabras en un largo alegato extravagante y poético: “¿Cómo se puede poner orden en el caos de infinitas e informes variaciones que es el hombre? El principio ‘ama a tu prójimo’ es una hipocresía. ‘Conócete a ti mismo’ es una utopía más aceptable porque hay un contenido de maldad en ella. Ninguna piedad. Después de la matanza nos queda la esperanza de una humanidad pacificada”.

Tzara denuncia además el aburguesamiento del arte, cuyas expresiones se movían aún entre el cubismo y el futurismo, ante las que los dadaístas sienten un profundo tedio: “No reconocemos ninguna teoría. Estamos hartos de las academias cubistas y futuristas, laboratorios de ideas formales. ¿Es que se hace arte para ganar dinero y acariciar a los gentiles burgueses?”. Y hasta la literatura es objeto del hartazgo dadá: “Aquellos escritores que enseñan moral y discuten o mejoran la base psicológica tienen, además de un deseo oculto de ganar, un conocimiento ridículo de la vida, a la que han clasificado, dividido, canalizado; se empeñan en hacer bailar las categorías al ritmo que ellos tocan. Sus lectores se ríen y prosiguen, ¿y de qué sirve?”.

En medio de un mundo que se derrumba, los dadaístas aúllan a la luna clamando libertad creadora, ensalzando la desintegración de la realidad para que la realidad vuelva a ser digna de ser mirada, para encontrar en el caos su individualidad. Y Tzara se erige en su profeta. “Yo os digo: no hay comienzo y nosotros no temblamos, no somos sentimentales. Nosotros desgarramos como un viento furioso la ropa de las nubes y de las plegarias, y preparamos el gran espectáculo del desastre, el incendio, la descomposición. Preparemos la supresión del duelo y reemplacemos las lágrimas por sirenas tendidas de un continente a otro”.

Así, a través de estos puentes, la insurrección dadá cruzó Europa y Norteamérica, donde el gran golpe de efecto fue el urinario que Marcel Duchamp –de quien también se conmemoran ahora los 50 años de su muerte– envió a la Great Central Gallery de Nueva York en 1917, rotulado con el irónico título de Fuente. Berlín, donde se abrió un Dada Club, y París, adonde se trasladó Tristan Tzara unos años después, se convirtieron en los principales centros de agitación dadaísta, y desde la libertad creadora y el juego, la espontaneidad y el absurdo que eran las señas de identidad del movimiento florecería unos años después el surrealismo de la mano de Andre Breton, como un dadá renovado. En Rusia el espíritu de subversión y negación dadá sacudió con fuerza las vanguardias artísticas, sobre todo tras la revolución; Lenin, que en 1916 vivía exiliado en el número 12 de la Spiegelgasse de Zúrich, había sido un asiduo del cabaret durante los meses que permaneció abierto.

Hasta el 22 de octubre podemos visitar la fascinante exposición que el Museo Reina Sofía dedica al Dadá Ruso, donde se muestran las publicaciones impregnadas de internacionalismo y marxismo de la corriente rusa, y las coloridas obras futuristas de autores como Rodchenko, Mayakovsky, Malévich o Jlébnikov, que en sus juegos con el lenguaje creó el idioma zaum con el que, en una hermosa utopía, quería unir a todos los poetas del mundo.

En 2001, un grupo de artistas que proclamaban una nueva corriente dadá ocupó el antiguo edificio del Cabaret Voltaire, que estaba abandonado y al borde de la ruina. Durante meses, como hicieran en 1916 los dadaístas, programaron exposiciones, actuaciones y recitales, noches de cine y poesía a las que asistieron miles de personas de todo Zúrich para reivindicar la recuperación de ese espacio, hasta que fueron desalojados por la policía un año después. Hoy el Cabaret Voltaire es un encantador café y en su sala trasera, como entonces, se celebran conciertos, lecturas, muestras y performances bajo un lema que invoca de nuevo el espíritu del manifiesto de Tristan Tzara: Fun & Fury.

Se ha ido al fin septiembre y el otoño nos ha vuelto a pillar en manga corta. Por eso octubre trae la sensación de que la realidad es un bucle vertiginoso, donde todo lo que sucedía vuelve a suceder. En la exposición del Reina Sofía, presidiendo una de las salas, cuelga el retrato al óleo que Robert Delaunay le hizo a Tzara con su monóculo, luciendo una bufanda estampada con los motivos geométricos que caracterizaban la obra de su esposa, la artista Sonia Delaunay. Con la cabeza inclinada y un gesto displicente se diría que Tzara nos observa con ironía, esperando de nosotros una nueva agitación dadá que traiga un poco de aire fresco a este otoño tan caliente.

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Sobre el autor

Ana Esteban
Ana Esteban es viajante, en trayectos de dentro afuera o de fuera adentro. Trabajó como productora y guionista antes de dedicarse a la literatura, y es autora de las novelas 'Es solo lluvia' (Debate) y 'La luz bajo el polvo' (Ediciones del Viento). Ha escrito artículos, crítica de cine y de libros, entrevistas y crónicas en El Semanal, El País, Buensalvaje y otras publicaciones. Su último libro es el volumen de relatos ‘Peces de charco’ (Baile del Sol).

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