07.05.2018

La ‘sonrisa etrusca’ de José Luis Sampedro, cinco años sin él

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El escritor José Luis Sampedro fotografiado por Victoria Iglesias.

El escritor José Luis Sampedro fotografiado por Victoria Iglesias.

En ‘El Asombrario’ no solo miramos lo urgente del ahora, sino que recuperamos a menudo el pasado y la memoria para ampliar el objetivo al enfocar el presente. Cinco años ya sin él, sin el hombre lúcido y el abuelo indignado. “La perspectiva que da la muerte sobre las insensateces de los vivos”, solías decir. Un homenaje al escritor y humanista José Luis Sampedro y a su ‘sonrisa etrusca’, una de las mejores novelas españolas del siglo XX, a través del recuerdo de una intensa sesión de fotos en Madrid en 1997.

Debe de estar allí con sus ojos negros brillantes como dos canicas que caen precipitadas de un lado hacia el otro. A lo mejor balanceando sus pequeñas piernas contra la piedra, o tal vez, ahora, lijando los talones de las botitas que le regalaste al intentar descender del pequeño muro. La verja del jardín le deja ver las dalias y la cúpula de San Francisco, y las nubes blancas rotas, algo es algo. Lo siento, viejo, está perdido. Perderlo debe de romperte el corazón. Pero creo que no tiene miedo, tú le enseñaste a ser valiente. Lleva en sus genes los tuyos y como buen partisano está al acecho. No le aturde el ruido de la gran ciudad porque está acostumbrado a otra, a Milán, e incluso puede que en estos momentos esté caminando hacia las encrucijadas de coches y semáforos, decidido, un pasito tras otro de niño; y seguro que pronto encuentre refugio en otra casa y en otro sillón al lado de la ventana, para que puedan leer tu vida, nonno. Recuerdo que eso fue lo último que escuchaste, tú lo sabes. Te fuiste con esas palabras en la comisura de tus labios estirados con una sonrisa. Nonno, los etruscos

¿recuerdas?

Sonría por favor.

Pobre Brunettino, después de pasar unos días con él, y con el viejo, cualquiera no lo lleva ahora en su interior, y encima con la culpabilidad añadida de haberlo perdido no se puede dejar de pensar en este niño. Y quién se lo dice ahora al “abuelo”, el de verdad. Y está aquí, delante del objetivo, sentado en su sillón de orejas, mirando a través de las gafas oscuras, decididamente ¿triste? Pasando a boli todo lo que vierte su mar de palabras en las intensas mareas muertas de sus amaneceres, que llenan la playa, más inmensa que nunca, de todos esos restos profundos.

“OK, está perdido en la parada del bus 148, delante de San Francisco. Ya no hace frío ni tampoco tanto calor. Tranquilo”.

Ahora esboza una sonrisa de condescendencia. La luz lateral del flash se ajusta precisa para captar también la del fondo y no perder detalle de los lomos de los libros de las estanterías, y de aquel cuadro que aparece en tantas fotos: esas piernas sofisticadas de mujer detrás de él porque nunca debe de ser uno lo suficientemente viejo para olvidarse del suave tacto de unas medias, o la fina aguja de los tacones en la palma de la mano…

“El punto de lectura estaba ya muy avanzado, y sé que acaba llamándote nonno. Ya sabes, esa impaciencia que te hace saltar a las últimas páginas. Y claro, la tipografía en grande resaltando esas dos sílabas… Porque lo dice, ¿cierto?”.

Ahora hay un cambio de óptica, un 85 mm para separarse de él y acortar el plano, un trípode que se ajusta, un bote de bolis que desaparece de la bandeja de roble con la que se parapeta para escribir, los folios que se recolocan… Y él, que ahora tose aclarándose la voz mientras habla acerca de la poca importancia, en definitiva que no vale la pena unos retratos a un señor tan viejo.

“Lo vi, por la ventanilla al mirar atrás; pero no pude hacer nada. Llegaba tarde y no podía retroceder y esperar de nuevo otro autobús, y sólo por una edición de bolsillo ¿lo comprendes? Tampoco el conductor me dejó bajar en ese momento”.

El carrete se desliza silbando para cada foto, la máquina suena más o menos rápida según va soltando los segundos de cada disparo. El escritor contempla la actividad con paciencia, esa que tiene ya vertida en su interior calando juntas que, pese al dolor de los huesos, tan bien ha construido con el tiempo.

