Esta es la historia de un niño y un pato que dormían juntos

Esta es la historia de un niño y un pato que dormían juntos

Mr Bee y Tyler son dos amigos inseparables que se han hecho estrellas de las redes sociales. Foto: MrBandT

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Mr Bee y Tyler, dos amigos inseparables que se han hecho estrellas de las redes sociales y que recuerdan a la historia que se cuenta aquí. Foto: MrTandbee

Esta es la historia de un niño y un pato. El niño tenía siete años y al pato lo llamaron Walter. Un día, los padres del niño llegaron a casa con Walter, un patito diminuto que el niño enseguida hizo suyo. Aunque en casa había dos hijos más, Walter fue desde el momento en que entró en casa el amigo del niño. Lo seguía allí donde iba, correteaba tras él como si viera en el pequeño a su madre y la primera noche, en cuanto llegó la hora de acostarse, saltó de su caja e hizo lo imposible para subirse a la cama. Tanto fue lo que porfió, que terminó por salirse con la suya. Desde entonces, pato y niño durmieron siempre juntos, Walter acurrucado en la almohada, con la cabeza sobre el cuello templado del niño.

Pasaron los días, que pronto fueron semanas, y Walter y el niño se convirtieron en la sombra del otro. En cuanto llegaba de la escuela, el niño dejaba la cartera encima de la cama, abría el grifo de la bañera, pasaba por la cocina, donde recogía el tupper con trozos de tomate que le dejaba preparados su madre, y salía a la galería. Walter, que lo esperaba con el pico pegado al cristal, echaba a correr hacia el cuarto de baño, graznando sin parar. El niño y Walter se bañaban juntos antes de merendar y después bajaban a la calle. El niño paseaba a Walter como quien pasea a un perro, con su collar y su correa, y muy pronto el barrio entero conoció a Walter. “¿Dónde te has dejado a Walter?”, le preguntaban cuando veían al niño solo. “¿Está bien? ¿Le ha pasado algo?”.

Walter creció y pronto se convirtió en un pato blanco y enorme que graznaba bajito como si hablara y que dejó de vivir en la galería para instalarse en la habitación del niño. Dormían juntos, seguían compartiendo el baño y vivían encerrados en un mundo de códigos mutuos en el que nadie más tenía lugar. Todo habría seguido igual de no haber sido porque una noche de verano, a la vuelta del cine, cuando la familia al completo abrió la puerta de casa se encontró con una gran sorpresa: Walter volaba de una punta a otra del pasillo y de allí al salón y la terraza cubierta. Volaba sin parar, aleteando feliz.

Sí, Walter volaba.

Un par de semanas más tarde, el niño y sus hermanas se marcharon a las colonias de verano que organizaba el colegio y Walter se quedó en casa al cuidado de sus padres. Durante las dos semanas que duraron las vacaciones, el niño preguntó sin descanso por su amigo. “Está estupendo, no te preocupes”, fue siempre la respuesta que le esperaba al otro lado del teléfono.

Pero la realidad era otra.

Cuando el niño volvió a casa, Walter ya no estaba. “Era imposible tenerlo aquí”, le dijo su madre. “Demasiado grande, demasiado inquieto y todo porque le ha llegado la hora de casarse. Pero no te preocupes, tu padre le ha encontrado una granja preciosa donde enseguida lo han juntado con una pata que se había quedado viuda y Walter se ha quedado feliz, te lo prometo”. El impacto fue tal que el niño guardó silencio durante dos semanas. No pronunció una sola palabra. Por las noches lloraba hasta quedarse dormido y durante el día no dejaba de pedir que lo llevaran a ver a Walter. “Seguro que me echa de menos. En cuanto me vea, querrá volver, mamá, ya lo verás. Él no quería casarse, sólo quería que yo volviera”.

“La granja está muy lejos, en Francia”, le cortó por fin su padre, cansado de tanta queja. “Algún día iremos, pero ahora no puede ser. Le he dicho al granjero que nos mande fotos de Walter con su novia y con sus patitos, cuando los tengan. Y si te portas bien, a lo mejor te compro un conejo para Navidad”.

El niño no se conformó y, esquivando a su padre, siguió insistiéndole a su madre. Ésta, que sentía tanto la marcha de Walter como él, una tarde lo sentó a la mesa de la cocina y le dijo: “Volaba, hijo. Walter volaba por la casa, por eso tuvo que marcharse. Si hubiéramos podido enseñarle a no volar, a lo mejor…”.

“Pero, mamá, ¡Walter era un pato! ¡Por eso volaba! ¡No ha hecho nada malo!”.

Han pasado 45 años. Durante todo este tiempo, el niño se ha acordado de Walter a menudo. A veces sueña con él. Ha habido pena, mucha, y culpa: culpa por no haber estado allí para defenderlo, para protegerlo, para impedir que los separaran. Un trocito de niño se quedó atascado en ese episodio, como un retal de bolsillo en una alambrada.

Hoy, paseando con mi madre, hemos visto una familia de patos en el río. Los hemos contemplado durante unos minutos. “A veces sueño con Walter. Todavía”, le he dicho. Ella no ha respondido. De pronto he caído en la cuenta de que en todos estos años nunca habíamos vuelto a mencionar a Walter. “Si hubiera estado yo, papá no se lo habría llevado”, me he oído decir. “¿Cómo pudiste dejar que hiciera algo así?”. Silencio. Hemos seguido paseando por la orilla. La familia de patos nos seguía. Mi madre se ha parado a mirarlos.

“No se lo llevó”, ha dicho por fin. “Tu padre no lo llevó a ninguna granja”. Los patos han pasado por delante de nosotros. Madre y seis hijos. Tan felices… “Walter echó a volar desde la terraza la mañana que os fuisteis de colonias. Se puso como loco. Tanto que me dio miedo. En un descuido se coló por el ventanal del salón y saltó”. Me ha mirado. Luego ha repetido: “Saltó”.

Nos hemos sentado en un banco roto de madera. Ni un sonido. Pájaros, muchos. Agua. Chapoteo. Los minutos deslizándose río abajo. Me costaba tanto tragar que mi voz no estaba. Vivíamos en un sexto en aquel entonces. Sexto A. Yo tenía siete años. Saltó.

No quise preguntar más.

“Saltó para ir a buscarte”, ha dicho mi madre. “Estoy convencida”.

He esperado a llegar a casa para encerrarme a llorar a Walter, al de verdad. Cuando me he calmado un poco, he llamado a mi madre. En cuanto ha descolgado el teléfono se lo he dicho: “Yo habría hecho lo mismo, mamá. Yo también habría saltado para ir tras él”.

Ella ha hablado muy bajito: “Ya lo sé”.

Hemos colgado y me he sentado a escribir. Tengo 52 años y he tardado 45 en saber que mi primer amor, un pato que dormía todas las noches conmigo apoyando su cabeza en mi cuello, me quiso tanto como yo a él.

Se llamaba Walter y era un pato. Todavía recuerdo su olor.

No he vuelto a querer así.

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