13.01.2014

La pasión mística y wagneriana de Bill Viola

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©Javier del Real

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Uno de los artistas fundamentales de la videocreación, Bill Viola, llena Madrid de pasión. Por un lado, une su talento al de Wagner en el montaje de la arrebatada ópera ‘Tristán e Isolda’ que ha llegado al Teatro Real. Por otro, ‘conversa’ con grandes pintores como Goya, Ribera y Zurbarán en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Nos cuenta cómo ha concebido ambos trabajos, en un proceso muy marcado por el misticismo.

Es su primera ópera. Más de siete meses de trabajo le ha costado a Bill Viola (Nueva York, 1951), uno de los videoartistas pioneros y más innovadores, crear los cuerpos celestiales cuyas vidas transcurren paralelas a las de los terrenales wagnerianos Tristán e Isolda, que sufren, aman y mueren en el escenario. Así, las imágenes que se proyectan a lo largo de toda la representación se convierten en un elemento que cobra el mismo protagonismo que la música en este montaje de Tristán e Isolda, que supuso un antes y un después en la historia de la ópera y que ahora ha llegado al Teatro Real.

“Es un proyecto de vida, una obra difícil, abrumadora, transformadora”, afirma Peter Sellars, el director de escena. “Llevamos más de diez años trabajando en ella, desde que se estrenó en París en 2005, para crear estas cinco horas de belleza”.

Marc Piollet, el director musical que tuvo que sustituir a Teodor Currentzis, por motivos de salud, opina: “La particularidad de esta ópera es que la música empieza de una forma simple, con tres notas, y luego se va desarrollando en un continuum musical y un tratamiento armónico con una noción de melodía infinita de gran riqueza que no se había dado antes. La transición de la oscuridad a la luz se ve reflejada en la música”.

Viola se decidió a participar en este proyecto por diferentes motivos: “Lo primero que me atrajo de este trabajo fue que la historia de Tristán e Isolda se basa en un mito, no son hechos históricos; es una narración que está fuera del tiempo, fuera de la conciencia, no sale de la cabeza, sale del corazón. Es una ilustración del paisaje interior del alma. Es una obra que se produce en tiempo real, todo se mueve de una forma continuada en la misma dirección, pero no acaba en un desenlace. Es como algo que tenemos en nuestra mente, como cuando nos enamoramos, algo que no podemos controlar y pensar con nuestra cabeza. Son experiencias muy profundas a las que no prestamos atención y son precisamente esas sensaciones las que hemos intentado sacar a la luz con este trabajo”.

También le atrajo la idea de la unión de los opuestos/complementarios, luz/oscuridad, día/noche, hombre/mujer, vida/muerte, fuego/agua. Él no la considera una tragedia: “Es algo que va más allá, algo a lo que tienes que entregarte incondicionalmente, algo más importante que la vida. Es entregarse totalmente a algo que te supera, es la idea de los místicos que hay en todas las culturas. La necesidad de sacrificar la propia vida por otro, por un fin superior”. Y precisamente Viola, que en su juventud exploró el zen, el budismo y el misticismo, habla de su admiración por algunos de los místicos españoles como San Juan de la Cruz: “Es uno de mis héroes, una de las personas que más han influido en mi vida. Ha sido mi guía; he aprendido mucho de él”. Hay una cita que me atrae especialmente: “La ciencia humana no es capaz de entenderlo, ninguna experiencia puede describirlo; solo quien ha pasado por ello sabrá lo que significa, aunque no hay palabras que lo expresen”.

Quizá haya que buscar en ese misticismo la razón por la que el artista ha tenido la impresión de convertirse en un vehículo de Wagner: “Se trata de un sentimiento que trasciende la vida y la muerte; de cosas que están sucediendo de las que nosotros no somos ni siquiera conscientes y que van a producirse cuando nosotros ya no estemos. Lo más importante es que nosotros pusimos nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestras mentes, todo lo que podíamos poner en ese trabajo, pero que, llegado un momento, hay que dejarlo estar, como cuando tienes un hijo. Se trata de dar un paso atrás y dejar que tu obra viva su propia vida. Liberar el acto de creación para que quede fuera de tu control”.