Paso la mano por su pelo suavemente. Le estiro una arruga de la camisa y sonríe. Es la segunda vez que visito su casa, la primera fue hace seis o siete años, ya convertido en Académico. Y estábamos por aquí muy ocupados, mano a mano, tirando de una lámpara, como de procesión, por el pasillo, haciendo trincheras después con los libros, varias torres que levantamos juntos para hacer aquellas fotos…

“Entonces no te había leído, pero…

qué paciencia tuviste conmigo, nonno, a lo mejor de alguna manera te recordé a tu Brunettino. Tan decidido y cabezota. Y ahora yo no me atrevo a decirte que le he perdido. ¡Ay!, es tan pequeño. Tú, sin embargo, acabas de cumplir ya los 80 y no me pareces tan cambiado. La misma sonrisa suave, casi el mismo pelo blanco, la misma barba en esa cara alargada que aparece, de vez en cuando arrastrando pena, y tal vez desde su muerte, la de Isabel, tu mujer, que debe de ser para ti más hondo que estar pensando en la propia, en la tuya”.

Después de un cuarto de hora más se acaba el tiempo que se mide en disparos: treinta y seis ( los del carrete) y se levanta ya del sillón para ayudar a recoger mis bártulos. Ordena con parsimonia los cables del flash mientras habla, sobre la juventud, sobre los hijos…: “agredir la inocencia en la mente infantil”, dice…, “sembrando dogmas que es lo contrario a la libertad de pensamiento”. Y así es él, con estas palabras, el que ha disparado de verdad, profundo, mientras mi cabeza vuelve a Brunettino.

Nos despedimos. La puerta se cierra, el descansillo se queda en silencio y se apaga la luz de la escalera. Pero hay algo que me hace quedarme allí clavada y luego girar de nuevo hacia la puerta mirando el timbre…

Ding-dong… Perdone, don José Luis, se me olvidó decirle:

Y le voy a dejar de piedra ( bueno, te voy) sí, nonno, ¡ vas a ver!, de terracota como tu pareja preferida en Roma, aquella de Villa Giulia:

Nada más salir a la calle busco una librería y encuentro una edición mejor que la del libro que he perdido (no te lo he confesado hasta ahora), la conmemorativa de los diez años de tu Sonrisa Etrusca, incluso firmada…, y así, por fin, recupero al protagonista: Brunettino, el niño.

Este mismo año de 1997, dentro de un mes, encuentras en un balneario a Olga Lucas, y sorpréndete si quieres, ya te dije que te quedas como los etruscos: ¡en 2003 te casas con ella!

Es en 2011 cuando recibes el premio Nacional de las letras. Ya, ya sé que te dan un poco igual lo de los premios; pero en tu discurso de agradecimiento dices muchas cosas sensatas, además de recalcar que vives todavía, y apaciblemente, que ella es tu madera de roble donde deja el magnolio sus flores hermosas.

Te conviertes en un “indignao” aunque, qué tonterías digo, tú siempre has sido un indignado, porque tus ojos nunca te dejaron mirar con indiferencia.

Una cosa más, y ya me largo, hay algo que aprendo de ti pero será después de un tiempo (ya lo ve, querido José Luis, al final estas sesiones de fotos sirvieron para algo…): Aprendo que soy una pavesa. Bueno, tú también lo eres, lo somos todos. Nos escupe el cosmos de una enorme hoguera, de esa explosión de llamaradas, y según cae la pavesa, según vamos cayendo… me muero, nos morimos, uno se muere. “La perspectiva que da la muerte sobre las insensateces de los vivos”, sueles decir al respecto.

Y tú, te marchas con 96 años un día de abril de madrugada, el 8 de 2013, para ser más exacta. Y claro que no te sienta mal, precisamente, por ese as que llevas en la manga inteligentemente escondido: esa “omnisciencia del difunto” que solías comentar con ironía.

Desde la cama, cuando empiece a romper la luz por la ventana, se acercan a tu lado porque estás tosiendo. (Tú te incorporas torpemente y abres los ojos. Fuera empieza a oler a cambio de estación y los pájaros del árbol estarán ya con su faena. Pero sonríes en ese momento). Miras alrededor y te quedas pensativo.

Entonces pides un Campari, sí, y te lo preparan enseguida con mucho hielo, (y luego suspiras) y dices…: “ahora empiezo a sentirme mucho mejor”. Das las gracias a todos y te duermes… con esa sonrisa. Ella (o ellas) están a tu lado: la pareja etrusca, viejo”.

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Sobre el autor

Victoria Iglesias
Victoria Iglesias. Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes. En Twitter: @viglesiasphoto El blog de Victoria Iglesias

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