28.10.2018

Kathleen Jamie, la escocesa que nos enseña a observar lo más pequeño

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La escritora Kathleen Jamie. Foto: Jemimah Kufield.

La escritora Kathleen Jamie. Foto: Jemimah Kufield.

Hoy os proponemos desde esta ‘Ventana Verde’ de ‘El Asombrario’ detenernos en dos pequeños textos de los recogidos en el libro ‘Campo Visual’, publicado por Volcano, una nueva editorial centrada en la escritura sobre la naturaleza. La autora: la escocesa Kathleen Jamie, que sabe bien cómo invitarnos a observar lo natural, lo más pequeño, lo diminuto, incluso la nada. Dos textos para apreciar, frente a las avalanchas de noticias grandilocuentes, la luz, las sombras, los insectos, el silencio. Disfrutadlos despacio.

LUZ

Todos los años, en la tercera semana de febrero, hay un día, o, más frecuentemente, varios días seguidos, cuando uno puede decir con toda seguridad que ha vuelto la luz. En esos días se alcanza un punto crítico, y la luz se derrama sobre el mundo desde un sol súbitamente más alto en el cielo. Hoy, domingo, es uno de esos días, aunque los árboles están todavía desguarnecidos, sin hojas, y la hierba está seca y castigada por el invierno.

El sol está todavía bajo en el cielo, incluso a medio día, suspendido sobre las colinas, al suroeste. Su luz se derrama por el suroeste, en la misma dirección que el viento: los dos, la luz solar y el viento llegan juntos, procedentes del mismo punto cardinal —una invasión de luz y de aire que viene de un cielo en el que las nubes se mueven ligeras— y trabajan como un equipo veloz. En un solo movimiento, el viento levanta la hierba y agita las ramitas de los árboles deshojados al tiempo que el sol los ilumina, de modo que la luz y el aire son como uno, dos aspectos de una única entidad. La luz parece una cuchilla, y recorta los bordes de las hierbas y de las ramitas de los manzanos, de los sauces y de los abedules. El jardín es todo él un entramado de filamentos de luz inclinados hacia la izquierda, como los que se ven en las telarañas, la mayoría demasiado duros para llamarlos destellos, demasiado metálicos, pero todo el jardín está recibiendo una enérgica limpieza general de primavera. Donde hay hojas, como en el acebo a unos 200 metros, el viento levanta las hojas, y el sol las barre por debajo. El viento fresco lo mueve todo.

Ahora hay una multitud de grajillas revoloteando, solazándose en el viento, chasqueando con los picos. Y oigo una voz de niña, la de una de las amigas de mi hija, una de las cuatro que están jugando en el jardín. Llama a las otras en un tono suspendido entre el juego y el miedo. ¿A qué juegan? ¿Al escondite? Lo mismo da. Me gusta que mi hija me diga que están “jugando en el jardín”, porque tienen 11 años; dentro de un año, quizá dos, no admitirán juego alguno, y durante algún tiempo el jardín dejará de atraerles, porque todo lo que quieren hacer está en otro lado. Durante unos años entrarán en un oscuro túnel de espejos cuyas paredes solo las reflejan a ellas.

No se ve a las niñas, ocultas por los árboles y esta luz afilada, ventosa. Ha pasado un año. No ha sido más que una hora de filamentos y cintas metálicas de luz trastocada por el viento, pero es suficiente.

LA POLILLA DE LA URRACA

El lago, uno más de los innumerables lagos de este páramo, tenía forma de riñón y la brisa ondulaba su extremo oriental. No tenía ni juncos ni nenúfares; era una laguna sin más, que se había formado en un trozo de tierra complejo.

Estaba desayunando cerca, y a su debido tiempo bajé a la orilla a aclarar el cuenco. En el agua había tres grandes rocas, lo bastante grandes para agacharse encima. Los restos de leche se diluyeron; metí la cuchara en el agua y la agité.

Fue entonces cuando vi la polilla. Atrajo mi atención porque flotaba, cautiva, en el triángulo de agua contenido por las tres rocas. Era una polilla bonita, sus alas blancas estampadas con toquecillos marrones y anaranjados. Estaba como clavada, sin el alfiler, plana, sostenida por la tensión superficial del agua.