El método de trabajo que utilizó Viola para esta historia sobre “la naturaleza espiritual del amor humano”, según sus propias palabras, fue escuchar varias versiones de la música y después crear la imagen a partir del libreto: “Tenía claro que no quería ilustrar el argumento con imágenes, sino crear una iconografía que viviera en el escenario en paralelo a la acción, como una narración poética que transmitiera nuestra oculta vida interior”. Y añade: “Es la primera ópera en la que he trabajado y he podido introducir la idea de la imagen en movimiento, que no se detiene nunca. Es como nuestra vida, cuando dormimos o nos despertamos, la vida es un continuum. Así es como creo que hay que entender nuestra experiencia”.

©Javier del Real

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Recuerda, a continuación, sus inicios en el mundo del vídeo: “He dedicado toda mi vida a la imagen en movimiento. Tuve mucha suerte de llegar cuando se estaba creando lo digital. Nunca olvidaré cuando mi profesor llegó a clase con una pequeña televisión, le dio al botón y la pantalla se iluminó con una luz azul (entonces no había color) que surgió de la nada y en la que parecía que uno podía sumergirse. Me quedé en shock. Ante esa visión de la pantalla, yo supe que me iba a dedicar a eso el resto de mi vida y nunca me volví para mirar atrás”.

Viola y su colaboradora Kira Perov realizaban los vídeos que enviaban a Sellars para que creara la escenografía sobre ellos. En los tres actos, las imágenes contienen hilos que se entrecruzan pero que son distintos en las diferentes etapas que los amantes recorren hacia la liberación. El primero es Purificación; el segundo, Despertar el cuerpo a la luz; el tercero presenta la Disolución de uno mismo. Fueron siete meses para realizar un vídeo de cuatro horas en los que las personas que trabajaron en él se sumergieron completamente en un mundo intemporal: “La mayoría de los trabajos los hacíamos en interiores, no sabíamos si era de día o de noche. El fuego se convirtió en nuestra luz del día. Filmábamos en bosques muy frondosos y bajo el agua, donde no existe ni el día ni la noche. Tanto nuestro equipo como los actores durante el trabajo vivimos en un mundo extraño creado por Wagner”, cuenta Kira Perov, que asegura que los vídeos no se han realizado con imágenes digitales. “El fuego que aparece en la portada del programa de mano es una auténtica hoguera; las imágenes del agua las hacíamos en una piscina. En un primer momento tuvimos que dejar a un lado la música y afrontar el trabajo desde el punto de vista de las imágenes y de la historia. Creamos un subtexto, una narrativa subconsciente. Los artistas de los vídeos, acróbatas que han trabajado con Cirque du Soleil, no actuaban sino que experimentaban. Creamos dos grupos, los celestiales y los terrenales, que habitaban dos mundos separados.

“Lo hermoso del arte es su carácter intemporal”, concluye Viola, “que, ocurra lo que ocurra en el mundo, sea bueno o malo, trágico o sublime, siempre hay un alma colectiva que está dentro de toda persona inteligente que nos conecta con Wagner; para mí eso era lo más importante, la conexión con ese universo”.

Tristán e Isolda. Teatro Real. Madrid. Días 16, 19, 23, 27 y 31 de enero. 1 y 8 de febrero. 18.00 horas. La función del día 23 será retransmitida en directo por Radio Clásica de RNE

Elenco: Robert Dean Smith (Tristán), Violeta Urmana (Isolda), Fran-Josef Selig (El rey Marke), Ekaterina Gubanova (Bragäne), Jukka Rasilainen (Kurwenal), Nabil Suliman (Melot), Alfredo Nigro (marinero, pastor), César San Martín (timonel). Orquesta y coro del Teatro Real.

También una exposición con los grandes clásicos españoles

Cuando visitó el Museo del Prado, Bill Viola se quedó impresionado con las obras de Zurbarán; para él hay un antes y después de ese día en su concepción del arte. Ahora vuelve a Madrid para presentar En diálogo, cuatro videoinstalaciones (Dolorosa, El quinteto de los silenciosos, Montaña silenciosa y Rendición) que dialogan con las obras de Pedro de Mena, José de Ribera, Alonso Cano, Zurbarán, El Greco y Goya de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

“El acercamiento que hace Viola a los clásicos no es de apropiación; lo que pretende es introducirnos en un mundo de espiritualidad, de reflexión, donde establecer un diálogo”, explica Jordi Teixidor, responsable junto a Idoia Fernández de la exposición. “Este diálogo es posible porque su grandeza y maestría trasciende más allá de su época y son los artistas contemporáneos los que tienen la obligación de reconocer esa grandeza y relacionarlos. Por eso la Dolorosa de Pedro de Mena estaba esperando a la de Viola, Ribera y Alonso Cano acompañan el Quinteto de los silenciosos y Goya es testigo y cómplice de la angustia y el sufrimiento de Rendición”.

