08.10.2018

La canción de los vivos y de los muertos

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La escritora Jesmyn Ward. Foto: Creative Commons.

La escritora Jesmyn Ward. Foto: Creative Commons.

‘La canción de los vivos y de los muertos’ enfrenta a dos razas, desacredita el poder de la sangre, escupe contra la genética. La nueva novela de la escritora estadounidense Jesmyn Ward es la historia de Leonie y sus hijos, Jojo y Kayla, la historia de sus adicciones, de sus malas decisiones, de su maternidad irresponsable. Leonie es mala, acomplejada, inútil. Su desgana, su maldad, sus entrañas de hembra desorientada por el amor de un hombre tibio te arrancan la piel a tiras y convierten la boca y la memoria de su hijo en una biografía vehemente y burbujeante como aceite bullendo en la sartén. Sonia Fides se detiene hoy en ‘Con firma de mujer’ en la novela ganadora del premio literario más importante de Estados Unidos, el National Book Award 2017.

Hay canciones que no tienen estribillo; por eso al principio extrañan, pero después resultan ser el embrión del incontestable testamento de un ser humano. Así es como arranca la brillante y poco complaciente novela de Jesmyn Ward (DeLisle, Misisipi, EE UU, 1977) La canción de los vivos y los muertos, sin estribillos, pero con una melodía que la convierte en un éxito rotundo y categórico como una de esa baladas con las que Chet Baker transformaba el mundo y sostenía al niño que nunca dejó morir.

La canción de los vivos y los muertos es una piedra que le sigue el juego a la inercia porque sabe que una vez que emprenda su camino no habrá obstáculo capaz de detenerla. Es desalentadora y mágica, es magnética y brutal, es contradicción y exactitud emocional, es mostrar la bondad de los desprotegidos construyendo ese enigma que le saca a diario los colores a Dios. Es un bumerán que siempre se encontrará con la carne de alguien para dejar sobre ella la marca de su caprichoso vuelo.

Es un catálogo de monstruos y héroes, de fantasmas y seres humanos, de pasado, de presente y futuro. Es mostrar la piel con todas las heridas, es un viaje alucinado y alucinante. Es habitar el infierno, pero también ese cielo que nada tiene que ver con la religión ni con un esperpento que cree que puede dominar a los seres humanos con sus trucos de magia.

Es enfrentar a dos razas, es desacreditar el poder de la sangre, es escupir contra la genética. Es la historia de una madre que no quiere a sus hijos, la historia de una hija que no quiere a sus padres, es la historia de una mujer que sólo escucha el latido machacón de su sexo. Es la historia de Leonie y de sus hijos, Jojo y Kayla, la historia de sus adicciones, de sus malas decisiones, de su maternidad irresponsable, del daño que sus obsesiones extenderán sobre el porvenir de sus hijos.

Es la historia de River, que guarda un secreto que construye fantasmas que no podrán descansar en paz y que perseguirán a su prole hasta situarla en un gueto emocional. Es la historia de Ma amortajada por ese sudario delgado y férreo que es el cáncer. Es la historia de Big Joseph, un racista de manual que maltrata con su boca y con su alma a sus nietos mestizos. Es un pozo al que la luz le hace burla, una trampa de hermosos y duros párrafos.

Pero es también la ternura escapando de esa espiral que engulle siempre o de manera casi segura la crueldad. Un historia muy visual y con imágenes que no quieren ser complacientes. Es la naturaleza humana desplegada desde todos los puntos cardinales. Es la enfermedad anulando los pecados cometidos, la enfermedad como salvoconducto. Es la concatenación de pequeños momentos de rebeldía que ayudarán a liberarse a su pequeño protagonista, que le servirán para huir del terror pero sin infligir terror. Que le alejarán de la indefensión extrema, del abuso de su madre, de la maternidad letal que asfixia cada página de esta novela.

Leonie es mala, acomplejada, inútil. Su desgana, su maldad, sus entrañas de hembra desorientada por el amor de un hombre tibio te arrancan la piel a tiras y convierten la boca y la memoria de su hijo en una biografía vehemente y burbujeante como aceite bullendo dentro de la sartén.

“Se mueve como si el suelo estuviera duro, como si no le gustara hablar sobre el amor. Y entonces me mira como me miró una secretaria del colegio cuando tenía siete años: Yo había sufrido un contratiempo, me había meado encima y Leonie no vino a traerme ropa limpia así que me senté en una silla naranja de plástico duro… y me pasé una hora temblando hasta que consiguieron hablar con MA y vino y me sacó del aire acondicionado al calor del día”.

Todo es extremo en esta novela, la realidad y la imaginación, los pasos y el silencio, la vigilia y el sueño. El amor y el desamor. La vida y la muerte. Todo es extremo en este mapa de hombres vivos y hombres muertos, en esta estrella de los vientos que parece haber olvidado cuál debe ser la naturaleza de sus límites.

No dejéis de leer este texto porque cada una de sus páginas es una tormenta de arena que pesa sobre los ojos y la memoria. Porque es el epitafio que a Coetzee le gustaría que arropara su tumba.

IMPRESCINDIBLE.

‘La canción de los vivos y los muertos’. De Jesmyn Ward. Traducción de Francisco González López. Editorial Sexto Piso. 256 páginas.

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Sobre el autor

Sonia Fides
Con 'Mirar y ser mirada', obtuvo el X Premio Nacional de Poesía Nicolás del Hierro. Fue finalista en el Premio Internacional Ciudad de Melilla. El año 2011 le trajo dos antologías de relatos: 'Viscerales', en Ediciones del Viento y 'Narrando a contracorriente', en Ediciones Escalera. Colabora como crítica literaria en el suplemento Artes & letras del Heraldo de Aragón. Ha publicado su primera novela 'La inequívoca fragilidad de los mosquitos' en Libros.com.

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