Quizá hubiera sido mejor dejarla estar —a fin de cuentas, ¿por qué intervenir?—. Solo sirve para crearte problemas, pero estaba agachada sobre una polilla dañada con una cuchara en la mano. Yo era la liberación, en medio de ninguna parte, en forma de la Gran Cucharilla. ¿Qué posibilidades tenía?

En cuanto la cuchara alzó el peso infinitesimal de la polilla, el bicho agitó las patas, pero estaba tan empapado que las alas se le quedaron agarradas. como sujetas con una abrazadera, en el borde de la cuchara y pegadas a su parte convexa. No me hacía gracia despegarlas, rascando con la uña, así que volví a depositar la cuchara en el agua. La polilla flotó libre y se relajó, de vuelta a su estado de total indefensión. Esta vez levanté la cuchara con más cuidado, asegurándome de que la polilla estaba bien centrada en el hueco. El truco, pensé, era coger también un poquito de agua, la bastante para dejar resbalar la polilla de la cuchara a la roca en la posición adecuada, no patas arriba.

Éxito parcial. La polilla quedó en la roca. Las alas de la izquierda estaban desplegadas, pero las de la derecha estaban hechas un gurruño. Las rocas estaban cubiertas de líquenes, y contra sus colores, la polilla, tan abierta y flagrante en el agua, se perdió al instante.

Aunque el sol de la mañana era lo bastante cálido para secarle las alas, empecé a dudar de que ni siquiera así funcionaran; parecía que habían perdido alguna cobertura, ese polvillo que dejan al fondo de los armarios. Además, no estaba equilibrada, se la veía torcida.

Torcida, pero se movía. Me aproximé para verla de cerca, no sin cierto temor. Con una antena, la polilla comprobaba las diminutas facetas de la roca, la antena iba adelante y atrás, como el bastón de un ciego. Quizá hubiera sido mejor haberla dejado estar. No hubiera tardado en comérsela un pez.

Entonces me acordé de que tenía una lupa. Había sido mi cumpleaños, y un amigo me había regalado una plegable. Tras haber sido rescatada, para bien o para mal, la polilla iba a soportar ahora que la examinara minuciosamente. Pero no sin temor por mi parte; me asustaba haberla dañado aún más. Ahora yo también estaba implicada en el accidente.

La lupa me mostró sus ojos de insecto, negros, sin luz, y un mechón peludo en la parte posterior de la cabeza. Vi también su cuerpo, como un trapo moteado y enrollado, que ni siquiera llegaría a tener dos centímetros de largo. Una polilla de la urraca. ¿Por qué este nombre? No tenía nada de urraca. Sus ojos, ojos de polilla. ¿Qué ven con esos ojos?

Como si hubiera sido liberada de un hechizo, la polilla empezó a moverse frenéticamente por la roca. ¡Dios mío!, pensé, está sufriendo. La he herido. Con las alas no dañadas abiertas, preciosas, y las del lado derecho todavía encogidas, la polilla se arrastraba por el borde de la roca, avanzando con la cabeza gacha por el lateral cortado a pico, directa hacia el agua. Sin embargo, unos centímetros más adelante, se detuvo. Estaba en la sombra, sus cuatro patas, semejantes a unos tensos cables, sujetándola a la roca. Puede que fuera por instinto, para quitarse de la vista de los pájaros.

Suficiente. La burbuja de mi atención estalló. Me incorporé demasiado rápido y me dio un pequeño vahído: ahí estaban el extenso páramo, la laguna y los matorrales mecidos por la brisa, perdiéndose en la distancia, para devolverme a mi escala. Había estado absorbida en lo minúsculo: el ojo de una polilla, una manchita de liquen; se me había concedido una visión fugaz de los millones de procesos diminutos, de los sucesos, que dan forma al páramo. ¡Millones! Bichos, flores, bacterias minúsculas, que eclosionan, crecen, se dividen y se mueven a su antojo. Y todo eso sucede ahí mismo: lo único que tienes que hacer para verlo es ir con los ojos bien abiertos.

¡Ay! Quizá tenía que haber dejado en paz a esa polilla; probablemente mi intervención había sido peor para ella.

Después de todo, extendida en el agua, con sus alas estampadas desplegadas y perfectas, parecía estar en la gloria. Pero ¿y qué sabemos nosotros?

Me encogí de hombros y volví al coche.

‘Campo visual’, de Kathleen Jamie, ha sido publicado recientemente por Volcano Libros. Traducción de Pilar Vázquez.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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