Cuando Viola llega a la exposición asegura haber tenido una experiencia única: “Tengo ganas de hacerme una casita y quedarme ahí. Este museo ha hecho algo increíble al conectar estas obras en diálogo. Siempre hemos visto a los antiguos maestros separados de las nuevas tecnologías, incluso ha habido luchas entre los dos. Normalmente se ven las obras de los grandes pintores en unos museos y las nuevas en otros, pero yo creo que todo es arte contemporáneo”, explica el artista neoyorquino. “Cuando estudiaba en la escuela de Arte, solo estaba interesado en el futuro, no pensaba en el pasado. No pensaba en mi cultura, simplemente seguía explorando los nuevos medios, pero no reconocía a los maestros antiguos ni el papel que desempeñaban. Era joven y estaba inmerso absolutamente en mi trabajo, que me aportaba muchas emociones; en aquel momento no podía comprender qué significaban estos maestros. Pero un día murió mi madre y mi mundo se volvió del revés. Fue algo terrorífico, desestabilizador, fue un shock. Experimenté cómo me era arrebatada una de las cosas más importantes para mí sin poder hacer nada, y eso me enseñó muchas cosas. La vida es algo precioso y debemos tomar cada día, cada minuto de nuestra vida como algo valioso. Es importante saber que disponemos de un tiempo muy limitado y tenemos que saber cómo utilizarlo sabiamente para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás”.

Cuatro son las videoinstalaciones presentadas por Viola, procedentes de muestras anteriores. Rendición (2001) muestra la imagen de un hombre y una mujer en dos pantallas enfrentadas, una abajo y otra arriba, cuyas posiciones se van alternando. Hay un plano de agua bajo el borde de la pantalla en el que se sumergen. Cuando emergen, su dolor y angustia aumentan y las imágenes de sus cuerpos comienzan a romperse. Es entonces cuando nos damos cuenta de que hemos estado viendo sus reflejos, no sus cuerpos. “Son dos personajes separados y enfrentados que expresan sentimiento de dolor, de pérdida”, apunta el propio Viola. “Sentimientos profundos que normalmente no tenemos ocasión de experimentar en este mundo de imágenes en el que vivimos. Los dos están en un proceso al final del cual van a entrar en una nube y van a acabar desapareciéndose, desplazándose para ocupar uno el lugar del otro. Y lo van a hacer en un proceso continuo que mezcla lágrimas y agua. Es la destrucción de propio ser para crear un ser nuevo. La obra se llama Rendición, porque hay muchas cosas en la vida a las que uno tiene que rendirse, que abandonarse para encontrar algo nuevo, aunque sea doloroso”.

En Dolorosa (2000), obra que dialoga con la escultura de Pedro de Mena, dos imágenes, de hombre y mujer, enmarcadas en un díptico como si fueran páginas de un libro, muestran las lágrimas corriendo por sus mejillas en una evocación del sufrimiento humano. “La experiencia por la que han atravesado es algo que a ninguno de nosotros nos gustaría. Vemos en su expresión que se están dando cuenta de lo que ha ocurrido. Ese es el momento más importante, el momento que viene después de la gran explosión, del derrumbamiento. Ese es el momento en que uno abre los ojos y es capaz de comprender lo que ocurre, de crear experiencias comprendiendo el mundo en todos sus aspectos, positivos y negativos”.

Montaña silenciosa (2001) muestra a un hombre y a una mujer invadidos por una oleada de emociones. Su expresión y movimientos reflejan su lucha contra una fuerza que amenaza con derribarles. Cuando llegan al límite de su resistencia contra el dolor, estallan en un grito violento.

En El quinteto silencioso, un grupo de cinco personas, muy próximas entre sí, aparecen al inicio de la secuencia con una expresión neutra que irá cambiando poco a poco cuando la emoción termine por invadir el grupo hasta llegar a un nivel extremo que los dejará agotados y exhaustos.

‘Bill Viola. En diálogo’. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Alcalá, 13. Madrid. Hasta el 30 de marzo. De martes a sábados, incluidos festivos de 10.00 a 15.00h. Lunes cerrado. Entrada 6 €. Gratis los miércoles.

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