La instalación que deja sin aire a los asistentes a la Cumbre del Clima

La instalación artística que deja sin aire a los asistentes a la Cumbre del Clima

Polución mortal en Nueva Delhi.

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Contaminación mortal en Nueva Delhi.

La instalación ‘Cápsulas de contaminación’, del artista británico Michael Pinsky, ha sido uno de los mayores impactos de la Cumbre del Clima que concluye mañana en Madrid. Propone al visitante la experiencia de respirar el aire envenenado de diferentes ciudades del mundo. Un viaje que nos deja sin aire. El arte como conciencia climática.

Hay en las conferencias anuales de cambio climático, se celebren donde se celebren, dos zonas claramente diferenciadas. A la zona azul acceden únicamente los acreditados de las delegaciones oficiales (países y organismos internacionales), los científicos y los periodistas, y en sus decenas de auditorios con traductores tienen lugar las deliberaciones entre técnicos negociadores (juristas, biólogos y jefes de áreas de los gabinetes de los ministros) y los plenarios de tomas de decisiones oficiales. La zona verde es la de la sociedad civil, la expositiva, la de las organizaciones ecologistas que pretenden mantener diálogos abiertos con el público en general, la de las empresas de innovación tecnológica, la de los espacios de expresión de los pueblos originarios para sus reivindicaciones conservacionistas y, cada vez más, la de los artistas que se han unido como colectivo cohesionado a la batalla de la emergencia climática.

La convicción ecologista de los creadores –vengan de la disciplina o de la escuela que vengan– está plasmándose en un corpus diverso y amplísimo, como una ola de conciencia ambiental imparable. Artistas plásticos, cineastas, músicos, paisajistas, diseñadores de moda, dramaturgos y poetas hablan con convicción de su compromiso y claman por la atención de los indecisos.

Que el arte contemporáneo encare el riesgo planetario más acuciante del presente como una prioridad absoluta significa que se expandirán otras formas de sensibilidad entre la población, porque el asunto no quedará exclusivamente en manos del marketing y la publicidad, o de la burocracia de los entes públicos, con sus aburridas campañas de concienciación, mil veces supervisadas por los organismos correspondientes. Así, llevamos un buen tiempo constatando que ya hay un muy buen cine documental sobre asuntos locales y universales en torno a la sostenibilidad del planeta. Como ejemplos, baste mencionar la película de Wim Wenders sobre la vida e imágenes del fotógrafo Sebastião Salgado (La sal de la Tierra) o la obra fílmica del francés Yan Arthus Bertrand, autor de Human, Home y Tierra, que –junto a la Fundación Good Planet– dedican todos sus recientes proyectos a la biodiversidad, la agroecología, las energías limpias, la gestión de los residuos y la educación. De los últimos años, otro de los más logrados filmes temáticos ha sido Wasteland, documental imperdible sobre la obra plástica comunitaria liderada por el artista brasileño Vic Muniz, que trabajó con los vecinos de un gran vertedero de Río de Janeiro. Pintura, fotografía, performances e instalaciones ofician de soportes de divulgación del conocimiento y de las tareas de quienes ya se han alistado en las filas verdes.

De ahí el valor del recorrido por la zona verde de Ifema de Madrid para oír lo que los artistas están clamando y apreciar la originalidad con la que lo hacen. Y aunque no resulte un paseo plácido, habrá que darse una vuelta por la obra de mayor enjundia entre las allí expuestas, como es la instalación Cápsulas de contaminación (2017), del británico Michael Pinsky, producida por Cape Farrewell Charity y patrocinada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que precisamente calcula en unos siete millones el número de muertes prematuras anuales como consecuencia de la contaminación atmosférica en el mundo.

Pollution Pods –ese es su nombre original– nos invita a una inmersión inolvidable por la catástrofe del Antropoceno: cinco burbujas de plástico interconectadas permiten al visitante respirar en cinco lugares en el mundo, muy alejados los unos de los otros, tanto en kilómetros como en ingresos medios per cápita y en calidad del aire. Aspirar en tan poco lapso de tiempo, uno a continuación del otro, el aire que resulta de la conjunción entre la combustión del diesel de Londres y la niebla del Támesis y, trascartón, el humo de los plásticos quemados de Nueva Delhi permite comparar distintas formas de vivir mal (y morir peor).

Al cabo de las dos primeras exasperantes vivencias, cuando uno cree que no puede seguir asfixiándose, aún quedan por respirar Pekín, que combina los restos del carbón de la calefacción y los óxidos de azufre provenientes de la industria, y São Paulo, que aunque con trazas ácidas de etanol, a esta altura nos parece una regocijante bocanada de aire en medio de la naturaleza. Como toda cata, esta degustación de ciudades, cada una con sus concentraciones tóxicas y diferenciadas de grandes y pequeñas partículas en suspensión, sugiere diferentes evocaciones a cada visitante. Eso sí, al cabo de dos o tres inspiraciones por módulo, todas caminaremos a paso rápido hacia la salida, pasando por la cápsula de referencia, que es la que simula el aire prístino de una pequeña localidad noruega llamada Trondheim, y antes de huir para no volver.

Ojalá los observadores y negociadores mundiales que asisten a la cumbre de Madrid se den una vuelta por la zona verde e inhalen unos minutos de esta muestra de la cara B del progreso industrial, antes de tomar las últimas decisiones, con más o menos concesiones a los rezagados de la lucha contra el calentamiento global.

El arte ya es, sin duda, la conciencia climática de este tiempo.

Los vídeos de este reportaje sobre la instalación ‘Pollution Pods’, se proyectan en la zona verde de Ifema, en el marco de la COP25.

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